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Noches de verano.

No sé si los domingos del mes de agosto son todavía peores que los del resto del año. Son más tristes y lánguidos que los de noviembre o marzo.

La ciudad se mantiene viva a duras penas, como moribunda, solitaria. La metrópoli se convierte en un enfermo terminal que puede quedarse en asistolia de un momento para otro. Solamente quedamos unos cuantos tratando de coger aire entre el asfalto caliente y los edificios desconchados de los barrios de extrarradio. Somos el metabolismo básico de las entrañas de la urbe.

No hay ni alcohol, ni tabaco, ni sexo, y los idiotas dicen que es verano.

Ni estrellas fugaces, ni besos, ni tu mirada, y los idiotas dicen que es verano.

Ni mar en calma, ni puestas de sol, ni probar helados de tus labios, y los idiotas dicen que es verano.

Ni sábanas blancas, ni restos de tus pintalabios en mi cuello, ni las ventanas abiertas de par en par, y los idiotas dicen que es verano.

Yo sólo quiero contigo noches infinitas de verano, sin preocupaciones, sin errores de por medio. Que sólo tengamos que cogernos de la mano y no pensar, que sólo tengamos que preocuparnos por respirar y porque no se nos acabe el café para desayunar.

Ojalá mi mundo y el tuyo colisionen y seamos capaces de transformarlo todo.

Ojalá podamos hacer los días largos pero sin miedo a aburrirnos el uno del otro, que siempre haya cosas que contar y que decir, que siempre haya algo nuevo que descubrir bajo la sombra escasa de las nubes en medio de la canícula.

La cuestión principal es que te echo de menos todo el año pero las noches de verano me gustaría coger tu mano, pasear con la brisa de fondo, besarte con calma y el sonido del mar no demasiado lejos.

Y lo que digo no es culpa del calor, ni de las circunstancias, es sólo culpa de este pobre corazón.

No estás conmigo, y los idiotas dicen que es verano.

 

El mar está lleno de muertos.

El mar está lleno de muertos.

Nos llegan a las costas cuerpos sin vida de gente con nombres que desconocemos y nosotros somos cada vez más grises. Hemos ido perdiendo la humanidad con el paso del tiempo, y ya somos sólo poco más que autómatas que se dedican a hacer sin pensar, que tienen anestesiado el corazón y la razón.

Vagan por ahí, entre la espuma de las olas, cientos de almas perdidas durante los siglos, mensajes en botellas que nunca llegaron a su destino, amores heridos que se quedaron en algún viejo navío al que baña la sal.

Santos observa el oleaje con la calma que le da la leve brisa del Mediterráneo, toma aire con lentitud antes de girarse a observar la escena a sus espaldas. El cadáver de un varón desconocido está cubierto con la manta térmica de los servicios sanitarios.

Otro más al que la Parca no ha dejado terminar en paz las vacaciones.

Por suerte, todavía es temprano y apenas hay gente queriendo disfrutar del agua salada de mar, del sol de agosto y de la arena pegándose a su cuerpo. El forense camina hasta el cuerpo inerte mientras un par de gotas de sudor le resbalan por la frente. Se rozan los treinta grados a las nueve de la mañana.

Sus compañeros de la Policía Nacional ya le han dado cierta información sobre el caso, el informe del SAMU lo deja claro y las gotas de sangre, que han hecho que los granos de arena se aglomeren entre sí, también. Según los testigos, ha sido otra de esas noches de fiesta que no acaban bien. Los agentes de la Policía Científica le piden permiso para tomar la necrorreseña y tratar de tener una identificación plena. La mala suerte ha hecho que no lleve ningún tipo de documentación encima.

