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Un sol de justicia.

El mundo se para en algunas fotografías y en algunos besos, como en el de esa pareja de chicas que se despide en el andén de la estación ajenas a la mirada de desaprobación de un par de ancianas y de un señor con bigote.

Todos luchamos contra todos de uno u otro modo, tenemos estigmas y muros con más años que el muro de Adriano. No es suficiente con intentar abrirnos camino entre los demás como para enfrentarnos a nosotros mismos de costillas para dentro. Arrastramos cargas tan grandes y en tales cantidades sin querer apoyarnos en nadie, sin querer dejar las cajas en el suelo un momento para mirar al frente y decidir el mejor camino.

Parece que hoy en día debemos seguir la estela del más rápido y tratar de no quedarnos atrás, no hay tiempo para pensar ni para decidir.

No hay tiempo para nada.

Y mucho menos para intentar cambiarlo todo y hacer las cosas mejor.

No hay tiempo y yo quiero tenerlo todo para gastarlo contigo.

Si pudiera darle un golpe al reloj y dejarlo parado por un rato, si fuera capaz de detener el transcurso de los días en ese preciso instante en el que sigues sosteniendo mi mano créeme que lo haría.

Estoy ya harto de las historias en las que hay víctimas y culpables, buenos y malos, vencedores y vencidos, bandos contrarios, como si no saliéramos todos heridos y llenos de culpa de cada historia, como si lo único válido fuera la visión y la percepción propia del mundo.

Lo único que puedo hacer ahora es abrazarte más fuerte y con más ganas, aunque nos derritamos bajo un sol de justicia.

Y quererte sin hacerte más daño.

Y perdonarme cuando me miro en el espejo.

La memoria no histórica.

Ascensión Mendieta ha podido enterrar a su padre. Un sindicalista al que fusilaron hace 78 años. Un hombre que cometió el único error, como tantos otros, de ser del bando de los perdedores.

Los que ganan siempre se creen con el derecho de humillar a los vencidos, pero no hay ningún honor en matar a otro hombre o a otra mujer, no hay honor ni decencia en quitar el aliento a alguien.

Nos gusta quedar por encima de los demás, dejar bien claro que la suerte está de nuestra parte, demostrar el poder a veces con dinero, a veces con mano firme.

A veces, con las dos cosas.

Ascensión Mendieta ha tenido que pedir justicia fuera del país, ha tenido que ser una juez argentina la que devuelva la dignidad a su familia, la que ha permitido rescatar los huesos de su padre de una fosa en la que reposaban junto a tantos otros sin apellidos conocidos.

Vivimos en un país lleno de grietas que no se pueden tapar, agujeros llenos de cuerpos que deberían descansar en un cementerio para que alguien pudiera dejarles flores, pudiera llorarles acariciando una pieza de frío mármol.

Vivimos en un país que todavía se divide entre azules y rojos, porque a cientos de miles les robaron el pundonor tirándolos como perros, porque todavía hay quien ve en el águila algo dentro de la normalidad, porque todavía hay quien niega dictaduras y crímenes contra la humanidad.

Todavía queda mucho para hacer justicia, todavía faltan muchos para hacer justicia.

Y estamos lejos de conseguir que nos devuelvan a algunos de los que defendieron hasta la extenuación a la República.

Estamos lejos de esa sutura necesaria para sentir de nuevo que somos hermanos.

‪Ojalá algún día vivamos en un país en el que no queden huesos en las cunetas ni lápidas sin nombre.‬

Ojalá un día se devuelva el perdón a tantos rostros de fotografías amarillentas y roídas por el tiempo.

‪Ojalá.

Quizá entonces pueda levantar una bandera con algo de orgullo.

Canción para ti.

El ciclo se repite y aunque no lo sepas voy a acabar doliéndote.

Como tú lo haces.

Hay canciones que ya no puedo escuchar por tu culpa, hay canciones que me van rasgando por dentro con cada frase, hay canciones que me van haciendo pedazos y ya soy incapaz de reconstruirme.

Al final soy polvo y cenizas, y sólo me muevo con el mismo viento que es capaz de hacer que vueles y que baile tu pelo.

No tengo arreglo de ningún tipo. Lo admito.

Yo no sé quién va primero, ni quién va a acabar con la sangre por el suelo y los días vacíos. Yo no sé quién tiene el tiempo de su parte. Yo no sé de qué lado va a decantarse la balanza pero tengo claro que vivimos en un mundo sin justicia y que Atenea nunca ha velado por mí. Así que supongo que una vez más voy a acabar caminando en medio del desierto, en dirección contraria, poniendo kilómetros y calendarios entre los dos.

Sólo quiero escaparme a alguna montaña perdida donde no haya rastro de ti, ni de tu olor, ni de tus manos por mi espalda. Marcharme al otro lado del mundo para poder soportar mis pensamientos sin arañarme los brazos.

Estoy harto de morderme la lengua, de mirar hacia otro lado, de apretar los puños y gritar sólo hacia dentro.

Toda este lío clama al cielo. Y ya está bien.

Sigo convencido de que mandamos poco a la mierda, de que se nos va todo de las manos y no sabemos ubicarnos. Sigo convencido de que nos puede el miedo, la incertidumbre y el caminar sobre el alambre. Sigo convencido de que preferimos malo conocido que bueno por conocer y así nos va, que nos toca llorar por las esquinas y quejarnos de todo cuando el cambio está en nuestras manos. Sigo convencido de que nos damos cuenta del error cuando ya no tiene solución.

Al final la vida es como un viaje en avión, y hay quien llega siempre cuando están cerrando las puertas de embarque y se queda en tierra firme. Y qué putada, pensar que llegas tarde a tu propia vida, que has perdido la oportunidad de tener a alguien que realmente querías.

Aún nos pasa poco por no decir las cosas, por mirar sin ver, por oír sin escuchar y hablar sin saber callar.

Yo no aguanto más.

No aguanto más el ser la cara B, el equipo de Segunda, la última opción, la película de cine polaco, el actor de reparto, la nota más baja de la clase.

No lo aguanto. Hasta aquí he llegado.

Ahora piensa bien qué es lo que quieres tú.

Pero que quede claro, toda esta canción es para ti.