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Mi refugio.

¿No os pasa que siempre son otros los que saben explicar cómo os sentís exactamente? Es frustrante pensar que hay alguien que sabe definir cómo te sientes con palabras mucho mejores y más adecuadas que tú mismo. Al menos para mí, que intento siempre poner en orden mis ideas y sentimientos delante del papel para intentar reconocerme.

Hace tiempo que los reflejos que encuentro en las ventanas no me devuelven la realidad de cómo me siento. Digamos que estoy más destrozado por dentro que por fuera, digamos que después de tanta tragedia y terremotos me he convertido en una fachada que resiste a la caída aunque esté lleno de escombros en los que ya no queda nadie con vida. Soy un muro lleno de grietas a punto de caer y derrumbarme.

Todo duele ya tanto que no sabes cuál es el paso que debes dar ahora, ¿verdad?

Todo parece mentira y tratamos de mantener el equilibrio sobre una pista de hielo.

Es a posteriori cuando lamentamos algunas decisiones, cuando nos tenemos que reprochar haber actuado a sabiendas de que todo acabaría mal.

De algunas cosas he llegado a arrepentirme, de darte la mano cuando me lo has pedido nunca.

Da miedo que te quieran cuando no te has sentido querido de verdad antes, cuando el amor suena tan abstracto que no sabes que puede ser algo tangible, cuando de pronto puedes parar el mundo tan sólo cogiendo a la otra persona de la mano.

Da miedo ver que los pájaros alzan el vuelo y nosotros vamos a llegar tarde a nuestra propia fiesta.

Da miedo ver que los sábados se nos van a acabar, mi vida.

Lo único que tengo claro es que eres y siempre serás mi refugio, aunque ya no haya bombas de las que esconderse, aunque ya no haya balas que quieran hacer diana y desangrarme, aunque tus labios ya no tengan ganas de rozar los míos antes de cerrar los ojos una noche cualquiera.

Tú.

[Y yo qué sé, que quiero verte.

Y besarte aunque sea sólo un poco.

Y quitarte la ropa si me dejas.

Y mirar al techo en silencio cuando te hayas quedado dormida,

porque siempre te quedas dormida antes que yo.]

Palabras incómodas o el Rey del mundo.

Todavía no sabemos qué hay debajo de la máscara, todavía no sabemos quién somos en realidad. Tanteamos, buscamos la supuesta perfección, creemos que sabemos todo lo que queremos de la vida como si eso fuera tan sencillo, como si no estuviéramos haciendo con nuestros cuerpos lo que la sociedad espera de ellos en lugar de elegir por nosotros mismos.

Seguimos idealizando relaciones y personas como si no estuviéramos todos rotos por defecto, como si no naciéramos llenos de grietas que tenemos que ir rellenando con el paso de los años. Ni la chica guapa, ni el de cuerpo escultural acaban de ser felices aunque sonrían en todas las fotos de sus viajes.

Seguimos creyéndonos únicos por la sensación de soledad que sentimos en el pecho cuando nos tapábamos con las sábanas, como si no fuera algo universal lo de pensar que nadie te comprende, que nadie te puede ayudar, que tus problemas los tienes que resolver tú solo.

Y parece mentira, nosotros, que somos expertos en dar consejos a los demás mientras hacemos un desastre de nuestras propias vidas.

Parece mentira, nosotros, que somos expertos en criticar el modo de vida de los demás: porque van a ser padres tan jóvenes, porque a los cuarenta años aún no tiene novio, porque se acuesta con una chica diferente cada día de la semana, porque siempre acaba poniendo los cuernos a sus parejas.

Qué fácil es llenarse la boca con las decisiones de los demás cuando somos incapaces de tomar las nuestras, cuando es más fácil acomodarse y parecer un santo sin serlo.

Yo creo que debemos tomar aire, ver cómo bailan las cometas por el cielo y dejar de intentar entenderlo todo.

Yo creo que debemos correr en la dirección que queramos, aunque parezca el camino peligroso, aunque no sea la carretera principal. Disfrutar del viaje sin importar si llegamos a nuestro destino, porque el único destino que tenemos claro que llegará es el de la muerte y ya no quiero arrepentirme por nada cuando mis huesos reposen en el cementerio. Y sólo nos queda intentar que duela menos mientras la oscuridad final llega, dejar de lado toda la pena que nos recorre las venas.

Mientras tanto, me seguiré creyendo el rey del mundo cuando acaricias mi nuca y me plantas un beso.