Santos, con los guantes puestos, busca entre la ropa algo que pueda servir y se topa con las llaves de un vehículo que entrega a la policía. El hombre, que no debe llegar a los treinta años tiene los ojos abiertos y un gesto de súplica en el rostro, ese gesto que muchos tienen en la mirada cuando se enfrentan a la muerte sin haberlo previsto. Varios cortes por arma blanca han rasgado la camisa de flores que llevaba puesta y que ahora, con la sangre ya seca, tiene pegada a su cuerpo.

El médico toma sus anotaciones, valora el estado de los fenómenos cadavéricos, describe las lesiones, y cuando considera que ha terminado con su trabajo se acerca a hablar con el juez. El juez Hurtado está fumando un cigarro a algunos metros de distancia, ajeno a todo lo que sucede a su alrededor. A los jueces los muertos les gustan más bien poco.

De vuelta en el coche, Santos mira las noticias a través de su teléfono móvil y ve una foto del levantamiento de cadáver que acaba de realizar. Una foto en la que aparece él, de cuclillas junto al cuerpo. Niega un par de veces y guarda el teléfono en uno de sus bolsillos. No entiende ese afán de la prensa por mostrar ciertas cosas, a pesar de los años existen comportamientos que no es capaz de comprender.

Al llegar a casa, deja su maletín, se quita los zapatos nada más entrar por la puerta y se desnuda en el baño. Una ducha de agua fría le permite quitarse el salitre de la cara y las manos.

Cierra los ojos, el silencio de su hogar solitario sólo es roto por el sonido del agua y le parece que tiene en su oído el rumor del mar. Y siente que vuelve a tener diez años, que corre por la playa con un cubo y una pala, que tendrá para comer tortilla de patata de su madre y que la tragedia no existe, que nadie muere en la arena, ni en el agua, que no hay peleas que acaban llenando páginas con sangre, que no hay refugiados huyendo en barcazas, que no hay fronteras ni sueños frágiles rotos antes de tiempo.

Abre los ojos.

—Viejo amigo, ven conmigo.

Santos le tiende la mano y siente en el centro del pecho algo de alivio. Alguien le quita la carga, la pena y el tedio.

La Muerte y él son buenos conocidos.

El verano de nuestras vidas.

Es domingo y el corazón siempre se resiente.

Me vienen a la cabeza las noches contigo, las risas, los besos a escondidas, la adrenalina en las venas o en cualquier otra parte.

Y no sabes lo que me jode ver que este tampoco va a ser el verano de nuestras vidas, que pasan los días y las noches y seguimos intentando respirar a pleno pulmón pero no lo conseguimos.

Y la pena de ver que no hemos quemado los miedos, que seguimos sin ser un par de temerarios capaces de enfrentarse a todos sus demonios y a los de los demás.

Ahora soy sólo un esclavo que no quiere desprenderse de sus cadenas y que se queda encogido en la humedad de la bodega de una embarcación que no va a ninguna parte, un navío que se dedica a zozobrar y a intentar resistir a las tormentas que se suceden una tras otra.

Me has dejado marcas invisibles y algún que otro nombre de galaxia en la cabeza.

Yo, que te habría dado a elegir el lado de la cama, que te habría dado besos inesperados, que te habría hecho castillos de arena en los que no hay monstruos ni princesas.

Yo, que te habría abrazado por la espalda mientras contemplas cómo nos deja el sol tras el mar, que te habría tapado los ojos antes de darte un regalo el día menos pensado.

Yo, estoy lejos de ser perfecto pero lo habría intentado por ti.

Pero tuviste que pensarlo demasiado.

Y eso nunca es buena señal.

Tengo ahora un par de llantos atrapados en el cuerpo, y cientos de nudos en la garganta, porque yo te necesito y tú a mí no. Estigmas en la piel y una mirada translúcida llena de recuerdos que quizá sólo son sueños.

Y a pesar de todo, de que sea verano o el más frío de los inviernos, sé que no hay futuro que valga la pena lejos de ti.

Ojos de mar.

La vida ya no tiene ni rastro de esperanza.

