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Los dragones y las rosas.

Se me agota el tiempo.

No sé si queda mucho más a tu lado.

Se me agotan las fuerzas, las ganas, la vida.

Y no sé si me queda algo por hacer.

Hoy he visto que vuelan los dragones por las calles y hay caballeros con espadas oxidadas intentando darles caza, y yo los miro y sólo quiero que esos bichos alados ganen mil batallas, que destrocen todos esos amores que se basan en mentiras y ficciones, que destrocen todas esas palabras que no son reales, que no valen nada, que sólo adornan segundas intenciones.

No hace falta que te diga ciertas cosas, no hace falta que lo ponga por escrito. Veo que esquivas mi mirada, que no te atreves a irte ni a quedarte, y yo estoy aquí cargando con el peso del silencio.

Nos hemos olvidado de compartir y del nosotros, de saber lo que queremos, de buscar un rumbo en común, de dibujar caminos sobre la arena con nuestros dedos y olvidar lo que otros escribieron en los mapas.

Es 23 de Abril y hay gente dándose besos en los bancos de los parques, dejando que el sol y las cosquillas en el abdomen se hagan fuertes en ellos.

23 de Abril y tú y yo nos estamos despidiendo, sin saberlo (quizá siendo completamente conscientes de ello).

Iba a escribir para nosotros finales felices sin necesidad de perdices ni de estereotipos de cuento clásico y obsoleto, pero ya no. El final va a llegar como una estocada final en una sangrienta y odiosa justa medieval.

Sólo espero que haya alguien tan dispuesto a todo por ti como lo estaba yo.

Y me voy a paso lento, sabiendo con certeza que no vas a venir tras de mí, que ni aunque saltara el precipicio intentarías coger mi mano, tirar de mí, salvarme por una vez.

Lo único que sé es que desprovisto de escudo y de espada, sin armadura de metal, convertiría en mascotas a los dragones que nos miran desde arriba y te regalaría rosas y libros cada día.

Un mundo en el que ya no me mires.

La ciudad ya no duerme, ni la gente, porque tenemos miedo de cerrar los ojos y que el mundo conocido desaparezca bajo nuestros pies cuando despunte el día, tenemos miedo de que todo cambie de golpe sin habernos dado cuenta, sin haber formado parte. Tenemos un miedo ensordecedor a abrir los ojos y no reconocernos, a sentirnos fuera de lugar, como cuando la persona que duerme contigo es de pronto, con tan sólo una vuelta del minutero a la esfera del reloj, un completo desconocido.

Me gustaría escupir como lo hace Chinaski, con palabras certeras y verdades incontestables a pesar de que pasen los años y las páginas en las que están escritas su vida y milagros comiencen a parecer las hojas de algunos árboles en otoño, justo cuando están a punto de caer. Me gustaría que mis frases y mis besos fueran para ti también como tiros a quemarropa directos al corazón de los que no poder escapar.

Entre letras y pensamientos sigo siendo un viejo luchador, ya lejos del ring y de las apuestas, de los focos y los flashes de las cámaras. Sigo siendo un luchador que ya no espera nada, por eso todo es diferente, por eso todo ha cambiado y los mapas, los caminos y las señales ya no me parecen los mismos de antes.

Te sujeto ahora después de las tormentas, los temblores de tierra y de piernas, como se sujeta a cualquier pájaro, sólo con la palma de la mano, para que si te quedas o te vas sea porque es lo que quieres, lo que sientes en ese pequeño rincón inaccesible que todos tenemos guardado entre la carne. Supongo que el amor también es eso, que el otro tenga la libertad de decidir siempre aunque te pueda doler, y sobre todo creo que se trata de nunca intentar apretar las manos para que alguien se quede a tu lado.

No tengo muy claro lo que quiero en esta vida, ni lo que espero del futuro, lo que sé con certeza es que no quiero despertarme un día y sentir el vacío de tu existencia palpitándome en las manos, latiéndome en el pecho.

Lo que nunca quiero es pisar un mundo en el que sólo pueda encontrarme contigo por casualidad.

Un mundo en el que ya no me mires como lo haces ahora.

Puntos suspensivos.

