Etiqueta: final

Nunca pasa nada.

La vida es a veces como los domingos con resaca, dan ganas de vomitarlo todo de golpe y quedarse tranquilo. Sacar fuera de la boca y del pecho todas esas palabras que nos pesan y se nos atragantan cuando llega el momento de decirlas.

Sacarlo con rabia o de cualquier forma que te apetezca.

A veces sí tenemos derecho a la pataleta y a quejarnos por todo y por todos, a ser incorrectos, a no seguir las normas, a equivocarnos y meter la pata hasta el fondo sin que se caiga el mundo sobre nuestros hombros.

Porque al final nunca pasa nada, pase lo que pase, no pasa nada.

Mañana el bar de abajo subirá la persiana, el semáforo de enfrente tardará 20 segundos en ponerse en verde y con algo de suerte seguiremos respirando.

Los dragones y las rosas.

Se me agota el tiempo.

No sé si queda mucho más a tu lado.

Se me agotan las fuerzas, las ganas, la vida.

Y no sé si me queda algo por hacer.

Hoy he visto que vuelan los dragones por las calles y hay caballeros con espadas oxidadas intentando darles caza, y yo los miro y sólo quiero que esos bichos alados ganen mil batallas, que destrocen todos esos amores que se basan en mentiras y ficciones, que destrocen todas esas palabras que no son reales, que no valen nada, que sólo adornan segundas intenciones.

No hace falta que te diga ciertas cosas, no hace falta que lo ponga por escrito. Veo que esquivas mi mirada, que no te atreves a irte ni a quedarte, y yo estoy aquí cargando con el peso del silencio.

Nos hemos olvidado de compartir y del nosotros, de saber lo que queremos, de buscar un rumbo en común, de dibujar caminos sobre la arena con nuestros dedos y olvidar lo que otros escribieron en los mapas.

Es 23 de Abril y hay gente dándose besos en los bancos de los parques, dejando que el sol y las cosquillas en el abdomen se hagan fuertes en ellos.

23 de Abril y tú y yo nos estamos despidiendo, sin saberlo (quizá siendo completamente conscientes de ello).

Iba a escribir para nosotros finales felices sin necesidad de perdices ni de estereotipos de cuento clásico y obsoleto, pero ya no. El final va a llegar como una estocada final en una sangrienta y odiosa justa medieval.

Sólo espero que haya alguien tan dispuesto a todo por ti como lo estaba yo.

Y me voy a paso lento, sabiendo con certeza que no vas a venir tras de mí, que ni aunque saltara el precipicio intentarías coger mi mano, tirar de mí, salvarme por una vez.

Lo único que sé es que desprovisto de escudo y de espada, sin armadura de metal, convertiría en mascotas a los dragones que nos miran desde arriba y te regalaría rosas y libros cada día.

Dioses y monstruos.

Hace tiempo que no hay luz, que todo parece un mar oscuro en el que me es imposible guiarme y saber el rumbo que llevo.

Hace tiempo que sólo hay cientos de relojes colgando en mi pared marcando la hora y que el sonido del segundero me taladra una a una las neuronas.

Hace tiempo que los dioses se han ido para dejar el control a los monstruos.

Vivo metido en el Día de la Marmota y nada pasa, ni cambia, ni consigue sacarme una sonrisa verdadera, es difícil cuando llevas la máscara de Pantaleón a todas horas y eres incapaz de mostrarte tal cual eres. Las veces que he conseguido deshacerme de ella me han roto en pequeños cristales, las veces que me he atrevido a tender la mano y a querer dar un paso al frente me han apartado de su vida como si no valiera nada.

Y esa es la sensación final.

Que no soy suficiente.

Porque realmente no lo soy. Cómo voy a serlo si muchas veces no me preparo la cena, y la mayoría de días no separo la ropa negra de la blanca al poner la lavadora. Cómo voy a serlo si no soy capaz de cerrar los ojos antes de las tres de la mañana, ni puedo evitar ver otro capítulo más aunque llegue tarde a algún sitio.

No valgo la pena, de lo contrario estaría haciendo algo mejor que escribir otro texto lacrimógeno un domingo por la tarde.

Me echo de menos, echo de menos esa parte de mí que alguna vez no ha estado rota y era capaz de ver más allá de los días de nubes y lluvia fuerte. Echo de menos tener ganas, ganas de que pasen los días para poder verte, ganas de besarte, abrazarte y dormir contigo. Ganas de mirar por la ventana, leer una página más de un libro, volver a escuchar una canción. Ganas de planear viajes, pensar en el futuro.

