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Llueve y amanece.

Llueve y amanece, mi vida.

Y me parece triste y hermoso a partes iguales.

Como lo somos tú y yo.

La lluvia cayendo sobre las aceras, y los rayos de tinte rojizo proyectándose entre los edificios. Siempre me gusta contemplar la lluvia desde la ventana, desde el refugio que me dan cuatro paredes y tus latidos de fondo.

Pero nunca pasa.

Porque no estás.

Hace un día de esos que cumplen la definición perfecta de otoño y no sé si hay que sonreír u ocultar los sentimientos. Hace un día de esos de caos en el tráfico, de charcos junto a los semáforos, de lágrimas en tus ojos.

El aire, a pesar de todo, sigue inundando nuestros pulmones, las dudas nos golpean cada vez más fuerte y tus besos ya tocan hueso.

Hay tantas historias como gotas de agua ahí afuera, hay tantas mentiras como iris y sonrisas, hay tantas estrellas que no vemos en la oscuridad y sin embargo siguen brillando.

No hay truenos ni relámpagos que nos obliguen a dar marcha atrás, y no existe el miedo a que se vaya la luz si estás conmigo.

Te recuerdo que nos hemos empapado bajo la tormenta y también bajo las sábanas, que nos hemos besado con lluvia, con y sin alcohol de por medio, que nos hemos dicho medias verdades desnudos en plena oscuridad, que tú también lo has visto, tocado y escuchado, que no son invenciones mías.

Te recuerdo que no debería existir el dolor si no va a haber abrazos después, que no se trata de ganar pero todo es perder sin ti, y que esto, la existencia misma, no es cosa de llegar el primero a la meta, si no de llegar con quien quieres.

Llueve y atardece, mi vida.

Y me parece triste y hermoso a partes iguales.

Como lo somos tú y yo.

Ven.

El último trago de Escocia.

La única taberna que había en aquel pueblo del norte de Escocia albergaba más vida que la mayoría de las casas. Los ancianos del lugar pasaban allí las tardes bebiendo whisky añejo y discutiendo con ese acento tan horrible para mis oídos. Llevaba en la población un par de meses y era incapaz de acostumbrarme, no había manera de entender ese inglés tan distante del que te enseñan en el colegio y en el instituto. Un acento tan rudo y cerrado que realmente había llegado a pensar que ni siquiera se entendían entre ellos.

Mis motivos para acudir al sitio eran bien distintos a los de la mayoría. Me sentaba en la barra solo, sin apenas abrir la boca para hablar con nadie por miedo a meter la pata, mientras observaba a la hija del dueño ir y venir sirviendo whisky y cerveza desde que abrían las puertas hasta el cierre. Había conseguido llamar mi atención desde que puse un pie dentro en aquel antro, revestido de madera hasta el techo, y donde la temperatura siempre era asfixiante comparándola con el exterior. Había tomado como buena costumbre beber un par de cervezas en silencio, sin intención de relacionarme con nadie. Con el único interés de verla durante unas horas antes de volver a casa y encerrarme en la habitación de un piso compartido.

Los días eran mucho más cortos de lo que estaba acostumbrado, aunque no había tardado mucho en aclimatarme a ello. Lo del frío era otro tema, la humedad te calaba hasta los huesos por mucha ropa que llevaras encima y la mayoría de días despertaba con el suelo mojado y el cielo de un gris plomizo que ahuyentaba a los visitantes.

El motivo de mi estancia allí es difícil de explicar y no tiene mucha relevancia. La cuestión es que me quedaban otros ocho meses por delante y mi único entretenimiento consistía en sentarme allí a ver el tiempo pasar en un reloj que se había quedado sin pilas desde mucho antes de que yo naciera.

Karen. Supe su nombre después de unos días, pero nunca me había dirigido a ella. Cuando me veía entrar por la puerta me dejaba una cerveza frente a mí y después me daba el cambio. Con una sonrisa tierna, que escondía cierto interés por saber quién era ese forastero que de pronto vivía prácticamente entre aquellas cuatro paredes. Tenías los ojos más claros que había visto nunca, y al parecer para todos los que acudían al bar era como una hija.

