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La realidad que nos toca afrontar.

Te das cuenta con la mayoría de historias, de relatos, de argumentos, de novelas, de personajes con los que te identificas; todos los héroes luchan por lo que quieren, intentan atrapar, conseguir aquello en lo que creen.

¿Cuál es nuestro problema?

Que nos falta fuerza de voluntad, nos falta sangre en las venas, nos falta creer, nos falta empuje, arranque, pero no ganas.

Y ahí está la dificultad.

Queremos pero no hacemos, deseamos pero no actuamos.

Somos siempre un cúmulo de circunstancias, sentimientos, etapas que no sabemos cuánto tiempo han de durar. Somos siempre un compendio de genes, carácter y entorno, y acabamos pecando de inacción. Entrecerramos los ojos y nos hacemos los dormidos, como cuando nuestra madre abría la puerta de la habitación cuando éramos pequeños y se acercaba para ver si estábamos bien tapados y nos temblaban ligeramente los párpados. Hacemos como que vivimos pero sólo dejamos escapar los días y al mirar atrás nos lamentamos de no pasar más tiempo con quienes queremos, con quienes hemos querido; porque hoy estamos, y mañana probablemente también estaremos, pero un día seremos cenizas y recuerdos, y ya no podremos darnos la mano, ni abrazarnos, ni mirarnos a los ojos y vernos reflejados.

Y entonces sólo podremos llorar.

Siempre nos quedamos con esa sensación de que podríamos haber hecho más, de que podríamos haber subido otro peldaño, de que podríamos haber besado más y mejor, haber pasado más tiempo juntos, hablado de otros temas, sido más amables, sinceros, atrevernos.

Me gustaría saber si tú también imaginas cómo podría ser todo al igual que hago yo, si por tu cabeza también pasan algunas ideas, después sueñas conmigo y al despertar te das cuenta de que todo sigue siendo tal cual era ayer, que todo sigue siendo una mierda que no cambia ni mejora. Y que el mundo también te parece una tomadura de pelo y esta existencia nuestra también.

Cómo vamos a tener derecho a quejarnos si nos cruzamos de brazos y sólo miramos desde el balcón. Cómo vamos a poder criticar si lo único que sabemos hacer es observar y quedarnos a refugio en casa para que no nos salpique el barro. Cómo vamos a poder opinar sobre todos los temas si lo único que sabemos es señalar al que no piensa igual que nosotros.

Que a mí me gustaría que tú y yo fuéramos diferentes, que mientras todos se matan y se insultan nosotros fuéramos ejemplo, y no envidia, porque eso sí que no lo quiero.

Que a mí me gustaría que mientras todos creen que aman nosotros lo hiciéramos de verdad, que quemáramos todas las sábanas cuando estuviéramos juntos sobre una cama, que las noches siempre nos parecieran cortas, que nunca te cansaras de mí, que siempre quisieras que te leyera una página más, que te quejaras de lo mal que canto una y otra vez entre risas, que nuestros abrazos no dejaran de curarnos, que estuvieras dispuesta a dar lo mismo que yo daría por ti.

Pero una cosa es lo que a mí me gustaría y otra, muy diferente, la realidad que nos toca afrontar.

Y eso es lo que no deja nunca de doler.

Inconexo.

Siento que siempre estoy mirando desde la otra orilla, en el rincón inerte, sin vida. Que me separa algún muro del resto de personas. Que nadie va a entenderme realmente.

Y los demás estáis ahí buscando la felicidad de cualquier manera.

Y algunos la encuentran.

Y otros viven toda su vida pensando que la han encontrado.

Y es mentira.

Puede que necesite otra mente, empezar de cero, aprender más y mejor a hacer las cosas. Puede que tenga que poner más empeño, cambiar mis ideas. Puede que tenga que dejar de hacer caso al dolor y seguir caminando.

Creo que tengo que pedir más perdón y confiar más en la suerte.

Sigo obligado a mirar solo al cielo cuando arrecia la tormenta pero, al menos, ya no tengo que fingir que soy fuerte porque sabes la verdad. Me rompiste la coraza al primer instante y tuve miedo, de ti, de mí, del futuro.

Me has visto frágil y no has dudado en abrazarme.

Siempre estaré en deuda. Siempre te llevaré conmigo.

Me conformaré con ser el último pensamiento que tengas antes de dormir, una sonrisa en la frase de cualquier canción, una moneda en la funda de un músico callejero, el último sorbo de vino blanco, el anillo escondido entre la ropa interior de un cajón, la última campanada del año.

Me toca jugar a imaginar, jugar a que es normal, jugar a que todo va bien, jugar a que da igual, jugar a que no duele, jugar a que podré soportarlo al acabar.

He perdido el equilibrio por tu culpa y mis ideas ya no tienen conexión. Ya no sé dónde hemos dejado la lógica y las pulsaciones. Ya no hay moral, ni estamos a salvo de todo mal. Ya no hay palabras que no nos recuerden a otras.

Está todo escrito, está todo sentido, está todo pensado, usado y desgastado; como nuestros corazones.

Y sabemos que van a llamarnos locos por besarnos en invierno, pero no queremos tratamiento.