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Esperamos.

Nos pasamos la vida esperando.

Esperamos 9 meses para nacer.

Esperamos 18 años para ser mayores de edad.

Esperamos para poder tomar café y decir lo que pensamos.

Esperamos para ir al instituto y enamorarnos.

Esperamos para jugar con fuego.

Esperamos para conducir e ir a la Universidad.

Esperamos por esa persona especial que nunca llega.

Esperamos a que se cumplan nuestros sueños.

Esperamos a beber cerveza y divertirnos cada viernes por la noche.

Esperamos para saber apreciar un buen libro.

Esperamos a alguien que nos impida morir solos.

Esperamos las sonrisas, las miradas y los abrazos por la espalda.

Esperamos una recompensa.

Esperamos un beso de buenos días.

Esperamos que amanezca cada mañana sin que la vida nos trate a patadas.

Esperamos demasiado del mundo en el que vivimos,

pero yo, de verdad,

yo sólo estoy esperándote a ti.

Sueño eterno.

El recuerdo de tus labios ha vuelto a hacer de despertador y sigo sin querer moverme de la cama. Soy fiel seguidor del Principio de Arquímedes desde que entré en tu vida y pude observar cómo sólo querías verme salir. El problema de vivir es que nunca llegamos a tiempo a los hechos, que nuestras acciones siempre llegan tarde y las palabras se acaban borrando incluso hasta de nuestra memoria y acaban siendo inservibles. Somos un compendio de errores, víctimas de nuestros propios actos.

Desde que me crucé con tus ojos no me gustan las promesas, lo hice tantas veces antes sin que sirviera para nada que no pienso volver a intentarlo. Desde que dije aquel adiós tengo una lista de palabras prohibidas que no quiero volver a pronunciar.

Han empezado a gustarme ahora las tardes en solitario, de paseos sin coger a nadie de la mano, de cafés solos y lecturas largas. He aprendido, al fin, a soportarme en silencio, a gritar por la ventana canciones de Sigur Rós que ni siquiera entiendo, a recordar tu nombre sin que se me encoja el estómago, a abrir los ojos sin sentirme culpable. Cambian tanto los tiempos, las mentes, la gente. Hemos cambiado tanto nosotros, desde aquel día que bajaste de un tren y me besaste sin que me diera tiempo a preguntar qué tal estabas. Y estoy muerto por dentro desde que he olvidado cómo suena tu voz, o quizá es que estoy más vivo que nunca y ni siquiera sé reconocerlo.

Dejar de pensar, sentir de más, la urgencia, la necesidad, y esta sensación de estar dentro de una espiral que nunca me acaba de abandonar. Ya no me interesan todas esas cosas que me puedan hacer daño, bastantes agujeros de bala tengo ya en el pecho como para afrontar alguno más.

Aquí estamos haciendo de buenos y malos, hipnotizados, sin saber qué señales debemos seguir para llegar a algún lugar donde sentirnos seguros. Desorientados otra vez, desconectados el uno del otro cada vez que dejamos de hablarnos. Que ya no sé separar la rutina de la ficción y sólo hago que tachar frases de páginas en blanco porque no puedo dejar de autorretratarme en cada historia sin darme cuenta.

La rueda nunca ha dejado de girar y aquí estoy, el primero del pelotón, pero no puedo pelear de nuevo. Es tiempo de bandera blanca.

Y ahora sólo quiero volver a leer a James Joyce, escuchar a Gershwin, ver Metrópolis en bucle. Y ahora sólo quiero perderme entre las páginas de El sueño eterno, cerrar los ojos con Copenhague y  volver a disfrutar de Nuestro último verano en Escocia con la boca llena de palomitas.

Quiero otro café, taparme hasta las orejas y que caiga la noche, que la estoy esperando igual que te espero a ti, con un libro entre las manos.

«Nos despedimos. Vi cómo el taxi se perdía de vista. Subí de nuevo, entré en el dormitorio, deshice la cama y volví a hacerla. Había un largo cabello oscuro en una de las almohadas y a mí se me había puesto un trozo de plomo en la boca del estómago. Los franceses tiene una frase para eso. Los muy cabrones tienen una frase para todo y siempre aciertan. Decir adiós es morir un poco.». El sueño eterno (1939)

Con la guardia bajada.

Recuerdo aquel día como si fuera ayer, recuerdo aquel viernes 25 de Agosto del año 2006 como si todavía tuviera treinta años y el mundo siguiera pareciéndome un buen lugar para vivir. He aprendido mucho desde entonces, o eso quiero creer, y me he equivocado todavía más. Todavía recuerdo aquella noche en la que leía “Mujeres” de Bukowski mientras fumaba un cigarro que se consumía entre mis labios resecos. Hacía ya unos meses que había dejado el trabajo y subsistía sin demasiado interés, tirado en el sofá la mayor parte del tiempo.

La había perdido, había dejado que se fuera de mi lado sin preguntarle tan si quiera por qué, sin conocer el motivo. Había desperdiciado mi mejor oportunidad, la opción que me había dejado más cerca de lo que algunos torpes llaman felicidad. Las noches de conversaciones largas sobre arte se habían quedado en el olvido, las falsas discusiones sobre las películas que veíamos juntos, el tira y afloja de siempre sobre lo que debe o no llevar una verdadera salsa carbonara. Todo había quedado en ese limbo en el que se conservan los recuerdos buenos, esos que después de un tiempo cuesta mucho más rememorar.

De aquel día también recuerdo el sonido del timbre, y mis pasos descalzos hasta la puerta con el libro en la mano y el cigarro todavía pegado a la boca. Recuerdo oler su perfume antes de proceder a abrir la puerta y verla empapada, totalmente calada hasta los huesos. Lo que no recuerdo es el sonido de los truenos, ni el olor a lluvia mojando las calles llenas de gente del paseo marítimo.

– Agatha. – Apenas tuve tiempo de pronunciar su nombre, incapaz de decir nada más cuando el libro cayó al suelo y el cigarro también. Se abalanzó sobre mí después de tanto tiempo, después de no saber nada de ella desde que desapareció con un simple adiós. Echaba de menos sus besos, aquel cuerpo de cintura estrecha entre mis brazos y su mirada siempre cómplice, esa que indicaba que lo tenía todo bajo control. No pude evitarlo, tuve que quitarle aquella ropa que llevaba pegada a la piel al tiempo que ella se deshacía de la mía. Y nos faltaron segundos para comernos la vida de nuevo en el sofá, como habíamos hecho tantas veces tiempo atrás.

Con ella pasaba lo que pasa con las tormentas de verano como la de aquella tarde, que siempre pillan con la guardia bajada y luego se vuelven a ir, sin dejar rastro.

Este texto fue escrito para el blog De Krakens y Sirenas el 20 de Agosto de 2015.