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Bona Esperanza.

Algunos días parezco Hugh Willoughby tratando de volver a casa, quedando atrapado en el hielo, con el Bona Esperanza y toda su tripulación a bordo.

Me invaden las ganas de dejar el frío atrás, olvidar el invierno, el estar solo en un continente rodeado de aguas gélidas; quizá todo es culpa del mes de marzo y que comienza a calentarse el aire y un poco también el corazón, quizá es que cuando nos quitamos los abrigos sonreímos con algo más de ganas y permitimos que nos abracen sin estar muertos de miedo.

O puede que sólo sea la alergia primaveral quitándonos de un estornudo la ropa.

Es tan extraño sentirse bien en medio del caos, sentir que tus piezas encajan mientras las del resto se descomponen.

Es casi ofensivo, hiriente.

¿Por qué siempre acabamos sintiéndonos culpables de nuestra propia felicidad?

Como si no debiéramos, como si no pudiéramos expresarlo en voz alta por miedo a hacer daño a otros.

Aceptamos muy torpemente las buenas noticias, parece que al final no estamos preparados para casi nada.

Ni para la muerte, ni para la vida.

Somos tan complicados.

Y reducirnos a una serie de adjetivos para definirnos es un craso error.

Por eso me quedo callado cuando te miro, porque si hablara podría estropearlo todo.

 

Atmósfera cero.

Me resisto a dejar de quererte, supongo que uno siempre quiere quedarse en los lugares en los que se siente bien y yo siento que respiro sin ningún peso en el espíritu cuando te apoyas en mi pecho, cuando tu frente y la mía reposan la una frente a la otra. Queremos quedarnos en quien tenemos recuerdos felices, en quien nos hace sentir grandes con un gesto pequeño.

Olvidarte es como intentar nadar a contracorriente en un río de aguas bravas, o intentar subir una cascada. Es como si intentaran abrirme el pecho y arrancarme el corazón, como coger aire en atmósfera cero. Hay imposibles que lo son, como que yo me deshaga de todos estos sentimientos adheridos a la piel como si fueran alquitrán y me deje mecer de nuevo por el viento en lugar de navegar a tu deriva.

Hay imposibles que lo son, como que desaparezca de tu lado de un día para otro y aparentar que me da igual, que nada duele, que soy indiferente a lo que sufres en silencio.

Quiero un día levantarme y verte tras de mí en el espejo empañado al salir de la ducha.

Quiero un día levantarme y no sentir que las costillas se me parten en pedazos, que las rodillas no me aguantan, que no puedo pensar en nada que no seas tú.

Sólo se me ocurre decirte algunas cosas, algunas que quizá no he dicho en voz alta porque no encuentro las formas ni el momento indicado. Y es que el instante adecuado nunca llega, tenemos que crearlo nosotros, como aquel día que quisimos rozar nuestros labios sin saber muy bien cómo y entramos en este laberinto en el que no hay salida.

Sólo se me ocurre decirte que voy a ser como un abrazo en pleno mes de febrero, una cama en la que dejarte caer cuando no puedas más, un cigarro encendido en una crisis de nervios, una bicicleta en la que pedalear una tarde de verano, un vaso de agua en un día de resaca, un portal abierto cuando empieza la tormenta.

Sólo que voy a estar cuando mires al cielo y no sepas en quién puedes confiar.

Sólo que mi mano está junto a la tuya, aunque no la veas.

Sólo quiero ser todo lo bueno que te pase, y cuando no pueda serlo iré borrando lo malo a punta de sonrisas y te quieros.

¿Dónde?

En el fondo (y en la superficie) son muchos más mis defectos que mis virtudes y apenas hay un débil rastro en mi interior de esa imagen que trato de proyectar hacia los demás. Soy en realidad tan inseguro, cabezota, cobarde, complaciente y descreído, tengo tan asumido que las cosas en la vida no acaban bien salvo cuando te conformas.

Y yo nunca me conformo.

