Etiqueta: llanto

Los intrusos.

Todos somos el intruso en la vida de alguien. Aviones de papel que caen en un charco. Extraños caminos, completos desconocidos, que se convierten en algún momento en la senda principal de nuestra ruta. Personas que nos borran por un tiempo esa horrible sensación de soledad que, a veces, guardamos en el pecho a pesar de todo.

Los intrusos son ladrones de almas que van de puntillas por los tejados tratando de encontrar algo que llevarse de recuerdo, algo que cuando estén lejos les ayude a evocar dónde estuvieron, qué hicieron y con quién. Recolectores de momentos, cazatesoros. Llegan un día y se convierten en mochila, se te pegan a la piel y no hay manera de dejarlos atrás. Te trastocan todos los planes, te rompen los esquemas, te difuminan el futuro, te nublan la vista con caricias.

Lo malo de esto es que no nos damos cuenta de cuándo van a aparecer, que no hay protección, que no existe una manera eficaz de protegerse o de tratar de evitarlo. Nos distraemos con facilidad porque la carne es débil y el verbo es carne.

Y entonces un día te ves indefenso, sin barreras que puedan contener esa sensación que te desborda, esa ilusión que te calienta un poco el pecho y te reconforta cuando cierras los ojos por la noche, esa leve seguridad que te permite mirarle cada día y sonreír sin miedo.

Soy contigo personal ajeno en un área restringida, porque no pedí ninguna clase de permiso para colarme en tus días y en tus bragas, y creerme con algún tipo de derecho.

Soy la nota discordante que te está jodiendo la melodía.

Tu penalti y expulsión.

Es tan cierto que me siento un forastero en tu vida como que quiero dejar de serlo, quiero dejar de sentir esa incómoda sensación de hormigueo en la nuca, ese quemazón en el tórax, ese temblor de labios y manos.

Sé que estoy de okupa en un lugar que no me corresponde, y que tarde o temprano acabaré para ti siendo nada, igual que lo era antes.

Los intrusos acaban por desaparecer.

No me llores, nunca ha hecho falta.

Inexperto.

Te escuecen de nuevo los ojos y te arde la garganta. Has vuelto a llorar, has vuelto a dejar que te desborden las emociones y a pesar del llanto, de dejar que las lágrimas mojen la almohada otra noche, de permitirte romperte en medio de la oscuridad y el silencio sin tener a nadie que te abrace, no has logrado conseguir nada. Lo cierto es que sientes que no sana, que no cura, que hay heridas que por más que pase el tiempo eres incapaz de cicatrizar y olvidar. Pasas la yema de tus dedos por encima de ellas, de las letras de su nombre, de su mirada perdida en las fotos.

Ella siempre está tan lejos, tan distante, con la mente en otra parte. Y tú sigues teniendo ese aire de culpa y pena en los suspiros. Sigues con el corazón encogido, nervioso ante cada pequeño cambio, ante cada detalle que de pronto desaparece de tu día a día para pasar a segundo plano.

No hay expectativas, ni futuro posible, ni solución a tus problemas. Y podrían caer todos los astros a tu alrededor ahora mismo y te daría igual porque tienes cosas más importantes en las que pensar. Crees que quien te tiende la mano es en realidad tu enemigo, y no te dejas querer por miedo a estar bien de una vez. Temes darte cuenta de que has estado equivocándote durante media vida, temes darte cuenta de que has eternizado un error que se solucionaba de un portazo.

No sé tú pero yo soy inexperto en sincerarme contigo.

Inexperto en dejar que me quieran.

Inexperto en darme por vencido.

Inexperto en besarte con los ojos cerrados.

Inexperto en cogerte la mano sin tener miedo.

Inexperto en pedirte que vengas.

Inexperto en aguantarte la mirada.

Estoy asustado, agotado y hundido.

Pero sé que todavía no he empezado a caminar, supongo que te estoy esperando.