Un día en el que la lluvia caía con desgana sobre el suelo embarrado del camino, y yo había decidido salir a encenderme un cigarro mientras contemplaba el paisaje neblinoso, la vi salir y quedarse junto a mí.

–Eres raro.

Que sus primeras palabras hacia mí fueran esas sólo logró sacarme una risa tenue entre el humo del cigarro.

–Y tú demasiado guapa.

–¿Todos los españoles sois así?

Me pregunté durante un momento cómo sabía de mi nacionalidad, y supuse que la señora que me cobraba el alquiler y que me había dejado vivir en una de las habitaciones de su casa tenía algo que ver. En los pueblos pequeños todo el mundo se conoce y un extranjero llama demasiado la atención por mucho que trate de pasar desapercibido como era mi caso.

–¿Todas las escocesas sois así?–pregunté enarcando una ceja.

Se encogió de hombros sin responderme en un primer momento. Le di otra calada al cigarro y la observé.

–Supongo que no.

Y no sé por qué pero os prometo que en el momento en el que tiré la colilla para pisarla contra el suelo y apagarla sentí algo cálido recorriéndome el pecho. Y me recordé a mí mismo que siempre había sido un pobre idiota, que siempre había sido un pobre perro abandonado buscando un poco de cariño aunque fuera allí en Portree, tan lejos de casa, tan lejos de todo.

Me dejó un beso en la comisura de los labios antes de volver a entrar a la taberna y seguir sirviendo a los de siempre.

–Espérame.–dijo antes de que la puerta se cerrara tras sus espaldas.

Y lo hice.

Os juro que por ella me habría bebido el último trago de Escocia.

Niebla inerte, I.

Los edificios del puerto bostezan entre la niebla inerte. Los pasos de Alonso Cuervo golpean el pavimento húmedo de una mañana cualquiera de otoño. Todavía no ha amanecido y él ya siente arder los pulmones mientras en sus auriculares suena la voz grave e inconfundible de Ricardo Lezón en Rugen las flores. Esa canción se ha convertido en algo imprescindible para él, esa canción es ahora mismo casi un leitmotiv. Le acompaña en modo repetición cada día cuando sale a hacer cuarenta y cinco minutos de ejercicio por el cauce del río Turia.

Desde que la tragedia se agarró a sus músculos y sus neuronas como un perro de presa necesita estar activo. Trata de no pensar, trata de seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Tiene controlados sus días al milímetro. Saca las llaves para entrar en su edificio, se quita los auriculares cuando acaba la canción mientras sube en el ascensor y entra en su piso demasiado silencioso. Las luces de la calle se van apagando y él se mete en la ducha después de dejar la ropa sucia en el cesto correspondiente. El orden y la limpieza son importantes para él. Se enjabona y se aclara con agua dos veces. Después de mirarse al espejo mientras se seca decide no afeitarse, todavía tiene margen de unos días para tener que perder el tiempo con la espuma y la cuchilla.

La rutina de cada día le hace saber que tiene exactamente treinta minutos para llegar a su puesto de trabajo. Vive a una buena distancia como para ir en bicicleta, el complemento perfecto para pensar en los trayectos de ida y vuelta, excepto los días de lluvia. Ni Valencia ni los valencianos están preparados para los días de lluvia y todo se vuelve caos, y luces de farolas reflejadas en los charcos.

Alonso se prepara un café mientras escucha las noticias en la radio y se pone al día con los últimos acontecimientos. El mundo está igual de perdido que siempre, y los temas de moda son los mismos que hace veinte años: problemas en el gobierno, la deriva de la economía mundial y el cambio climático. Los seres humanos no hemos cambiado nada con el paso del tiempo. Somos copias de nuestros antepasados cometiendo los mismos errores una y otra vez. Un disco más que escuchado que está para tirar a la basura.

