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Incendiar el mundo.

Dicen que la noche es para dormir pero nosotros nunca hacemos caso a los demás. Hace ya tiempo que decidimos llevar las cosas a nuestra manera, caminar a nuestro modo, recorrer lo senderos sin dejar que nadie nos guíe.

Preferimos entendernos mutuamente que intentar entender al resto.

Y donde más nos entendemos es entre las agónicas sombras de la madrugada, donde no hace falta que hablemos para saber dónde y cómo tenemos que acariciarnos, para saber en qué momento tenemos que besarnos o susurrarnos cualquier cosa que no sea un te quiero contra el cuello. Nos gusta chocar las caderas sin que suene la música, nos gusta notar el sabor del alcohol en el paladar, lamernos todas las heridas que aún tenemos sin cerrar.

Nos gusta repetir y alzar el vuelo entre las cuatro paredes de mi habitación.

Nos gusta dejar el miedo a un lado, llenarnos de silencio y vivir el momento; disfrutar el poco tiempo que tenemos entre este caos vital del que somos víctimas.

Quiero abrazarme a tus caderas y que me mezas con ellas hasta ser capaz de cerrar los ojos.

Quiero apoyarme en tu pecho y dejarme llevar.

Quiero reptar sobre las sábanas hasta encontrarme con tu ombligo y mezclar mi saliva contigo.

Somos sólo un par de almas en pena que se encontraron al final del túnel, que se chocaron cuando estaban llenos de tristeza y todo era barro en sus ojos.

Y ahora nos queda incendiar el mundo cada vez que nos tocamos, nos miramos a los ojos y damos otro trago a la copa de vino. Ahora nos cazamos en cada esquina, vivimos el desorden, nos cuidamos de manera clandestina.

Podría acostumbrarme a tu cuerpo sobre el mío, a escuchar cómo te escapas de las sábanas cuando sale el sol, a tus besos en la espalda mientras me estoy despertando.

De verdad que podría acostumbrarme a tu fuego.

[Está Marea sonando fuerte, resonando en mi cabeza, diciendo que duermas conmigo.]

Los gatos y el agua.

Di un par de golpes al reloj de muñeca, mirando la esfera blanca en medio de la noche. No funciona, otra vez. Había debido gastarse la pila. El reloj marcaba las once y treinta y dos, no sabía si de la noche o de la mañana. Lo cierto es que no había mirado la hora en todo el día, y ahora las manecillas ya no se movían como lo hacían antes, con una cadencia determinada, se habían quedado estáticas. Sonreí en la oscuridad, estirándome sobre las sábanas que me protegían desde siempre de fantasmas invisibles en los que me negaba a creer. La ironía me parecía divertida y casi perfecta. El segundero estaba quieto, inmóvil y en cierto modo me recordaba a mí mismo. Parado y con la necesidad de un impulso que me hiciera caminar de nuevo hacia adelante. Con veintisiete años sólo había trabajado unos cinco meses desde que acabé la carrera, al menos en algo que tuviera que ver con mis estudios. Sobrevivía a base de tocar el piano en un local cerca de la Plaza del Real, un local de gente de clase media que quiere buena música mientras se toma sus gintonics de Hendrick’s. Patricia no se había quedado a dormir aquella noche, apenas se quedaba, no le gustaba ese piso enano que tenía en el Born. Un piso viejo y que necesitaba alguna que otra reparación pero en el que estaba instalado desde que llegué a Barcelona por primera vez, hacía ya nueve años.

Suspiré viendo al Coronel Rubio subido a mi cama, durmiendo a pierna suelta. Ese gato se coló en casa hace un par de meses y no se despegaba de mí. Un gato callejero que ahora era prácticamente mi mejor amigo, al menos quien más tiempo pasaba conmigo. Yo no elegí el nombre,  Patricia siempre había sido muy de jugar al Cluedo, y siempre quería que yo fuera el Coronel Rubio para elegirse a la Señorita Escarlata, como si fueran a tener un romance o algo así. Como si el juego fuera de eso, manda huevos. Le pasé la mano por el lomo y me miró arrugando su pequeña y rosada nariz. Nunca le gustaba cuando le molestaba, y menos en sus horas de sueño. En eso debía admitir que se parecía en algo a mí. Que me dejaran tranquilo era uno de mis pasatiempos favoritos.

