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Ojos de mar.

La vida ya no tiene ni rastro de esperanza.

El futuro es un desierto que no tengo fuerzas para cruzar. Y tampoco tengo ganas de arrastrar mis pasos entre la arena, sorteando los peligros que me pueda encontrar. Sólo quiero cavar un agujero lo suficientemente hondo como para meterme en él, cubrirme de arena y dejar que la falta de aire en mis pulmones y el tiempo hagan el resto.

La mirada triste, el latido débil.

Y ni siquiera camino como si quisiera llegar a alguna parte de verdad. Me muevo con la misma inercia con la que se mueven las hojas de un árbol cuando sopla el viento. Me muevo porque si estoy mucho tiempo parado alguien toca el claxon y me hace avanzar un par de metros para dejar de obstaculizar el camino. Al final caes en la cuenta de que sólo eres un estorbo, otro muro, una puta pared, otra piedra a la que golpear y alejar para poder andar.

Acabo siendo siempre un tronco caído en medio del sendero.

Acabo siendo siempre un lastre que hay que abandonar y soltar.

Y sigo sin tener a nadie a quien aferrarme, porque cuando necesitas una mano casi todo el mundo acaba escondiéndola detrás de la espalda y mira hacia otro lado.

Joder, qué triste, que a pesar de los años no haya nadie que quiera quedarse junto a ti, y darte un abrazo, y susurrarte bajito que al final todo irá bien, aunque sea mentira. Porque, al final, las cosas nunca van bien pero necesitamos creer en ese engaño para poder levantarnos cada día y fingir que hacemos algo valioso con nuestras vidas. Somos una puta mota de polvo en la infinidad del Universo y ni uno solo de nuestros actos servirá para nada, ni una sola de nuestras acciones cambiará el curso de la Historia. Ni una sola.

¿Cómo no voy a tener los ojos llenos de mares?

Si sólo quiero llorar, llover, acurrucado contra ti.

Y que, por favor, se acabe el verano y todas esas pesadillas en las que no estás.

Como la luna y el sol.

Visitar el mar siempre te permite pensar. Sólo hay que buscar algún rincón de playa perdido entre dunas de arena, estirar la toalla, y sentarse a observar las olas durante un rato. Un libro junto a las piernas, agua helada en la botella y música en los auriculares.

Y eso te conduce a tener el deseo de que algunos instantes duren para siempre, de sentir lo eterno. Y me pasa exactamente lo mismo cuando beso tus labios.

Ojalá algunas cosas duraran para siempre, como todo esos sentimientos que me envuelven el corazón aunque ya no haga frío.

El problema (porque siempre hay un problema) es que en lugar de desconectar, en lugar de divagar por mis ideas en busca de algo nuevo he vuelto a recaer en ti, he vuelto a tener tu figura dibujada en mi lóbulo occipital.

Justo como algunas noches, cuando abro los ojos en medio de la oscuridad con la respiración agitada y el sudor empapándome la nuca, con la horrible sensación en la garganta de que te ha sucedido algo malo. Supongo que es con detalles como ese cuando te das cuenta de que alguien te importa más de lo que habías esperado nunca, cuando querrías conocer el tipo de magia que chasqueando los dedos permitiera estar a su lado para comprobar que todo sigue bien, que ella está bien.

Lo único importante para mí desde hace mucho tiempo.

Pero da igual, sigue habiendo muchas cosas que dan igual y lo darán. Como mis buenas noches, mis caricias en silencio, mi predisposición permanente, mi ayuda incondicional, mis besos en el cuello.

Al final parece que estamos destinados a no ser, a no estar juntos, a no alcanzarnos nunca, a no hacer planes de futuro.

A ser la noche y el día.

Y nunca más tocarnos.

Como la luna y el sol.

Con los bolsillos vacíos.

Harto de tanta cobardía, de tanta mentira, de tanto vaivén sin sentido ni objetivo final.

A mí me enseñaron a correr de bien pequeño, me enseñaron a no buscar problemas y a huir de todo lo malo. Y ahora que debería esquivarlos por instinto no hago más que meterme en ellos, y ya no me da tiempo a quitarme tanto fango de los ojos.

Ya no soy capaz de distinguir la corriente para llegar hasta el mar, ni de saber qué nubes nos traerán tormenta.

Camino anestesiado, firme heredero del colapso emocional. Ya he dejado de discernir lo que está bien de lo que está mal, y es porque creo que ya me da igual. Absolutamente igual, porque ya he caído de nuevo en la espiral y no hay quien me salve de esta, ni de todas las demás.

En estos momentos ya no tengo nada que perder porque ya lo he perdido todo mientras recorría el camino. He llegado a la puerta de casa con los bolsillos vacíos de esperanza e intenciones, y ya sólo me guío por la inercia del reloj, por la cadencia del sol en el cielo, por el hambre y el sueño.

Las canciones alegres llaman de nuevo para que les abra la ventana y esta vez no quiero su visita, no las busco esta primavera. Para mí todas esas flores que soy capaz de ver a lo lejos están marchitas.

