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Ojos de mar.

La vida ya no tiene ni rastro de esperanza.

El futuro es un desierto que no tengo fuerzas para cruzar. Y tampoco tengo ganas de arrastrar mis pasos entre la arena, sorteando los peligros que me pueda encontrar. Sólo quiero cavar un agujero lo suficientemente hondo como para meterme en él, cubrirme de arena y dejar que la falta de aire en mis pulmones y el tiempo hagan el resto.

La mirada triste, el latido débil.

Y ni siquiera camino como si quisiera llegar a alguna parte de verdad. Me muevo con la misma inercia con la que se mueven las hojas de un árbol cuando sopla el viento. Me muevo porque si estoy mucho tiempo parado alguien toca el claxon y me hace avanzar un par de metros para dejar de obstaculizar el camino. Al final caes en la cuenta de que sólo eres un estorbo, otro muro, una puta pared, otra piedra a la que golpear y alejar para poder andar.

Acabo siendo siempre un tronco caído en medio del sendero.

Acabo siendo siempre un lastre que hay que abandonar y soltar.

Y sigo sin tener a nadie a quien aferrarme, porque cuando necesitas una mano casi todo el mundo acaba escondiéndola detrás de la espalda y mira hacia otro lado.

Joder, qué triste, que a pesar de los años no haya nadie que quiera quedarse junto a ti, y darte un abrazo, y susurrarte bajito que al final todo irá bien, aunque sea mentira. Porque, al final, las cosas nunca van bien pero necesitamos creer en ese engaño para poder levantarnos cada día y fingir que hacemos algo valioso con nuestras vidas. Somos una puta mota de polvo en la infinidad del Universo y ni uno solo de nuestros actos servirá para nada, ni una sola de nuestras acciones cambiará el curso de la Historia. Ni una sola.

¿Cómo no voy a tener los ojos llenos de mares?

Si sólo quiero llorar, llover, acurrucado contra ti.

Y que, por favor, se acabe el verano y todas esas pesadillas en las que no estás.

Entre las sábanas.

Hay noches y días en los que no piensas, o no puedes pensar. Y es que tienes la cabeza en otra parte, con la imaginación perdida, con los recuerdos erizándote la piel, con tu subconsciente haciendo ritmo y juegos con las palabras. Insomnio en toda regla, temores volviendo a aparecer en las paredes y el olor a alcohol y tabaco. Se mezcla todo en esos momentos que has podido capturar como si fueran fotografías para intentar guardarlos: el hambre, las ganas, la sed, el frío, el miedo, el sueño y su piel.

Nos convertimos juntos en dos borrones en la penumbra, gemidos en medio de la noche, mordiscos que arrancan mentiras para dejarlas flotando en el aire, besos de esos que dejan marcas que no se borran jamás, un orgasmo de los que hacen que pierdas la vergüenza de una vez. Siendo republicanos nos transformamos en reina y rey de un tablero de ajedrez, esperando que la partida acabe en tablas. Somos ese abrazo que te borra las lágrimas de golpe cuando sólo quieres derrumbarte. La brújula que apunta siempre al norte para no perdernos en medio de tanto mapa incomprensible. La copa de vino que atenúa las penas. El faro en la costa que impide que te des de lleno contra las rocas. El aliento que hace falta cuando no te quedan fuerzas.

Entre las sábanas, los dos, somos un par de superhéroes sin ropa interior que sólo quieren librarse del mal a su manera. Y es que por un momento, mientras nos enredamos las lenguas y nos empapamos con saliva, somos el eje del mundo y lo hacemos girar como giran nuestros cuerpos sobre un colchón que ya huele a ti. Somos el núcleo, la caja fuerte, el pecado y el perdón, la primera página de una novela, la mejor frase de tu canción favorita. Un par de almas revolucionarias que suben la temperatura en una habitación.

Afortunados de tenernos y ser libres, y de no tenernos y ser esclavos al mismo tiempo.

Después de escuchar los truenos y ver los relámpagos, de que el cielo negro fuera un aviso para los dos. Después de escuchar la lluvia y el viento golpeando con fuerza contra la ventana mientras hacíamos crujir la cama y algún que otro hueso, cerramos los ojos por un momento, todavía entrelazando nuestras manos. Respiramos al mismo tiempo durante un par de segundos, nos acariciamos aún con las manos temblorosas y guardamos risas suaves en la garganta. Algo parecido a la felicidad.

Y siempre me dan ganas de mirarte a oscuras, intuyendo tus ojos y susurrar:

¿Qué hace una chica como tú rompiendo un corazón como este?

La gente quiere ser feliz.

La gente quiere ser feliz, sin tener ni idea de lo que es. Tantas definiciones diferentes, tantas maneras de entender las cosas. Como para saber quién tiene la razón, si es que no la tenemos todos.