Y siempre querré más de ti, del postre, del mundo.

Siempre tendré sed, hambre, sueño y la cabeza llena de miedos que dejar perder en cualquier retrete; por eso he aceptado y asumido ya que es imposible lo de llegar a ser feliz, si es que la felicidad finalmente es una meta y no el camino.

Ya no puedo camuflarme, ya no puedo mantener el pecho sellado para que no quede a la vista la verdad que ha estado ahogándome todo este tiempo. Ahora estoy tan expuesto que me siento desnudo en plena calle, como si cualquiera pudiera juzgarme a la primera de cambio. Justo cuando he logrado quitarme las escamas, alejarme del suelo, comenzar a caminar sobre mis dos piernas.

Me he acostumbrado al dolor, a las heridas, a sangrar sin que nadie lo vea.

Me he acostumbrado a sonreír, asentir y fingir que todo va bien, que nada pasa, que puedo controlarlo todo.

Afuera ladran los perros y el sol aguanta un rato más que ayer, y la pólvora me inunda las fosas nasales. Ahora siento esta tristeza removiéndolo todo por dentro y no lo acabo de entender, ni siquiera ahora que marzo asoma por la ventana y el paso de los meses comienza a darme vértigo y a provocarme náuseas.

Has visto que estoy cerrando la puerta y ni siquiera te has levantado para impedir que me vaya para siempre.

He estado con los brazos abiertos siempre para evitarte la caída, atento a los posibles daños, a los efectos colaterales de esta historia, siempre tan alerta que estoy agotado y me duele la cabeza de pensar en decisiones, opciones y resultados.

He estado tan al pie del cañón que ahora me deshago contra el suelo, como aquel cubito de hielo que rozó tus labios.

¿Dónde estás tú cuando más te necesito?

Hoy que flaquea la esperanza.

¿Dónde?

Hoy que no me quedan fuerzas para esperar.

¿Dónde?

Hoy que quiero escuchar tu voz, tocar tu pelo y dormir tranquilo.

Y siempre querré más de ti, del postre, del mundo.

[No me arrepiento.

Ni de ti, ni de mí, ni de nosotros.]

 

 

La larga espera.

Se han agotado los días y lo anuncian en la radio.

La Navidad ha vuelto a colarse entre la gente, para hacernos creer que somos buenas personas, las luces de colores alumbran las calles y los árboles, y se nos vacían los bolsillos mientras otros se llenan las cajas. Parece que ya hemos vuelto a reducirnos a abrazos de cartón y sonrisas escondidas tras champagne barato.

Podríamos cogernos de la mano y pasear entre la hipocresía, ser felices sin necesidad de que sea un día festivo, reírnos de la vida igual que ella se ríe de todos nosotros, burlarnos de la muerte igual que ella se burla de todos nosotros, dejar de enfadarnos con todo aquello que nos sale mal.

Y no dejo de preguntarme, no dejo de lamentarme, no dejo de machacarme, no dejo de estar solo entre toda la multitud que llena las calles peatonales del centro. No dejo de hacerme pequeño, invisible, no dejo de dejar de existir, no dejo de ser mi propio enemigo.

No sé cómo decírtelo otra vez sin sonar a más de lo mismo, pero te prometo que arriesgarse vale la pena. Si nos hemos hecho felices de lejos, imagina lo que podríamos hacer teniéndonos cerca, rozándonos antes de cerrar los ojos y roncar tranquilos.

Yo pensaba que los besos y la música eran excusa suficiente para conseguirlo todo, que mirarse a los ojos y respirar al mismo tiempo servía para quedarse para siempre.

Voy caminando despacio porque no quiero alejarme demasiado, porque no me atrevo, porque tengo que hacer lo último que quiero hacer. Voy haciéndome arañazos en el pecho y en los brazos, voy sangrando tan poco, tan lento que no consigo nada.

No sé si te acuerdas como yo de la falta de vergüenza en las noches y en los bares.