Su teléfono recibe un par de mensajes y antes de desbloquearlo observa su fondo de pantalla. Una foto de Eva y Diana, su mujer y su hija. Las dos sonrientes, las dos lejanas, las dos que ya no están.

La muerte ha formado parte de su vida desde bien pequeño. La muerte forma parte de su día a día y de alguna que otra noche, cuando le toca estar de guardia. La muerte acudió un cuatro de noviembre con su sonrisa lánguida y las arrancó de esta vida terrenal después de que un coche se saltara el semáforo que hay junto a la entrada del edificio Materno-Infantil del Hospital Clínico, ese cruce maldito de la Avenida Blasco Ibáñez.

Qué caprichoso el destino y qué difícil seguir respirando para los que se quedan solos y perdidos. Por eso, Alonso Cuervo deja el teléfono sobre la mesa, camina hasta la habitación en la que dormía Diana, se abraza a un oso de peluche, uno que conserva desde su infancia y al cual su hija adoraba, y rompe a llorar.

A la caza del Octubre Rojo.

El número 11 de una calle sin nombre.

Segundo derecha y llueve en el portal.

El gris de Octubre te abraza las entrañas y Madrid sigue riéndose de ti.

Te sientes atrapado en una partida de póker en la que no tienes ninguna mano ganadora, y no hay cartas en la manga para tener ocasión de salvarte. Te preguntas si hay manera de escapar, de dejarlo todo atrás. Te planteas echar a correr y que nada te pare. Sin hacer las maletas, con la cartera en un bolsillo y el teléfono en otro. Supones que debe ser fácil empezar en otro lugar, inventar una historia, un nombre, un pasado y un presente.

Has perdido el equilibrio, y no te gusta tu vida planeada, ni tú mismo.

Has conseguido cansarte antes de tiempo.

De todo, pero sobre todo de ti.

Si la vida era esto no la quiero.

Demasiado joven como para sentirte tan engañado, con tantas promesas muertas, con tanto suicidio televisado, con tanta mentira programada.

Demasiado joven para perder el poco equilibrio que te quedaba con la primera mirada clara que se te cruce en el camino, con la primera caricia que te deje la ropa en el suelo, con la primera sonrisa que te haga crecer un par de alas defectuosas pero suficientes.

Es tan fácil pasar de un extremo al otro, de la libertad al encierro, de lo acuático a lo ígneo, del cielo al infierno.

De ti a la nada.

Dos copas que brindan en cualquier local con música de fondo, y los botones de la camisa cayendo al suelo, el ruido del cinturón contra la madera, unas bragas dejándose llevar por la gravedad, un par de lenguas peleando como dos náufragos contra la tormenta. Dos locos sudando, aullando como animales. La electricidad entre los dos, y el crepitar de la piel con la fricción. Saliva, sudor sin lágrimas. El corazón, la taquicardia, la sangre en el cerebro y más abajo, y las manos tocándose como si la vida fuera una sonata de Schumann. 

Sin sexo no hay amor.

Podríamos querernos para siempre.

Lo sabes.

Vamos a la caza del Octubre rojo.

[Y vuelvo a darme cuenta de que ella no está.

Y de que soy todo heridas, sin orificio de salida.

Joder.]

Ya no llueve como antes.

Ya no llueve como antes, y lo sé porque no estás tú.

Los días de tormenta dejabas todo lo que estuviera entre tus manos y mirabas por la ventana. Veía en tus ojos el reflejo de las gotas dejándose llevar por la gravedad hasta su terrible destino. Sonreías a pesar de los relámpagos y los truenos. Y la vida durante el tiempo que durara aquel fenómeno de la naturaleza se detenía para nosotros y era perfecto. Te miraba desde el otro lado del comedor con una sonrisa que era incapaz de borrar cuando veía la ilusión y la emoción mezclarse con inocencia en tu rostro.

