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El paisaje inerte.

Está la vida tan gris que sólo puedo pensar en ti. Y miro el cielo porque no tengo tus ojos. Vivo tropezando con todas las piedras que hay en el camino, con nombre y apellidos, y parece que a pesar de todo no aprendo, que soy poco hábil para darme cuenta de que tengo que cambiar, que lo de ser un soñador está bien para los protagonistas de una novela de aventuras pero no para la vida real. Que le queda muy bien a Ryan Gosling, Tom Hardy o Henry Cavill, pero no a mí.

Yo creo que esta estampa silenciosa siempre trata de avisarme, de pararme los pies, de evitar que me acerque al peligro de unos besos que ya tienen dueño. Yo creo que las mentiras tratan de hacerme ver las verdades desde otro ángulo, de darme puñetazos en el estómago para que pare de hacer el idiota y siga emborrachándome.

Yo creo que sólo sigo siendo un estúpido que espera que la luna le de las respuestas que no tiene y que mira el mar como Hemingway lo hacía.

Yo que me imaginaba susurrándote al oído buenos días antes de darte un beso, llevándote chocolate al sofá mientras lees cualquier libro, abrazándote las noches en las que el frío te cale los huesos, bebiendo tus lágrimas de tristeza y de alegría, cogiéndote de la mano entre el desconcierto. Yo que, incluso, he llegado a imaginar que sonreía de verdad, sin miedo, y no me parecía tan malo.

He roto todas las botellas que tenían mensaje dentro y tengo las entrañas llenas de matices que no sé explicar con palabras. Me he llenado el cuerpo de costuras, de golpes, de esperanzas que se quedan en suspiros, de flores muertas.

Pero ahora creo que la vida se desvanece como lo hace todo un viernes por la tarde.

Y que soy un completo sin sentido.

Esto de fustigarse, de lamentarse, de usar el látigo contra uno mismo y hacerse isla me acabará matando. Me he llenado las costillas de acantilados, el cerebro de trampas, el corazón de desconfianza y las manos de desamor.

Al final de todo este paisaje inerte me volveré loco y estaré libre de pecado.

Estaré libre de pecado porque os habré avisado.

A la caza del Octubre Rojo.

El número 11 de una calle sin nombre.

Segundo derecha y llueve en el portal.

El gris de Octubre te abraza las entrañas y Madrid sigue riéndose de ti.

Te sientes atrapado en una partida de póker en la que no tienes ninguna mano ganadora, y no hay cartas en la manga para tener ocasión de salvarte. Te preguntas si hay manera de escapar, de dejarlo todo atrás. Te planteas echar a correr y que nada te pare. Sin hacer las maletas, con la cartera en un bolsillo y el teléfono en otro. Supones que debe ser fácil empezar en otro lugar, inventar una historia, un nombre, un pasado y un presente.

Has perdido el equilibrio, y no te gusta tu vida planeada, ni tú mismo.

Has conseguido cansarte antes de tiempo.

De todo, pero sobre todo de ti.

Si la vida era esto no la quiero.

Demasiado joven como para sentirte tan engañado, con tantas promesas muertas, con tanto suicidio televisado, con tanta mentira programada.

Demasiado joven para perder el poco equilibrio que te quedaba con la primera mirada clara que se te cruce en el camino, con la primera caricia que te deje la ropa en el suelo, con la primera sonrisa que te haga crecer un par de alas defectuosas pero suficientes.

Es tan fácil pasar de un extremo al otro, de la libertad al encierro, de lo acuático a lo ígneo, del cielo al infierno.

De ti a la nada.

Dos copas que brindan en cualquier local con música de fondo, y los botones de la camisa cayendo al suelo, el ruido del cinturón contra la madera, unas bragas dejándose llevar por la gravedad, un par de lenguas peleando como dos náufragos contra la tormenta. Dos locos sudando, aullando como animales. La electricidad entre los dos, y el crepitar de la piel con la fricción. Saliva, sudor sin lágrimas. El corazón, la taquicardia, la sangre en el cerebro y más abajo, y las manos tocándose como si la vida fuera una sonata de Schumann. 

Sin sexo no hay amor.