Nunca tengo muy claro si voy a ser capaz de reconciliarme, de mantenerme firme, de mirarme al espejo y a los ojos perdiendo el miedo, pidiéndome perdón por malgastar mis días lamentándome por no estar junto a ti.

Y aquí estoy, restando días a la vida y sigo sin quererme.

Imposibles.

He visto un termómetro marcar veintiocho grados un veintiuno de enero.

He visto a gente levantarse tras recibir un K.O sobre la lona.

He visto resistir tras el huracán de tu mirada.

He visto personas que dan todo sin esperar recibir nada.

He visto principios que no tienen final.

Los imposibles son muchas veces esos sueños que pensamos que nunca llegarán a cumplirse y los dejamos ahí, en la lista de “cosas que queremos que sucedan pero por las que no vamos a luchar lo suficiente” que todos tenemos guardada en el cajón de la mesita de noche.

Los imposibles en ocasiones se transforman, como lo hace todo en esta vida, los ríos, los huesos, las fronteras.

Y se acaban convirtiendo en realidades palpables.

Un día soñamos que podríamos tocar el cielo y lo hicimos, volamos juntos con los ojos cerrados sin ningún miedo a caer.

Un día soñamos que podríamos ser protagonistas y lo hicimos, nos besamos delante de cientos de ojos sin sentirnos pequeños, ni extraños, ni idiotas; porque uno no puede sentirse idiota queriendo a otra persona, elevando lo de cuidar a alguien al cuadrado. Uno no puede sentirse idiota mientras recuerda el color de sus ojos y le empieza un terremoto en el pecho sólo de pensar en su primer beso, y en todos los que vinieron después de aquel menos tímidos, más largos, más profundos, más húmedos.

Como todo lo demás.

Pero me quitas el privilegio y te conviertes en sombra inalcanzable, te conviertes en un borrón al que no puedo abrazar por mucho que camine.

Y me quedo en la orilla, siendo la Penélope de esta historia, esperando a que vengas, o a que vuelvas si es que alguna vez has estado aquí, ocupando el mismo espacio-tiempo-amor que yo.

Pero da igual, al final todo da igual.

Porque creo en ti como imposible y como carne.

Como trampa y música.

Como misterio y verdad.

Como tormenta y eclipse.

Como crimen sin castigo.

Yo sigo creyendo que algún día despertaré siempre a tu lado, y no necesito más para mantenerme vivo.

El rey de nada.

Va a empezar el año igual de mal que terminó el anterior.

Va a terminar el año igual de mal que empezó el anterior.

Será que ya no tengo ilusión por nada y todo me sabe igual de mal, como si con cada trago de agua fuera ingiriendo un poco de veneno que me ha robado la fuerza y las ganas, como si no consiguiera apartar de mí los secretos y las tormentas.

Será que ahora tengo claro que es todo mentira.

Ahora las calles escupen mis piezas, me derraman sobre el alquitrán y no puedo ni recomponerme ni levantarme, ni huir de tanto silencio que me consume. Esta vez no voy a salvarme, lo supe desde el primer paso, aunque en realidad nunca me he salvado, sigo acompañando este calvario hacia el monte de los olivos.

La senda acaba en el acantilado, el barco choca contra el iceberg, el frío arrecia, la indiferencia congela y conserva.

Creo que debería despertar ya de una vez, dejar de soñar, impedir que pasen los años en vano, asumir el fin. Todo lo que me atormenta y me duele me lo he autoinflingido.

Esto de pelear contra uno mismo siempre es tan agotador, el no cambiar de argumentos, el no encontrar excusas, el no encontrar verdades, el no encontrar motivos. El hecho de cavar, de buscar y no encontrar nada que me calme y me sacie. Ya sé que el problema es mío, no puedo ni quiero culpar a nadie de mis vicios, miedos, inseguridades, grietas, sentimientos, errores, problemas.

Sólo me queda hacer las cosas a tientas en medio de esta habitación a oscuras en la que me muevo intentando no chocarme contra las paredes, por eso ahora voy a quedarme quieto en medio de todo este sinsentido que me he forjado como modo de vida.

Sólo me queda dejar a un lado mi creencia en el amor inocente, en la sinceridad como herramienta universal.

Sólo me queda borrarme del mapa, ser el rey de nada.

Y ahora no sé si salir a emborracharme hasta caer inconsciente o ponerme el pijama.

Dejar de respirar.

¿Crees que hemos hecho algo bueno? ¿Que lo nuestro ha merecido la pena?

