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Madurar.

Se nos va la juventud perdiendo el tiempo, llenos de miedo, y dejamos cada día que los rayos de luz asomen por la ventana sin saber apreciarlo. No todos han tenido suerte de poder taparse esta noche, de que alguien se preocupe por ellos, de que alguien les haya preguntado qué tal ha ido el día, de recibir un abrazo.

Estoy harto de dar un paso hacia adelante y retroceder tres, de ir siempre aprendiendo a base de golpes indeseables.

Y me planto.

Voy a dejar de mirar hacia atrás, dejar de recordar, de llorar, de lamentar.

Voy a blandir la espada y tumbar a todos los gigantes y molinos que se crucen en mi camino.

Voy a dejar que todo arda, que se quemen todos los libros llenos de palabras absurdas, vacías, sin sentido.

Voy a escupir a los pies de quien lo merezca y dejar de morderme la lengua.

Nos toca hacer del mundo un lugar mejor desde las trincheras, sin controlar las emociones, buscando puertos que nos quieran acoger.

Va a tocar compartir cama, sudor y humedad entre los dedos.

Dejarse de gilipolleces.

Debemos golpear la ignorancia con un derechazo a la mandíbula.

Cuidar del bosque y los secretos.

Empaparnos con la lluvia.

Apreciar el jazmín, las violetas y una buena botella de vino.

Y olvidarnos de quien no se acuerda de nosotros.

Supongo, que sí, que todo eso significa madurar.

Tailandia.

Ha pasado otro día, y desde la habitación sólo puedo mirar al exterior preguntándome dónde estarás, quién te tendrá entre sus manos y si habrás vuelto a ser feliz.

El humo de un cigarro decide perderse sin prisa entre las nubes y yo no puedo evitar pensar que allá en la otra parte del mundo alguien habrá conseguido conquistar tu corazón.

Sé por tu amiga Silvia que vives ahora en Tailandia y no sé qué se te habrá perdido allí, ni por qué habrás salido de aquel reducto tranquilo en el norte de Escocia. Supongo que te dedicas a lo que siempre te gustó, aprender, escribir, hablar y follar más.

Recuerdo todavía esa manía que tenías de acariciarme el pelo hasta quedarte dormida y de despertarme cada mañana con un beso tibio en el ángulo de la mandíbula. Recuerdo que pensamos que éramos eternos y que nadie extinguiría nuestro incendio. Recuerdo que siempre decías que tú me querías más pero al final no fue así.

El nuestro era uno de esos amores de juventud que se acaban yendo a la mierda, el primer amor, o el segundo, qué más da. Pero todo salió mal y nuestros planes de futuro se fueron por el primer retrete de discoteca en el que besaste a otro. Nuestro pequeño piso del centro, nuestras vacaciones en el pueblo, las comidas con tus padres y el ir al cine con tu mejor amiga y tu primo para hacer de celestinos.

El sudor me empapa la nuca y ella duerme. Sí, conseguí casarme y tener un hijo. Pero ella no es tú y eso lo supe desde el principio. Desde mucho antes de decir el sí quiero en un altar, con nuestra familia y amigos más felices que nosotros mismos. Desde que tuvimos al niño que tú y yo siempre habíamos querido. Desde aquel viaje a Santo Domingo en el que sólo podía pensar en ti mientras caminaba junto a ella de la mano.

He hecho con ella todas esas cosas que pensé que haría junto a ti, y admito que has estado presente en cada momento, que sin quererlo apareces en mi mente a cada instante.

No puedo remediarlo.

La rabia me impidió perdonarte y me resigné a una vida de revista que no me llena lo más mínimo. De cara a la galería parezco afortunado y feliz, mientras por dentro me maldigo constantemente y sólo tengo ganas de cavar para escapar de esta cárcel.

Eres una fotografía movida capaz de convertirme en barro. Eres ese alambre sobre el que caminar.

Los años nos truncaron el camino, y las decisiones equivocadas marcarán el resto de nuestros días. Sobre todo los míos.

Y voy a quedarme encerrado en esta jaula porque no supe echar a volar a tiempo, cuando no tenía hipoteca, coche y una casa en la playa.

Se me va a hacer muy larga esta vida.

Sin ti.

Siempre sin ti.

Texto escrito originalmente para Krakens y Sirenas.