La felicidad será una mezcla de todo y de nada a la vez, igual que nosotros dos. Un conjunto de salir con los amigos, ver un atardecer sin nervios de por medio, dormir sin preocupaciones, algo de dinero en el bolsillo, un libro por empezar, una cerveza que nunca se acabe, tener una mano a la que apretar siempre que lo necesites, un jardín floreciendo en pleno invierno, un hilo de agua saliendo de un manantial remoto, un pentagrama por escribir, el primer copo de nieve del año, alguna señal que nos permita saber que no lo hacemos todo tan mal.

Nos han prometido que seremos felices en algún momento pero parece que nunca llega, que estamos envueltos de sufrimiento y que cuando las cosas se nos ponen fáciles no las queremos. Estamos hechos de daño, del espíritu de animales en peligro de extinción, y cuando algo es sencillo nos invita a desconfiar con rapidez. Estamos hechos para resistir, aunque haya disparos a nuestro alrededor, y nos metan balas en la carne, y nos apuñalen varias veces en el pecho.

Y es que nos gusta complicar las cosas, hacerlo difícil, poner trabas para justificar por qué actuamos tan mal. Nos gusta la pelea y morder fuerte, y sentir algo de acción en nuestras vidas aburridas. Nos gusta empezar por el final y doler sin motivo. Nos gusta que muera el malo y que al final triunfe el amor, pero nunca le dejamos.

La gente quiere ser feliz, pero cuando de verdad tiene la oportunidad de serlo tiene miedo y se queda parada viendo cómo escapa otro tren, viendo caer las lágrimas por haber vuelto a fracasar.

Llevamos media vida preparándonos para encontrarnos y ahora vamos a permitir que todo se eche a perder. Que tanto abrazo, tanto beso, tanto esfuerzo quede en nada.

A estas alturas yo no sé si es mejor reiniciar el cerebro o el corazón.

El paisaje inerte.

Está la vida tan gris que sólo puedo pensar en ti. Y miro el cielo porque no tengo tus ojos. Vivo tropezando con todas las piedras que hay en el camino, con nombre y apellidos, y parece que a pesar de todo no aprendo, que soy poco hábil para darme cuenta de que tengo que cambiar, que lo de ser un soñador está bien para los protagonistas de una novela de aventuras pero no para la vida real. Que le queda muy bien a Ryan Gosling, Tom Hardy o Henry Cavill, pero no a mí.

Yo creo que esta estampa silenciosa siempre trata de avisarme, de pararme los pies, de evitar que me acerque al peligro de unos besos que ya tienen dueño. Yo creo que las mentiras tratan de hacerme ver las verdades desde otro ángulo, de darme puñetazos en el estómago para que pare de hacer el idiota y siga emborrachándome.

Yo creo que sólo sigo siendo un estúpido que espera que la luna le de las respuestas que no tiene y que mira el mar como Hemingway lo hacía.

Yo que me imaginaba susurrándote al oído buenos días antes de darte un beso, llevándote chocolate al sofá mientras lees cualquier libro, abrazándote las noches en las que el frío te cale los huesos, bebiendo tus lágrimas de tristeza y de alegría, cogiéndote de la mano entre el desconcierto. Yo que, incluso, he llegado a imaginar que sonreía de verdad, sin miedo, y no me parecía tan malo.

He roto todas las botellas que tenían mensaje dentro y tengo las entrañas llenas de matices que no sé explicar con palabras. Me he llenado el cuerpo de costuras, de golpes, de esperanzas que se quedan en suspiros, de flores muertas.

Pero ahora creo que la vida se desvanece como lo hace todo un viernes por la tarde.

Y que soy un completo sin sentido.

Esto de fustigarse, de lamentarse, de usar el látigo contra uno mismo y hacerse isla me acabará matando. Me he llenado las costillas de acantilados, el cerebro de trampas, el corazón de desconfianza y las manos de desamor.

Al final de todo este paisaje inerte me volveré loco y estaré libre de pecado.

Estaré libre de pecado porque os habré avisado.

A la caza del Octubre Rojo.

El número 11 de una calle sin nombre.

Segundo derecha y llueve en el portal.

El gris de Octubre te abraza las entrañas y Madrid sigue riéndose de ti.

Te sientes atrapado en una partida de póker en la que no tienes ninguna mano ganadora, y no hay cartas en la manga para tener ocasión de salvarte. Te preguntas si hay manera de escapar, de dejarlo todo atrás. Te planteas echar a correr y que nada te pare. Sin hacer las maletas, con la cartera en un bolsillo y el teléfono en otro. Supones que debe ser fácil empezar en otro lugar, inventar una historia, un nombre, un pasado y un presente.

Has perdido el equilibrio, y no te gusta tu vida planeada, ni tú mismo.

Has conseguido cansarte antes de tiempo.

De todo, pero sobre todo de ti.

Si la vida era esto no la quiero.

Demasiado joven como para sentirte tan engañado, con tantas promesas muertas, con tanto suicidio televisado, con tanta mentira programada.

