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Ola de frío.

Temperaturas bajo cero en la calle, los termómetros rozando el mínimo, y yo abrazado a ti espantando el frío.

Que da igual si esto parece Siberia y se congelan las tuberías y los corazones, porque nada me hiela lo suficiente si estoy contigo.

Sé de sobra que el peor frío es el que se queda en el pecho, el que te mata por dentro, ese que no se va por muchas mantas que te eches por encima, por mucha calefacción que pongas a veinte grados, por mucho vino que te caliente las entrañas. El frío que se aferra a tus huesos y se queda para recordarte el invierno cuando llega la primavera. El frío que se mete en tus pulmones y consigue detener todos y cada uno de los sentimientos. El que nos deja muertos y para el que no hay ningún remedio.

Ese, el que nos convierte en estatuas de mármol que no saben sentir, ni reír, ni abrazar lo suficiente como para cambiar el mundo.

Y eso sí que no nos lo podemos permitir.

Ni tirar la toalla, ni cruzarnos de brazos, ni encogernos de hombros, ni dejar que caigan las lágrimas y que se conviertan en copos de nieve sin más. Porque si lo hacemos, si dejamos que eso pase, la vida será un poco peor y este planeta será cada vez más gélido por mucho que se hable del cambio climático.

Si nos conformamos llegarán los días malos antes de lo que esperamos.

A mí no me importa demasiado si la nieve llena las aceras y los tejados, si nos quedamos incomunicados, si es de lo único de lo que hablan todos los telediarios, si tenemos que estar encerrados, mientras tengamos una cama, un refugio donde quedarnos protegidos del resto, haciendo fuego con nuestros besos.

Qué más da que haya cumbres nevadas y ventiscas glaciales detrás de las ventanas si sólo soy capaz de mirarte a ti, si mis manos van a volver a buscarte, si quiero morder de nuevo tu cuello y lamerte el ombligo.

Qué más da la ola de frío si siempre hace calor cuando me pierdo en tus ojos.

Ruinas.

Las luces de las farolas parpadean tras los cristales, el silencio nos asfixia, el diablo sonríe, la lluvia débil cayendo me recuerda a mi pulso y el frío te agarrota el corazón. Podría ser esto el Berlín más gris de una novela negra y nosotros tan sólo un par de espías soviéticos que se miran en la distancia, que tras compartirlo todo se dicen adiós.

En algún momento te das cuenta de que ya te han destrozado, o te has destrozado tú mismo. Sabes que has aceptado las propinas, que has buscado el amor seguro con sexo inseguro, que te has conformado con cualquier resquicio de cariño sin tener por qué hacerlo.

Tienes claro que tu piel va a congelarse de nuevo, que duelen los huesos, que sangran los labios por culpa del viento. Y que ella se va a ir una y otra vez, y tú vas a estar buscándola siempre.

Todo son saltos, piedras en los zapatos y equivocaciones.

Todo son agujeros en el pecho, lágrimas recorriendo las mejillas y sonrisas que duelen.

Todo son jodidos problemas, resacas y canciones de Iván Ferreiro. 

Parece que no podemos acertar, que estamos destinados a equivocarnos una y otra vez. Parece que se nos va a acabar para siempre la cerveza fría.

Querer a alguien es más difícil que enhebrar una aguja a la primera.

Me has susurrado al oído y he querido ponerme la capa, ser tu héroe de las cosas pequeñas. He querido salvarte de los malos finales, colarme en tu cama en una noche de invierno para aislarte del frío, darte todas mis vidas en abrazos, y vencer al cruel villano de los cómics con uno de nuestros besos.

Al parecer, me encontré con el único verso que no podía rimar. Qué zorra es la vida.

Voy a permitirme perder ya la esperanza.

Si ya soy todo ruinas, qué más da.

El último trago de Escocia.

La única taberna que había en aquel pueblo del norte de Escocia albergaba más vida que la mayoría de las casas. Los ancianos del lugar pasaban allí las tardes bebiendo whisky añejo y discutiendo con ese acento tan horrible para mis oídos. Llevaba en la población un par de meses y era incapaz de acostumbrarme, no había manera de entender ese inglés tan distante del que te enseñan en el colegio y en el instituto. Un acento tan rudo y cerrado que realmente había llegado a pensar que ni siquiera se entendían entre ellos.