El futuro es un desierto que no tengo fuerzas para cruzar. Y tampoco tengo ganas de arrastrar mis pasos entre la arena, sorteando los peligros que me pueda encontrar. Sólo quiero cavar un agujero lo suficientemente hondo como para meterme en él, cubrirme de arena y dejar que la falta de aire en mis pulmones y el tiempo hagan el resto.

La mirada triste, el latido débil.

Y ni siquiera camino como si quisiera llegar a alguna parte de verdad. Me muevo con la misma inercia con la que se mueven las hojas de un árbol cuando sopla el viento. Me muevo porque si estoy mucho tiempo parado alguien toca el claxon y me hace avanzar un par de metros para dejar de obstaculizar el camino. Al final caes en la cuenta de que sólo eres un estorbo, otro muro, una puta pared, otra piedra a la que golpear y alejar para poder andar.

Acabo siendo siempre un tronco caído en medio del sendero.

Acabo siendo siempre un lastre que hay que abandonar y soltar.

Y sigo sin tener a nadie a quien aferrarme, porque cuando necesitas una mano casi todo el mundo acaba escondiéndola detrás de la espalda y mira hacia otro lado.

Joder, qué triste, que a pesar de los años no haya nadie que quiera quedarse junto a ti, y darte un abrazo, y susurrarte bajito que al final todo irá bien, aunque sea mentira. Porque, al final, las cosas nunca van bien pero necesitamos creer en ese engaño para poder levantarnos cada día y fingir que hacemos algo valioso con nuestras vidas. Somos una puta mota de polvo en la infinidad del Universo y ni uno solo de nuestros actos servirá para nada, ni una sola de nuestras acciones cambiará el curso de la Historia. Ni una sola.

¿Cómo no voy a tener los ojos llenos de mares?

Si sólo quiero llorar, llover, acurrucado contra ti.

Y que, por favor, se acabe el verano y todas esas pesadillas en las que no estás.

Como la luna y el sol.

Visitar el mar siempre te permite pensar. Sólo hay que buscar algún rincón de playa perdido entre dunas de arena, estirar la toalla, y sentarse a observar las olas durante un rato. Un libro junto a las piernas, agua helada en la botella y música en los auriculares.

Y eso te conduce a tener el deseo de que algunos instantes duren para siempre, de sentir lo eterno. Y me pasa exactamente lo mismo cuando beso tus labios.

Ojalá algunas cosas duraran para siempre, como todo esos sentimientos que me envuelven el corazón aunque ya no haga frío.

El problema (porque siempre hay un problema) es que en lugar de desconectar, en lugar de divagar por mis ideas en busca de algo nuevo he vuelto a recaer en ti, he vuelto a tener tu figura dibujada en mi lóbulo occipital.

Justo como algunas noches, cuando abro los ojos en medio de la oscuridad con la respiración agitada y el sudor empapándome la nuca, con la horrible sensación en la garganta de que te ha sucedido algo malo. Supongo que es con detalles como ese cuando te das cuenta de que alguien te importa más de lo que habías esperado nunca, cuando querrías conocer el tipo de magia que chasqueando los dedos permitiera estar a su lado para comprobar que todo sigue bien, que ella está bien.

Lo único importante para mí desde hace mucho tiempo.

Pero da igual, sigue habiendo muchas cosas que dan igual y lo darán. Como mis buenas noches, mis caricias en silencio, mi predisposición permanente, mi ayuda incondicional, mis besos en el cuello.

Al final parece que estamos destinados a no ser, a no estar juntos, a no alcanzarnos nunca, a no hacer planes de futuro.

A ser la noche y el día.

Y nunca más tocarnos.

Como la luna y el sol.

Con los bolsillos vacíos.

Harto de tanta cobardía, de tanta mentira, de tanto vaivén sin sentido ni objetivo final.

