Etiqueta: felicidad

Entre las sábanas.

Hay noches y días en los que no piensas, o no puedes pensar. Y es que tienes la cabeza en otra parte, con la imaginación perdida, con los recuerdos erizándote la piel, con tu subconsciente haciendo ritmo y juegos con las palabras. Insomnio en toda regla, temores volviendo a aparecer en las paredes y el olor a alcohol y tabaco. Se mezcla todo en esos momentos que has podido capturar como si fueran fotografías para intentar guardarlos: el hambre, las ganas, la sed, el frío, el miedo, el sueño y su piel.

Nos convertimos juntos en dos borrones en la penumbra, gemidos en medio de la noche, mordiscos que arrancan mentiras para dejarlas flotando en el aire, besos de esos que dejan marcas que no se borran jamás, un orgasmo de los que hacen que pierdas la vergüenza de una vez. Siendo republicanos nos transformamos en reina y rey de un tablero de ajedrez, esperando que la partida acabe en tablas. Somos ese abrazo que te borra las lágrimas de golpe cuando sólo quieres derrumbarte. La brújula que apunta siempre al norte para no perdernos en medio de tanto mapa incomprensible. La copa de vino que atenúa las penas. El faro en la costa que impide que te des de lleno contra las rocas. El aliento que hace falta cuando no te quedan fuerzas.

Entre las sábanas, los dos, somos un par de superhéroes sin ropa interior que sólo quieren librarse del mal a su manera. Y es que por un momento, mientras nos enredamos las lenguas y nos empapamos con saliva, somos el eje del mundo y lo hacemos girar como giran nuestros cuerpos sobre un colchón que ya huele a ti. Somos el núcleo, la caja fuerte, el pecado y el perdón, la primera página de una novela, la mejor frase de tu canción favorita. Un par de almas revolucionarias que suben la temperatura en una habitación.

Afortunados de tenernos y ser libres, y de no tenernos y ser esclavos al mismo tiempo.

Después de escuchar los truenos y ver los relámpagos, de que el cielo negro fuera un aviso para los dos. Después de escuchar la lluvia y el viento golpeando con fuerza contra la ventana mientras hacíamos crujir la cama y algún que otro hueso, cerramos los ojos por un momento, todavía entrelazando nuestras manos. Respiramos al mismo tiempo durante un par de segundos, nos acariciamos aún con las manos temblorosas y guardamos risas suaves en la garganta. Algo parecido a la felicidad.

Y siempre me dan ganas de mirarte a oscuras, intuyendo tus ojos y susurrar:

¿Qué hace una chica como tú rompiendo un corazón como este?

¿Te imaginas?

¿Te imaginas que conoces a alguien y todo sale bien?

Yo tampoco.

Creo que algunas personas estamos programadas por defecto para meter la pata, para que se nos tuerzan las cosas, para que en el último momento todo se trunque y nada vaya como debería ir. Supongo que algunos también tenemos un imán para las tragedias, para los dramas sin mucho teatro, para las canciones tristes y los escritores malditos. Supongo que algunos estamos impregnados en absenta, tinta y papel.

Nos hicieron así, bohemios, defectuosos, incompletos, inconformistas.

Incomprendidos.

Nos hemos convertido en lo que queda, en las sobras de amores de antaño, en cartas rotas que escribían una historia que ya es imposible de leer. Somos recuerdos de épocas que nos parecen mejores pero que tampoco lo fueron. Somos lo que queda de aquellos veranos de recorrer caminos en bicicleta sin preocupaciones en la cabeza, de saltar desde la cascada sólo para sentirnos vivos y alejar el miedo que tendría que llegar en algún momento inespecífico del futuro.

Y llegó antes de tiempo, lo de abrazarse en la oscuridad bajo las sábanas, lo de mirar por la ventana y ser incapaz de sonreír, lo de callar siempre y aguantar, las pesadillas, abrir los ojos en la madrugada, sentir el corazón salirse del pecho, llorar siempre a escondidas, fingir que todo va bien, encogerse de hombros y asentir.

Pero seguimos pensando que algo acabaría cambiando, que habría más trenes y estaciones.

Por eso resistimos.

Decidimos levantarnos cada día, borrar el rastro de las noches trágicas con agua corriente, colocarnos el reloj en la muñeca, mirarnos al espejo, atarnos los cordones, tragar saliva y salir a la calle como si no tuviéramos problemas.

Y es que el problema somos nosotros mismos, nuestro propio némesis.

