Etiqueta: invierno

Estoy bien.

La primera mentira de la historia fue probablemente un estoy bien cuando no era así. A veces se ve en los ojos, a miles de kilómetros, que no es así. Y es que la mirada es ese espejo en el que los buenos observadores son capaces de leernos y saber que hay algo más allá. En los ojos y en esa pequeña arruga que se forma al lado de tu sonrisa cuando algo falla, cuando las cosas no están en orden, cuando te derrumbas por dentro y tratas de mantener la estructura intacta.

Rotos en pequeños pedazos que nunca acaban de encajar con nada ni con nadie, somos fragmentos de canciones que al final dejan indiferentes y se acaban.

Acantilados que desafían a un mar embravecido que se burla de nuestros huesos débiles y nuestras sonrisas falsas.

Somos piedras desgastadas por la lluvia del invierno y ladrillos sueltos abandonados al acabar una obra.

Dolor en cada articulación cuando no estás y ese vacío en el cerebro y en la entrepierna cuando te vas de mi cama.

El corazón herido, abandonado, a medio camino entre el querer y la huida fácil.

Miro nuestras fotos y nos echo tanto de menos que para qué mentir, quiero volver unos meses atrás sólo por volver a verte sonreír como lo hacías cuando Madrid se quedaba pequeño en nuestras manos.

Palabras que son peores que las balas, silencios incómodos que nos matan, tristeza, melancolía y una nostalgia que me araña las entrañas sin que apenas me de cuenta.

La coraza ya oxidada no es capaz de evitarnos las heridas, ni las secuelas de esta caída hasta el vacío donde tropezarse con uno mismo.

El lobo solitario que aúlla a la luna a mediodía, que sólo busca tu húmeda compañía, que sólo busca refugio entre la lengua y tus dientes.

Huele a café otra vez y tengo que pensar en ti, en nosotros, en mañana, en ojalá, y en un yo no sé qué va a pasar.


¿Cómo estás?

Bien, yo siempre estoy bien.


Sálvate tú.

Sálvate tú, me dijo. Todavía tuvo fuerzas para mandarme lejos de casa, para tratar de que lo olvidara todo y empezara de nuevo en otro lugar. Cambiar de aires, borrón y cuenta nueva. Suena fácil pero no lo es. Decidir de un día para otro que te vas, que tu vida rutinaria se queda en el pasado y que vas a cambiar de hábitos. Apenas había un par de personas en la estación de tren, un matrimonio de ancianos que hablaban con ese tono bajo de quien apenas puede alzar la voz porque los años lo han consumido por dentro.

Los miraba con cierta envidia, sonriéndose con la mirada llena de arrugas, sujetando un par de bolsas de ropa con las manos frías. El invierno era duro en el interior, y supongo que como ellos, yo iba en busca de un lugar en el que calentarme las entrañas hasta la llegada del buen tiempo. Los miraba, sin poder evitarlo, ellos todavía se tenían, habían aguantado el paso de los años y las discusiones, y los besos raros.

Miré el reloj y suspiré para mí mismo. Diez minutos de retraso y un corazón que latía despacio, a pedales, como podía después de que se rompiera por pena, por pura tristeza.

Sálvate tú, me dijo. Y lo dijo llena de serenidad, desde su cama de hospital, mientras yo trataba de aguantarme las lágrimas y apretaba su mano. Su carta de despedida la había leído después, después de que sus cenizas formaran parte de un reloj de bolsillo que siempre llevaba en el pantalón, enganchado con su cadena de plata vieja. Eva me pedía que dejara nuestro hogar, que lo dejara todo atrás, que volviera a mis raíces, que regresara y tratara de seguir viviendo como había hecho hasta ahora. Lo único malo de todo aquello es que sin ella vivir se me antojaba la peor broma que me podía gastar el Universo.

Sálvate tú, me dijo. Y yo no quise.