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El truco final.

Cada vez que alguien habla de magia sonrío, recuerdo todos esos trucos que de niño me fascinaban y que ahora, siendo adulto o eso dicen, todavía no entiendo. Y no estoy de acuerdo cuando dicen que los adultos no creemos, que ya hemos visto demasiado como para creer en encantamientos y hechicería.

Claro que creo en la magia y seguiré haciéndolo mientras sea capaz de ver cómo se forma una sonrisa en tu rostro de la nada. Seguiré haciéndolo mientras vea que un abuelo levanta a su nieta del suelo con sus manos delgadas y frías. Seguiré haciéndolo mientras pueda escuchar una nueva canción y se me erice la piel. Seguiré haciéndolo mientras piense que el mundo puede parar si de verdad queremos que lo haga.

Somos dueños del reloj y de la noche, de las risas y los besos, del dolor y la alegría, del destino y el camino.

Somos marinos errantes, cantautores de barra de bar, con más dignidad que la mayoría de los que llevan traje y se escudan en dinero.

Somos personas corazón, y eso se nota de lejos. Intentando siempre hacer fácil la vida a los demás, olvidándonos de nosotros mismo, anteponiendo la felicidad del resto a la propia.

Y es que la magia es para nosotros, para aquellos que aún podemos soltar una lágrima cuando algo nos emociona sin que nos de vergüenza, para aquellos que decimos lo que sentimos sin temor, para aquellos que damos un paso al frente por la gente a la que queremos, para aquellos que se atreven, para aquellos que nunca se dan por vencidos.

La magia poco tiene que ver con saber desde muy joven que los reyes magos son los padres, tampoco con ir a Hogwarts a estudiar Defensa contra las Artes Oscuras.

La magia va de descubrir vida en un charco en el que se reflejan las farolas de un barrio del centro, de ver estrellas en medio de la ciudad, de que rías mientras me coges la mano y el viento alborota tu cabello.

Cada vez que alguien me pregunta si creo en la magia sonrío, ¿cómo no voy a hacerlo?

Mi truco final será quererte siempre y llevarte a la cama en brazos cuando te quedes dormida en el sofá.

Lo que marca la diferencia.

Ya ha llegado el momento, ese en el que las voces se alzan pidiéndome que tire la toalla, que deje de nadar a contracorriente, que no lo intente más, que no intente seguir luchando por aquello que nunca voy a conseguir.

Pero, ¿cómo voy a conseguirlo si dejo de pelear?

Probablemente dará igual lo mucho que lo pretenda, porque no llegaremos a ser nunca. Y es triste saberlo, tener la certeza, tenerlo tan claro todo, y aún así decidir cerrar los ojos y caminar sobre la senda más peligrosa, por la que te guía el corazón.

Lo importante en estos días es tener tranquila la conciencia, saber que has dicho todo lo que tenías que decir, saber que has abierto las puertas y los brazos, que has estado dispuesto a cruzar precipicios sin que te tiemblen las manos. Que seguirías hacia adelante aunque estuvieras en medio de la batalla del Abismo de Helm, aunque tuvieras que encontrar los planos de la Estrella de la Muerte, aunque un ejército de daleks fuera hacia a ti, aunque los dementores te llenaran de frío y dolor.

Que atravesarías mares, cuevas y laberintos si eso te hiciera llegar hasta ella.

Estaba todo de nuestra parte y le dimos la vuelta. Nos caímos de rodillas al primer obstáculo, y el amor no funciona así. Si todo es difícil tenemos que hacerlo fácil nosotros, porque para complicarnos la vida ya tenemos otras cosas que no valen tanto la pena.

Si al final todos queremos lo mismo, poder sonreír, medio gramo de felicidad diario, dormir sin que nos pese todo lo que no hemos hecho, mirarnos al espejo sin que nos entren ganas de escupirnos porque no nos perdonamos ciertas cosas.

Si al final del día sólo queremos un abrazo donde caernos muertos, un beso de buenas noches, un libro esperando a ser leído en la mesita de noche.

Si al final de la vida sólo queremos mirar atrás y que no nos pesen todas las decisiones que no tomamos, la gente que dejamos de lado, los errores que no supimos perdonar, las piedras con las que no tropezamos.

Quería llegar contigo a donde nadie ha llegado, pero me lo pones muy difícil.

No es que pueda prometerte nada, pero te lo prometo todo.

No es que tenga nada, pero te lo daría todo.

Y supongo que eso es lo que marca la diferencia.

Sin título 1.0

Avenidas llenas de escarcha salada por culpa de las lágrimas, el beso del millón de dólares antes de levantarnos del colchón, tus pasos dejando mi casa sin haber dicho adiós. Sé de sobra que no te gustan las despedidas, pero temo que llegue esa última vez sin haberte mirado a los ojos, sin ser capaz de guardarte para siempre.

Por eso escribo, porque cuando deje de recordar podré leer, seré capaz de reconocernos en cada línea, en cada frase, y en alguna que otra canción. Seré capaz de revivir lo que sentía, de oler tu perfume, de ver tus ojos, de sentir tus manos enredándose torpes en mi pelo. Seré capaz de recordar cómo sonaban tus pasos en plena madrugada antes de entrar a mi casa, de escuchar tu risa antes de dormir, de saborear tus labios, de acariciar tus piernas en el aire.

El tiempo y la suerte nunca juegan de mi parte, nunca apuestan por mí, pero sigo aquí, aguantando los golpes, los vendavales y tus sonrisas furtivas.

Por eso escribo, porque cuando deje de recordar podré leer, y llorar sin saber por qué.