No me voy a perdonar nunca esta incapacidad para elegir lo correcto, ni la mala suerte, ni el fracaso constante.

Prometo que esta vez quería que fuera fácil, hacerlo fácil, que fueras tú.

¿Te imaginas que un día somos felices?

¿No?

Yo tampoco.

La gente quiere ser feliz.

La gente quiere ser feliz, sin tener ni idea de lo que es. Tantas definiciones diferentes, tantas maneras de entender las cosas. Como para saber quién tiene la razón, si es que no la tenemos todos.

La felicidad será una mezcla de todo y de nada a la vez, igual que nosotros dos. Un conjunto de salir con los amigos, ver un atardecer sin nervios de por medio, dormir sin preocupaciones, algo de dinero en el bolsillo, un libro por empezar, una cerveza que nunca se acabe, tener una mano a la que apretar siempre que lo necesites, un jardín floreciendo en pleno invierno, un hilo de agua saliendo de un manantial remoto, un pentagrama por escribir, el primer copo de nieve del año, alguna señal que nos permita saber que no lo hacemos todo tan mal.

Nos han prometido que seremos felices en algún momento pero parece que nunca llega, que estamos envueltos de sufrimiento y que cuando las cosas se nos ponen fáciles no las queremos. Estamos hechos de daño, del espíritu de animales en peligro de extinción, y cuando algo es sencillo nos invita a desconfiar con rapidez. Estamos hechos para resistir, aunque haya disparos a nuestro alrededor, y nos metan balas en la carne, y nos apuñalen varias veces en el pecho.

Y es que nos gusta complicar las cosas, hacerlo difícil, poner trabas para justificar por qué actuamos tan mal. Nos gusta la pelea y morder fuerte, y sentir algo de acción en nuestras vidas aburridas. Nos gusta empezar por el final y doler sin motivo. Nos gusta que muera el malo y que al final triunfe el amor, pero nunca le dejamos.

La gente quiere ser feliz, pero cuando de verdad tiene la oportunidad de serlo tiene miedo y se queda parada viendo cómo escapa otro tren, viendo caer las lágrimas por haber vuelto a fracasar.

Llevamos media vida preparándonos para encontrarnos y ahora vamos a permitir que todo se eche a perder. Que tanto abrazo, tanto beso, tanto esfuerzo quede en nada.

A estas alturas yo no sé si es mejor reiniciar el cerebro o el corazón.

La vida es jazz.

Ella hace que todo sea jazz. Improvisado, sencillo, sin que tenga que torturarme por quitarme las zapatillas al llegar a casa. Lo hace fácil, como formar un acorde de séptima mayor, como escuchar a Thelonious Monk disparando sus dedos sobre las teclas del piano.

Y es que lo que necesitamos todos es eso. Alguien que nos ayude a que nuestras vidas no sean un laberinto, alguien que nos saque del abismo, que nos escampe la niebla, que nos señale un sudoku y nos diga la solución.

Deberíamos dejar de complicarnos y hacer las cosas sin preguntarnos constantemente qué van a pensar de nosotros, sin torturarnos por el qué dirán. Deberíamos dejar de asumir que el orden de las cosas es inalterable.

Supongo que la felicidad es tan fácil de conseguir como llenar un vaso de agua, y que sólo depende de nosotros, de las gafas que nos pongamos cuando nos levantamos. Supongo que la felicidad puede ser conformarse, correr o ver la lluvia caer un sábado por la mañana mientras se arruinan todos tus planes de fin de semana.

La felicidad también puede ser que nada vaya bien.

Imagino que lo único que necesitamos realmente es tener a alguien que haga que la vida sea de andar por casa, que nos haga sentir siempre como cuando estamos en pijama y descalzos en el comedor.

Imagino que lo único que necesitamos es tener a alguien que nos traiga una cucharilla cuando hay un café humeante sobre la mesa.

Va a resultar que nos hemos complicado, que hemos pedido imposibles, historias tortuosas, tan venenosas que nos hemos convertido en monstruos. Y no estoy dispuesto de volver a malquerer y que me malquieran para acabar reducido a dolor y medias verdades.

Ella hace que todo sea jazz. Una cadencia tras otra, de esas en las que cada nota te lleva irremediablemente a la siguiente sin tener que pensar.

Y no hay excusas, ni aplausos, y da igual.

La vida es jazz.

Voy a improvisar.

Algo mejor.

Dicen que sólo podemos ser libres cuando no tenemos nada que perder.