Mis motivos para acudir al sitio eran bien distintos a los de la mayoría. Me sentaba en la barra solo, sin apenas abrir la boca para hablar con nadie por miedo a meter la pata, mientras observaba a la hija del dueño ir y venir sirviendo whisky y cerveza desde que abrían las puertas hasta el cierre. Había conseguido llamar mi atención desde que puse un pie dentro en aquel antro, revestido de madera hasta el techo, y donde la temperatura siempre era asfixiante comparándola con el exterior. Había tomado como buena costumbre beber un par de cervezas en silencio, sin intención de relacionarme con nadie. Con el único interés de verla durante unas horas antes de volver a casa y encerrarme en la habitación de un piso compartido.

Los días eran mucho más cortos de lo que estaba acostumbrado, aunque no había tardado mucho en aclimatarme a ello. Lo del frío era otro tema, la humedad te calaba hasta los huesos por mucha ropa que llevaras encima y la mayoría de días despertaba con el suelo mojado y el cielo de un gris plomizo que ahuyentaba a los visitantes.

El motivo de mi estancia allí es difícil de explicar y no tiene mucha relevancia. La cuestión es que me quedaban otros ocho meses por delante y mi único entretenimiento consistía en sentarme allí a ver el tiempo pasar en un reloj que se había quedado sin pilas desde mucho antes de que yo naciera.

Karen. Supe su nombre después de unos días, pero nunca me había dirigido a ella. Cuando me veía entrar por la puerta me dejaba una cerveza frente a mí y después me daba el cambio. Con una sonrisa tierna, que escondía cierto interés por saber quién era ese forastero que de pronto vivía prácticamente entre aquellas cuatro paredes. Tenías los ojos más claros que había visto nunca, y al parecer para todos los que acudían al bar era como una hija.

Un día en el que la lluvia caía con desgana sobre el suelo embarrado del camino, y yo había decidido salir a encenderme un cigarro mientras contemplaba el paisaje neblinoso, la vi salir y quedarse junto a mí.

–Eres raro.

Que sus primeras palabras hacia mí fueran esas sólo logró sacarme una risa tenue entre el humo del cigarro.

–Y tú demasiado guapa.

–¿Todos los españoles sois así?

Me pregunté durante un momento cómo sabía de mi nacionalidad, y supuse que la señora que me cobraba el alquiler y que me había dejado vivir en una de las habitaciones de su casa tenía algo que ver. En los pueblos pequeños todo el mundo se conoce y un extranjero llama demasiado la atención por mucho que trate de pasar desapercibido como era mi caso.

–¿Todas las escocesas sois así?–pregunté enarcando una ceja.

Se encogió de hombros sin responderme en un primer momento. Le di otra calada al cigarro y la observé.

–Supongo que no.

Y no sé por qué pero os prometo que en el momento en el que tiré la colilla para pisarla contra el suelo y apagarla sentí algo cálido recorriéndome el pecho. Y me recordé a mí mismo que siempre había sido un pobre idiota, que siempre había sido un pobre perro abandonado buscando un poco de cariño aunque fuera allí en Portree, tan lejos de casa, tan lejos de todo.

Me dejó un beso en la comisura de los labios antes de volver a entrar a la taberna y seguir sirviendo a los de siempre.

–Espérame.–dijo antes de que la puerta se cerrara tras sus espaldas.

Y lo hice.

Os juro que por ella me habría bebido el último trago de Escocia.

Metamorfosis.

De gusano a mariposa, de óvulo y espermatozoide a ser humano. O algo parecido. Organismos vivos que deambulan por el mundo sin ningún objetivo aparente. Somos la especie que destruye la especie.

Cambiamos a diario, nos transformamos. Convertimos sueños en realidad, paz en tragedia y la calma en tempestades. Palacios en ruinas, sal en alimento y amor en migajas. Capaces de lo más grande y lo más ruin. Lo tenemos todo en nuestras manos y estamos perdiendo el tiempo, se nos escapan los minutos a cada vuelta de las manecillas por la esfera del reloj y seguimos contemplando el paisaje como si nada.

Somos incapaces de reaccionar y dar un paso más.

Somos incapaces de cogernos de la mano y perdernos por la vida.

Somos incapaces de quedarnos sin voz, mirar más allá de nuestro ombligo, respetar al disidente.

Intransigentes para con todo.

Y es que es tan trágico todo esto que nos pasa, lo de no poder ver la realidad si no hay alguien que nos abra los ojos antes. Es tan trágico lo de ceder ante el fracaso en lugar de levantarnos y seguir luchando. Es tan trágico lo de no poder decir lo que quieres en voz alta por miedo, porque te tiembla el corazón, porque va a llegar la nada de nuevo a cantarnos antes de dormir.