Podríamos querernos para siempre.

Lo sabes.

Vamos a la caza del Octubre rojo.

[Y vuelvo a darme cuenta de que ella no está.

Y de que soy todo heridas, sin orificio de salida.

Joder.]

Rompeolas.

Otra tarde en la que las olas se encargan de acercarme tu recuerdo, tu voz y las últimas lágrimas. Mis pies van dejando huellas en la orilla que sé que se borrarán al poco tiempo, como las heridas que te fui dejando sin darme cuenta. Y ahora tengo que lamentarme.

Sólo quise ser tu rompeolas, y no logré nada.

Ojalá hubiera sabido que tenía que haberte soltado antes, abrirte la puerta, invitarte a salir cuando todavía nos quedaban sonrisas a los dos. Ojalá haberte dejado libre sin haber roto tus alas, aquellas que conocí cuando aún era capaz de leer la ilusión en tus ojos. Pero no sabemos hacer eso, dejar que alguien se marche cuando ya todo se ha acabado. Nos gusta pensar que podemos arreglarlo, que si nos damos otra oportunidad podremos cambiar los pequeños defectos y convertirlos en virtudes, que la remontada es posible, que un amor largo no se puede dejar escapar así sin más.

Y acabamos consumidos, como cigarros apagados en cualquier acera.

Parece que nos han enseñado a doler hasta el último momento, a acabar mal, a despedirnos con las manos llenas de sangre y el cuchillo entre los dedos. Parece que nuestra misión es agotar todas las posibilidades para convencernos de que era imposible que lo nuestro funcionara.

Nos han hecho idealizar el amor, las relaciones y a las personas. Nos han hecho creer que podemos aguantar unos meses más porque seguro que se acaba arreglando. Y así tus amigos no te juzgarán, y tu familia podrá seguir durmiendo por las noches mientras tú vives un pequeño infierno en silencio. Y duermes con un nudo en la garganta que te acabará asfixiando.

Lo de hacernos los duros también se nos ha ido de las manos. Lo de no poder mostrarnos débiles, lo de tener que saber solucionar cualquier problema que nos surja. Pero que sepas que tenemos derecho a dolernos, a rompernos, a llorar y que nadie tenga que señalarnos con el dedo porque no somos capaces de llegar a nuestro destino sin haber hecho varias paradas antes.

Ojalá haber sabido abrir mis dedos a tiempo y dejarte saltar tan lejos como hubieras podido. Me hubiera gustado haberte ahorrado lágrimas y noches en vela, y pedirte perdón a tiempo. Estoy convencido de que otros sabrán curarte como yo no supe. Encontrarás a alguien que te quite la ropa mejor que yo, que te abrigue mejor en los días fríos y que cuando te haga llorar sea de alegría.

Lo único que espero ahora es no volver a cometer los mismos errores, y dejar siempre la puerta abierta, porque si alguien quiere quedarse conmigo ya se encargara de cerrar por dentro.

Sin título 1.0

Avenidas llenas de escarcha salada por culpa de las lágrimas, el beso del millón de dólares antes de levantarnos del colchón, tus pasos dejando mi casa sin haber dicho adiós. Sé de sobra que no te gustan las despedidas, pero temo que llegue esa última vez sin haberte mirado a los ojos, sin ser capaz de guardarte para siempre.

Por eso escribo, porque cuando deje de recordar podré leer, seré capaz de reconocernos en cada línea, en cada frase, y en alguna que otra canción. Seré capaz de revivir lo que sentía, de oler tu perfume, de ver tus ojos, de sentir tus manos enredándose torpes en mi pelo. Seré capaz de recordar cómo sonaban tus pasos en plena madrugada antes de entrar a mi casa, de escuchar tu risa antes de dormir, de saborear tus labios, de acariciar tus piernas en el aire.

El tiempo y la suerte nunca juegan de mi parte, nunca apuestan por mí, pero sigo aquí, aguantando los golpes, los vendavales y tus sonrisas furtivas.

Por eso escribo, porque cuando deje de recordar podré leer, y llorar sin saber por qué.

Días sin suerte.