Yo hace tiempo que lo perdí todo, incluso a mí mismo, y estoy obligado a vivir en el magma del común. Con gente con miedos, con gente que no ha probado nunca lo que es arriesgarse. Con gente que en lugar de sangre parece que tiene agua destilada por sus venas.

Confieso que el salto da vértigo y al mismo tiempo te llena de adrenalina y dopamina. Confieso que ver tu vida como un espejo que se rompe contra el suelo es complicado y hace que el corazón se te vaya parando poco a poco, como esas máquinas viejas que acaban por dejar de funcionar. Confieso que es duro, y que en el abismo hace mucho frío. Confieso que es difícil dejarse caer con los ojos cerrados cuando nadie va a pararte la caída. Confieso que después de hacerse jirones el alma uno no vuelve a ser nunca el mismo.

Sigo teniendo pánico al futuro, y al qué dirán.

Y sigo temblando por las noches desde que me quedé completamente solo.

Pero lo bueno de toda esta mierda en la que he ido creciendo, saliendo como un sediento que se arrastra por el suelo en busca de un manantial, es que sobrevivimos a todo.

Como si fuéramos jodidas cucarachas.

Nos salvamos del huracán, de un suspenso, de quedarnos sin dinero. Nos recuperamos de la muerte del prójimo, de las heridas y de perder el tren que nos llevaba a nuestro destino.

Sobrevivimos al primer amor, al último y a todos los que existen por el medio.

Lo que no se puede soportar es supeditar tu existencia a la de los demás, que otros elijan lo que nos debe pasar, que alguien decida por nosotros y nuestra felicidad.

Lo que no se puede soportar es sentir lo que no quieres, subordinarte a las decisiones de otros, y que te quiten la sonrisa.

Lo que no está permitido es conformarse.

Porque lo único que podemos hacer por nosotros mismos es vivir, y respirar, y bailar como si no fuera a pasarnos nada malo.

Inconexo.

Siento que siempre estoy mirando desde la otra orilla, en el rincón inerte, sin vida. Que me separa algún muro del resto de personas. Que nadie va a entenderme realmente.

Y los demás estáis ahí buscando la felicidad de cualquier manera.

Y algunos la encuentran.

Y otros viven toda su vida pensando que la han encontrado.

Y es mentira.

Puede que necesite otra mente, empezar de cero, aprender más y mejor a hacer las cosas. Puede que tenga que poner más empeño, cambiar mis ideas. Puede que tenga que dejar de hacer caso al dolor y seguir caminando.

Creo que tengo que pedir más perdón y confiar más en la suerte.

Sigo obligado a mirar solo al cielo cuando arrecia la tormenta pero, al menos, ya no tengo que fingir que soy fuerte porque sabes la verdad. Me rompiste la coraza al primer instante y tuve miedo, de ti, de mí, del futuro.

Me has visto frágil y no has dudado en abrazarme.

Siempre estaré en deuda. Siempre te llevaré conmigo.

Me conformaré con ser el último pensamiento que tengas antes de dormir, una sonrisa en la frase de cualquier canción, una moneda en la funda de un músico callejero, el último sorbo de vino blanco, el anillo escondido entre la ropa interior de un cajón, la última campanada del año.

Me toca jugar a imaginar, jugar a que es normal, jugar a que todo va bien, jugar a que da igual, jugar a que no duele, jugar a que podré soportarlo al acabar.

He perdido el equilibrio por tu culpa y mis ideas ya no tienen conexión. Ya no sé dónde hemos dejado la lógica y las pulsaciones. Ya no hay moral, ni estamos a salvo de todo mal. Ya no hay palabras que no nos recuerden a otras.

Está todo escrito, está todo sentido, está todo pensado, usado y desgastado; como nuestros corazones.

Y sabemos que van a llamarnos locos por besarnos en invierno, pero no queremos tratamiento.

Un mundo subterráneo.

Todos tenemos nuestro verdadero yo oculto bajo la piel, un mundo subterráneo tras capas de ropa, maquillaje y sonrisas. Un pozo del que no dejamos que nadie saque agua, una habitación que tiene el cartel de ‘Prohibido el paso’ colgado en la puerta.

Un mundo subterráneo que es nuestro búnker, nuestro desorden, toda nuestra mierda y la auténtica verdad.

Tenemos una realidad que nadie más conoce, que tapamos con sábanas viejas y escondemos.

Nos cuesta ser sinceros y compartir, y estamos tan llenos de miedo y rasguños que callamos para no hacernos más daño del que ya arrastran nuestras huellas. Pero no sirve de nada. Cada día más aislados, más solos, más tristes, más fracasados.

