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Incendiar el mundo.

Dicen que la noche es para dormir pero nosotros nunca hacemos caso a los demás. Hace ya tiempo que decidimos llevar las cosas a nuestra manera, caminar a nuestro modo, recorrer lo senderos sin dejar que nadie nos guíe.

Preferimos entendernos mutuamente que intentar entender al resto.

Y donde más nos entendemos es entre las agónicas sombras de la madrugada, donde no hace falta que hablemos para saber dónde y cómo tenemos que acariciarnos, para saber en qué momento tenemos que besarnos o susurrarnos cualquier cosa que no sea un te quiero contra el cuello. Nos gusta chocar las caderas sin que suene la música, nos gusta notar el sabor del alcohol en el paladar, lamernos todas las heridas que aún tenemos sin cerrar.

Nos gusta repetir y alzar el vuelo entre las cuatro paredes de mi habitación.

Nos gusta dejar el miedo a un lado, llenarnos de silencio y vivir el momento; disfrutar el poco tiempo que tenemos entre este caos vital del que somos víctimas.

Quiero abrazarme a tus caderas y que me mezas con ellas hasta ser capaz de cerrar los ojos.

Quiero apoyarme en tu pecho y dejarme llevar.

Quiero reptar sobre las sábanas hasta encontrarme con tu ombligo y mezclar mi saliva contigo.

Somos sólo un par de almas en pena que se encontraron al final del túnel, que se chocaron cuando estaban llenos de tristeza y todo era barro en sus ojos.

Y ahora nos queda incendiar el mundo cada vez que nos tocamos, nos miramos a los ojos y damos otro trago a la copa de vino. Ahora nos cazamos en cada esquina, vivimos el desorden, nos cuidamos de manera clandestina.

Podría acostumbrarme a tu cuerpo sobre el mío, a escuchar cómo te escapas de las sábanas cuando sale el sol, a tus besos en la espalda mientras me estoy despertando.

De verdad que podría acostumbrarme a tu fuego.

[Está Marea sonando fuerte, resonando en mi cabeza, diciendo que duermas conmigo.]

Capitán cobarde.

Miras a lo lejos y parece que da igual la cantidad de sol que bañe los campos y las calles porque todo es gris en tu cabeza.

No tienes remedio.

A pesar de no querer, de prometértelo a ti mismo una y otra vez, has vuelto a caer en el error, has vuelto a pensar de más, has vuelto a poner los pies en el suelo y darte cuenta de lo que te rodea.

Silencio.

Soledad.

Y mil demonios estirando del hilo que parecía que empezaba a encargarse de curar tus heridas.

Has vuelto a darte cuenta de que no hay solución fácil, y que irte de donde no quieres va a hacer más daño del que imaginabas al principio.

El principio, el momento en el que creemos que todo es posible y que seremos capaces de cualquier cosa.

El principio, eso que ya parece tan lejano y que te has encargado de borrar por completo.

Y desde el puerto siguen zarpando barcos que van a intentarlo contra el mal tiempo, que van a lanzarse a pesar de que el temporal les pueda destrozar los cascos. Y es que la valentía tiene parte de eso, de lanzarse al agua sin saber si saldrás vivo, de apostarlo todo sabiendo que puedes perder, de dar un beso sin saber si el amor durará para siempre.

Supongo que eso me pasó contigo, que cerré los ojos y fui a por todas, y he vuelto a casa con las manos vacías. Ahora tendré que esperar a ese otro clavo que te saque de mí, que me borre la mente, que me barra las cenizas que has dejado a tu paso.

Es curioso porque esta vez no voy a ser yo el cobarde, no voy a ser yo el que se quede con las preguntas destrozándole los sueños.

Y al menos, aunque te eche de menos podré dormir tranquilo sabiendo que puse mis manos para todas las caricias y las intenciones para trazar los mapas que iban a ser para los dos.

Mal presentimiento.

Dolor de cabeza, mal presentimiento.

