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Dioses y monstruos.

Hace tiempo que no hay luz, que todo parece un mar oscuro en el que me es imposible guiarme y saber el rumbo que llevo.

Hace tiempo que sólo hay cientos de relojes colgando en mi pared marcando la hora y que el sonido del segundero me taladra una a una las neuronas.

Hace tiempo que los dioses se han ido para dejar el control a los monstruos.

Vivo metido en el Día de la Marmota y nada pasa, ni cambia, ni consigue sacarme una sonrisa verdadera, es difícil cuando llevas la máscara de Pantaleón a todas horas y eres incapaz de mostrarte tal cual eres. Las veces que he conseguido deshacerme de ella me han roto en pequeños cristales, las veces que me he atrevido a tender la mano y a querer dar un paso al frente me han apartado de su vida como si no valiera nada.

Y esa es la sensación final.

Que no soy suficiente.

Porque realmente no lo soy. Cómo voy a serlo si muchas veces no me preparo la cena, y la mayoría de días no separo la ropa negra de la blanca al poner la lavadora. Cómo voy a serlo si no soy capaz de cerrar los ojos antes de las tres de la mañana, ni puedo evitar ver otro capítulo más aunque llegue tarde a algún sitio.

No valgo la pena, de lo contrario estaría haciendo algo mejor que escribir otro texto lacrimógeno un domingo por la tarde.

Me echo de menos, echo de menos esa parte de mí que alguna vez no ha estado rota y era capaz de ver más allá de los días de nubes y lluvia fuerte. Echo de menos tener ganas, ganas de que pasen los días para poder verte, ganas de besarte, abrazarte y dormir contigo. Ganas de mirar por la ventana, leer una página más de un libro, volver a escuchar una canción. Ganas de planear viajes, pensar en el futuro.

Nunca tengo muy claro si voy a ser capaz de reconciliarme, de mantenerme firme, de mirarme al espejo y a los ojos perdiendo el miedo, pidiéndome perdón por malgastar mis días lamentándome por no estar junto a ti.

Y aquí estoy, restando días a la vida y sigo sin quererme.

La patria eslava.

Psicología humana.

A diario.

A todas horas.

Es curiosa esa forma de hacer como que nos preocupamos por los demás mientras estamos socavando su autoestima. Nos preocupamos por su aspecto físico, por sus relaciones, por su modo de vida, por sus decisiones. Opinamos sobre cada uno de los pasos del prójimo, y también (cómo no) sobre cada una de esas veces que decide quedarse inmóvil.

Y, en el fondo, lo único que estamos haciendo es criticar.

Criticamos sin criterio, sin apuntar, disparando al aire sin atender después a si damos o no en el blanco, por si herimos, por si hacemos sangre. Dejamos que las palabras salgan de nuestros labios, a veces sin filtrar, sin reflexionar ni medio segundo, como si no importaran en absoluto, como si no fueran valiosas. Somos capaces de hundir y ensalzar con frases, sin necesidad de nada más. Igual que nuestro entorno nos metió ideas obsesivas sobre el mundo y nosotros mismos cuando éramos pequeños, y por eso estamos todos llenos de complejos y vergüenzas que nos da miedo confesar. Por eso cuando estamos solos nos hacemos pequeños y nos encogemos bajo las sábanas, y cerramos los ojos con fuerza esperando a que vuelva la luz. Por eso cuando nadie nos ve nos quitamos la ropa, los plásticos y las mentiras, y nos quedamos desnudos de verdad, contra nuestro propio espejo, contra nuestra propia alma. Sin escudos, sin esa máscara que nos colocamos todos al enfrentarnos al mundo con tal de intentar sobrevivir.

Quizá el problema es que no sabemos cómo decir las cosas, nos falla la expresión y las formas. Quizá es que venimos del único lugar del mundo donde no hay árboles y por eso no tenemos palabras para nominarlos. Somos hijos del pantano que roban términos de otros idiomas para explicarse.

No me gustaría que me pasara contigo lo de usar las palabras en tu contra, en la nuestra, lo de no ser consciente de que cada una de las cosas que decimos tiene peso e importancia.

No me gustaría creer que somos juntos sin serlo.

No me gustaría no ser capaz de transmitirte lo que quiero.

No me gustaría perderte para siempre.

No me gustaría enfrentarme a mí mismo sin cogerte de la mano.