No sé si tú también recuerdas los abrazos silenciosos por la espalda con la cabeza llena de pensamientos contradictorios y ruido.

No sé si tú eres consciente de lo cerca que estamos de tenerlo todo y de no tener nada al mismo tiempo.

No sé si ves que la balanza sigue estando a nuestro favor y que eso sólo puede significar algo bueno.

Nos esperan las sirenas en la orilla, nos esperan los gorilas en la niebla, nos esperan los amantes del círculo polar, nos espera el club de los poetas muertos.

Nos esperan los regalos, los de verdad, los de acariciarse la mejilla y retirarse las lágrimas de emoción, esos que te tienen con el corazón encogido y sin saber qué palabras de agradecimiento pronunciar después de quitar el envoltorio.

Me esperas tú.

Te espero yo.

Balada sobre ti.

Viernes y a estas horas él sonríe, sólo puede sonreír.

Pensar en ella es sentirse tranquilo.

No sabe cómo pero desde hace tiempo los únicos momentos de paz que tiene son los que comparten juntos. Ella consigue que se difumine el miedo, que la inseguridad no pase por la puerta, que los nudos que tiene en la cabeza se desenreden y la cuerda caiga al suelo. Logra que el exterior deje de importar y que no haya sufrimiento, y que lo único importante sea el color de sus ojos. Atrapa todas esas malas vibraciones para tirarlas por la alcantarilla y que se vayan lejos con toda la mierda.

La imagina tumbada sobre la cama, con la respiración lenta del que puede dormir con la conciencia tranquila, tapada hasta el cuello cuando comienzan a bajar las temperaturas. La imagina dando un par de vueltas en la cama antes de decidirse a abrir los ojos, desperezarse y bostezar. La imagina preparándose un café después de lavarse la cara y mirarse al espejo sin saber qué pensar sobre sí misma. Como nos pasa a todos.

Hace tiempo que ha dejado de importarle lo guapa que sea y que todos la miren cuando pasa por su lado, que al final lo que le importa de verdad es que su sonrisa no se mueva nunca del sitio y el corazón se le desboque a cada rato.

Hace tiempo que han dejado de importarle todo lo que ella llama defectos y que a él sólo le parecen rasgos que la hacen única.

Hace tiempo que ha dejado de importarle estar caminando constantemente sobre el alambre y poder caer en cualquier momento, sin paracaídas que le libre del golpe.

Sabe que lo que hace que todo siga creciendo entre ambos es el misterio y los silencios repentinos que hay entre los dos, y también que algunas veces puedan decírselo todo con besos y otras tengan que esquivarse las miradas.

Ella consigue que tenga ganas constantes de volver a conocerla, de tropezarse de nuevo y encontrarse con su mirada al abrir una puerta.

Ella consigue coserle por dentro, dejarle el corazón marcado con hierro candente, bajarle la fiebre, curarle el mal genio, que broten flores de sus heridas; que quiera querer, ganar y sentir.

Y aunque todo parezca una basura, con ella es simplemente perfecto.

[Si me tengo que perder buscando la felicidad, que sea sólo contigo.]

 

¿Qué has hecho todo este tiempo?

Cae el día.

Cae la tarde.

Cae la noche.

Y yo sin ti.

Yo, que te había prometido cuidarte aunque tú no quisieras hacer lo mismo por mí.

La casa vuelve a oler mucho a café y a páginas de libros viejos.

Ya no me gusta salir los fines de semana.

He perdido el miedo.

Y ahora sólo gana la tristeza y esta imposibilidad de dejar de pensar.

No somos conscientes de lo que ha pasado, ni de lo que tenemos. No somos conscientes la mayoría de las veces del camino recorrido, ni de los obstáculos que hemos ido saltando casi sin darnos cuenta. Tampoco somos conscientes de que tenemos la felicidad al alcance de la mano y no queremos agarrarla, con lo sencillo que es todo cuando quieres a alguien de verdad. Con lo sencillo que debería serlo.