Los días se me quedan grandes, me sobran las mismas horas que me faltan para hacer nada y hacerlo todo. No hay manera de parar, de quedarme quieto, de bajarme de un tren que va demasiado rápido hacia un destino que todavía no conozco, y ¿por qué no admitirlo? Tengo miedo. Un miedo atroz a seguir avanzando, a mirar el reloj y ver que ya ha pasado un año y que ahora sí, estoy totalmente perdido, abandonado, y que sigo igual de herido. No hay manera de remediar el error, de poner parches, arreglar las velas y seguir navegando en estas aguas turbulentas.

Se nos ha ido todo a la mierda, las expectativas, los planes de futuro, el matrimonio, los hijos, el amor perfecto y eterno. La vida, de pronto, te ha dado un derechazo y te ha desencajado la mandíbula y se burla, la muy cabrona se burla desde la otra mitad de la calle, desde la esquina en la que se encuentra el bar que visitas cada viernes para intentar olvidar todas esas penas que te están arrastrando al pozo.

Tu nombre solo en el buzón, el café para uno, el lado izquierdo de la cama con las sábanas intactas, el cepillo de dientes único recibiéndote cada mañana. Qué puto es el azar que juega con nosotros, nos zarandea y nos coloca de pronto en un escenario que no controlamos en absoluto, en un traje que nos queda grande y que no tiene arreglo.

Nunca he sabido jugar al ajedrez (aunque he intentado aprender), por eso espero el siguiente movimiento de la partida sin saber muy bien qué hacer, sin tener demasiado claro si voy a ganar o a perder, sin acabar de entender si hay rey en este tablero del que formo parte. Tampoco sé jugar a las damas, ni se me dan bien los juegos de cartas, porque la suerte nunca está de mi parte.

Voy a dejar de esperar porque nunca me funciona, porque al final siempre acabo más roto, más destrozado, más animal y menos persona. Porque al final me encierro en una coraza de la que ya soy incapaz de salir y muerdo a los que andan cerca, y lo veo todo negro.

A pesar de todo, de los cambios, del vaivén de estos meses turbulentos, no he sido capaz de soltar una lágrima desde hace un tiempo y todas ellas me pesan en el centro del pecho, y duelen como si fueran disparos a quemarropa.

Necesito un susurro de los tuyos, que me tapes los ojos y me digas que puedo dormir tranquilo, aunque sea ahogado en un mar salado.

Nada más.

Fin de año.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Trescientos sesenta y cinco días de fracasos y supuestas alegrías que se van por el retrete y se quedan plasmados en fotografías que borraremos cuando no nos quepan más en la memoria del teléfono.

Muere un año más con sus doce meses y sus miles de millones de personas, los nuevos compañeros de trabajo, los viejos amigos que se van, los familiares que nos dejan para siempre, las horas extras, los bolsillos vacíos.

Se quema la última hoja del calendario y nos quemamos nosotros, con todos nuestros propósitos de año nuevo todavía por cumplir. Y nos toca renacer de nuestras cenizas, secarnos las lágrimas, ponernos la mano en el corazón porque sigue doliendo.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

El viento nos marca siempre los primero días de un mes de Enero que nos lleva a remolque, y la esperanza se nos vuelve a encender con la llegada de nuevas hojas de la agenda que llenar de citas con personas pasajeras.

Sonreímos un par de horas después de las campanadas y creemos por un momento que quizá está vez todo irá bien, que este será nuestro año y que el agua volverá al cauce del cual nunca debió salir.

Champagne del bueno o del malo, aún quedan turrones en las mesas y las nubes vuelven a nuestras cabezas. La niebla vuelve a instalarse entre nosotros dos, del mismo modo de siempre y nos volvemos a mirar sabiendo que hace años que dejamos de querernos, que intentarlo no es poder y que estos besos ya no dicen nada.

La mirada hacia el otro lado, el querer que te calles de una puta vez, que me dejes en paz, que ya no me conoces como crees, que tus abrazos ya no calientan igual en pleno invierno, que sales demasiado, que no me dices nada, que con quién hablas hasta las tantas, que con quién crees que vas a salir esta noche.

Basta.

Ya.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Para todos aquellos sin el valor suficiente para intentarlo. Quizá este año sí.