Demasiado joven para perder el poco equilibrio que te quedaba con la primera mirada clara que se te cruce en el camino, con la primera caricia que te deje la ropa en el suelo, con la primera sonrisa que te haga crecer un par de alas defectuosas pero suficientes.

Es tan fácil pasar de un extremo al otro, de la libertad al encierro, de lo acuático a lo ígneo, del cielo al infierno.

De ti a la nada.

Dos copas que brindan en cualquier local con música de fondo, y los botones de la camisa cayendo al suelo, el ruido del cinturón contra la madera, unas bragas dejándose llevar por la gravedad, un par de lenguas peleando como dos náufragos contra la tormenta. Dos locos sudando, aullando como animales. La electricidad entre los dos, y el crepitar de la piel con la fricción. Saliva, sudor sin lágrimas. El corazón, la taquicardia, la sangre en el cerebro y más abajo, y las manos tocándose como si la vida fuera una sonata de Schumann. 

Sin sexo no hay amor.

Podríamos querernos para siempre.

Lo sabes.

Vamos a la caza del Octubre rojo.

[Y vuelvo a darme cuenta de que ella no está.

Y de que soy todo heridas, sin orificio de salida.

Joder.]

Rompeolas.

Otra tarde en la que las olas se encargan de acercarme tu recuerdo, tu voz y las últimas lágrimas. Mis pies van dejando huellas en la orilla que sé que se borrarán al poco tiempo, como las heridas que te fui dejando sin darme cuenta. Y ahora tengo que lamentarme.

Sólo quise ser tu rompeolas, y no logré nada.

Ojalá hubiera sabido que tenía que haberte soltado antes, abrirte la puerta, invitarte a salir cuando todavía nos quedaban sonrisas a los dos. Ojalá haberte dejado libre sin haber roto tus alas, aquellas que conocí cuando aún era capaz de leer la ilusión en tus ojos. Pero no sabemos hacer eso, dejar que alguien se marche cuando ya todo se ha acabado. Nos gusta pensar que podemos arreglarlo, que si nos damos otra oportunidad podremos cambiar los pequeños defectos y convertirlos en virtudes, que la remontada es posible, que un amor largo no se puede dejar escapar así sin más.

Y acabamos consumidos, como cigarros apagados en cualquier acera.

Parece que nos han enseñado a doler hasta el último momento, a acabar mal, a despedirnos con las manos llenas de sangre y el cuchillo entre los dedos. Parece que nuestra misión es agotar todas las posibilidades para convencernos de que era imposible que lo nuestro funcionara.

Nos han hecho idealizar el amor, las relaciones y a las personas. Nos han hecho creer que podemos aguantar unos meses más porque seguro que se acaba arreglando. Y así tus amigos no te juzgarán, y tu familia podrá seguir durmiendo por las noches mientras tú vives un pequeño infierno en silencio. Y duermes con un nudo en la garganta que te acabará asfixiando.

Lo de hacernos los duros también se nos ha ido de las manos. Lo de no poder mostrarnos débiles, lo de tener que saber solucionar cualquier problema que nos surja. Pero que sepas que tenemos derecho a dolernos, a rompernos, a llorar y que nadie tenga que señalarnos con el dedo porque no somos capaces de llegar a nuestro destino sin haber hecho varias paradas antes.

Ojalá haber sabido abrir mis dedos a tiempo y dejarte saltar tan lejos como hubieras podido. Me hubiera gustado haberte ahorrado lágrimas y noches en vela, y pedirte perdón a tiempo. Estoy convencido de que otros sabrán curarte como yo no supe. Encontrarás a alguien que te quite la ropa mejor que yo, que te abrigue mejor en los días fríos y que cuando te haga llorar sea de alegría.

Lo único que espero ahora es no volver a cometer los mismos errores, y dejar siempre la puerta abierta, porque si alguien quiere quedarse conmigo ya se encargara de cerrar por dentro.

Sin título 1.0

Avenidas llenas de escarcha salada por culpa de las lágrimas, el beso del millón de dólares antes de levantarnos del colchón, tus pasos dejando mi casa sin haber dicho adiós. Sé de sobra que no te gustan las despedidas, pero temo que llegue esa última vez sin haberte mirado a los ojos, sin ser capaz de guardarte para siempre.

Por eso escribo, porque cuando deje de recordar podré leer, seré capaz de reconocernos en cada línea, en cada frase, y en alguna que otra canción. Seré capaz de revivir lo que sentía, de oler tu perfume, de ver tus ojos, de sentir tus manos enredándose torpes en mi pelo. Seré capaz de recordar cómo sonaban tus pasos en plena madrugada antes de entrar a mi casa, de escuchar tu risa antes de dormir, de saborear tus labios, de acariciar tus piernas en el aire.

El tiempo y la suerte nunca juegan de mi parte, nunca apuestan por mí, pero sigo aquí, aguantando los golpes, los vendavales y tus sonrisas furtivas.

Por eso escribo, porque cuando deje de recordar podré leer, y llorar sin saber por qué.