Es con esos pequeños detalles cuando te das cuenta de que realmente harías lo que fuera por alguien. Y, supongo, que el amor debe reducirse a eso. De ser capaz de cualquier cosa por otra persona, de que no haga falta gritar a los cuatro vientos que quieres a alguien porque se te nota en la forma de hablar, de reír, y de respirar a su lado.

Es con esas pequeñas cosas con las que te a un vuelco el corazón a pesar de los años, y sientes la tranquilidad de tener a alguien con quien compartir la vida.

Un abrazo por la espalda, un beso en el cuello, el silencio en casa, la lluvia de fondo y nuestra respiración.

Y las nubes rompiéndose en pedazos, las calles inundadas y tus bragas por el suelo.

No sé cómo pero siempre acabábamos entrelazando nuestros cuerpos, dejándonos mecer por el vaivén del exterior y contra la intensidad de afuera nos tocábamos más lento. Mi saliva mojando tu pecho, tus manos frías recorriendo mi espalda, y la fricción imparable de dos caderas que se buscan con tiento. Cogiendo aire al mismo compás, los jadeos que enfadaban a los vecinos, el ruido seco de una madera golpeando la pared.

La casa olía después a sexo fácil, a tierra mojada y a felicidad.

Y las risas quedaban atrapadas durante días en nuestras cuatro paredes.

Ni siquiera sé ya cómo huele todo eso.

Se me ha olvidado todo lo bueno desde que no estás en mi día a día, desde que tengo que afrontar las nubes grises y la niebla densa en solitario. Desde mi cueva.

Se me está olvidando vivir.

Ya no llueve como antes, y lo sé porque no estás tú.

Texto escrito para Krakens y Sirenas.

Óxido.

Afuera llueve y el cielo gris me invita a pensarte. Los ojos glaucos del gato miran a la calle desierta mientras olisquea los aromas que trae el viento hasta aquí adentro. Las nieblas sobre las montañas me hacen recordar todo lo que fuimos y nos encargamos de destruir. Otro día que tengo que abrir la botella para quitarme el miedo y calentarme las entrañas.

Observo las fotografías de aquella chica desaparecida en el periódico, y pienso en todos esos que de pronto se esfuman de sus vidas y no vuelven nunca más. Con una sonrisa ladeada llena de tristeza dejo el diario doblado sobre la mesa y apago la radio, que sigue contando noticias que se repiten constantemente.

Una leve brisa me eriza la piel, y así no puedo pensar en otra cosa que no sea en ti. En tus besos en el cuello, en tus manos en la nuca, en tu saliva dejándome huella, en tus palabras abriéndome la piel hasta tocar hueso.

Vivimos en un eterno bucle sin sentido.

Y la nostalgia nunca acaba con nosotros del todo.

Me despierto cada día contigo en la cabeza, y soy incapaz de borrar tu voz de mi memoria y tus manos de mis músculos. Ahora sigo buscando en los libros la manera de olvidarte, sigo esperando que alguna canción de Bon Iver me diga qué hacer conmigo. Cómo reciclarme, cómo recuperarme poco a poco, cómo caminar sin tener que mirarte en las fotos.

No sé si algún día volveré a estar curado, no sé si me atreveré a querer a alguien sin protección. No sé si podré pasar de nuevo la barrera sensorial con alguien que tenga otro nombre. Ahora es cosa mía, lo de contenerme, lo de no volver a caer, el mantenerme abstemio. No quiero tropezar de nuevo.

Miraré al frente tratando de sonreír, pensando que todo fue mentira. Deshaciendo cada nudo que creé contigo para soltar la cuerda y dejar que tú también sigas viviendo.

La niebla entre las montañas me remueve por dentro, me deja inestable y débil, como cuando estabas a mi lado. Con la lluvia todo se oxida, y nosotros que tenemos el corazón de metal caminamos ya por la vida chirriando. No quiero volver a hacer daño, no quiero volver a tocar y destrozar nada, no quiero rozarte y que te vayas a romper como la porcelana.

Y es que es ahora, después de un tiempo, cuando salen a la luz todos los miedos, cuando florecen las semillas más raras, cuando entre las cenizas de un incendio crecen los árboles más fuertes.