Yo sólo sé que ya tenía frío antes de quedarme solo.

Por eso ahora tengo que abrazarla con fuerza, porque protegerla a ella es protegerme a mí mismo.

Y, no sé, supongo que con el paso del tiempo nos quedaremos en los huesos, y ya se habrán acabado los besos húmedos entre risas.

Pero nos tendremos, a un golpe de vista, a un aliento de distancia, a una caricia temblorosa por culpa del Parkinson.

Nos tendremos y no creo que haya nada más importante que eso.

Por mucho que cambiemos, y evolucionemos por el medio.

Por mucha metamorfosis.

Acabaremos siendo algo bonito, por ejemplo, cenizas.

Inframundo.

Treinta grados en la calle y me estoy muriendo de frío.

Al final siempre acabo convertido en hielo, ralentizando el tiempo, congelando las sonrisas.

Soy esclavo del tiempo, del clima y de las estaciones.

La gente me dice que espere, que todo lo bueno tarda en llegar, que después de todo merece la pena. El problema es que ya nada me consuela, y que camino porque no me queda más remedio, y que pateo las piedras con las que siempre vuelvo a tropezar.

Voy a volver a perderme la hora del té. Espero siempre algo que nunca va a llegar. Y no hay verde esperanza, ni aliento en las canciones.

Rebasé todas mis líneas rojas, traspasé todos mis límites y acabé decepcionándome tanto que apenas puedo mantenerme la mirada antes de ir a dormir.

Hay errores que no olvido. No voy a perdonarme, voy a coser mis errores a una chaqueta desgastada que llevar hasta la tumba. Que me reconozcan en el otro lado por todo aquello que no hice bien, que se olviden mis victorias, mis palabras, y todos los sentimientos que alguna vez profesé por alguien.

Mi diálogo interno es cada vez más duro, más terco, más largo, y es que al final me doy cuenta de que no soy capaz tenerme en cuenta. No puedo ponerme en primer lugar, para alzar la voz y reclamar lo que realmente quiero.

Volveré a encogerme de hombros, a asentir levemente con la cabeza y que todo me parezca bien.

Voy a gritarme a la cara que soy un imbécil, que siempre he sido un completo idiota y que voy a acabar rodeado de nubes negras y poca gente.

Sé que ya he emprendido el camino eterno, el de quererme poco y venirme a menos.

Sé que ningún relojero tiene el don de parar el tiempo.

Sé que gobernaré allí donde nadie quiere hacerlo, con otras sombras, con otras almas inmortales. Y remaré por el Estigia hasta cansarme.

Aquí dentro nunca llega el sol, y no me siento los dedos de las manos ya, ni el corazón. Y todo fue culpa del amor, de dejarme llevar, de querer y no poder, de hacer las cosas sin saber actuar mejor. Y el arrepentimiento me ha roto poco a poco, me ha dejado herido, dolido, y con un sabor amargo al final del paladar que me da náuseas y taquicardia si lo pienso demasiado.

Ella se fue y yo me hice el muerto. Y respiro veneno en el Inframundo del que soy el puto Hades. Y ahora qué, si dicen que de este infierno no se puede salir, que quien navega en la laguna Estigia se queda para siempre.

Ojalá ser capaz de engañar a Caronte o de caminar sobre las aguas para volver a buscarte, para tener la oportunidad de encontrarte.

Voy a pedírtelo una vez.

Dame la mano, desde que te vi ya no quiero vivir aquí.

No volveré a verte.

La primavera se nota en la calle, la noche pierde terreno y ya he visto a valientes que han colgado los abrigos y no piensan cogerlos hasta que llegue Noviembre. El frío se ha quedado atrás y tengo claro que no volveré a verte. Lo cierto es que la mayoría de las veces un adiós a tiempo ha salvado más vidas que algunos tratados de paz.

A pesar de que el sol ya nos calienta los brazos seguimos con el miedo acurrucado en nuestro pecho, nos puede el pánico a la soledad aunque sea de manera efímera. Seres sociales por naturaleza sólo unos pocos son capaces de aislarse del resto sin sufrir las consecuencias.

Soy capaz de mirar bajo mis pies y ver lo inestable del suelo en el que piso. La mayoría de días vivo en una realidad paralela que me impide darme cuenta de lo que realmente pasa, y arrincono la verdad por temor a que vuelva a hacerme daño.

Últimamente, lo único que me produce paz es el ruido, el movimiento y las tormentas. De pronto es como si me sobraran la calma, la tranquilidad, la serenidad; necesito el estruendo, la detonación de mis propios pensamientos hasta vomitarlos a gritos con la primera canción que me recuerda a ti.