Y llega un día en el que te das cuenta de todo eso, de eso y mucho más. Y es entonces cuando quieres tener fuerzas para levantarte del suelo, quitarte el barro, secarte las lágrimas y llenar las páginas del cuaderno con tu propia historia. Puede que sea entonces cuando cualquier acorde de guitarra te arranque una sonrisa y te de alas, y quieras dejarte ver en el mundo exterior.

Va a llegar el día en el que no te de miedo gritar, reír y cogerle de la mano. Vas a querer besarle en la boca mientras llueve cualquier tarde de verano y te dará igual haber dejado la ropa tendida. Vas a querer vibrar con el primer salto que te lleve al otro lado del río para poder abrazarle.

Todos tenemos un mundo subterráneo que no queremos mostrar pero llega un día, llega un día que alguien se atreve a coger la linterna y que no te hace caso, y coge aire y bucea entre tanto edificio antiguo a punto de derrumbarse.

Alguien debería decirte alguna vez que van a agarrarte antes de volver a caer y van a limpiarte las rodillas.

Alguien debería decirte alguna vez que no vas a llorar más porque no te lo mereces.

Alguien debería decirte alguna vez que en el sótano se está tranquilo, pero no se vive bien.

Abre las ventanas, que entre la luz, vamos a dejar atrás el subsuelo.

Vamos a reírnos desde la azotea de un rascacielos y a escribir nuestro nombre en cualquier muro.

Vamos a empezar a vivir en la superficie y a dejar la penumbra para los demás.

Pienso correr, pisar charcos contigo y dejar todo el gris a las espaldas.

Que nadie te lo diga aún, pero voy a ser feliz. Y tú también.

Texto escrito originalmente para Krakens y Sirenas.

El espectáculo debe continuar.

Todos pasamos por un momento en nuestra vida en el que lo que conocemos se va a la mierda. Se nos trastocan todos los planes, y lo que creíamos que eran nuestros cimientos se desvanecen hasta dejarnos en el aire. Todos hemos sentido la angustia de no tocar pie cuando el agua nos llega a la barbilla, de coger aire bajo el mar mientras alguien nos sujeta la cabeza. Se nos rompe el círculo en el que estábamos seguros, la pecera en la que sabíamos movernos sin chocar con nada.

Se nos rompen los esquemas, la cristalería y las ganas.

La persona que había a nuestro lado nos abandona, o decidimos abandonarla, después de echar lo bueno y lo malo en la balanza. Y aunque ganemos, tenemos esa sensación de estar perdiendo de manera permanente. No nos damos cuenta de los aciertos hasta después de un tiempo prudencial, porque todo nos da miedo. Nos han convertido en ciervos que se asustan ante cualquier rama rompiéndose en medio del bosque. Somos roedores que deben esconderse del peligro ocultándose en cualquier hueco.

Y joder qué mal cuando sólo tienes ganas de cerrar los ojos y dejar que el tiempo corra bajo tus espaldas.

Y joder qué mal cuando lo que te apetece es que el telón vuelva a taparte para no tener que abrazar, besar y sonreír a quien no quieres.

Y joder qué mal si el amor es quien te está haciendo tantas heridas y no sabes apartarte a tiempo.

Llega un punto, llega un puto día en el que decides cortar la cinta, echar a correr, huir de la policía y de quien sea que te puso las esposas porque toca ser feliz.

Llega un punto en el que hay que dejar atrás el llanto, la mirada perdida, el dolor en medio del pecho de tanta burla y menosprecio hacia ti mismo.

Y aunque ahora llevemos vendas en los ojos y nos hayan echado una soga al cuello, ese día llegará. Todo llega. Seremos capaces de reírnos de la muerte bebiendo una botella de vino a medias mientras miramos por la ventana y oímos risas en la calle.

Nos habremos convertido en todo aquello que imaginamos un día y que pensamos imposible.

Volverá a haber rosas que regalar, volverá a  haber una canción que te haga coger el teléfono y llamar, volverás a tener ganas de correr por la playa para acabar empapado de espuma de mar.

Aunque ahora no lo veas, aunque ahora no haya espacio ni vida aparente, aunque todo se acabe.

El espectáculo debe continuar, y va a hacerlo contigo.

Voy a cogerte de la mano hasta que todo se acabe, y vuelva a empezar.

Texto escrito originalmente para Krakens y Sirenas.