Tag: lluvia

Todo se soluciona.

Algunas veces todo se soluciona cantando mal la letra de cualquier canción de Varry Brava.

Algunas veces todo se soluciona dejando las ventanas abiertas para que se paseen las moscas de un lado a otro de la casa.

Algunas veces todo se soluciona con un esguince mal curado.

Algunas veces todo se soluciona echando a perder una botella de buen vino.

Algunas veces todo se soluciona cerrando los ojos y caminando con las manos por delante.

Algunas veces todo se soluciona tirando la basura por la mañana.

Algunas veces todo se soluciona sin mirar el teléfono móvil.

Algunas veces todo se soluciona cortando un trozo de queso, comiendo un poco de chocolate, comprando unos calcetines nuevos.

Algunas veces todo se soluciona en la barra de un bar.

Algunas veces todo se soluciona acercándose al mar en pleno invierno, dejando que caigan estatuas de sal, viendo llover sin necesitar paragüas.

Algunas veces todo se soluciona cenando sobras del día anterior.

Algunas veces todo se soluciona olvidando algo.

Algunas veces todo se soluciona leyendo libros de autores sin nombre.

Algunas veces todo se soluciona resolviendo mal una ecuación o cuando cae una manzana del cuenco de la fruta, o cambiando las sábanas, o tirando de la cadena.

Algunas veces todo se soluciona cuando cae la noche.

Algunas veces todo se soluciona en los lavabos de una discoteca, en la parte trasera de un coche, en un cuarto oscuro.

Algunas veces todo se soluciona yendo despacio o muy muy rápido.

Algunas veces todo se soluciona huyendo o volviendo a casa.

Algunas veces todo se soluciona en solitario o con compañía.

Algunas veces todo se soluciona en la imaginación.

Algunas veces todo se soluciona, aunque parezca una auténtica estupidez.

 

Stormy weather.

Suena en casa el Stormy weather de Billie Holiday y respiro hondo. La lluvia ha vuelto a traer aire limpio con el que poder llenar los pulmones y ha hecho bajar las temperaturas hasta hacernos recordar de qué trata el otoño habitualmente, y yo me siento estos días como esas hojas mojadas que se acumulan en las tapas del alcantarillado. Soy un simple estorbo para que el agua pueda correr libremente y seguir su curso. Soy sólo una piedra, una roca que ha caído en un derrumbamiento y se encuentra en medio del camino. Soy una molestia, un deshecho, un portazo a destiempo.

La idea, convertida en sensación, de que no pertenezco a ningún sitio, de que soy bien recibido en todas partes pero no tengo espacio en ninguna no hace más que acrecentarse con el transcurso de los días. Tengo la impresión de que ya no tengo hueco entre tus brazos, de que quieres que el juego llegue a su fin, de que me empujas y me dejas al otro lado de la puerta después de cerrarla. Tengo el presentimiento de que me estás convirtiendo en un extraño a conciencia, para que todo sea más sencillo.

Puedes intentarlo, con todas tus fuerzas si quieres, puedes intentar alejarme cuanto quieras. Pero te digo ya, con gesto serio además, que no va a surtir efecto.

¿Sabes cuándo voy a estar ahí? Cuando más lo necesites, cuando todo se derrumbe y creas que no quedan motivos para sonreír.

¿Sabes cuándo voy a estar ahí? Cuando digas que eres feliz pero los ojos no te brillen, cuando mires al vacío esperando encontrarme para sacarte del agua.

¿Sabes cuándo voy a estar ahí? Cuando esté herido y no quieras verme sangrar.

No sé por qué ya no se ve el sol en el cielo, no sé por qué hace este mal tiempo desde que no estamos juntos viendo caer la noche tras las ventanas.

Y es que las tormentas son mejores si estoy susurrando en tu oído un te quiero que apenas quieres escuchar.

Y es que las nubes grises son incluso bonitas si las miro junto a ti.

Y es que los relámpagos me hacen pensar en los destellos de tu pelo en los días soleados, en el brillo de tus ojos, en tu sonrisa clara.

Y es que las tempestades me recuerdan a cómo llegaste tú a mi vida y le diste la vuelta a lo que quedaba de mi corazón.

Que siga lloviendo, que llueva mucho pero sólo si vas a venir a verlo conmigo.

[Escucha la canción, piensa en mí.]

Tumbas.