Me has dicho que me quieres sin apenas estar despierta. Y, sin embargo, tus palabras suenan tan vacías, porque vas a dejar que todo esto se pierda entre la lluvia como las putas lágrimas del épico desenlace de Blade Runner.

Y entonces da igual todo, al final no importa que luches, que tengas ganas, que quieras, porque nada sirve. Todo eso que te dicen apenas importa, apenas tiene sentido, porque se cuela como cualquier rata se cuela en una alcantarilla y se pierde en el fondo entre el resto de desechos.

Y duele, claro que duele.

Joder si duele.

Y no te lo crees hasta que pasa, y lo sientes, y notas como quema, que el cristal desaparece, caes de bruces contra el suelo sin tener tiempo de reaccionar para poner las manos y detener el golpe.

Supongo que he estado tan ciego que no he querido ver la realidad, que no he querido darme cuenta, que prefería vivir en la burbuja a enfrentarme a la verdad. Supongo que he sido yo el que ha seguido estirando el hilo hasta el infinito con tal de agarrarse a un poco de esperanza, con tal de no volver a sentir las ganas de morir poco a poco que siento ahora.

Si piensas que eres un idiota los demás lo acaban pensando, tenemos esa manera de mimetizarnos con el entorno, la jodida empatía. Y yo lo he dicho tanto que me lo he creído, al final he acabado siéndolo y tú lo has asumido como tal.

Tu rechazo es algo así como una herida mortal. Tu silencio una manera de desangrarme lentamente.

Lo único que quiero en el fondo es alguien con quien poder dormir sin que me duela el pecho y me falte el aire. Una mujer a la que olerle el pelo, acariciarle la mano, besarle el cuello, y follar como si cada noche fuera la última. Alguien con quien hablar y compartir, y que se harte de mi palabrería y que me harte con la suya. Y que aunque haga como que no me escucha se quede con cada detalle, y que aunque haga como que no la escucho me quede con cada detalle, con cada suspiro, con cada parpadeo. Con todas esas casi invisibles cosas que sean importantes para ella. Lo mismo que queremos todos, o lo que yo creo que deberíamos querer.

La única cura, para esto que me pasa, va a ser dejar de respirar pronto.

Veneno en los labios.

La garganta llena de nudos por los que no pasa la saliva, ni el aire.

La sensación de angustia permanente.

La falta de religión que nos de todas las explicaciones que no nos da la realidad.

El exceso de yoga, gimnasio y drogas de colores.

El superávit de información, ruido y sentimientos.

El ir desnudo por la vida, sin mentiras, sin necesidad de ocultar nada.

Hay lobos aullando al mismo tiempo a la luna y dicen que nunca antes había pasado, pero quién sabe, hoy en día todo está del revés.

Vivimos en medio de un caos insoportable, en una espiral de voces sin sentido, de cuadros abstractos y arte callejero. Nos han puesto tan bien la venda sobre los ojos que ni siquiera nos planteamos alternativas para cada uno de nuestros problemas. Acabamos siendo villanos, cómplices, por culpa de la desidia, por ver cómo da vueltas la noria sin intentar bajar de ella.

No sé si damos más asco que pena.

No sé si vamos a bajar del barco o a seguir remando.

No sé nada, sigo sin saber nada.

Hace años que todo me viene grande, que no puedo comprender la ceguera en la que vivimos, que no dejo de lamentarme una y otra vez.

Somos polizones en un mundo que debería ser nuestra casa.

Somos extraños en los brazos de quien debería ser nuestro amor.

Somos animales de compañía más salvajes que la mayoría de mamíferos.

Somos el miedo hecho carne y huesos.

Somos veneno en los labios de quien más queremos.

Somos hierba muerta.

Y no me queda más remedio que poner música, apagar la luz, cerrar los ojos, dejar que todo gire sin que pueda evitarlo. El mundo hace su ruta por el sistema solar y el dinero se mueve de un bolsillo a otro, y las vidas se van como se va un caramelo en una clase de primaria.

No me queda más remedio que besar lento y respirar por los dos, arrancarte la ropa con los dientes, prepararte un hueco a mi lado, cuidarte hasta que no pueda hacerlo, esperarte en el andén, cerrar las ventanas con el temporal, encender la hoguera, cuadrar el círculo, visitarte en sueños, beber de tu boca.

Y escribir, romper las páginas, vivir en bucle, llorar a solas, caer rendido.

Esperar el final.

Pero no el nuestro, ese no.