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Diciembre.

Diciembre siempre es una mezcla de alegría y tristeza, de mesas llenas y corazones vacíos.

Y al revés.

Diciembre es un poco más gris que el resto, a pesar de las luces y los adornos navideños.

Ahora que han pasado los días de comidas y cenas familiares, de sonreír sin ganas y hacer como que disfrutas de todo, ahora vuelven la tranquilidad y el silencio. Toca despedir el año, o que él se despida de nosotros, con un portazo para no volver a vernos.

Espero olvidar pronto los malos momentos. Ha sido un año demasiado raro, tan lleno de baches y subidas, tan lleno de caídas y miradas al abismo, tan lleno de saltos, muros, noches sin dormir, sonrisas en las que no creía y un poco de felicidad.

Y parece que sólo he conseguido mantenerme a salvo gracias a tus manos.

Parece que me has hundido sólo para salvarme de nuevo.

A partir de ahora habrá que ver las películas nominadas a los Oscars en el cine, esperar los resultados de las elecciones después de la primavera, buscar nuevos grupos que nos alegren los días, intentar viajar más y más lejos, encontrar un hueco en el que sólo haya sitio para nosotros.

Necesito tiempo y café infinitos, menos vasos de plástico y más calma.

Me hacen falta menos libros y más lecturas, más música y menos discos.

No sé si ahora me entiendes o sigo explicándome mal, como me pasaba al principio.

Pero sigo callando te quieros por miedo a equivocarme.

Nuevos miedos.

Ácido en los ojos.

Sal en las heridas.

El horizonte parece cada vez más inalcanzable para nosotros, y estamos al borde de la histeria colectiva.

Nubes negras sobre la cabeza, demonios soplando tus velas de cumpleaños.

Creo que ya no hay nadie de nuestra parte.

Sólo sé que nos gustan demasiado las luces de neón y meternos en el agujero.

Y que vamos a perder otra vez.

Lo digo mientras trato de acabar uno de los cinco libros que llevo empezados, mientras intento concentrarme en las palabras que tengo delante y que cada vez me gustan menos, mientras escucho nuevos grupos para no cantar sus canciones.

Las altas temperaturas de esta última semana nos han fundido el cerebro y nos han dejado con el ánimo por los suelos.

Antidepresivos en sobre.

Jabón en pastillas.

Parece que la única inteligencia que queda sobre la superficie terrestre es artificial, que no sabemos acariciarnos, que ni siquiera podemos entendernos como antes.

Narcisismo de verano.

Karma de domingo por la tarde.

Yo sólo quería volver a ver las flores crecer en tu pelo, el agua salpicando mis dedos, tus besos desordenándome la vida.

Y la respiración.

Entre tanta cosa inexplicable, entre la sin razón más absoluta, sólo quería que supieras que contigo no tengo miedo a equivocarme, no tengo miedo a seguir, no tengo miedo a la libertad de elegir quedarme entre los pliegues de tu falda, no tengo miedo a coger tu mano antes de enfrentarme a la oscuridad más terrible de todas.

El único miedo que tengo es ver que suena el teléfono y no eres tú, descubrir que no eres mi destino, entender que no amaneceré contigo en cualquier hostal de París, ver que no crujirán bajo nuestros pies las piedras de la misma playa.

El verdadero miedo, el que se aferra a las costillas y no me deja abrazarme al sueño por las noches, el de no ser para ti.

Perseidas.

Lleno la maleta y me veo obligado a suspirar, como si mi cuerpo quisiera decirme algo que yo no quiero escuchar. Estoy perdiendo el tiempo, las ganas y la vida en todo esto. Y no es la primera vez.

Me pregunto en silencio dónde están tus ganas cuando no te veo.

Pero qué voy a hacer ahora, si ya he perdido el norte por ti, si ya no entiendo a dónde voy ni qué dicen los mapas si no me coges de la mano. He perdido la orientación y la lógica por tu culpa.

Estamos en Agosto otra vez y las únicas perseidas que he visto desde hace años han sido con las luces apagadas, mientras he bebido de ti las gotas que resbalaban entre tus dedos.

Esto es algo que acaba haciendo daño sin querer, sin que te des cuenta. Es como esas mentiras que se acaban haciendo tan grandes que se te escapan de las manos y salen a la luz. Pero siempre respiro hondo y me convenzo, y vuelvo a poner los pies sobre el suelo si hace rato que no lo siento. Y recapacito y miro el reloj pensando que todavía no es tan tarde. Es entonces cuando me doy cuenta de lo curiosa que es la paciencia, que según para qué aguanta lo que haga falta y para otras cosas se desespera a la primera.

Vas a acabar convenciéndote de que soy sólo un castigo más para ti, otro payaso al que reírle las gracias. Deberías haberlo descubierto ya, que soy únicamente un quebradero de cabeza que ahora mismo no necesitas a tu lado. Te darás cuenta de que tampoco soy yo el que tenga que permanecer contigo, ni vele por tus sueños, ni te limpie de piedras el camino.

Entenderás que al final todos los viajes son raros y que nunca conocemos el final.

Es tan complicado, como para querer echar a correr y encerrarse a la vez. Como para besarte sin pensar y guardarme los abrazos.

Sólo voy a pedirte una cosa, suéltame un poco el corazón, dame un respiro, porque ahora mismo soy como esos pájaros que no pueden volar cuando están en una jaula.

Y yo no quiero escapar, pero tú no me quieres contigo.