El olor a tierra mojada le invade las fosas nasales mientras sigue con la mirada clavada en la piedra. Lleva un par de horas calándose bajo la lluvia por decisión propia y no tiene intención de mover un pie para alejarse de aquel lugar. La otra opción es encerrarse en casa entre suciedad, desorden y ganas de saltar por el balcón, y ahora mismo no le apetece demasiado acabar aplastado contra el suelo aunque no le parece mal plan para un domingo por la tarde.

El viento le mece un mechón de cabello, rebelde, que ya lleva demasiado largo para su gusto. Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca una cajetilla de tabaco, coloca un cigarro entre sus labios y pasa casi un minuto buscando un mechero en su pantalón. Juraría que estaba aquí. La lluvia le moja el cigarrillo después de tan solo dos caladas y se da por vencido, lo tira al suelo y no se esfuerza ni tan siquiera en pisarlo. Traga saliva al leer el nombre de la lápida que tiene frente a sus ojos y pasa sus dedos sobre el relieve de una cruz que hace tiempo que dejó de tener sentido para él. Siente los ojos vidriosos, con las lágrimas inundando el borde de sus párpados inferiores y se contiene, mira al cielo gris por un momento y después clava su mirada en la fotografía en color.

¿Por qué vivimos en un mundo en el que un niño puede morir? 

Deja un beso sobre el mármol gris, un beso frío que le eriza la piel. Pensar en el cuerpo descompuesto de su pequeña le provoca náuseas.

Toma aire y observa también el nombre de su mujer. Letras doradas en relieve, algo que ella hubiera odiado. Sonríe durante un segundo por ese pensamiento. Pasa de nuevo su mano sobre el mármol de la lápida y susurra algo para sí mismo. Decide marcharse de allí antes de imaginar las fracturas en sus huesos, la hemorragia en sus órganos internos, el dolor antes de perder la consciencia.

Mete las manos en los bolsillos, camina rápido, y el cielo y los recuerdos se desploman sobre él.

Fugitivos.

Tanta lluvia y nosotros sin salir a abrazarnos desnudos al balcón. Cuánto tiempo perdido en este mundo, cuántas oportunidades desperdiciadas, olvidadas debajo de la almohada. Aún no he conseguido despegar tu olor de mi piel después de una noche sudando juntos sobre las sábanas recién estrenadas. Aún no he conseguido elevar la vista hasta el cielo sin pensar en ti.

Hemos vuelto a destrozarlo todo desde la soledad de nuestra habitación, a arañarnos la espalda, a rompernos la cadera, a lamernos el hilo de las suturas. Hemos vuelto a hacer que los vecinos vengan a llamarnos a la puerta, hemos conseguido que se escandalice todo el edificio.

Y apenas nos da ya vergüenza, porque sabemos de memoria nuestras grietas.

Todavía no se han dado cuenta que nosotros dos somos un par de fugitivos que ven la vida pasar desde la ventanilla de su coche, que no tenemos claro el final pero sí que caminamos juntos, que no nos asustan las mareas, que nos podemos alimentar con besos y mañanas de verano. Todavía no se han dado cuenta de que no van a ganarnos ni las malas épocas, ni los días grises en los que la tristeza se nos cuela en cada una de nuestras articulaciones.

Y tú no te has dado cuenta de que me recompones todos los trozos sólo con un abrazo, que algunos de tus besos saben a Mediterráneo en calma, que tu risa me gusta más que la mayoría de canciones de cantautores españoles.

Y yo aún no me he dado cuenta de que te he enseñado a vivir despacio, a esquivar las balas, a respirar y pensar antes de hablar.

Que sólo somos héroes de backstage, de sonrisa frágil y esperanza trastocada, que hemos dejado que la imaginación nos juegue otra mala pasada, que nos hemos llenado de una ilusión que igual se acaba.

Sólo soy un poeta rancio incapaz de escribirte más de cuatro versos al día y encontrarte defectos.

Sólo eres la más bonita y profunda de mis heridas.

Si pierdo en esta huida sin final, si muero tras la partida, que sea contigo galopando en mi pecho.

No me importa el destino.

No me importa el destino, ni el final de trayecto, ni el viaje, si voy contigo.

A veces creo que me faltan todas las dudas que a ti te sobran para igualar la balanza, para no estar tan expuesto, para evitar el daño y que no me toquen las costillas contra el suelo en el próximo golpe.