No me gustaría (ni me perdonaría) hacerte daño sin darme cuenta.

 

El primero en nada.

Nunca he sido el primero en nada en la vida. Por eso sólo puedo ir haciéndome cada vez más pequeño hasta acabar desapareciendo, hasta ser un punto tan lejano que parezca una de esas estrellas que parpadea en medio de la nada más absoluta.

En realidad no estoy vivo, hace mucho tiempo que dejé de estarlo, sólo he aprendido a sobrevivir, a tratar de sortear los charcos y a pisar las piedras más firmes en medio de un riachuelo, pero siempre acabo mojándome, siempre acabo empapado porque empieza a llover y nunca llevo paraguas.

No sé cómo me he dejado llegar hasta aquí, hasta este punto de no retorno en el que creo que voy a ser incapaz de sentirme feliz nunca más. No sé cómo me he hecho tanto daño, no sé cómo he sido capaz de permitírmelo. Eso de ir haciendo cada vez más grandes las heridas y los resquicios hasta no reconocerme, hasta ser jirones de piel que no pueden unirse.

Da igual lo que pase, ya no tengo arreglo, da igual que intentes recomponerme con tiritas, esparadrapo o pegamento porque siempre me vuelvo a romper. Una y otra vez. Soy como ese esguince mal curado, o esa asignatura que siempre se te da mal por mucho que la estudies. Soy un escollo contra el que chocar irremediablemente. Soy eso de lo que nunca se sale ileso. Soy un tóxico invisible disfrazado de buena persona y voy destruyendo todo lo que toco a mi paso, empezando por mí mismo.

Lo mejor es que no te acerques más, lo mejor es que no me mires más.

Lo mejor es que me olvides y te olvide ya, aunque sea demasiado tarde.

Estoy volviendo a construir la barrera para no volver a salir. Estoy volviendo a colocar la máscara en el lugar en el que siempre debió estar. Esto volviendo a vestir la armadura para que nada ni nadie vuelva a hacerme daño. Creo que con amar una vez ya he tenido suficiente.

Nunca he sido el primero en nada en la vida, tampoco para ti.

Efecto Golem.

Algunas veces si creemos con fuerza que algo va a suceder acaba pasando, si deseamos algo con los ojos apretados y abrazados a la almohada llega a producirse. Como le pasó a Pigmalión que enamorándose de su estatua Galatea consiguió que cobrara vida. La profecía autorrealizada en la que la propia motivación acaba ayudando a que algo tenga lugar.

Pero a mí me pasa lo contrario, que pienso siempre que nada bueno puede venir, que todo va a ir mal, que tengo tan pocas posibilidades de que algo vaya bien que solamente puede ir a peor. Y quizá eso es lo que te asusta, que siempre camino con la vista clavada en el suelo, que me pongo nervioso si me miras mucho rato, que me siento observado y siempre actúo de manera encorsetada, que no me dejo conocer de verdad, que no soy capaz de expresar mis emociones si no es escribiéndolas sobre un papel, que no sé quitarme la máscara y dejar todas mis heridas al aire.

Pero contigo no, se me cayeron las vendas y la ropa antes de que me diera cuenta, antes de ser consciente de que ya era demasiado tarde como para dar un paso atrás y protegerme. Te convertiste en un refugio silencioso sin saberlo, un lugar en el que sentirme protegido y no tener miedo, un lugar en el que la vida se sostenía sin que tuviera que esforzarme. Un lugar en el que podría quedarme el resto de mis días sin cansarme, sin aburrirme, sin temer el día a día y la rutina.

Quizá es que estoy haciéndolo todo como no toca, quizá me estoy equivocando contigo desde el primer día, quizá es que no debí mostrarme como un perdedor antes de darte el primer beso. Quizá es que tuve que hacerte creer que sería capaz de todo, que podría ganar todos los partidos, que no tropezaría nunca, que sería viento para tus velas, que podría convertir el agua en vino.

Pero no, soy el claro ejemplo del Efecto Golem, que me quiero tan poco, que me desprecio tanto que estoy consiguiendo que tú también lo hagas, y ahora sólo soy para ti un desecho, un panfleto arrugado en medio de la calle al que dar patadas y llevar de un lado a otro.

Y a este paso, voy a tener que esculpir en mármol a alguien que me quiera de verdad, que me mire como yo te miro a ti.

El rey del baile de máscaras.

¿Sabes lo que me gustaría?