Estiré el brazo para mirar la hora en el teléfono móvil, el reloj digital de la pantalla del iPhone me devolvía unos números blancos que indicaban que la madrugada estaba en pleno apogeo. Las tres y cinco. Al menos había dormido algo, últimamente tenía un sueño ligero y lleno de pesadillas, como si estuviera inquieto por algo que aún no sabía definir con exactitud. Me senté en el borde de la cama, dejando que mis pies acariciaran el suelo de madera un rato antes de acostumbrarse al frío, y me acabé levantando para asomarme a la ventana. Abrí una de las hojas de madera y di un par de manotazos al aire hasta dar con el paquete de tabaco de la mesilla de noche. Encendí un cigarro mientras dejaba que el aire fresco entrara en el piso, el gato me miró con mala cara. Había llovido, y ya se sabe lo que dicen de los gatos y el agua. No son buenos amigos. Como yo y el trabajo. No nos llevábamos bien.

 A pesar de las horas, en la ciudad condal siempre había movimiento, una urbe en constante ebullición, y observé a uno de los camiones de la basura recogiendo los desperdicios de todos los vecinos de la calle. Probablemente acabaría teniendo que pedir trabajo de basurero al Ayuntamiento, porque estudiar Historia no me había servido para mucho más que para morirme de hambre. Me pasé una mano por el pelo y di otra calada al cigarro, soltando el humo con lentitud, como si no tuviera prisa, como si me diera igual dormir una hora menos o una más. Que es verdad. Cogí el teléfono y miré si tenía algún whatsapp sin responder. Patricia se había conectado por última vez hacía media hora. Demasiado tarde para ella. Tiré de nuevo el teléfono sobre la cama y al segundo sentí el pelaje suave de mi acompañante felino en las piernas, llamando mi atención. Cogí al gato y le acaricié la cabeza, recordando que mi madre siempre dice que los gatos odian que se les acaricie a contrapelo.

–Deberíamos volver a dormir. –dije como pude, con el cigarro sujeto por la humedad de mis labios. –Mañana será un día largo. –Por no decir en voz alta que sería otro día largo, tedioso y aburrido.

Al menos sería jueves, y los jueves siempre tenía que sentarme frente a un piano y deleitar de alguna forma al público. Mi amigo de cuatro patas saltó de nuevo sobre el colchón y se acurrucó en la parte de la almohada que yo solía dejar libre. Apagué el cigarro contra la repisa de la ventana y cerré. Con los pulmones más sucios y la mente despejada ya podía irme a dormir tranquilo una noche más.

Malos augurios.

Malas noches.

De pesadillas y despertar sudoroso en plena madrugada.

De tragar saliva y contener la respiración en medio del silencio.

De tener la imagen de familiares fallecidos en la retina y el nudo en la garganta.

De observar la noche protegido con unas sábanas y una manta.

Malos augurios.

Algo malo tiene que pasar porque al final las cosas nunca me salen bien.

Porque yo no tengo tanta suerte.

Porque no estoy preparado para tener motivos por los que sonreír.

Estoy inquieto, y nervioso, y no sé qué debe significar todo esto. Estoy más callado de lo que debe ser normal en mí y pensativo, y pierdo el hilo de la mayoría de las conversaciones que tengo durante el día.

Ha llegado otra vez esa época en la que sólo soy nubes grises y niebla densa, y soy mala compañía para cualquiera. Ahora casi siempre me tiembla el pulso al escribir porque estoy perdiendo el rumbo, y ya no sé ni lo que digo. Sólo soy un borrón, una camisa hecha jirones, el poso de café amargo de una taza abandonada en cualquier mesa.

No creo en fantasmas, ni en dioses y estoy perdiendo la fe en las personas. Pero cuando tengo que despertar a diario con el corazón disparado y el miedo atenazándome los músculos me entran dudas.

Quizá es que espero que llegue el naufragio de una vez, que se desmorone todo, deshacerme delante del espejo como una vela ante el calor de una llama. O quizá no.

Sólo tengo ganas de correr hasta que duela, de sentir de nuevo el sabor metálico entre los dientes, de arañar la tierra, de morder tu cuerpo, de romperme en dos, de beberme todo el bourbon que hay guardado en el salón, de quemar otro bidón de gasolina.

Supongo que cuando el calendario de otra vuelta y se acaben las páginas nos daremos cuenta de nuestro error, de que todo eran sueños vacíos sin sentido.

Supongo que cuando caiga contra las rocas a recuperar la respiración entraré en razón, lo entenderé todo, y te daré las gracias por decirme adiós.

Malas noches.

De pesadillas contigo.

Malos augurios.