Suena el despertador, miras al techo todavía con cierta niebla entre los párpados, tienes el cerebro sumido en un vaivén que no te abandona hasta que pasan unos minutos. Y te aparecen todos los miedos, se te plantan delante, y te obligas a apretarte contra el colchón tratando de esconderte de ellos. Poner un pie en tierra cada día tiene consecuencias, a veces los demonios te visitan a plena luz del día y oyes sus carcajadas en tus tímpanos, y cuando eso pasa se me eriza la piel y tengo que cerrar los ojos, respirar hondo, mirar hacia otro lado, dejar de pensarte.

Me ha vuelto a suceder, al salir a la calle parece que veo en todas partes tu nombre y que me atormenta tu recuerdo, el de tus piernas rodeando mi cintura, el del viento en nuestra piel, el de la lluvia mojándome las entrañas a tu lado. Estoy seguro de que hay avenidas que todavía se acuerdan de nuestras manos entrelazadas y de los besos que me dabas de puntillas, de cómo te esperaba junto a la estación, de cómo nos daban igual el ruido y los vecinos.

Pienso que lanzamos monedas al aire y que nunca las vemos caer, que hablamos sin entendernos, que nos atrapan tantas gilipolleces que ya no vemos lo importante.

Todavía no ha llegado la luna a lo más alto y ya estoy completamente agotado. Las farolas parpadean de nuevo, me visitan los fantasmas y caminan conmigo. Me dicen, sin morderse la lengua, que no me asuste al mismo tiempo que me susurran que no necesitarás mi abrigo ni mis manos en tu pelo. Sólo puedo pensar en que no sabía que sería incapaz de alejarme de ti, que me voy a pasar la vida tras las manillas de un reloj esperando a que aparezcas, que soy demasiado joven para haber cometido tantos pecados y tener que pagarlos de golpe.

Siempre acabo subido a los tejados lamentado las heridas, contando las secuelas que me has dejado en el corazón, las brechas con las que me has llenado el espíritu. Me he quedado destrozado con tanta indecisión, con este nosotros que no tiene fácil solución.

Dolor de cabeza, mal presentimiento.

Y es que hay días que es mejor no abrir los ojos ni levantarse de la cama, ni pensar más de la cuenta.

La tormenta que llevas en tus ojos.

Creo que todos sabemos ya que la vida es una mierda, la cuestión es que a algunas personas les cuesta más que a otras asumirlo.

Yo lo tengo claro, casi tan claro como que la tierra es redonda y que gira alrededor del sol y no al revés. La vida es meter los pies en el fango una y otra vez, un domingo permanente que se te mete en la columna vertebral, una trampa de la que es imposible escapar. Hasta que ella dice basta. Como en todo, porque ella siempre tiene la última palabra, te va a llevar por donde quiera sin que puedas elegir, eres sólo una mancha de aceite flotando en una masa de agua, eres una neurona sin conexión.

Ya no queda café en el fondo de la taza, ni tengo tu cabeza sobre mi hombro mientras leo otra de esas novelas negras que me saben a la historia de siempre. Noto como el aire ya no entra en mis pulmones con fluidez, culpa de la nube tóxica en la que lo has convertido todo. Siento que el suelo por el que camino se va resquebrajando y que los edificios a mi paso se derrumban sin sentido. Otro movimiento sísmico va a dejarlo todo patas arriba, otra explosión va a darle la vuelta al cielo y a la tierra, otro orgasmo tuyo va a escucharse al otro lado de la calle.

Vas a arrasar conmigo, como un desastre nuclear del que uno no se recupera jamás. Y es que bajé la guardia, me dejé llevar por la tormenta que llevas en tus ojos y ahora soy sólo otro bote varado en la peor de las orillas, en la que tú no estás.

Prendiste la llama y te olvidaste de apagar mi fuego.

Y eso no se hace.

Cuando uno se va debe dejarlo todo como cuando lo encontró, y yo ya estaba roto pero ahora no me encuentro entre tantos pedazos.

Todo son certezas cuando veo que no estás, todo son verdades cuando no estoy bajo tu influjo. Tus actos no hacen más que confirmar todas mis sospechas.