No sirve de nada escudarme en cualquier excusa para olvidar, ni en tratar de dormir más horas de las que necesito, ni fingir un bienestar que no siento en ningún momento. Y es que sigo siendo el sapo que no se convierte en príncipe al final del cuento, el mismo de siempre, el que sabe aconsejar al resto pero aún no ha aprendido a cuidarse y quererse de verdad.

Supongo que mañana te seguiré mirando, buscando en los mapas, y serás cada una de esas ciudades que me traen buenos recuerdos, serás ese cielo que no deja que las nubes le tapen el sol. Supongo que mañana me seguiré topando contigo en cualquier esquina, obligado a mirar el suelo, tragar saliva y a arrancarme las espinas.

No supe hacerlo bien.

No fui capaz de convertirme en tu imprescindible.

No conseguí hacer que necesitaras mirarme a cada rato, como quien mira a la lluvia después de largos meses de sequía, como quien mira unos labios después de encontrarse con muchos amores de mentira, como yo te miro a los ojos.

Que quizá el exceso de ternura mata la pasión, o que te he querido cuidar más de lo que estabas dispuesta a permitir.

O quizá es sólo que pienso demasiado y siempre estoy equivocado. Que todo sucede en mi cabeza y nunca pasa el umbral de la realidad.

Pero da igual lo que piense, siempre vuelvo al inicio, al lugar donde aún puedo coger tu mano, mirarme los zapatos, pisar las ramas secas y caminar junto a ti. Todavía podemos cortar las cuerdas y tirarlas bien lejos, echar el resto, apostarlo todo. Estamos a tiempo de despegar, llorar de alegría y escuchar nuevas canciones.

Nunca es tarde para regalarnos caricias, reconocernos de nuevo, reflejar nuestras sonrisas en los charcos.

Y es verdad, no me importa el destino, ni el final de trayecto, ni el viaje, si voy contigo.

Imagina si lo tengo claro.

Los tristes.

Los tristes bien podríamos ser una especie aparte. Se nos reconoce con facilidad, casi con tanta facilidad con la que se nos critica. Podemos reír, seguir el juego y, sin embargo, sentir que estamos muriéndonos lentamente y que nadie lo percibe. Es la horrible sensación de pasar por invisible.

Alegra esa cara, hombre.

Lo dicen como si fuera tan fácil, como si supieran lo que nos pasa por dentro, como si por un miserable segundo se hubieran parado a pensar lo que es sentir lo mismo que sientes tú. Está tan al alcance de nuestra mano criticar las actitudes de los demás que se nos olvida que detrás de las acciones y los sentimientos hay personas.

Deja de regodearte en tu dolor.

Haz algo.

Me pregunto por qué, por qué debo hacer lo que ni mi cuerpo ni mi mente están dispuestos a comenzar en este momento. La vida tiene sus procesos y hay momentos para la nostalgia, la melancolía y el golpearse el pecho con el puño cerrado. Estoy un poco harto de una sociedad que sólo premia al que sonríe siempre aunque sea de manera fingida. Quizá es que sólo necesitamos un mundo que nos abrace mientras lloramos desconsoladamente por todo aquello que nos ha salido mal en el día, en lugar de un entorno que nos señale con el dedo por no estar bebiendo cerveza y haciéndonos fotografías con nuestros amigos.

Los tristes necesitamos nuestro espacio, cerrar los ojos cuando escuchamos música de piano, huir de nuestra mirada en cualquier espejo, flotar en alta mar, ver cuadros que ha pintado alguien con más talento del que nunca rozarán nuestras manos, sonreír cuando te descubres en la ansiedad de otros.

Los tristes necesitamos mirar la lluvia caer en un día gris mientras bebemos café y nos preguntamos por qué seguimos solos.

Pero siempre me acabo respondiendo rápido, y es que tampoco tengo mucho que ofrecer porque al final soy sólo un triste.

Y nadie quiere pasar el resto de sus días con uno de nosotros.

Por mucho que ese triste te cuide con cariño, te folle con ganas y te diga que te quiere.

Retroceder en el tiempo.

Ha vuelto a llover mientras pensaba en ti, y yo ya no creo en las casualidades.

La vida ha demostrado que sabe perfectamente lo que hace cuando nos pone a alguien en el camino, aunque nosotros no alcancemos a comprender el por qué, aunque en ocasiones solamente nos hagamos daño.

Crecer, creer, perecer.

Tenemos tiempo para todo si sabemos aprovecharlo.

