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Lo que marca la diferencia.

Ya ha llegado el momento, ese en el que las voces se alzan pidiéndome que tire la toalla, que deje de nadar a contracorriente, que no lo intente más, que no intente seguir luchando por aquello que nunca voy a conseguir.

Pero, ¿cómo voy a conseguirlo si dejo de pelear?

Probablemente dará igual lo mucho que lo pretenda, porque no llegaremos a ser nunca. Y es triste saberlo, tener la certeza, tenerlo tan claro todo, y aún así decidir cerrar los ojos y caminar sobre la senda más peligrosa, por la que te guía el corazón.

Lo importante en estos días es tener tranquila la conciencia, saber que has dicho todo lo que tenías que decir, saber que has abierto las puertas y los brazos, que has estado dispuesto a cruzar precipicios sin que te tiemblen las manos. Que seguirías hacia adelante aunque estuvieras en medio de la batalla del Abismo de Helm, aunque tuvieras que encontrar los planos de la Estrella de la Muerte, aunque un ejército de daleks fuera hacia a ti, aunque los dementores te llenaran de frío y dolor.

Que atravesarías mares, cuevas y laberintos si eso te hiciera llegar hasta ella.

Estaba todo de nuestra parte y le dimos la vuelta. Nos caímos de rodillas al primer obstáculo, y el amor no funciona así. Si todo es difícil tenemos que hacerlo fácil nosotros, porque para complicarnos la vida ya tenemos otras cosas que no valen tanto la pena.

Si al final todos queremos lo mismo, poder sonreír, medio gramo de felicidad diario, dormir sin que nos pese todo lo que no hemos hecho, mirarnos al espejo sin que nos entren ganas de escupirnos porque no nos perdonamos ciertas cosas.

Si al final del día sólo queremos un abrazo donde caernos muertos, un beso de buenas noches, un libro esperando a ser leído en la mesita de noche.

Si al final de la vida sólo queremos mirar atrás y que no nos pesen todas las decisiones que no tomamos, la gente que dejamos de lado, los errores que no supimos perdonar, las piedras con las que no tropezamos.

Quería llegar contigo a donde nadie ha llegado, pero me lo pones muy difícil.

No es que pueda prometerte nada, pero te lo prometo todo.

No es que tenga nada, pero te lo daría todo.

Y supongo que eso es lo que marca la diferencia.

Será falta de autoestima.

Desde que tengo uso de razón, la mayor parte del tiempo, he querido ser otra persona. Ya no hablo de habitar otro cuerpo (eso sólo me pasa desde que cumplí los cinco años). He querido ser alguien distinto, con otra cabeza, que no piense ni actúe de la forma en la que lo hago yo.

Me sigue pasando a día de hoy, y supongo que me pasará siempre.

Yo no sé en qué momento comencé a exigírmelo todo, a tener que saber, entender y hacer más que los demás. Yo no sé por qué me obligué a estudiar hasta que me doliera la sien, a leer por las noches hasta tener los ojos rojos, a escribir hasta ser capaz de contar algo que valiera la pena. Yo no sé por qué tenía que llegar siempre el primero a todas partes y salir el último. Por qué tenía que marcar más goles, sacar más nota en los exámenes, ser el mejor músico de mi clase.

Duele tanto, duele tanto tratar de comprenderlo todo, de entenderlo todo. Dejarse en último lugar, que los demás vayan siempre por delante. Porque al final es lo que hago, porque al final me preocupo más por cualquier persona que me diga buenos días que por mí mismo, porque da igual. Porque el dolor lo arrastro desde siempre y va conmigo. Porque al final estaré bien, sobreviviré a cualquier cosa, sobreviviré a la mayoría de lo que me suceda.

Porque tienes que ayudar a los demás, no ser egoísta, ponerte en su lugar.

Y me definieron tan bien la marca que separa al bien y el mal, lo que puedo y no puedo hacer, hasta dónde puedo llegar, porque tu libertad acaba donde empieza la de los demás.

Yo creo que lo de ser así de idiota no tiene solución, que con eso nadie va a ayudarme, que no hay quien pueda hacer que cambie.

Será todo falta de autoestima, de buscar la aprobación de los demás. O que soy gilipollas directamente.

[Igual la fiebre y la falta de sueño son culpables de todo esto.]

Cantares de gesta.

Nosotros tenemos la Chanson de Roland, ellos El guardián entre el Centeno.

Las comparaciones son siempre odiosas por eso voy a callar, porque aunque aparente que no, en el fondo sé que me pienso menos y peor que cualquier otro. Como ese cervatillo al que todos miran porque tarda más de diez minutos en comenzar a caminar, como ese niño delgaducho que se sube las gafas con el dorso de la mano mientras los demás se ríen de él en el patio del colegio.

Tan humanos, tan crueles, y tan dispuestos siempre a hacernos daño.

A hacernos daño y mucho más.

Tú EE.UU y yo la URSS, obligados por defecto a no entendernos, a hacernos la Guerra Fría, a ir levantando muros en Berlín que nos separen eternamente. Suenan disparos a lo lejos, que parecen advertencias, que nos invitan a separarnos sin que armemos más escándalo.

Agitamos banderas, alzamos puños, gritamos consignas en nombre de otros y del amor.

Barras, estrellas, un martillo y la hoz. Y el cabrón de Cupido en una nube, riéndose de nosotros, llamando a la lluvia caliente del verano.

Y así, intentamos cruzar el charco hasta mojarnos y acabar empapados sin querer esperar a que soplen los vientos del norte para secarnos por completo.

Y nos bombardeamos con palabras que atraviesan todas nuestras defensas, que nos encienden las miradas y que nos suben las pulsaciones.