Vas a dejarme naufragando después de todo esto, y espero que alguien sepa rescatarme, que me pegue los fragmentos, que me limpie las heridas aunque escueza porque lo que pica cura.

Y es que, en el fondo, no soy nadie para ti, sólo un desconocido que te mostró su sonrisa, que te tendió la mano, que te llenó de electricidad, que hizo que te diera un vuelco el corazón.

Pero soy nadie.

Porque en el fondo lo que haga por ti no va a servir de nada y dejarme ir será el mayor de los errores.

En un pestañeo.

[Abre los ojos.]

Yo que soy el fruto de tanta derrota, de tanta equivocación, de tanta tinta esparcida por el mundo sin razón, he logrado ver en una media sonrisa suya el camino a la salvación.

He encontrado el mínimo rayo de esperanza en los retazos de otras manos, un volátil halo de felicidad instantánea, efímera, súbita; que tal como viene se va sin que sea capaz de seguir su rastro.

Llegará otro viernes noche, volverán a sonar las doce campanadas y tienes claro que no estarás mirándome a los ojos. Tranquila, yo también. La locura y el desamor hay que aprender a asumirlos con rapidez, hay que hacerse fuerte a base de golpes que abollen la armadura y que nos tiren del caballo.

Somos como esos perros abandonados: agradecidos, y de corazón noble. Y aún creemos en todas esas cosas antiguas ya casi olvidadas como la lealtad y el honor. Somos pájaros con las alas mojadas, personas que caminan en círculo. Es la única explicación que encuentro para saber por qué siempre acabo volviendo a ti, a tu mirada, a tus labios malditos, a esa voz que escucho algunas noches antes de dormir.

No sé dónde vamos a ir a parar con tanta caída, con tantos obstáculos, con tanto meternos en el fango. No sé cuándo será definitivo, cuándo llegaremos al callejón sin salida, cuándo tendremos que huir dejándonos atrás el uno al otro.

Estoy hecho para aguantar la destrucción, el caos y la tortura psicológica. Estoy entrenado para llorar por dentro y en silencio, para escuchar un nunca más que venga de tu boca. Estoy preparado para que me dejes olvidado, marchitándome en cualquier jarrón.

Estoy hecho para perder todas las partidas. No tendrás que preocuparte.

Sabes que siempre te pido muy poco, pero esta vez deja que te cure las heridas.

Que esa sea mi única victoria.

[Cierra los ojos.]

Ayer pensé en llamarte.

Ayer pensé en llamarte y tuve que obligarme a dejar el teléfono sobre la mesa y mirarlo fijamente durante unos segundos. Iba a llamarte para decirte que todavía hay canciones que me recuerdan a ti y que me hacen pensar que el tiempo no ha pasado, que todavía seguimos intactos y sólo nos importan las sonrisas. Iba a llamarte para decirte que te quiero, como hacía antes cada noche, pero entonces caí en la cuenta de que ya no podía hacer eso.

Me gustaría ser capaz de contarte todo lo que pienso y todo lo que he pasado durante el último año. Me gustaría ser capaz de abrirte la puerta y sonreír sin deshacerme. Me gustaría dejar de pensar en todo lo que hicimos juntos, en cada una de las tristezas y de los baches por los que tuvimos que pasar para acabar siendo nada. Me gustaría ser capaz de explicarte que conocí a alguien y que sólo he conseguido romperme un poco más.

Tú que eras para mí esa columna a la que agarrarme cuando todo se tambaleaba bajo mis pies inestables. Tú que fuiste castillo y muralla. Tú que eras refugio, hogar y cama. Tú que fuiste todos mis motivos. Tú que ahora sólo eres una imagen borrosa en mis retinas.

Nunca quise creerme que había amores capaces de marcarte de por vida.

Nunca.

Nunca quise, hasta ahora.

Y es tan jodido cuando sabes que alguien no es para ti y que aún así no vas a poder olvidarle. Es tan jodido saber que aunque mires otros ojos, otras manos, otros labios, la tendrás en la cabeza. Es tan jodido que sólo puedes decidir mirar hacia adelante para no destrozarte a ti mismo.

