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Mundo animal.

Un pájaro me ha mirado con cierto descaro, mientras volvía a casa, a pesar de su pequeño tamaño y su apellido común. Diría, aunque parezca imposible, que durante unos segundos escasos nos hemos entendido mutuamente. Él mi ritmo lento, de cierto hartazgo vital, yo su pausa cotidiana justo antes de volver a emprender el vuelo con un leve movimiento de sus alas.

Puede que ambos nos hayamos planteado qué pasaba por la cabeza del otro. Supongo que somos parecidos, y a algunas horas del día probablemente iguales con la necesidad de cubrir los instintos primarios como única meta: comer, reproducirnos y dormir.

Los humanos, a fin de cuentas, somos tan básicos y complicados como puedan serlo el resto de seres vivos.

De algún modo, lo único que nos hace diferentes es esa capacidad de destrucción que tenemos por encima de todo. Somos capaces de destruir cualquier cosa, de destruir ecosistemas, autoestimas, vidas, países, y visto lo visto, también planetas. Todavía es pronto para hablar del Universo, pero podemos lograrlo sin demasiado esfuerzo si nos dan el tiempo suficiente como especie.

Supongo que también es muy humana la envidia, no veo a los perros ni a otros animales de cuatro patas perdiendo el tiempo en esas cosas.

Tenemos algunas ventajas y muchas desventajas, por ejemplo: tendemos a preocuparnos por cosas insustanciales que nos roban tiempo para los temas importantes, tenemos que entrenar nuestra imagen personal y averiguar cómo proyectarla de manera adecuada para hacer creer al resto que somos de este u otro modo.

Todo es muy cansado.

Yo preferiría que mi única misión en la vida fuera mantenerme vivo hasta la mañana siguiente, algo que más o menos se me da bien. Lo demás es demasiado complicado para alguien como yo, que apenas sé levantarme de la cama, comer a buena hora y acostarme cuando debo.

Pero, al parecer, un pájaro granívoro consigue hacerme reflexionar más de lo que podría hacerlo gran parte de la humanidad.

Cantares de gesta.

Nosotros tenemos la Chanson de Roland, ellos El guardián entre el Centeno.

Las comparaciones son siempre odiosas por eso voy a callar, porque aunque aparente que no, en el fondo sé que me pienso menos y peor que cualquier otro. Como ese cervatillo al que todos miran porque tarda más de diez minutos en comenzar a caminar, como ese niño delgaducho que se sube las gafas con el dorso de la mano mientras los demás se ríen de él en el patio del colegio.

Tan humanos, tan crueles, y tan dispuestos siempre a hacernos daño.

A hacernos daño y mucho más.

Tú EE.UU y yo la URSS, obligados por defecto a no entendernos, a hacernos la Guerra Fría, a ir levantando muros en Berlín que nos separen eternamente. Suenan disparos a lo lejos, que parecen advertencias, que nos invitan a separarnos sin que armemos más escándalo.

Agitamos banderas, alzamos puños, gritamos consignas en nombre de otros y del amor.

Barras, estrellas, un martillo y la hoz. Y el cabrón de Cupido en una nube, riéndose de nosotros, llamando a la lluvia caliente del verano.

Y así, intentamos cruzar el charco hasta mojarnos y acabar empapados sin querer esperar a que soplen los vientos del norte para secarnos por completo.

Y nos bombardeamos con palabras que atraviesan todas nuestras defensas, que nos encienden las miradas y que nos suben las pulsaciones.

Para, detente, que soy de taquicardia fácil, de cerebro débil. Eres como las mareas, subiendo con la luna llena, pegándote a mi piel.

Que no te he dicho aún que tengo los pulmones encharcados de lágrimas de antaño, y voy formando lagunas de tristeza con cada paso de gigante de piedra. Que he recibido golpes de los que no me recuperaría ni aunque viviera un par de siglos.

Y entonces miro al frente y pienso fríamente, y prefiero dar un paso atrás, tragar saliva, apretar los puños y darme por vencido. Los hay que perdemos la carrera antes de la primera zancada.

A veces tenemos que entender que hay cosas imposibles, que hay novelas que no tienen que escribirse, que hay historias destinadas a acabarse antes de pasar la primera página. Leyendas que tienen que tener fin para volverse épicas.

Pero a pesar de todo, la mayoría de las veces, entre las nieblas que se instalan en mi garganta aparece ese tímido rayo de sol que me calienta las entrañas y entonces pienso:

Para que un cuento tenga final feliz tiene que empezar.

Entonces me doy cuenta de que somos un par héroes, que ya vamos conociendo el camino, que no eres ninguna damisela en apuros, y que vamos a hacer trabajar a los juglares de nuevo con nuestro cantar de gesta.

Y sólo me queda sonreír.