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La muerte sabe bailar bien.

El antihéroe es un protagonista que vive por la guía de su propia brújula moral, esforzándose para definir y construir sus propios valores, opuestos a aquellos reconocidos por la sociedad en la que vive.

Soy el antihéroe, el raro, ese que no encaja en ninguna parte, un completo incomprendido, apartado, y ese tipo de artista que queda en el olvido porque nadie entiende su mierda de obra.

Soy el mal protagonista de una novela de aventuras, un Romeo venido a menos, el que está en plena decadencia moral y apenas se da cuenta de ello. Inseguro de mí mismo, falto de confianza. Nunca mantengo la mirada demasiado tiempo por si alguien es capaz de leer mis pensamientos. Guardo a toda costa mis sentimientos para no parecer frágil, más de lo que ya soy. Siempre con la máscara de falsa felicidad, de aparente bienestar porque no puedo permitirme el parecer débil.

Todo debería haber sido más fácil.

Yo sólo quería ser el bueno de la película, el que al final gana, el que vence al mal y hace del mundo un lugar mejor, y no ha sido posible. Me quedo siempre a las puertas de conseguirlo todo. Como lo de salvarte, sólo quería hacerlo sin darme cuenta de que, en el fondo, no querías ser salvada. Y contra eso sí que no tengo armas, has logrado desmontarme, volver a convertirme en pequeñas piezas de un puzzle que ya no soy capaz de reconstruir.

Si soy sincero yo no quería esto, sólo quería cerrar los ojos y dejarme arrastrar por la felicidad de una jodida vez, sin darle vueltas a todo, sin cegarme de dolor. Sólo quería que una ola me arrastrara hasta la siguiente y descubrir el final del cuento cuando estuviera en él.

Pero no me has dejado.

Has querido poner las barreras antes de tiempo, llenarlo todo de culpa y silencio.

Da igual, no me hagas caso, lo único que importa es que a estas alturas de la vida ya todos sabemos que la muerte sabe bailar bien.

Y que yo seré su mejor pareja de baile.

Hacia rutas salvajes.

Al menos, él hizo con su vida lo que quiso, sin importarle nada más. Tal vez fue un egoísta, un egocéntrico narcisista revolucionario que no pensó en los demás. Pero fue feliz mientras pudo. Antes de que la vida se escapara tras la niebla del McKinley.

Otros, como nosotros, como tú y como yo, nunca podremos apreciar la vida como él lo hizo. Sólo nos podremos quedar de pie ante las vías de un tren que nunca pasa, ante un muro de acero que no nos deja ver más allá, ante la comodidad de lo conocido.

Otros, como nosotros, como tú y como yo, siempre tendremos en la recámara una pregunta que nos matará poco a poco con el paso de los años, por ser incapaces de pronunciar algunas cosas en voz alta, por guardar palabras para no herirnos o para no tener que enfrentarnos al rechazo:

¿Qué habría pasado si nos hubiéramos atrevido a estar juntos?

Al menos, aparte de cierta estupidez, McCandless nos enseñó algo.

Supongo que en eso debería consistir la vida, en intentar conseguir todo aquello que quieres, en esforzarse, en luchar, en pelear con uñas y dientes por las causas justas. Ser consecuente.

Algunos necesitan dinero, otros amor, otros tan solo contemplar una puesta de sol, pero todos, a nuestra manera, intentamos ser felices.

Lo que no deberíamos aceptar en nuestra historia es el dolor, el daño, la indiferencia, el odio ni la rabia.

Lo que no deberíamos aceptar es el quedarnos con las dudas, quedarnos quietos por culpa del miedo, no dejar que se extiendan nuestras alas.

Lo que no debería aceptar es seguir sintiéndome un idiota por quererte.

Ojalá algún día sea capaz de anestesiarme y que todo, absolutamente todo, me de igual.

Sobre todo tú.

Pura comedia.

La vida es pura comedia y nos la tomamos demasiado en serio. Los formalismos, los enfados, la moral cristiana apostólica romana que impregna cada uno de nuestros actos desde la tierna infancia.

La vida es pura comedia y no lo estamos entendiendo. Joder, si al final todos acabamos en el mismo sitio sin que nadie nos recuerde más que en las fechas señaladas por el calendario.

Pensamos que todas nuestras decisiones acaban siendo transcendentales cuando al final sólo somos un pequeño punto invisible en la historia del Universo, sin más importancia que la que tiene cualquier mosquito aplastado contra el cristal de la ventana para nosotros.

Podríamos hacer que todo fuera más liviano, porque en el fondo, si lo pensamos bien, nada es tan grave como lo pensamos. Cualquier nueva decisión nos parece más difícil de tomar que la anterior. Nos creamos jaulas con nuestros miedos más íntimos, nos prohibimos la felicidad sin darnos cuenta. Nos cortamos las alas, somos víctimas de nuestros propios prejuicios, de nuestra dura conciencia que nos golpea antes de cerrar los ojos y coger el sueño.