Sentir que me necesitas tú a mí alguna vez, que no soy yo el único que pone de su parte, que no soy yo el que siente todo esto, que no vivo una mentira que me desgarra poco a poco.

Pero es que creo que ya no queda nada bueno en mí, ya no soy nada que valga la pena mirar ni escuchar. Me he convertido a mí mismo en un nadie, uno de esos que se transforman en sombra y se quedan en la trastienda porque nunca pueden enseñarse a los demás.

Soy alguien digno de ocultar y olvidar para siempre en el último cajón de la mesita de noche, junto a los calcetines que no te pones jamás y acabas tirando después de un tiempo prudencial. Es verdad que soy como esa ropa vieja que se queda guardada en el armario y acaba oliendo a humedad, y que sólo sirve para echar al contenedor.

Y mientras tanto, mientras sigues pensando que no vales nada, que nada de lo que haces importa, que da igual lo que te digan y te hagan porque al fin y al cabo te lo mereces todo.

El daño, la mentira, la ausencia, el vacío, el olvido.

Y llega un punto en el que lo crees de verdad, es como una ley fundamental que rige tu vida. Esa sensación de menosprecio hacia ti mismo que te hunde poco a poco y sin que te des cuenta, hasta quitarte por completo el brillo de los ojos, hasta convertirte en un muerto viviente que finge que todo va bien, que no hay problemas.

Soy el puto rey del baile de máscaras, y siempre bailo solo.

Llega un punto en el que crees que las cosas no pueden ser de otra manera. Como si fuera a ser siempre así, como si la vida no pudiera ser diferente. Como si un día no fuera a llegar alguien que te va a querer con los brazos abiertos y sin tener que medir las palabras, alguien que pueda mirarte a los ojos y acariciarte la mejilla sin sentirse culpable por nada, alguien a quien le baste y le sobre con ver tu sonrisa al final del día para ser feliz.

Lo que me jode es tener que esperar a que eso pase cuando yo te quiero a ti. Ayer, hoy y mañana.

Y no sabía que eso acabaría siendo una mierda, no sabía que iba a tener que aprender a no estar contigo.

El fantasma de la Ópera.

Miras al espejo y no te reconoces.

Nunca.

Nunca lo has hecho, ni en el espejo, ni en el reflejo de las ventanas del metro, ni en sus ojos.

Como mucho, a veces, te reconoces en el último trago de cualquier vaso.

Y sientes que eres alguien en un cuerpo que no es el tuyo, en un envoltorio falso al que detestas.

Desde el centro de control siempre intentan pararte los pies, poner las cosas en su sitio, tratar de que actúes como se supone que debe hacerlo alguien normal.

La normalidad, esta utopía clásica. Esa mentira ideológica.

Todos mis síntomas y signos me llevan al diagnóstico final, al odio hacia mí mismo, a esta manera de darme patadas cuando aún estoy en el suelo para impedir que me levante.

Sé de sobra que soy mi propia piedra, el villano de mi historia, el verdugo al que no le tiembla la mano para tirarse abajo. Es tan asfixiante, tan extenuante, pero forma ya parte de mi existencia, y probablemente si no me ahogara así lo haría de cualquier otra manera. Tengo una facilidad pasmosa para tirarme al vacío y no salir de la espiral, soy capaz de saltar sin mirar lo que hay abajo y no tener fuerzas para volver a subir a ver el sol.

El único consuelo que me queda es saber que los días pasan, que la vida se va acabando aunque no queramos, porque desde que nacemos el mundo y el reloj están en nuestra contra.

Es muy triste pasar por la vida de puntillas, siempre con una máscara, mirando hacia otro lado, con una sonrisa perenne que oculta toda la verdad. Estoy anestesiado desde hace tanto tiempo, para no sentir, para no doler, para protegerme de todos los ataques. Estoy intoxicado de mis ideas, de mis sentimientos, de tanto aire sin oxígeno.

Y sigo igual de vulnerable que el primer día, y voy rompiéndome al respirar.

Aquí dentro siempre hay peligro de derrumbe, porque nunca sé qué puerta debo abrir, ni a dónde debo sujetarme.

Después de tanto tiempo me he dado cuenta de que no tengo solución, de que sigo con miedo, y de que lo de ser feliz debe ser para los demás.

Voy a volver a las catacumbas de la Ópera Garnier, a ser el fantasma, a hacer música donde nadie pueda verme.