Estoy bien.

La primera mentira de la historia fue probablemente un estoy bien cuando no era así. A veces se ve en los ojos, a miles de kilómetros, que no es así. Y es que la mirada es ese espejo en el que los buenos observadores son capaces de leernos y saber que hay algo más allá. En los ojos y en esa pequeña arruga que se forma al lado de tu sonrisa cuando algo falla, cuando las cosas no están en orden, cuando te derrumbas por dentro y tratas de mantener la estructura intacta.

Rotos en pequeños pedazos que nunca acaban de encajar con nada ni con nadie, somos fragmentos de canciones que al final dejan indiferentes y se acaban.

Acantilados que desafían a un mar embravecido que se burla de nuestros huesos débiles y nuestras sonrisas falsas.

Somos piedras desgastadas por la lluvia del invierno y ladrillos sueltos abandonados al acabar una obra.

Dolor en cada articulación cuando no estás y ese vacío en el cerebro y en la entrepierna cuando te vas de mi cama.

El corazón herido, abandonado, a medio camino entre el querer y la huida fácil.

Miro nuestras fotos y nos echo tanto de menos que para qué mentir, quiero volver unos meses atrás sólo por volver a verte sonreír como lo hacías cuando Madrid se quedaba pequeño en nuestras manos.

Palabras que son peores que las balas, silencios incómodos que nos matan, tristeza, melancolía y una nostalgia que me araña las entrañas sin que apenas me de cuenta.

La coraza ya oxidada no es capaz de evitarnos las heridas, ni las secuelas de esta caída hasta el vacío donde tropezarse con uno mismo.

El lobo solitario que aúlla a la luna a mediodía, que sólo busca tu húmeda compañía, que sólo busca refugio entre la lengua y tus dientes.

Huele a café otra vez y tengo que pensar en ti, en nosotros, en mañana, en ojalá, y en un yo no sé qué va a pasar.


¿Cómo estás?

Bien, yo siempre estoy bien.


Con la guardia bajada.

Recuerdo aquel día como si fuera ayer, recuerdo aquel viernes 25 de Agosto del año 2006 como si todavía tuviera treinta años y el mundo siguiera pareciéndome un buen lugar para vivir. He aprendido mucho desde entonces, o eso quiero creer, y me he equivocado todavía más. Todavía recuerdo aquella noche en la que leía “Mujeres” de Bukowski mientras fumaba un cigarro que se consumía entre mis labios resecos. Hacía ya unos meses que había dejado el trabajo y subsistía sin demasiado interés, tirado en el sofá la mayor parte del tiempo.

La había perdido, había dejado que se fuera de mi lado sin preguntarle tan si quiera por qué, sin conocer el motivo. Había desperdiciado mi mejor oportunidad, la opción que me había dejado más cerca de lo que algunos torpes llaman felicidad. Las noches de conversaciones largas sobre arte se habían quedado en el olvido, las falsas discusiones sobre las películas que veíamos juntos, el tira y afloja de siempre sobre lo que debe o no llevar una verdadera salsa carbonara. Todo había quedado en ese limbo en el que se conservan los recuerdos buenos, esos que después de un tiempo cuesta mucho más rememorar.

De aquel día también recuerdo el sonido del timbre, y mis pasos descalzos hasta la puerta con el libro en la mano y el cigarro todavía pegado a la boca. Recuerdo oler su perfume antes de proceder a abrir la puerta y verla empapada, totalmente calada hasta los huesos. Lo que no recuerdo es el sonido de los truenos, ni el olor a lluvia mojando las calles llenas de gente del paseo marítimo.

