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Costa blanca.

Costa de Alicante, Octubre de 1999.

No lo vi venir, ni los golpes secos, ni la tristeza, ni la soledad. No sé si estaba ciego o es que los acontecimientos tuvieron lugar demasiado deprisa. Ella se marchó y comenzaron los problemas, los de verdad, no esos de los anuncios de televisión que te obligan a comprar un detergente para poder mezclar la ropa blanca y la de color.

Me equivoqué, aunque no me guste admitirlo, y creo que nunca la había cagado tanto. Lo dejé todo al descubierto, sin pensar que otros podrían seguir el rastro y encontrarme. Hubo parte de traición en aquel último beso. Ahora soy consciente de ello. Me vendió como quien vende unas zapatillas viejas y se guarda el dinero en los bolsillos antes de que se den cuenta de que no valen las cinco mil pesetas que han pagado por ellas.

Dejé el aire pasar durante unos días, abriendo las ventanas, tratando de que el sol débil me diera algo de las fuerzas que me habían quitado los últimos meses. Había unos cuantos cientos de millones escondidos en una maleta esperando a que los recogiera. Y lo único que había conseguido al cerrar los ojos era tener pesadillas.

Una puta mierda.

Ni rastro del viaje a Cuba para regresar cuando todo se hubiera olvidado, ni rastro de la nueva moto, ni rastro del chalet con piscina a las afueras. La casa a medio construir cerca de la costa se había convertido en un refugio decente, no habían logrado acabar las obras por un problema con las licencias por parte del ayuntamiento y a mí me había venido muy bien que nadie hubiera llegado a un acuerdo sobre quién debía derruirla. Tendría que acercarme al pueblo a comprar algo de alimento antes de que acabara la semana, y tenía miedo. De ese que hace que los músculos se queden agarrotados y que tengas ojos en la nuca.

Y yo nunca había tenido miedo.

Supongo que había querido dar el salto a lo grande demasiado rápido, y jugarse los cuartos con gente peligrosa acaba pasando factura. No hay que morder la mano de quien te da de comer, ¿no?

Encendí un cigarro mientras el sol caía entre los árboles. Otra noche alejado del mundo cotidiano mientras escuchaba las noticias en la radio. Tendría tiempo para que aquella nueva vida me gustara, tiempo de acostumbrarme a los cambios, de saber entender el avanzar caprichoso del universo. Sobre todo, necesitaba paciencia para ocultarme y para salir cuando fuera el momento justo. Debía planificar la salida de la madriguera para recuperar el dinero y ser libre. Sólo quería irme tan lejos como me permitiera mi escaso conocimiento de lenguas extranjeras.

Por suerte, los periódicos no se habían hecho eco del botín, ni de lo sucedido, cuando trabajas sin dejar un rastro de sangre por el camino es mucho más sencillo. Te permite,  en cierta medida, difuminarte entre los callejones como el gato de Chesire. De todos modos, me daban más miedo los rusos que la guardia civil, acostumbrados al vodka, al frío en los estadios de fútbol y a que nadie los entienda.

Apagué la radio al escuchar el motor de un coche acercándose, desconecté el par de luces que había conseguido instalar en lo que hacía de comedor y recogí el revólver de la mesa de la cocina antes de observar tras una de las ventanas que quedaban más cerca del camino. Dos personas se acercaban, mirando a ambos lados y podía adivinar sus armas en las manos. Por suerte, había tenido la precaución de dejar la moto entre los árboles, un poco alejada de la cabaña para que nadie pudiera pensar que alguien había decidido ocupar aquella casa solitaria de manera precaria. Antes de que abrieran la puerta yo ya había huido por la ventana de la cocina y corría por el claro para llegar hasta la moto. No dejaba nada de importancia detrás, llevaba el tabaco, el revólver y las balas. Me coloqué el casco y comencé a darle gas a la Yamaha R1 mientras trataba de coger ventaja a mis perseguidores.

Ahora sólo tenía que buscar un nuevo escondite, una cueva en la que hibernar mientras pensaba en cómo recuperar el dinero y seguir con vida.