Para, detente, que soy de taquicardia fácil, de cerebro débil. Eres como las mareas, subiendo con la luna llena, pegándote a mi piel.

Que no te he dicho aún que tengo los pulmones encharcados de lágrimas de antaño, y voy formando lagunas de tristeza con cada paso de gigante de piedra. Que he recibido golpes de los que no me recuperaría ni aunque viviera un par de siglos.

Y entonces miro al frente y pienso fríamente, y prefiero dar un paso atrás, tragar saliva, apretar los puños y darme por vencido. Los hay que perdemos la carrera antes de la primera zancada.

A veces tenemos que entender que hay cosas imposibles, que hay novelas que no tienen que escribirse, que hay historias destinadas a acabarse antes de pasar la primera página. Leyendas que tienen que tener fin para volverse épicas.

Pero a pesar de todo, la mayoría de las veces, entre las nieblas que se instalan en mi garganta aparece ese tímido rayo de sol que me calienta las entrañas y entonces pienso:

Para que un cuento tenga final feliz tiene que empezar.

Entonces me doy cuenta de que somos un par héroes, que ya vamos conociendo el camino, que no eres ninguna damisela en apuros, y que vamos a hacer trabajar a los juglares de nuevo con nuestro cantar de gesta.

Y sólo me queda sonreír.

 

Reykjavík.

Blanco, la mente en blanco es una utopía que persigo con ahínco. Dejar de tener esa maraña dentro del cráneo que no se está quieta y que parece una jauría de perros en plena caza campo a través. No recuerdo la última vez que tuve un momento de verdadero silencio, de no pensar en nada, de tener el cerebro en modo avión durante un rato. No recuerdo la última vez que no dolía allí donde se juntan las costillas con el esternón, y que el estómago no me ardía al escuchar tu voz. Tampoco recuerdo la última vez que mi risa sonaba a verdad y que no necesitaba enterrar las ideas en cerveza rubia.

Observo a los demás y veo que en la mayoría de vidas luce el sol, aunque sea a escondidas, y miro mi cielo y sólo veo nubes que cada vez son más oscuras. Temo la furia del temporal, cuando se desate el huracán y todo vuelva a volar por los aires, todo se vaya de nuevo a la mierda y yo tenga que mirar un paisaje desolado, devastado por mis propios pensamientos.  El horror del desastre nuclear en mi sistema límbico.

Soy de esa clase de personas que se equivoca, que elige mal la mayoría de las veces, que nunca está satisfecha, que no tiene suficiente y hace daño sin querer. Soy de esa clase de personas que no se deja descifrar, porque ser vulnerable es peligroso, y dejar los escudos y las armas podría suponer el fin de todo lo que sé. De mi forma de vivir.

Soy esa persona que se levanta cada día porque es lo que tiene que hacer, que saluda siempre, que estará cuando necesites algo, que camina por la calle con los auriculares puestos, que busca música nueva cada dos semanas, que no guarda rencor, que habla por teléfono con cualquiera que le llame, que tiene más libros de los que puede leer, que no quiere fregar las dos tazas con restos de café que hay en la pila de su cocina, que necesita compañía y no lo admite jamás.

Blanco, necesito dejar la mente en blanco para dejar de ver un futuro tan negro que es aterrador, porque nada me convence, porque al final del camino siempre me veo sentado en el mismo banco sin nadie a mi lado. Soy el cuento sin final feliz, el lobo feroz que acaba apaleado, la bestia que necesita esconderse en la última torre del castillo, el jorobado que solloza entre las gárgolas que vigilan la catedral, el pirata con el garfio en la mano y el parche en el ojo.

Siento que soy el vencido y el vencedor de mi propia historia, y no tengo muy claro si voy a ser capaz de sobrevivir a este frío, a mi propio Reykjavík.

Fin de año.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Trescientos sesenta y cinco días de fracasos y supuestas alegrías que se van por el retrete y se quedan plasmados en fotografías que borraremos cuando no nos quepan más en la memoria del teléfono.

Muere un año más con sus doce meses y sus miles de millones de personas, los nuevos compañeros de trabajo, los viejos amigos que se van, los familiares que nos dejan para siempre, las horas extras, los bolsillos vacíos.

Se quema la última hoja del calendario y nos quemamos nosotros, con todos nuestros propósitos de año nuevo todavía por cumplir. Y nos toca renacer de nuestras cenizas, secarnos las lágrimas, ponernos la mano en el corazón porque sigue doliendo.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

El viento nos marca siempre los primero días de un mes de Enero que nos lleva a remolque, y la esperanza se nos vuelve a encender con la llegada de nuevas hojas de la agenda que llenar de citas con personas pasajeras.

Sonreímos un par de horas después de las campanadas y creemos por un momento que quizá está vez todo irá bien, que este será nuestro año y que el agua volverá al cauce del cual nunca debió salir.

Champagne del bueno o del malo, aún quedan turrones en las mesas y las nubes vuelven a nuestras cabezas. La niebla vuelve a instalarse entre nosotros dos, del mismo modo de siempre y nos volvemos a mirar sabiendo que hace años que dejamos de querernos, que intentarlo no es poder y que estos besos ya no dicen nada.

La mirada hacia el otro lado, el querer que te calles de una puta vez, que me dejes en paz, que ya no me conoces como crees, que tus abrazos ya no calientan igual en pleno invierno, que sales demasiado, que no me dices nada, que con quién hablas hasta las tantas, que con quién crees que vas a salir esta noche.

Basta.

Ya.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Para todos aquellos sin el valor suficiente para intentarlo. Quizá este año sí.