Etiqueta: hipocresía

La larga espera.

Se han agotado los días y lo anuncian en la radio.

La Navidad ha vuelto a colarse entre la gente, para hacernos creer que somos buenas personas, las luces de colores alumbran las calles y los árboles, y se nos vacían los bolsillos mientras otros se llenan las cajas. Parece que ya hemos vuelto a reducirnos a abrazos de cartón y sonrisas escondidas tras champagne barato.

Podríamos cogernos de la mano y pasear entre la hipocresía, ser felices sin necesidad de que sea un día festivo, reírnos de la vida igual que ella se ríe de todos nosotros, burlarnos de la muerte igual que ella se burla de todos nosotros, dejar de enfadarnos con todo aquello que nos sale mal.

Y no dejo de preguntarme, no dejo de lamentarme, no dejo de machacarme, no dejo de estar solo entre toda la multitud que llena las calles peatonales del centro. No dejo de hacerme pequeño, invisible, no dejo de dejar de existir, no dejo de ser mi propio enemigo.

No sé cómo decírtelo otra vez sin sonar a más de lo mismo, pero te prometo que arriesgarse vale la pena. Si nos hemos hecho felices de lejos, imagina lo que podríamos hacer teniéndonos cerca, rozándonos antes de cerrar los ojos y roncar tranquilos.

Yo pensaba que los besos y la música eran excusa suficiente para conseguirlo todo, que mirarse a los ojos y respirar al mismo tiempo servía para quedarse para siempre.

Voy caminando despacio porque no quiero alejarme demasiado, porque no me atrevo, porque tengo que hacer lo último que quiero hacer. Voy haciéndome arañazos en el pecho y en los brazos, voy sangrando tan poco, tan lento que no consigo nada.

No sé si te acuerdas como yo de la falta de vergüenza en las noches y en los bares.

No sé si tú también recuerdas los abrazos silenciosos por la espalda con la cabeza llena de pensamientos contradictorios y ruido.

No sé si tú eres consciente de lo cerca que estamos de tenerlo todo y de no tener nada al mismo tiempo.

No sé si ves que la balanza sigue estando a nuestro favor y que eso sólo puede significar algo bueno.

Nos esperan las sirenas en la orilla, nos esperan los gorilas en la niebla, nos esperan los amantes del círculo polar, nos espera el club de los poetas muertos.

Nos esperan los regalos, los de verdad, los de acariciarse la mejilla y retirarse las lágrimas de emoción, esos que te tienen con el corazón encogido y sin saber qué palabras de agradecimiento pronunciar después de quitar el envoltorio.

Me esperas tú.

Te espero yo.

Farenheit 451.

“Fahrenheit 451: temperatura a la que el papel de los libros se enciende y arde…”

Los libros se queman, igual que las ideas, igual que las personas. Llega un momento, algún punto determinado de nuestra existencia en el que ardemos hasta quedar convertidos en cenizas que vuelan con la primera brisa del día y se esparcen, se pierden y se funden de manera armónica con el Universo, justo como debió suceder al principio de los tiempos.

Últimamente es como si me hubieran empapado en gasolina y alguien hubiera prendido el mechero cerca mío, me quema la garganta y se han evaporado todas las ideas. Me pregunto la mayoría de días cómo soy capaz de aguantar tanto sinsentido, la hipocresía cotidiana, la injusticia arraigada en el suelo que pisamos, y lo más importante, no dejo de preguntarme cómo soy capaz de soportarme a mí mismo y si algún día dejará de ser una carga toda esta tristeza que intento transformar en vano.

La caída libre sin final, la falta de sueño y ganas, las letras que se acumulan sin atreverse a decir nada, el morderse la lengua, la rutina cada vez más insoportable, y la casa cada día más silenciosa. Las paredes se me echan encima cada vez que se va la luz y miro a oscuras hacia la calle. Sin haberme dado cuenta soy ruinas de lo que algún día fui o pude ser, actor secundario de una vida de mentira, las vías abandonadas de alguna antigua ruta comercial que ya no interesa mantener.

Estoy harto de tanta falsa compasión, gente que finge que te entiende, de todos los que hablan sin tener ni puta idea. Ojalá pudiera quemarme por dentro, quedarme convertido en una cáscara hueca, empezar de cero. Ojalá ser capaz de dinamitar el miedo, de caminar hacia otro lado, de dejar de aferrarme a lo malo conocido. Ojalá ser capaz un día de hablar sin callar, de golpear con la cabeza cada uno de los muros que hay que derribar, de caminar sin esperar a nadie.

Y mientras tanto, el mundo arde alrededor, se cae a pedazos y me alegro demasiado como para que el azar me recompense. Supongo que todo es porque desde hace tiempo mis pasos van haciendo equilibrios por la senda del perdedor con las manos llenas de libros quemándose a 232.8 ºC.

Qué pocas ganas de despertar mañana.