Hace tiempo que vago sin saber muy bien a dónde ir, sin saber si debo seguir mirando a los ojos o haciéndome pequeño entre las sábanas de mi cama. Sigo viendo el sol aparecer por la ventana y volver a esconderse sin haber salido de casa, encerrado entre cuatro paredes que se me caen encima porque ya no puedo sujetarlas en solitario. Sigo viendo la luna asomar, con sus cráteres, con su color plateado que invita a quitarse la ropa y transformarse.

Tengo un mapa frente a mis ojos lleno de zonas desiertas. He tachado con rotulador rojo todos los lugares en los que no estás. He hecho una equis donde sé que te encontraré y no coincide con la mía. He ido uniendo nuestra distancia con pequeños puntos y no estamos tan lejos como parece, sólo nos hacen falta más ganas para llegar a abrazarnos cualquier noche.

Nunca me he sentido tan humano como siendo vulnerable, cuando sé que te necesito para que el corazón lata tranquilo aunque me aceleres el pulso cada vez que asomas por la puerta. Es esa mezcla de nervios y calma con la que me llenas siempre la que me hace sentir vivo, y supongo que esa debe ser mi droga, lo que dispara mi adrenalina, lo que me mantiene aquí.

Nunca me he sentido tan humano como cuando he sentido tus labios contra mi piel y has suspirado contra mi cuello antes de cerrar los ojos, dándote por vencida. Y he vibrado en silencio, notando la paz en medio de la noche después de desatar huracanes y tormentas tropicales sobre el colchón.

El otoño va a aplastarme de nuevo, con sus nubes, con ese viento que despeina y que abre las chaquetas al cruzar la avenida. Lo bueno es que si tú quieres podemos compartir algo más que manta, café y películas. Me comprometo a susurrarte canciones, a cocinar entre semana, a dejar de escuchar a tristes cantautores, a dejarte dormir y no hacer ruido los sábados por la mañana. Prometo olvidarme del teléfono cuando te tenga delante, hacerte sonreír siempre que pueda, besarte despacio, abrirte la puerta y cederte el paso sólo si te apetece.

No me digas que vamos a quedarnos siendo sólo puntos suspensivos porque eso, de verdad, sólo puedo aceptarlo si es porque todavía no sabes cómo quieres que pase todo entre nosotros.

No me importa el destino.

No me importa el destino, ni el final de trayecto, ni el viaje, si voy contigo.

A veces creo que me faltan todas las dudas que a ti te sobran para igualar la balanza, para no estar tan expuesto, para evitar el daño y que no me toquen las costillas contra el suelo en el próximo golpe.

No sirve de nada escudarme en cualquier excusa para olvidar, ni en tratar de dormir más horas de las que necesito, ni fingir un bienestar que no siento en ningún momento. Y es que sigo siendo el sapo que no se convierte en príncipe al final del cuento, el mismo de siempre, el que sabe aconsejar al resto pero aún no ha aprendido a cuidarse y quererse de verdad.

Supongo que mañana te seguiré mirando, buscando en los mapas, y serás cada una de esas ciudades que me traen buenos recuerdos, serás ese cielo que no deja que las nubes le tapen el sol. Supongo que mañana me seguiré topando contigo en cualquier esquina, obligado a mirar el suelo, tragar saliva y a arrancarme las espinas.

No supe hacerlo bien.

No fui capaz de convertirme en tu imprescindible.

No conseguí hacer que necesitaras mirarme a cada rato, como quien mira a la lluvia después de largos meses de sequía, como quien mira unos labios después de encontrarse con muchos amores de mentira, como yo te miro a los ojos.

Que quizá el exceso de ternura mata la pasión, o que te he querido cuidar más de lo que estabas dispuesta a permitir.

O quizá es sólo que pienso demasiado y siempre estoy equivocado. Que todo sucede en mi cabeza y nunca pasa el umbral de la realidad.

Pero da igual lo que piense, siempre vuelvo al inicio, al lugar donde aún puedo coger tu mano, mirarme los zapatos, pisar las ramas secas y caminar junto a ti. Todavía podemos cortar las cuerdas y tirarlas bien lejos, echar el resto, apostarlo todo. Estamos a tiempo de despegar, llorar de alegría y escuchar nuevas canciones.

Nunca es tarde para regalarnos caricias, reconocernos de nuevo, reflejar nuestras sonrisas en los charcos.

Y es verdad, no me importa el destino, ni el final de trayecto, ni el viaje, si voy contigo.

Imagina si lo tengo claro.