A mí me enseñaron a correr de bien pequeño, me enseñaron a no buscar problemas y a huir de todo lo malo. Y ahora que debería esquivarlos por instinto no hago más que meterme en ellos, y ya no me da tiempo a quitarme tanto fango de los ojos.

Ya no soy capaz de distinguir la corriente para llegar hasta el mar, ni de saber qué nubes nos traerán tormenta.

Camino anestesiado, firme heredero del colapso emocional. Ya he dejado de discernir lo que está bien de lo que está mal, y es porque creo que ya me da igual. Absolutamente igual, porque ya he caído de nuevo en la espiral y no hay quien me salve de esta, ni de todas las demás.

En estos momentos ya no tengo nada que perder porque ya lo he perdido todo mientras recorría el camino. He llegado a la puerta de casa con los bolsillos vacíos de esperanza e intenciones, y ya sólo me guío por la inercia del reloj, por la cadencia del sol en el cielo, por el hambre y el sueño.

Las canciones alegres llaman de nuevo para que les abra la ventana y esta vez no quiero su visita, no las busco esta primavera. Para mí todas esas flores que soy capaz de ver a lo lejos están marchitas.

Lo que necesitamos son más amores de verdad, de esos que te hacen tomar aire por las mañanas sin que te pese la conciencia, de los que te hacen sentir mejor sin perder de vista la realidad que te rodea, de los que te envuelven con ternura y aún así hacen que te suba la temperatura corporal.

Amores de verdad, de los que te elevan no de los que te hunden.

Hoy sólo busco dejar de pensar, que descanse mi hipotálamo, que se borre mi memoria, meter en el congelador por un rato el corazón.

Lo dejo ya, a ver si me salva de esta otro café.

Lobo de mar.

Recuerdo que tocarla era como viajar de puntillas por las teclas de un piano, y su risa me hacía vibrar por dentro como lo hace un arco al frotar las cuerdas de un contrabajo. Consiguió que a un canalla como yo le temblaran las piernas antes de besarla y que cerrara los ojos cuando se apoyaba en mi pecho antes de quedarse dormida. Consiguió que mi vida fuera por un tiempo una especie de poema sinfónico, música descriptiva, y que olvidara el miedo, y las estalactitas que me crecían por dentro.

Ahora me queda lo que le queda a cualquier lobo de mar en la recámara, recuerdos que duelen más que cualquier herida de arpón, sonrisas que me han agrietado más la piel que el frío del mar de Bering.

Todo empezó como empiezan las buenas historias, por casualidad y de puntillas, y acabó rompiéndome a trozos; algo que sabía desde el principio, algo que intuí desde el primer orgasmo ahogado en medio de la noche.

Teníamos los días contados desde el inicio.

Y es que estas cosas nunca salen bien, las del corazón digo.

Y así fue.

Sobrevivimos de cualquier forma, robándonos besos y caricias en las esquinas, escondidos tras puertas que podían abrirse en cualquier momento. Hicimos malabares con el tiempo y la distancia, y todas nuestras circunstancias.

Nunca hubo un nosotros, simplemente coincidimos en el momento adecuado para hacernos las cosas adecuadas.

Fuimos lo suficientemente cobardes como para tirarlo todo por la borda. Después de todo no hicimos nada más que bajar los brazos y mirar cómo nos alejábamos por el retrovisor aguantando las lágrimas, tragando saliva, con el nudo en la garganta del que dice adiós.

Nunca supe qué hacer con los finales, ni qué esperar de las personas a las que has querido y desaparecen. Olvidé que nunca quisiste hacerme daño y que no quise hacerte daño, y que nos separamos porque no supimos luchar como nos habían enseñado, como nos habíamos prometido que lo haríamos.

Y ahora somos como dos extraños, y es lo más triste que me ha pasado en la vida.

Te lo seguiré diciendo siempre, a pesar de la niebla, de no poder verte, de no tener tu mano acariciando mi pelo en la penumbra.

Te quiero.