Nos estamos complicando cuando todo debería ser igual de fácil que cuando éramos niños, pero nos encargamos de hundir todos los botes en los que subimos. Y a veces tengo la sensación de que estoy remando solo, y de que no sirve de nada, y de que no vale la pena, y de que pierdo el tiempo, y, sobre todo, de que soy un imbécil por no darme cuenta antes de todo esto. Es un asco ser un soñador entre tanta gente sin color, entre los que se conforman, entre los que ríen a medias, entre los que tienen miedo a decir la verdad.

La vida es pura comedia y la estamos convirtiendo en el peor de los dramas, porque todo esto no va de luchar, ni de merecer más o menos, en el fondo lo único de lo que va toda esta historia es de querer.

Y estoy tranquilo, porque eso sí lo hago.

[Dime tú si lo hago bien.]

Entre las sábanas.

Hay noches y días en los que no piensas, o no puedes pensar. Y es que tienes la cabeza en otra parte, con la imaginación perdida, con los recuerdos erizándote la piel, con tu subconsciente haciendo ritmo y juegos con las palabras. Insomnio en toda regla, temores volviendo a aparecer en las paredes y el olor a alcohol y tabaco. Se mezcla todo en esos momentos que has podido capturar como si fueran fotografías para intentar guardarlos: el hambre, las ganas, la sed, el frío, el miedo, el sueño y su piel.

Nos convertimos juntos en dos borrones en la penumbra, gemidos en medio de la noche, mordiscos que arrancan mentiras para dejarlas flotando en el aire, besos de esos que dejan marcas que no se borran jamás, un orgasmo de los que hacen que pierdas la vergüenza de una vez. Siendo republicanos nos transformamos en reina y rey de un tablero de ajedrez, esperando que la partida acabe en tablas. Somos ese abrazo que te borra las lágrimas de golpe cuando sólo quieres derrumbarte. La brújula que apunta siempre al norte para no perdernos en medio de tanto mapa incomprensible. La copa de vino que atenúa las penas. El faro en la costa que impide que te des de lleno contra las rocas. El aliento que hace falta cuando no te quedan fuerzas.

Entre las sábanas, los dos, somos un par de superhéroes sin ropa interior que sólo quieren librarse del mal a su manera. Y es que por un momento, mientras nos enredamos las lenguas y nos empapamos con saliva, somos el eje del mundo y lo hacemos girar como giran nuestros cuerpos sobre un colchón que ya huele a ti. Somos el núcleo, la caja fuerte, el pecado y el perdón, la primera página de una novela, la mejor frase de tu canción favorita. Un par de almas revolucionarias que suben la temperatura en una habitación.

Afortunados de tenernos y ser libres, y de no tenernos y ser esclavos al mismo tiempo.

Después de escuchar los truenos y ver los relámpagos, de que el cielo negro fuera un aviso para los dos. Después de escuchar la lluvia y el viento golpeando con fuerza contra la ventana mientras hacíamos crujir la cama y algún que otro hueso, cerramos los ojos por un momento, todavía entrelazando nuestras manos. Respiramos al mismo tiempo durante un par de segundos, nos acariciamos aún con las manos temblorosas y guardamos risas suaves en la garganta. Algo parecido a la felicidad.

Y siempre me dan ganas de mirarte a oscuras, intuyendo tus ojos y susurrar:

¿Qué hace una chica como tú rompiendo un corazón como este?

¿Te imaginas?

¿Te imaginas que conoces a alguien y todo sale bien?

Yo tampoco.

Creo que algunas personas estamos programadas por defecto para meter la pata, para que se nos tuerzan las cosas, para que en el último momento todo se trunque y nada vaya como debería ir. Supongo que algunos también tenemos un imán para las tragedias, para los dramas sin mucho teatro, para las canciones tristes y los escritores malditos. Supongo que algunos estamos impregnados en absenta, tinta y papel.

Nos hicieron así, bohemios, defectuosos, incompletos, inconformistas.

Incomprendidos.

Nos hemos convertido en lo que queda, en las sobras de amores de antaño, en cartas rotas que escribían una historia que ya es imposible de leer. Somos recuerdos de épocas que nos parecen mejores pero que tampoco lo fueron. Somos lo que queda de aquellos veranos de recorrer caminos en bicicleta sin preocupaciones en la cabeza, de saltar desde la cascada sólo para sentirnos vivos y alejar el miedo que tendría que llegar en algún momento inespecífico del futuro.

Y llegó antes de tiempo, lo de abrazarse en la oscuridad bajo las sábanas, lo de mirar por la ventana y ser incapaz de sonreír, lo de callar siempre y aguantar, las pesadillas, abrir los ojos en la madrugada, sentir el corazón salirse del pecho, llorar siempre a escondidas, fingir que todo va bien, encogerse de hombros y asentir.