Te obligas a caminar sin ganas, a saltar por la ventana cuando sale el sol, a mirar las nubes con física lógica, a respirar contando los segundos, a llorar a escondidas, a gritarle a la almohada antes de dormir.

La mayor parte del tiempo el mundo no tiene sentido, por mucho que trate de encontrárselo.

Ayer pensé en llamarte, y doy gracias por no haberlo hecho, sólo de pensarlo me han sangrado todas las heridas que llevan tu nombre.

Humo y amor.

Humo y amor.

Se nos acabó mezclando todo, acabamos confundiendo la ficción con la realidad.

Acabamos metidos en la misma cama, con pocas ganas de hablar y demasiado que decirnos con las manos.

Sabíamos antes de empezar que el sexo no tiene por qué ir acompañado de sentimientos, sabíamos antes de despertarnos juntos que no habría segunda vez y lo intentamos medir todo al milímetro. Tratamos de hacer las cosas bien, de no despedirnos con un adiós rotundo, de acariciar los hasta luegos con la punta de los dedos igual que yo había acariciado tus ingles.

Estábamos tan enredados, con cuerdas que no queríamos ver, con sábanas que sabían de memoria nuestros nombres. Llevábamos la venda en los ojos porque queríamos seguir volando sin tener que mirar al suelo, sin darnos cuenta de que caer dolería de verdad.

Inconscientes, enfermos de amor, con ojeras en plena primavera.

Nos curamos las heridas con saliva, nos empeñamos en que nuestras lenguas fueran la única panacea, y quisimos que nuestras miradas se convirtieran en antídoto para la ansiedad.

Pero nos quedamos sin aire en los pulmones mucho antes de lo esperado.

Se nos complicó el sexo, el amor y el día a día.

Y caímos en picado, sin que las alas nos amortiguaran el golpe.

Vinieron los errores, el pedir perdón, el volver a intentarlo, el querer y no conseguir nada.

Tratamos de alargar una relación en situación terminal por no hacernos daño y conseguimos lo contrario.

Y ahora no hay quien encuentre nuestras piezas para volver a montar el puzzle.

Perdimos la magia, la llama y la luna llena de final de mes.

Se acabó nuestra química, nuestra manía de arañarnos mientras subíamos en el ascensor, los besos a contrapié, el abrazo tapados con el edredón.

Sin ti no he vuelto a dormir tranquilo ni a cerrar los ojos hasta que suena el despertador.

La vida se ha convertido en un juego peligroso lleno de frases de autoayuda y música agónica de cantautor.

Supongo que fui tu error, esa mala decisión que llega antes o después.

Y todo esto, el futuro negro, es mi condena.

Todo son mentiras.

Se repiten las noches de insomnio, la taquicardia al despertar y el sudor frío empapando las sábanas limpias.

Se repiten las pesadillas, el quemarme tocando el hielo, el ahogarme en el primer vaso de agua.

Se repiten las palabras entrecortadas, las manos temblorosas, las despedidas en voz baja.

Primavera, buen tiempo, buena cara.

Y todo son mentiras.

Siguen los puñales clavados en la espalda, y las heridas, y me pregunto si esto va a ser así toda la vida.

Siguen la incomprensión, el dolor, tanta mierda arrinconada dispuesta a salir en cualquier momento.

Siguen el cansancio, la falta de fuerzas, y escribir con rabia cada palabra.

De nada sirve nadar contra las olas.

Y todo son mentiras.

Aprendí a ser actor para no tener que dar explicaciones, preparar el papel cada mañana al salir por la puerta de casa y sonreír por pura inercia, mimetizarme con el resto, acostumbrarme a una normalidad que nunca siento.

Ando a todas horas en una obra de teatro de la que desconozco el guión y el resto de la compañía va y viene. Y el escenario está vacío y la luz me enfoca a mí otra vez. Y la mayoría de veces sólo escucho las risas enlatadas de todo este circo contra mí.

