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Adelante.

Vivimos rodeados de tragedias que superan nuestras miserias cotidianas y no queremos ver.

Nos aferramos al dolor de manera absurda, nos adentramos en nuestro miedo y nuestra incapacidad para afrontar lo nuevo. Nos agarramos con fuerza al temor que nos impide movernos porque nos sentimos más seguro nadando en nuestra mierda que intentando salir de ella.

Hay personas que son cuerda, que te permiten darles la mano y sacarte poco a poco del barro, del pozo sin agua en el que estás pretendiendo ahogarte. Y debemos permitirlo, cuando la oscuridad nos nubla la vista, cuando somos incapaces de distinguir más allá de las sombras que nos abrazan hasta asfixiarnos en medio de las noches más negras.

Hay personas que son fuego, que te iluminan para que puedas seguir el camino a tientas, que te dan las herramientas para que salgas de la cueva y te proyectes hacia la luz.

He vuelto a dormir en el sofá tratando de luchar contra el mal.

He vuelto a mirarme en el espejo intentando quererme.

He vuelto a tomar más café del que es bueno para mi tensión arterial.

He vuelto a beber sin ti.

He vuelto a soñar con un futuro que no va a venir a por mí.

Y te pido ahora que vuelve el frío que me devuelvas todos los besos que te he dado y los que no he podido darte.

Adelante.

Ahora soy yo quien los necesita.

Inevitable.

Me gustaría tener una máquina del tiempo para volver atrás, para poder volver a ese momento concreto en el que todavía podría haber hecho las cosas bien. Trataría de mirar antes de cruzar la calle, trataría de no besarte, no tocarte  y  empaparme con cada centímetro de tu piel.

Dejaría la culpa atrás, volvería a conciliar el sueño y podría caminar sin bajar la vista al suelo, sin encogerme de hombros, sin rascarme la nuca sin saber qué decir, sin obligarme a esquivar tu mirada.

Y seguiría habiendo un abismo entre los dos y, sin saberlo, una jodida cuerda atada a nuestra cintura que nos seguiría obligando a permanecer unidos por alguna extraña y caprichosa razón que sé que nunca lograré entender.

El bien y el mal, y la subjetividad, y el orden que promueven unas leyes hechas por hombres y mujeres tan llenos de errores como tú y yo. Imperfectos, a medio construir, delincuentes emocionales sometidos a la pena capital.

Es entonces, cuando aprieto los dientes con rabia y me duele la mandíbula, es entonces, cuando sé que todo esto era inevitable, que volvería a caer, que volverías a caer y que abrazarnos sin ropa fue el más sincero de nuestros pecados.

Corazones al galope perdiendo todas las carreras, un par de manos torpes que nunca supieron hacer bien las manualidades del colegio, y ojos que han sido capaces de ver a través del búnker en el que te obligas a vivir.

Ya me han dicho que la esperanza tiene el color tu mirada, y yo aún no me lo quiero creer por si entonces todo empieza a doler.

Inevitable, qué mal, o qué bien.