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Loco.

Querer a alguien nunca había sido tan fácil para mí.

Lo complicado es todo lo demás.

La gente me llama loco por seguir aquí, sobre el nivel del agua, aunque me llegue al cuello. La gente me llama loco por no haberme rendido todavía pero es que no sé hacerlo, no puedo cuando sé de sobra que algo vale la pena.

Y claro que soy un loco porque lo contrario es ser aburrido, y lo cierto es que me dan igual cien camisas de fuerza y las pastillas para dormir y dejarme sin conciencia. Sé que aunque me encerraran en una habitación sin ventanas seguiría recordando tu nombre cuando me dejaran ver la luz del sol. Sé que recordaría tus ojos en cualquier habitación, atado a la cama, llorando en silencio.

Claro que soy un loco porque creo en el amor, y en ti, y en que algunos días las nubes se van y el sol sólo brilla por nosotros.

Creo que la cordura mata al mundo, la cordura mata las emociones, la cordura acaba matando lo extraordinario que hay dentro de nosotros. Y es eso mismo, nuestra parte rara y diferente lo que nos hace únicos, lo que nos hace especiales, lo que hace que se nos iluminen los ojos cuando hablamos de una canción, un recuerdo, un libro que nos gusta o recitamos un poema que sabemos de memoria. Es esa locura la que nos hace estar vivos y respirar con ganas, reír con una explosión de alegría, compartir lo único que realmente podemos compartir, que es la vida.

Podéis seguir siendo muñecos de ojos apagados, marionetas que se dejan llevar por lo que dicen los periódicos y los iluminados de turno.

Podéis apagar vuestras conciencias viendo la telebasura y leyendo los best-sellers de los anuncios de televisión.

Podéis dejaros controlar por la tecnología y el qué dirán, y toda esta sociedad intoxicada que nos rodea en cada momento.

Yo prefiero seguir intentando salirme del círculo, enamorarme más de ti cada día, saber apreciar la lluvia que vendrá en otoño, el olor a tostadas quemándose otra mañana más.

Prefiero seguir siendo un loco.

Cuando Lorca nos susurra.

Nos cuesta decidirnos a hacer algo, tomar una decisión. Siempre resulta complicado decantarse, elegir, tomar partido. Mucho más cuando hay sentimientos de por medio y se entremezcla la pasión, la culpa, la pena, el amor, la responsabilidad. Es complejo cuando nuestras decisiones afectan a alguien más, más allá de a nosotros mismos.

En los tiempos que corren parece que pensar en uno mismo se ha vuelto egoísta, como si al final del día no lleváramos a nuestras espaldas los problemas y soportáramos solos la carga, como si estuviera mal anteponer el propio bienestar alguna vez y dejar a los demás pendientes de leer.

Algunas veces nos buscamos cadenas o nos las encontramos, y luego nos damos cuenta de que no queremos arrastrarlas más pero es demasiado tarde como para rectificar, corregir aquella mala decisión del pasado que nos ha traído hasta aquí dando tumbos.

Pero no es cierto.

Mientras seguimos vivos estamos a tiempo, por suerte. Siempre estamos a tiempo para casi todo. Para darnos cuenta, para dar el paso. Es cuestión de tomar impulso en el momento adecuado y saltar, aunque sea con los ojos cerrados.

Mientras respiramos siempre queda una oportunidad.

Y es que no lo digo yo, lo dijo Lorca que aún nos susurra desde su tumba anónima, aunque no sepamos dónde está nos sigue cantando al oído con esa dulzura tan suya, desde la lejanía incorregible de su cruel destino:

“La vida es amable, tiene pocos días y tan sólo ahora la hemos de gozar.”

¿Por qué no le haríamos caso esta vez al poeta? ¿Por qué no si él sabe bien de lo que habla?

Deberíamos recorrer el mundo sin perdernos un detalle, empapándonos de lluvia, de besos, de risas. Deberíamos sonreír y mirar al cielo mientras queden minutos de sol y sigan habiendo estrellas que corren más rápido que nosotros. Deberíamos armarnos de agallas y gritar a pleno pulmón nuestra verdad.

Y es que ya no se trata de huir juntos porque eso es de cobardes. Debería ser tiempo para construir nuestro camino y que nadie nos pueda quitar eso esta vez. Hacer de nuestro amor el mejor recorrido.

Que sí, hazme caso, aún podemos salvarnos juntos.

[Teníamos todas las de perder y aún así nos dejamos llevar. La velocidad en tu pelo, el tiempo parado en otra carretera más. Los kilómetros y los recuerdos a nuestras espaldas. El pasado sin ser ya una carga para nosotros. Decidimos coger lo poco que teníamos e irnos a ninguna parte. La suerte está echada y nos tenemos el uno al otro. Tu mano sobre la mía en el cambio de marchas, la radio encendida, el olor a tabaco en la ropa y el cenicero lleno. Abrazos, miradas. En medio de la nada. Esta locura debe ser eso a lo que llaman vida.]

En un pestañeo.

[Abre los ojos.]

Yo que soy el fruto de tanta derrota, de tanta equivocación, de tanta tinta esparcida por el mundo sin razón, he logrado ver en una media sonrisa suya el camino a la salvación.

He encontrado el mínimo rayo de esperanza en los retazos de otras manos, un volátil halo de felicidad instantánea, efímera, súbita; que tal como viene se va sin que sea capaz de seguir su rastro.

