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En construcción.

La ciudad está en construcción, como algunos corazones en los que, si te asomas, pueden verse los cimientos a medias y las anti-estéticas grúas amarillas ocupando el horizonte. Es todo tan nuevo por estas inestables tierras llenas de agua salada y mañanas de niebla densa que ni siquiera el clima sabe cómo debe comportarse.

El mundo ya está tan loco como lo estoy yo.

Y, a pesar de todo, la vida sigue pareciendo bonita entre tanta maraña de mentiras sin control y gente sin escrúpulos.

Lo trágico es que hemos dejado de pensar en el futuro porque dudamos ya de su existencia, y que la inspiración está en estos tiempos tan arrinconada como las personas de buenos sentimientos.

Y que yo estoy tan lejos de ti como el fuego de la gasolina, o el ratón del gato.

Vuelvo a las andadas, a reiniciarme y llenar la nevera de cerveza, a pasar las noches pegado al sofá, entre libros que no consigo acabar y series que escucho de fondo.

He vuelto a volver.

Mi única misión a cumplir es dejar de tener planes, dejar de adelantarme, quitar las piezas del tablero y guardarlas de nuevo en su cajón.

Y escuchar el saxo tenor de Stan Getz cuando la luna se enciende, se me cansan los dedos y el alma, y la noche se antoja demasiado larga y tediosa sin compañía.

Te dejo las llaves debajo del felpudo de la puerta.

Entra cuando quieras.

 

Génesis.

Siempre tiene que mirar el calendario para saber en qué día vive, siempre tiene que mirar quién duerme en su cama para recordar su nombre, siempre tiene que borrar una y otra vez las palabras que escribe, y también, tiene que rellenar sin parar el vaso de whisky con hielo que descansa junto a su bloc de notas. Se pasa ambas manos por la cabeza, arrastrando mechones de cabello a su paso, en un signo claro de desesperación. Resopla y acaba por tirar el bloc contra la pared.

― Joder. ― grita, y su voz quebrada suena en medio de la noche rompiendo el silencio tenso de una casa a oscuras en un barrio tranquilo de la ciudad.

La luz de una de las mesitas de noche se enciende y un ligero bostezo acompañado de pasos se acerca hasta él.

― ¿Qué pasa? ― Ella lleva una de sus camisetas de Juego de Tronos y verla así le sacaría una sonrisa de no ser porque está demasiado cabreado consigo mismo.

― Soy incapaz de escribir nada. ― dice con aire frustrado.

La chica se agacha para recoger la libreta y apenas le importa que se vea su ropa interior blanca mientras lo hace, sin picardía, sin segundas intenciones. Camina, arrastrando los pies de forma grácil sobre el suelo de madera y se deja caer a su lado, apoyando el bloc sobre sus piernas desnudas.

― Deja de machacarte así.

― Lo intento, pero no me gusta nada de lo que sale. Nada es suficiente, nada me sirve. Estoy frustrado, eso es todo. ― Se sincera, exhalando un sonoro suspiro.

― Prueba a empezar a otra vez. Cuando algo no funciona es la mejor opción. ― Es más joven que él, y aún así le supera en madurez, está convencido de que le supera en todos los aspectos.

Los ojos brillantes en medio de la penumbra le hacen sonreír, les hacen sonreír. Y es un simple abrazo el que le devuelve a la vida, y unas palabras vulgares las que le hacen recuperar el aliento, la esperanza. Y es un beso el que les acaba de desnudar una vez más esa noche.