Has hecho que imagine atardeceres en los días más nublados, que sonría cuando arreciaba el aguacero, y también que llore cuando más debería sonreír.

Ahora estamos viendo cómo cae otra gota, la que se supone que colma el vaso. No sabemos hablar de tú a tú, y al parecer tampoco de cara a la pared.

Y me pregunto dónde está la alegría que se supone que debería tener guardada y sólo me queda mirar por el desagüe para obtener respuestas. Y es que al final el golpe ha sido peor de lo esperado, sin verlo venir, sin poder prepararme. Apartarme del camino con un simple empujón como a un desconocido cualquiera lo hace todo peor, y ojalá fuera capaz de crear algo de rencor aquí adentro, algo de odio, algo más que dolor y tristeza para rellenarme los huecos.

Voy a escuchar canciones tristes hasta que me sangren los oídos, a leer de nuevo “Esa visible oscuridad” de William Styron para entender que se puede salir del peor de los abismos, a encerrarme en la habitación con la puerta atrancada mientras veo como cae el día sin ser capaz de pensar en nada más.

Y todo esto me hace darme cuenta de lo sencillo que es reducir a una persona a cenizas, convertirnos en polvo sin necesidad de estar muertos aunque nos sintamos así, destruir a quien menos deberías.

Qué puta mierda.

Y la rabia.

Ya estoy vacío de ti otra vez, y es como retroceder en el tiempo, o quizá es que nunca he llegado a avanzar y no he querido verlo.

Destino, azar y karma.

Vuelve a llover y nosotros empapados.

La vida en los bolsillos y el corazón entre las manos.

Eres el rompecabezas que más me ha costado de recomponer y ahora no quiero que nadie te haga daño, no quiero que te vuelvan a quitar alguna pieza y que no la puedas encontrar. Ahora que te tengo entera no voy a dejar que te destrocen otra vez, créeme. Te ayudaré a colocar ladrillos en el muro para que sólo entre quien tú quieras, caminaré contigo cuando me lo pidas, te acariciaré el alma y las verdades.

No sé si a ti te pasa eso de sentirte más fuerte cuando me miras a los ojos.

No sé si tú también te ves la capa cuando caminas entre el resto de la gente.

No sé si eres consciente de cada uno de tus superpoderes, incluida la sonrisa.

Eres como la adrenalina cuando caes desde una montaña rusa, la risa incontrolable en medio de una reunión, el agua fría en un día caluroso de verano, la primera luz que ilumina la oscuridad de la noche.

La de veces que me pregunto al día si ya estamos a punto de caer, si es nuestro final, si nos hemos quedado sin madera que echar a nuestra hoguera, si nos conocemos realmente. Y pienso tanto que sólo nos dejamos ver la superficie, que todavía estamos guardando más de lo que conseguimos decir en voz alta cuando estamos juntos, que nos hemos atado los pies y al siguiente paso no hay más opción que la de tropezar.

Si nos acaba separando la marea, si nos llevan las corrientes, recordaré que fuimos más fuertes de lo que pensábamos al principio, que resistimos aunque creímos lo contrario, y que al final todo fue por culpa de la fuerza magnética que se volvió en nuestra contra dando la vuelta a los polos opuestos.

Sabemos de sobra que ninguno de los dos es afortunado, que la mala suerte siempre ha estado en nuestro lado de la balanza, que ni el destino, ni el azar, ni el karma han sido para nosotros buenos amigos.

Pero es que no quiero complicarme mucho más, sabes todo lo que pienso con mirarme, sabes que no miento, sabes que te beso sin poder evitarlo, sabes que te cuido por instinto.

Lo bueno surge, pasa, sucede, y siempre lo hace por alguna razón.

Aunque no podamos entenderla.

Esta vez no pienso luchar contra los elementos, quiero relamerme los dedos después de tocarte, cargar con tu cruz y la mía, probar otra vez tu veneno, que seamos un par de desastres. Olvidar los problemas, que haya delirio, que seamos un par de animales cuando nos quedamos sin ropa.

Al final del día no soy capaz de dormirme, dar marcha atrás, cerrar la puerta y ver que no estás.

Compañía en los peores días.

La soledad es algo universal, como tantos otros sentimientos o pensamientos, o remordimientos.