Llegará otro viernes noche, volverán a sonar las doce campanadas y tienes claro que no estarás mirándome a los ojos. Tranquila, yo también. La locura y el desamor hay que aprender a asumirlos con rapidez, hay que hacerse fuerte a base de golpes que abollen la armadura y que nos tiren del caballo.

Somos como esos perros abandonados: agradecidos, y de corazón noble. Y aún creemos en todas esas cosas antiguas ya casi olvidadas como la lealtad y el honor. Somos pájaros con las alas mojadas, personas que caminan en círculo. Es la única explicación que encuentro para saber por qué siempre acabo volviendo a ti, a tu mirada, a tus labios malditos, a esa voz que escucho algunas noches antes de dormir.

No sé dónde vamos a ir a parar con tanta caída, con tantos obstáculos, con tanto meternos en el fango. No sé cuándo será definitivo, cuándo llegaremos al callejón sin salida, cuándo tendremos que huir dejándonos atrás el uno al otro.

Estoy hecho para aguantar la destrucción, el caos y la tortura psicológica. Estoy entrenado para llorar por dentro y en silencio, para escuchar un nunca más que venga de tu boca. Estoy preparado para que me dejes olvidado, marchitándome en cualquier jarrón.

Estoy hecho para perder todas las partidas. No tendrás que preocuparte.

Sabes que siempre te pido muy poco, pero esta vez deja que te cure las heridas.

Que esa sea mi única victoria.

[Cierra los ojos.]

El paisaje inerte.

Está la vida tan gris que sólo puedo pensar en ti. Y miro el cielo porque no tengo tus ojos. Vivo tropezando con todas las piedras que hay en el camino, con nombre y apellidos, y parece que a pesar de todo no aprendo, que soy poco hábil para darme cuenta de que tengo que cambiar, que lo de ser un soñador está bien para los protagonistas de una novela de aventuras pero no para la vida real. Que le queda muy bien a Ryan Gosling, Tom Hardy o Henry Cavill, pero no a mí.

Yo creo que esta estampa silenciosa siempre trata de avisarme, de pararme los pies, de evitar que me acerque al peligro de unos besos que ya tienen dueño. Yo creo que las mentiras tratan de hacerme ver las verdades desde otro ángulo, de darme puñetazos en el estómago para que pare de hacer el idiota y siga emborrachándome.

Yo creo que sólo sigo siendo un estúpido que espera que la luna le de las respuestas que no tiene y que mira el mar como Hemingway lo hacía.

Yo que me imaginaba susurrándote al oído buenos días antes de darte un beso, llevándote chocolate al sofá mientras lees cualquier libro, abrazándote las noches en las que el frío te cale los huesos, bebiendo tus lágrimas de tristeza y de alegría, cogiéndote de la mano entre el desconcierto. Yo que, incluso, he llegado a imaginar que sonreía de verdad, sin miedo, y no me parecía tan malo.

He roto todas las botellas que tenían mensaje dentro y tengo las entrañas llenas de matices que no sé explicar con palabras. Me he llenado el cuerpo de costuras, de golpes, de esperanzas que se quedan en suspiros, de flores muertas.

Pero ahora creo que la vida se desvanece como lo hace todo un viernes por la tarde.

Y que soy un completo sin sentido.

Esto de fustigarse, de lamentarse, de usar el látigo contra uno mismo y hacerse isla me acabará matando. Me he llenado las costillas de acantilados, el cerebro de trampas, el corazón de desconfianza y las manos de desamor.

Al final de todo este paisaje inerte me volveré loco y estaré libre de pecado.

Estaré libre de pecado porque os habré avisado.

Tierra, mar y aire.

Lo nuestro debería consistir en hacer fuego con los cuerpos, dejar el invierno fuera de casa y que no tuvieran que temblarnos las manos cada vez que nos decimos adiós. Lo nuestro debería ser besarnos en las bibliotecas, rodearnos las cinturas y dejar que nos mojaran las nubes. Lo nuestro debería ser de eso que nunca se acaba.

Lo nuestro.

Pero nunca digas nunca.

Con ella sería capaz de hacer cualquier locura, porque sólo necesito papel y lápiz, y saber que está conmigo. Con ella cogería el poco dinero que tengo, un par de libros y me perdería en cualquier cabaña sin necesidad de nadie más.

Con ella se ha parado el tiempo, y no hay camino que me parezca demasiado largo si sus pasos me acompañan. Y el mundo se me queda pequeño si tengo que prometerle algo.

He soltado los pájaros y no volverán hasta la primavera. Vamos a tener tiempo de ver caer las hojas de los árboles, de que florezca el amor por dentro, y de que el sol despierte de nuevo a los ríos el 21 de marzo.

Y es que ella es de esa clase de personas que te incita a abrazarla, a protegerla entre tu pecho, a parar desahucios, a crear aviones de papel, a mirar las estrellas con los ojos cerrados y enfrentarte al ejército con flores en lugar de balas.

Y es que ella es de esa clase de mujer que te incita a desnudarla, a arrancarle las bragas, a besarle las caderas, a morder sus clavículas, a acariciar sus manos, a taparle los ojos, a que te arañe la espalda y te deje tatuajes en los brazos.

Ella es lava y hielo a partes iguales.

Ella es la carne y el cañón.

Ella es el horizonte infinito desde la playa.

Ella es la luna bostezando entre la niebla.

Ella es una línea negra en medio de un folio en blanco.

Ella es tierra, mar y aire.

Ella es el hielo deshaciéndose en tus labios, el alcohol en tus arterias, la música en tus oídos, el aire en tus pulmones.

Pero la historia es tan injusta que cada vez que me besa me da la vida y luego me la quita.