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Monstruos nocturnos.

Cae la noche y nos lamentamos.

Es ese instante en el que se va el sol cuando empezamos a pensar en todo aquello que nos preocupa, en los pasos no dados, en las decisiones no tomadas, en el tiempo perdido. Será que se nos da mal darnos cuenta de las cosas a plena luz del día, quizá es algo que arrastramos desde que salimos de la cueva y tuvimos que aprender a hacer fuego para no morir de frío.

Afuera ya no queda nadie por las calles, y mientras la gente duerme yo soy incapaz de conciliar el sueño. Otra noche en la que el insomnio es mi única compañía, otra noche en la que voy a hacer que crezcan las ojeras. Dicen que no hay que beber café por las noches, pero una taza me acompaña mientras camino, inquieto, por la casa, sin saber muy bien por qué algo se me ha aferrado al pensamiento, como una losa, como un lastre y no me atrevo a descubrir qué es.

Otro monstruo.

Otro más.

Otra carga que arrastrar hasta el infinito.

Un par libros me vigilan desde la mesita de noche, empezados, abandonados, igual que yo. Apartados a mitad del camino porque no acaban de convencer.

Si consigo cerrar los ojos mientras sujeto el teléfono en las manos no tarda en visitarme una punzada en el pecho y la taquicardia, y el dolor se vuelve a disparar.  Y tengo que darle otro trago al café, abrir la ventana y escuchar el ruido de fondo de la ciudad para volver a darme cuenta de mi posición, de dónde estoy.

Sigo sin saber quién soy, ni qué papel juego en toda esta historia.

Y Madrid y una gata que apenas conozco se ríen de mí.

También.

A estas alturas de la partida tengo claro el resultado. Asumirlo me costará un poco más.

Me acabo el café, cierro la ventana por culpa del frío y me sumo en la oscuridad, sin esperanzas de ser capaz de dormir las dos horas que faltan hasta que suene la alarma que me tenga que poner en marcha.

Mañana será otro día igual, o incluso peor.

A la caza del Octubre Rojo.

El número 11 de una calle sin nombre.

Segundo derecha y llueve en el portal.

El gris de Octubre te abraza las entrañas y Madrid sigue riéndose de ti.

Te sientes atrapado en una partida de póker en la que no tienes ninguna mano ganadora, y no hay cartas en la manga para tener ocasión de salvarte. Te preguntas si hay manera de escapar, de dejarlo todo atrás. Te planteas echar a correr y que nada te pare. Sin hacer las maletas, con la cartera en un bolsillo y el teléfono en otro. Supones que debe ser fácil empezar en otro lugar, inventar una historia, un nombre, un pasado y un presente.

Has perdido el equilibrio, y no te gusta tu vida planeada, ni tú mismo.

Has conseguido cansarte antes de tiempo.

De todo, pero sobre todo de ti.

Si la vida era esto no la quiero.

Demasiado joven como para sentirte tan engañado, con tantas promesas muertas, con tanto suicidio televisado, con tanta mentira programada.

Demasiado joven para perder el poco equilibrio que te quedaba con la primera mirada clara que se te cruce en el camino, con la primera caricia que te deje la ropa en el suelo, con la primera sonrisa que te haga crecer un par de alas defectuosas pero suficientes.

Es tan fácil pasar de un extremo al otro, de la libertad al encierro, de lo acuático a lo ígneo, del cielo al infierno.

De ti a la nada.

Dos copas que brindan en cualquier local con música de fondo, y los botones de la camisa cayendo al suelo, el ruido del cinturón contra la madera, unas bragas dejándose llevar por la gravedad, un par de lenguas peleando como dos náufragos contra la tormenta. Dos locos sudando, aullando como animales. La electricidad entre los dos, y el crepitar de la piel con la fricción. Saliva, sudor sin lágrimas. El corazón, la taquicardia, la sangre en el cerebro y más abajo, y las manos tocándose como si la vida fuera una sonata de Schumann. 

Sin sexo no hay amor.

Podríamos querernos para siempre.

Lo sabes.

Vamos a la caza del Octubre rojo.

[Y vuelvo a darme cuenta de que ella no está.

Y de que soy todo heridas, sin orificio de salida.

Joder.]

Estoy bien.

La primera mentira de la historia fue probablemente un estoy bien cuando no era así. A veces se ve en los ojos, a miles de kilómetros, que no es así. Y es que la mirada es ese espejo en el que los buenos observadores son capaces de leernos y saber que hay algo más allá. En los ojos y en esa pequeña arruga que se forma al lado de tu sonrisa cuando algo falla, cuando las cosas no están en orden, cuando te derrumbas por dentro y tratas de mantener la estructura intacta.

Rotos en pequeños pedazos que nunca acaban de encajar con nada ni con nadie, somos fragmentos de canciones que al final dejan indiferentes y se acaban.

Acantilados que desafían a un mar embravecido que se burla de nuestros huesos débiles y nuestras sonrisas falsas.

Somos piedras desgastadas por la lluvia del invierno y ladrillos sueltos abandonados al acabar una obra.

Dolor en cada articulación cuando no estás y ese vacío en el cerebro y en la entrepierna cuando te vas de mi cama.

El corazón herido, abandonado, a medio camino entre el querer y la huida fácil.

Miro nuestras fotos y nos echo tanto de menos que para qué mentir, quiero volver unos meses atrás sólo por volver a verte sonreír como lo hacías cuando Madrid se quedaba pequeño en nuestras manos.

Palabras que son peores que las balas, silencios incómodos que nos matan, tristeza, melancolía y una nostalgia que me araña las entrañas sin que apenas me de cuenta.

La coraza ya oxidada no es capaz de evitarnos las heridas, ni las secuelas de esta caída hasta el vacío donde tropezarse con uno mismo.

El lobo solitario que aúlla a la luna a mediodía, que sólo busca tu húmeda compañía, que sólo busca refugio entre la lengua y tus dientes.

Huele a café otra vez y tengo que pensar en ti, en nosotros, en mañana, en ojalá, y en un yo no sé qué va a pasar.


¿Cómo estás?

Bien, yo siempre estoy bien.