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Días sin suerte.

Los días se me quedan grandes, me sobran las mismas horas que me faltan para hacer nada y hacerlo todo. No hay manera de parar, de quedarme quieto, de bajarme de un tren que va demasiado rápido hacia un destino que todavía no conozco, y ¿por qué no admitirlo? Tengo miedo. Un miedo atroz a seguir avanzando, a mirar el reloj y ver que ya ha pasado un año y que ahora sí, estoy totalmente perdido, abandonado, y que sigo igual de herido. No hay manera de remediar el error, de poner parches, arreglar las velas y seguir navegando en estas aguas turbulentas.

Se nos ha ido todo a la mierda, las expectativas, los planes de futuro, el matrimonio, los hijos, el amor perfecto y eterno. La vida, de pronto, te ha dado un derechazo y te ha desencajado la mandíbula y se burla, la muy cabrona se burla desde la otra mitad de la calle, desde la esquina en la que se encuentra el bar que visitas cada viernes para intentar olvidar todas esas penas que te están arrastrando al pozo.

Tu nombre solo en el buzón, el café para uno, el lado izquierdo de la cama con las sábanas intactas, el cepillo de dientes único recibiéndote cada mañana. Qué puto es el azar que juega con nosotros, nos zarandea y nos coloca de pronto en un escenario que no controlamos en absoluto, en un traje que nos queda grande y que no tiene arreglo.

Nunca he sabido jugar al ajedrez (aunque he intentado aprender), por eso espero el siguiente movimiento de la partida sin saber muy bien qué hacer, sin tener demasiado claro si voy a ganar o a perder, sin acabar de entender si hay rey en este tablero del que formo parte. Tampoco sé jugar a las damas, ni se me dan bien los juegos de cartas, porque la suerte nunca está de mi parte.

Voy a dejar de esperar porque nunca me funciona, porque al final siempre acabo más roto, más destrozado, más animal y menos persona. Porque al final me encierro en una coraza de la que ya soy incapaz de salir y muerdo a los que andan cerca, y lo veo todo negro.

A pesar de todo, de los cambios, del vaivén de estos meses turbulentos, no he sido capaz de soltar una lágrima desde hace un tiempo y todas ellas me pesan en el centro del pecho, y duelen como si fueran disparos a quemarropa.

Necesito un susurro de los tuyos, que me tapes los ojos y me digas que puedo dormir tranquilo, aunque sea ahogado en un mar salado.

Nada más.

Fin de año.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Trescientos sesenta y cinco días de fracasos y supuestas alegrías que se van por el retrete y se quedan plasmados en fotografías que borraremos cuando no nos quepan más en la memoria del teléfono.

Muere un año más con sus doce meses y sus miles de millones de personas, los nuevos compañeros de trabajo, los viejos amigos que se van, los familiares que nos dejan para siempre, las horas extras, los bolsillos vacíos.

Se quema la última hoja del calendario y nos quemamos nosotros, con todos nuestros propósitos de año nuevo todavía por cumplir. Y nos toca renacer de nuestras cenizas, secarnos las lágrimas, ponernos la mano en el corazón porque sigue doliendo.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

El viento nos marca siempre los primero días de un mes de Enero que nos lleva a remolque, y la esperanza se nos vuelve a encender con la llegada de nuevas hojas de la agenda que llenar de citas con personas pasajeras.

Sonreímos un par de horas después de las campanadas y creemos por un momento que quizá está vez todo irá bien, que este será nuestro año y que el agua volverá al cauce del cual nunca debió salir.

Champagne del bueno o del malo, aún quedan turrones en las mesas y las nubes vuelven a nuestras cabezas. La niebla vuelve a instalarse entre nosotros dos, del mismo modo de siempre y nos volvemos a mirar sabiendo que hace años que dejamos de querernos, que intentarlo no es poder y que estos besos ya no dicen nada.

La mirada hacia el otro lado, el querer que te calles de una puta vez, que me dejes en paz, que ya no me conoces como crees, que tus abrazos ya no calientan igual en pleno invierno, que sales demasiado, que no me dices nada, que con quién hablas hasta las tantas, que con quién crees que vas a salir esta noche.

Basta.

Ya.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Para todos aquellos sin el valor suficiente para intentarlo. Quizá este año sí.