Pero seguimos pensando que algo acabaría cambiando, que habría más trenes y estaciones.

Por eso resistimos.

Decidimos levantarnos cada día, borrar el rastro de las noches trágicas con agua corriente, colocarnos el reloj en la muñeca, mirarnos al espejo, atarnos los cordones, tragar saliva y salir a la calle como si no tuviéramos problemas.

Y es que el problema somos nosotros mismos, nuestro propio némesis.

No me voy a perdonar nunca esta incapacidad para elegir lo correcto, ni la mala suerte, ni el fracaso constante.

Prometo que esta vez quería que fuera fácil, hacerlo fácil, que fueras tú.

¿Te imaginas que un día somos felices?

¿No?

Yo tampoco.

La gente quiere ser feliz.

La gente quiere ser feliz, sin tener ni idea de lo que es. Tantas definiciones diferentes, tantas maneras de entender las cosas. Como para saber quién tiene la razón, si es que no la tenemos todos.

La felicidad será una mezcla de todo y de nada a la vez, igual que nosotros dos. Un conjunto de salir con los amigos, ver un atardecer sin nervios de por medio, dormir sin preocupaciones, algo de dinero en el bolsillo, un libro por empezar, una cerveza que nunca se acabe, tener una mano a la que apretar siempre que lo necesites, un jardín floreciendo en pleno invierno, un hilo de agua saliendo de un manantial remoto, un pentagrama por escribir, el primer copo de nieve del año, alguna señal que nos permita saber que no lo hacemos todo tan mal.

Nos han prometido que seremos felices en algún momento pero parece que nunca llega, que estamos envueltos de sufrimiento y que cuando las cosas se nos ponen fáciles no las queremos. Estamos hechos de daño, del espíritu de animales en peligro de extinción, y cuando algo es sencillo nos invita a desconfiar con rapidez. Estamos hechos para resistir, aunque haya disparos a nuestro alrededor, y nos metan balas en la carne, y nos apuñalen varias veces en el pecho.

Y es que nos gusta complicar las cosas, hacerlo difícil, poner trabas para justificar por qué actuamos tan mal. Nos gusta la pelea y morder fuerte, y sentir algo de acción en nuestras vidas aburridas. Nos gusta empezar por el final y doler sin motivo. Nos gusta que muera el malo y que al final triunfe el amor, pero nunca le dejamos.

La gente quiere ser feliz, pero cuando de verdad tiene la oportunidad de serlo tiene miedo y se queda parada viendo cómo escapa otro tren, viendo caer las lágrimas por haber vuelto a fracasar.

Llevamos media vida preparándonos para encontrarnos y ahora vamos a permitir que todo se eche a perder. Que tanto abrazo, tanto beso, tanto esfuerzo quede en nada.

A estas alturas yo no sé si es mejor reiniciar el cerebro o el corazón.

La vida es jazz.

Ella hace que todo sea jazz. Improvisado, sencillo, sin que tenga que torturarme por quitarme las zapatillas al llegar a casa. Lo hace fácil, como formar un acorde de séptima mayor, como escuchar a Thelonious Monk disparando sus dedos sobre las teclas del piano.

Y es que lo que necesitamos todos es eso. Alguien que nos ayude a que nuestras vidas no sean un laberinto, alguien que nos saque del abismo, que nos escampe la niebla, que nos señale un sudoku y nos diga la solución.

Deberíamos dejar de complicarnos y hacer las cosas sin preguntarnos constantemente qué van a pensar de nosotros, sin torturarnos por el qué dirán. Deberíamos dejar de asumir que el orden de las cosas es inalterable.

Supongo que la felicidad es tan fácil de conseguir como llenar un vaso de agua, y que sólo depende de nosotros, de las gafas que nos pongamos cuando nos levantamos. Supongo que la felicidad puede ser conformarse, correr o ver la lluvia caer un sábado por la mañana mientras se arruinan todos tus planes de fin de semana.

La felicidad también puede ser que nada vaya bien.

Imagino que lo único que necesitamos realmente es tener a alguien que haga que la vida sea de andar por casa, que nos haga sentir siempre como cuando estamos en pijama y descalzos en el comedor.

Imagino que lo único que necesitamos es tener a alguien que nos traiga una cucharilla cuando hay un café humeante sobre la mesa.

Va a resultar que nos hemos complicado, que hemos pedido imposibles, historias tortuosas, tan venenosas que nos hemos convertido en monstruos. Y no estoy dispuesto de volver a malquerer y que me malquieran para acabar reducido a dolor y medias verdades.

Ella hace que todo sea jazz. Una cadencia tras otra, de esas en las que cada nota te lleva irremediablemente a la siguiente sin tener que pensar.

Y no hay excusas, ni aplausos, y da igual.

La vida es jazz.

Voy a improvisar.