Lo que necesitamos son más amores de verdad, de esos que te hacen tomar aire por las mañanas sin que te pese la conciencia, de los que te hacen sentir mejor sin perder de vista la realidad que te rodea, de los que te envuelven con ternura y aún así hacen que te suba la temperatura corporal.

Amores de verdad, de los que te elevan no de los que te hunden.

Hoy sólo busco dejar de pensar, que descanse mi hipotálamo, que se borre mi memoria, meter en el congelador por un rato el corazón.

Lo dejo ya, a ver si me salva de esta otro café.

Lobo de mar.

Recuerdo que tocarla era como viajar de puntillas por las teclas de un piano, y su risa me hacía vibrar por dentro como lo hace un arco al frotar las cuerdas de un contrabajo. Consiguió que a un canalla como yo le temblaran las piernas antes de besarla y que cerrara los ojos cuando se apoyaba en mi pecho antes de quedarse dormida. Consiguió que mi vida fuera por un tiempo una especie de poema sinfónico, música descriptiva, y que olvidara el miedo, y las estalactitas que me crecían por dentro.

Ahora me queda lo que le queda a cualquier lobo de mar en la recámara, recuerdos que duelen más que cualquier herida de arpón, sonrisas que me han agrietado más la piel que el frío del mar de Bering.

Todo empezó como empiezan las buenas historias, por casualidad y de puntillas, y acabó rompiéndome a trozos; algo que sabía desde el principio, algo que intuí desde el primer orgasmo ahogado en medio de la noche.

Teníamos los días contados desde el inicio.

Y es que estas cosas nunca salen bien, las del corazón digo.

Y así fue.

Sobrevivimos de cualquier forma, robándonos besos y caricias en las esquinas, escondidos tras puertas que podían abrirse en cualquier momento. Hicimos malabares con el tiempo y la distancia, y todas nuestras circunstancias.

Nunca hubo un nosotros, simplemente coincidimos en el momento adecuado para hacernos las cosas adecuadas.

Fuimos lo suficientemente cobardes como para tirarlo todo por la borda. Después de todo no hicimos nada más que bajar los brazos y mirar cómo nos alejábamos por el retrovisor aguantando las lágrimas, tragando saliva, con el nudo en la garganta del que dice adiós.

Nunca supe qué hacer con los finales, ni qué esperar de las personas a las que has querido y desaparecen. Olvidé que nunca quisiste hacerme daño y que no quise hacerte daño, y que nos separamos porque no supimos luchar como nos habían enseñado, como nos habíamos prometido que lo haríamos.

Y ahora somos como dos extraños, y es lo más triste que me ha pasado en la vida.

Te lo seguiré diciendo siempre, a pesar de la niebla, de no poder verte, de no tener tu mano acariciando mi pelo en la penumbra.

Te quiero.

El paisaje inerte.

Está la vida tan gris que sólo puedo pensar en ti. Y miro el cielo porque no tengo tus ojos. Vivo tropezando con todas las piedras que hay en el camino, con nombre y apellidos, y parece que a pesar de todo no aprendo, que soy poco hábil para darme cuenta de que tengo que cambiar, que lo de ser un soñador está bien para los protagonistas de una novela de aventuras pero no para la vida real. Que le queda muy bien a Ryan Gosling, Tom Hardy o Henry Cavill, pero no a mí.

Yo creo que esta estampa silenciosa siempre trata de avisarme, de pararme los pies, de evitar que me acerque al peligro de unos besos que ya tienen dueño. Yo creo que las mentiras tratan de hacerme ver las verdades desde otro ángulo, de darme puñetazos en el estómago para que pare de hacer el idiota y siga emborrachándome.

Yo creo que sólo sigo siendo un estúpido que espera que la luna le de las respuestas que no tiene y que mira el mar como Hemingway lo hacía.

Yo que me imaginaba susurrándote al oído buenos días antes de darte un beso, llevándote chocolate al sofá mientras lees cualquier libro, abrazándote las noches en las que el frío te cale los huesos, bebiendo tus lágrimas de tristeza y de alegría, cogiéndote de la mano entre el desconcierto. Yo que, incluso, he llegado a imaginar que sonreía de verdad, sin miedo, y no me parecía tan malo.

He roto todas las botellas que tenían mensaje dentro y tengo las entrañas llenas de matices que no sé explicar con palabras. Me he llenado el cuerpo de costuras, de golpes, de esperanzas que se quedan en suspiros, de flores muertas.

Pero ahora creo que la vida se desvanece como lo hace todo un viernes por la tarde.

Y que soy un completo sin sentido.

Esto de fustigarse, de lamentarse, de usar el látigo contra uno mismo y hacerse isla me acabará matando. Me he llenado las costillas de acantilados, el cerebro de trampas, el corazón de desconfianza y las manos de desamor.

Al final de todo este paisaje inerte me volveré loco y estaré libre de pecado.

Estaré libre de pecado porque os habré avisado.