– Agatha. – Apenas tuve tiempo de pronunciar su nombre, incapaz de decir nada más cuando el libro cayó al suelo y el cigarro también. Se abalanzó sobre mí después de tanto tiempo, después de no saber nada de ella desde que desapareció con un simple adiós. Echaba de menos sus besos, aquel cuerpo de cintura estrecha entre mis brazos y su mirada siempre cómplice, esa que indicaba que lo tenía todo bajo control. No pude evitarlo, tuve que quitarle aquella ropa que llevaba pegada a la piel al tiempo que ella se deshacía de la mía. Y nos faltaron segundos para comernos la vida de nuevo en el sofá, como habíamos hecho tantas veces tiempo atrás.

Con ella pasaba lo que pasa con las tormentas de verano como la de aquella tarde, que siempre pillan con la guardia bajada y luego se vuelven a ir, sin dejar rastro.

Este texto fue escrito para el blog De Krakens y Sirenas el 20 de Agosto de 2015.

Será culpa de la lluvia.

Será todo culpa de la puta lluvia, de la cerveza fría que reposa sobre la mesa dejando marca en la madera y de que se me ha acabado el tabaco por hoy. Lo cierto es que me da igual. No he podido sacarte de mi cabeza en toda la tarde y estoy harto, empiezo a estar harto de que tan sólo seas otro producto más de mi imaginación. ¿Tan mal lo he hecho, vida? ¿Tan mal como para merecer estar solo en tardes como esta? Quizá la única respuesta sea sí, probablemente la única respuesta sea sí. Qué sé yo, hace tiempo que me di cuenta de que en el fondo no sé nada, que soy otro más de los que aparentan.

He tenido que abrir la ventana para que entrara el ruido del agua golpeando las aceras y las hojas de los árboles, para que la imagen de tu cabello mojado me inundara los sentidos, para recordar aquellas gotas que resbalaban por tu cara al salir corriendo del mar y venir a buscarme. He tenido que mirar al cielo oscuro y dejar que los relámpagos fueran como puñales que me recuerdan el tiempo que llevo sin tropezarme con tus ojos claros.

Será culpa de la lluvia pero, sin duda, también es culpa mía.

Melancholia.

Había dejado las ventanas abiertas. No le tengo miedo a la lluvia, ni a los días de tormenta. Siempre me gustaron, desde bien pequeño, desde que subía al ático y cubría con una manta para ver cómo caía la lluvia contra la ventana y los relámpagos se dibujaban en el cielo oscuro. Sentado con un cigarro en la mano y el paquete casi a punto de acabarse tirado sobre la mesa del café, con una camiseta blanca de manga corta y los vaqueros desgastados. Llevaba horas lloviendo sin parar, y lo único que había hecho había sido poner el tocadiscos y escuchar a Duke Ellington embriagarme a su manera, junto a una botella de whisky recién abierta. Cerré los ojos un momento, sintiendo las notas del piano acariciarme hasta la nuca. Siempre digo que hay melodías y acordes que llegan mucho más que las palabras, y es por eso que la música es el lenguaje más universal.

No hacía falta más acompañamiento para acordarme de ella, girar la vista y ver la cama deshecha que asomaba por la puerta abierta para saber que otra noche más dormiría solo. Se fue, me dejó de lado, se olvidó de mí, y entonces te das cuenta de que ya no eres nadie. De que los recuerdos son lo importante y de que si eso deja de existir ya no habrá más. Sin memoria no hemos vivido. Hacía meses que había perdido sus besos, los abrazos reconfortantes al final del día, las sonrisas al abrir la puerta y dejar la chaqueta en el perchero de la entrada. Todo había desaparecido, hasta yo mismo. Hubiera deseado ser otra gota de lluvia para perderme con todas ellas y estrellarme contra el suelo con toda la fuerza de la gravedad a mi favor.

La melancolía es una mala enfermedad, una de esas que cuando estás agonizando hace que tengas ganas de coger el revólver que tienes guardado en el primer cajón de la mesita de noche y meterte un tiro tras sentir el frío metal en contacto con la sien. Volarte los sesos, literalmente. Cualquier cosa con tal de no recordar lo que ella ya ha olvidado. Cualquier cosa con tal de no seguir bebiendo y fumando mientras un piano al son de la lluvia te hace ver todos tus errores.