Sólo intento que veas continuamente de lo que soy capaz si no tiro la toalla, de lo que se puede conseguir si nunca agachas la cabeza aunque todos los días parezcan igual de grises y sin sentido. Sólo intento que abras los ojos y me mires, porque no es tan difícil llegar a donde quieres, a quien quieres, como quieres.

Yo sólo quería que nadie pudiera detenernos, que no se nos acabaran las ganas de querer más, que no nos cansáramos de ver siempre el mismo atardecer, que nunca hubiera incomprensión, ni un mal gesto, ni la posibilidad de fallarnos el uno al otro.

Yo sólo quería tener que entrar al baño a mear mientras te maquillas porque no aguanto más, apagar el despertador miles de veces antes de querer levantarnos de la cama al mismo tiempo, comer a las cinco de la tarde porque no queremos movernos del sofá.

Sentarnos en cualquier bar y que pasen un par de horas entre risas.

Y tú, ¿qué querías? No lo sé porque nunca te atreviste a decirlo en voz alta y puedo jurar que yo estaba dispuesto a escuchar. Estoy dispuesto a escucharte siempre, a escucharlo todo.

Yo lo he intentado todo, lo sigo intentando siempre.

Y tú, ¿qué has hecho en todo este tiempo?

Lo que de verdad me rompe el corazón es ver que ni siquiera lo has intentado, ni siquiera me has tomado en serio, ni siquiera has creído en nosotros.

Stormy weather.

Suena en casa el Stormy weather de Billie Holiday y respiro hondo. La lluvia ha vuelto a traer aire limpio con el que poder llenar los pulmones y ha hecho bajar las temperaturas hasta hacernos recordar de qué trata el otoño habitualmente, y yo me siento estos días como esas hojas mojadas que se acumulan en las tapas del alcantarillado. Soy un simple estorbo para que el agua pueda correr libremente y seguir su curso. Soy sólo una piedra, una roca que ha caído en un derrumbamiento y se encuentra en medio del camino. Soy una molestia, un deshecho, un portazo a destiempo.

La idea, convertida en sensación, de que no pertenezco a ningún sitio, de que soy bien recibido en todas partes pero no tengo espacio en ninguna no hace más que acrecentarse con el transcurso de los días. Tengo la impresión de que ya no tengo hueco entre tus brazos, de que quieres que el juego llegue a su fin, de que me empujas y me dejas al otro lado de la puerta después de cerrarla. Tengo el presentimiento de que me estás convirtiendo en un extraño a conciencia, para que todo sea más sencillo.

Puedes intentarlo, con todas tus fuerzas si quieres, puedes intentar alejarme cuanto quieras. Pero te digo ya, con gesto serio además, que no va a surtir efecto.

¿Sabes cuándo voy a estar ahí? Cuando más lo necesites, cuando todo se derrumbe y creas que no quedan motivos para sonreír.

¿Sabes cuándo voy a estar ahí? Cuando digas que eres feliz pero los ojos no te brillen, cuando mires al vacío esperando encontrarme para sacarte del agua.

¿Sabes cuándo voy a estar ahí? Cuando esté herido y no quieras verme sangrar.

No sé por qué ya no se ve el sol en el cielo, no sé por qué hace este mal tiempo desde que no estamos juntos viendo caer la noche tras las ventanas.

Y es que las tormentas son mejores si estoy susurrando en tu oído un te quiero que apenas quieres escuchar.

Y es que las nubes grises son incluso bonitas si las miro junto a ti.

Y es que los relámpagos me hacen pensar en los destellos de tu pelo en los días soleados, en el brillo de tus ojos, en tu sonrisa clara.

Y es que las tempestades me recuerdan a cómo llegaste tú a mi vida y le diste la vuelta a lo que quedaba de mi corazón.

Que siga lloviendo, que llueva mucho pero sólo si vas a venir a verlo conmigo.

[Escucha la canción, piensa en mí.]