Convertido en un juguete roto que espera en la orilla del mar a que vuelvas, a que envíes un mensaje dentro de una botella. Hazme saber de alguna forma que por un momento fui importante, que de verdad te pasó como a mí, que te habrías atrevido a construir un barco en el que navegar los dos hasta acabar convertidos en hielo y sal.

Miénteme, porque de tus labios la verdad nunca fue capaz de curarme las heridas. Miénteme y dime que volverás algún día, y que podré sonreír de nuevo sin partirme en dos pensando en ti.

Qué cruel el destino que me mantiene tan lejos, que lo único que me permite saber con claridad es que nunca fui tuyo y que, en el fondo, nunca quisiste quererme.

Reykjavík.

Blanco, la mente en blanco es una utopía que persigo con ahínco. Dejar de tener esa maraña dentro del cráneo que no se está quieta y que parece una jauría de perros en plena caza campo a través. No recuerdo la última vez que tuve un momento de verdadero silencio, de no pensar en nada, de tener el cerebro en modo avión durante un rato. No recuerdo la última vez que no dolía allí donde se juntan las costillas con el esternón, y que el estómago no me ardía al escuchar tu voz. Tampoco recuerdo la última vez que mi risa sonaba a verdad y que no necesitaba enterrar las ideas en cerveza rubia.

Observo a los demás y veo que en la mayoría de vidas luce el sol, aunque sea a escondidas, y miro mi cielo y sólo veo nubes que cada vez son más oscuras. Temo la furia del temporal, cuando se desate el huracán y todo vuelva a volar por los aires, todo se vaya de nuevo a la mierda y yo tenga que mirar un paisaje desolado, devastado por mis propios pensamientos.  El horror del desastre nuclear en mi sistema límbico.

Soy de esa clase de personas que se equivoca, que elige mal la mayoría de las veces, que nunca está satisfecha, que no tiene suficiente y hace daño sin querer. Soy de esa clase de personas que no se deja descifrar, porque ser vulnerable es peligroso, y dejar los escudos y las armas podría suponer el fin de todo lo que sé. De mi forma de vivir.

Soy esa persona que se levanta cada día porque es lo que tiene que hacer, que saluda siempre, que estará cuando necesites algo, que camina por la calle con los auriculares puestos, que busca música nueva cada dos semanas, que no guarda rencor, que habla por teléfono con cualquiera que le llame, que tiene más libros de los que puede leer, que no quiere fregar las dos tazas con restos de café que hay en la pila de su cocina, que necesita compañía y no lo admite jamás.

Blanco, necesito dejar la mente en blanco para dejar de ver un futuro tan negro que es aterrador, porque nada me convence, porque al final del camino siempre me veo sentado en el mismo banco sin nadie a mi lado. Soy el cuento sin final feliz, el lobo feroz que acaba apaleado, la bestia que necesita esconderse en la última torre del castillo, el jorobado que solloza entre las gárgolas que vigilan la catedral, el pirata con el garfio en la mano y el parche en el ojo.

Siento que soy el vencido y el vencedor de mi propia historia, y no tengo muy claro si voy a ser capaz de sobrevivir a este frío, a mi propio Reykjavík.

Gato negro.

Fumas, fumas por hacer algo antes de querer abrir la ventana y saltar. Bebes, bebes por perder minutos con la malnacida de la Parca, se los regalas, ¿para qué los quieres? Ríes, lloras, follas cuando puedes y como puedes, y aún así te sientes vacío. ¿Habrá algo algún día que consiga llenar todo ese espacio entre tus costillas sueltas? La respuesta es no, probablemente no. Inconformistas, de no tener nunca suficiente, de no estar de acuerdo con nada, de querer siempre más aunque no se pueda.

Ni llueve, ni hace frío, ni es uno de esos días en los que quieres pegarte un tiro después del segundo café pero da igual. Te sientes como un gato negro al que la gente esquiva tan sólo por superstición, por pura precaución. Te sientes como un puto edificio a medio construir que dejaron abandonado años atrás. Y se supone que tienes que ser tú quien ponga los ladrillos que faltan y completar la obra. Paso, lo dejo, me bajo de este tren al que no le puedo seguir el ritmo.

Seguiré aquí perdido, tratando de buscar una explicación a cada por qué, preguntándome si cada te quiero  escuchado ha sido real, siendo el absurdo llevado al extremo.

Sólo pido mantas y café caliente para cuando llegue el hielo y todo se acabe para siempre.