Todos tenemos en algún momento esa sensación de no tener a nadie a quien recurrir, nadie a quien tender la mano, nadie a quien hablarle antes de dormir, nadie con quien poder llorar sin tener miedo a sus preguntas, nadie a quien mirar sin estar obligado a abrir la boca, nadie a quien susurrarle tus miedos en la penumbra, nadie a quien decirle que te gustan los días de lluvia si hay café esperando sobre la mesa, nadie a quien contarle un cuento que no acabe del todo mal, nadie con quien tener secretos porque no son necesarios.

Todos hemos sentido en alguna ocasión esa sensación de vacío existencial en el pecho, un hueco que no se llena jamás, como si tuviéramos un orificio de bala por el que la sangre siempre corre, hasta que acabamos de ser.

Y quizá sea ese mismo sentimiento el que nos haga, paradójicamente, estar menos solos.

Lo importante es que a pesar de todo seguimos aquí tratando de vivir. Intentando ser felices a nuestra manera, que al final es siempre la mejor porque para algo es la que elegimos.

Si lo pensamos bien, en el fondo no nos va tan mal.

Quizá es que pedimos demasiado, quizá es que hemos vuelto a querer lo imposible. Y ya sabemos lo que acaba pasando con estas cosas. Que se nos rompe el corazón y las lágrimas, que nos quedamos atrapados en cualquier tela de araña tejida por una mujer de sonrisa bonita, que nos acabamos identificando con cualquier poema de mierda.

Si recuerdas por un momento, hemos sido los mejores cabalgando después de las doce, hemos hecho largas las noches más frías, hemos gritado cuando querían que nos quedáramos callados, nos hemos hecho compañía en los peores días.

Después de tanto tiempo, he visto cómo te desnudaban con la mirada y sonreído por dentro al saber que acabarías en mi cama.

He visto cómo me miras y que te da igual que no tenga abdominales.

He visto cómo me abrazas y que sin mí ya no te reconoces.

He visto que lloras, que sufres, que ríes, que gritas, que muerdes, que lates, que te corres, que lees, que nadas a contracorriente, y que te gustan las cosas que no le gustan a nadie.

Supongo que por eso te acabé gustando yo.

Y no te miento si digo que al final lo único que quiero es que me beses durante un rato y me quites esta existencia gris de encima, que me espantes la melancolía aunque vuelva a abrazarme cuando desapareces por la puerta.

No sé para el resto, pero para mí la soledad es sólo cuando no estás.

Nos persigue la tormenta.

Llueve otra vez, y diría que los relámpagos se encargan de dibujar tu nombre si eso no me hiciera parecer un pobre loco.

Los recuerdos se ciernen sobre mí los días grises y me cuesta volver a remontar, olvidar y alzar el vuelo. Encajar mis piezas y poder seguir caminando como si no hubiera pasado nada. Volver a echar tierra sobre lo vivido y caminar dejándolo todo atrás. Debería haber aprendido a protegerme después de tanto tiempo, saber que debería haber escarmentado pero he vuelto a caer en el error.

Una imagen puede volver a tu cabeza y agujerearla con más facilidad que cualquier bala. Y aún tengo en la memoria mis dedos acariciando tu piel como un lienzo por pintar, pasear por tus costillas como quien se encuentra sobre las teclas de un piano, navegar entre tus piernas sin importar el rumbo, sin pensar en el destino.

Casi duele pensar en la inocencia del principio, del que da todo sin esperar nada a cambio, del que se desnuda sin reparos ni espera la puñalada. Duele pensar que todo se ha ido al traste, que lo que parecía perfecto ha acabado por marchitarse, que los sentimientos que dijimos que serían eternos no han hecho más que vaciarse.

Se supone que debemos alejarnos de lo que nos hace daño, se supone que aprendemos a poner distancia con aquello que nos duele. Pero hay algo extrañamente adictivo en el sufrimiento que te hace permanecer más tiempo del que deberías donde ya no te quieren. Pensamos que las cosas pueden cambiar, que todo puede ir a mejor. Creemos que quedan esperanzas y al final, una última oportunidad.

No nos convencemos de que el fracaso también está permitido, y equivocarse mucho más. Y que la opción de aguantar sólo acaba haciéndonos un agujero negro en el pecho y años de no perdonarse a uno mismo.

La valentía ya no se premia en los tiempos que corren, ni la sinceridad, ni mirarse a los ojos sin tener que hablar. La valentía es otra de esas cosas en peligro de extinción, como el quererse de verdad.

La decisión final siempre ha estado en tu mano.

Nos persigue la tormenta.

¿Y si en lugar de huir como hacen todos nos quedamos?