Sólo soy otro maldito bufón para entretener al rey.

Un lienzo salpicado de grises y negros. Soy como un jodido cuadro de Pollock que nadie entiende, manchas de pintura, expresionismo abstracto.

Esto no es arte, es una broma de mal gusto“.

Supongo que todo acabará algún día. Que el timón del barco cambiará, que la rosa de los vientos me volverá a guiar fielmente, que la constelación de Andrómeda no dejará que me pierda de nuevo, y el efecto Coriolis hará que vuelva otra vez al centro de la esfera.

Y todo son mentiras.

Pero podrían ser verdad.

Atrévete.

Maniobras de reanimación en un corazón demasiado desestructurado como para salir ileso de tanto golpe. Agua y jabón para limpiarnos las miles de heridas que deja el día a día en nuestra piel.

Demasiada oscuridad rodeándonos como para saber con claridad qué hay al final de cualquier túnel. Demasiada cobardía como para querer averiguarlo. Se está tan bien con la venda en los ojos, caminando despacio y palpando las paredes para no caer antes de tiempo.

Ni siquiera nos atrevemos a mirarnos a los ojos más de dos segundos por si descubrimos nuevas intenciones, por si nos damos cuenta de verdad de que somos seres retorcidos, reptilianos, de sangre fría y corazón de piedra.

La fachada envuelta en poesía y caricias suaves, canciones que hablan de tu historia como si fuera única, el estado de guerra sentimental en el que vivimos, noches de benzodiacepinas y señales de humo. Pólvora y calor para recordarnos los buenos momentos, todavía veo la lluvia salpicando tu cara de sonrisas.

Y ya no hay nada. Vacío y destrucción.

Después de todo nos damos cuenta de que nadie nos entiende, nadie sabe mirarnos cómo nosotros nos vemos y están en nuestra contra. No hay buenas noticias, los periódicos sólo sirven ya para encender el fuego y nuestras manos quedan demasiado lejos como para volver a tocarse.

Y la gente dice que me atreva, que vuelva a saltar, que grite, que dispare la flecha, que abra fuego, que lance la caballería, que me permita latir contigo.

Atrévete tú, yo lo intenté una vez y mira en qué me he convertido.

Ya no sé ni lo que digo.

 

 

Salto mortal.

Damos saltos mortales con cada palabra que se nos ocurre pronunciar sin estar seguros, con cada abrazo que damos con miedo, con cada beso que se nos escapa sin querer.

Saltamos a un vacío lleno de inseguridades que hemos tirado a lo largo de los años: no soy suficientemente listo, no soy guapo, ¿pero tú me has visto? Y resulta que es verdad que necesitamos a alguien, a alguien a nuestro lado que nos de la mano por un momento, nos mire a los ojos y nos haga olvidar durante un instante los problemas. Porque no, nadie nos cura las heridas, como mucho es capaz de parar la hemorragia. Las heridas las curamos nosotros, con puntos de seda y paciencia, con canciones de Kings of Leon y The Kooks, con sonrisas a primera hora de la mañana y cafés bien hechos después de comer.

Nadie como uno mismo para mirarse las cicatrices al espejo y quedarse satisfecho, nadie como uno mismo para quitarse el barro de las botas y caminar seguro hacia un futuro oscuro e incierto, nadie como uno mismo para sostenerse la mirada apenas un segundo y susurrarse un vamos que le de un poco de aire para seguir volando hasta el siguiente árbol. Nadie como uno mismo para matarse y resucitarse a base de golpes, nadie como uno mismo para aferrarse a la manta las noches de frío sin compañía, nadie como uno mismo para fumarse las penas y acabarse el whisky sin mezclarlo con nada. Nadie como uno mismo para sacarse la arena de los ojos, chuparse la sangre y cocinar tortilla de patatas para uno.

La vida es un salto, un salto tras otro, porque ya no hay camino que esté intacto y debemos evitar obstáculos, tropezar y seguir nadando.

La vida es un salto y aunque nos quedemos cortos de altura, lo que importa es que sigamos llegando lejos.