Etiqueta: evolución

Nuestro Big Bang.

Todo comenzó hace millones de años.

En el espacio.

La unión de partículas básicas comenzó a crear elementos, elementos que se atraían entre ellos y en algún momento que no acabamos de conocer demasiado bien surgió la vida, en medio de un caldo mágico. Vida microscópica que poblaba el planeta, que comenzaba a llenar de movimiento la tierra, el agua y el aire.

La física y la química jugando a ser Dios.

Células procariotas y eucariotas llenando cada centímetro del nuevo planeta vivo.

Más tarde, mucho más tarde, óvulos y espermatozoides se unieron, transformándose el uno al otro, evolucionando hacia un nuevo ser. Y los continentes se rompieron, y vagaron hasta quedarse en su sitio.

Un latido cardíaco.

Sangre en movimiento.

Oxígeno entrando en el cerebro.

Dinosaurios, extinciones, meteoritos y fuego en las cavernas. Volcanes en erupción, frío glacial, supervivencia extrema. Rugidos lejanos, magia con sangre en las manos, pirámides de piedra y emociones. Filosofía en el foro, ejércitos con afán conquistador y derecho romano. Médicos árabes, la Ruta de la Seda y la Gran Muralla China. Mazmorras, princesas sin apuros, reyes sin reino. Ángeles sin sexo y demonios con mucho. Guerras injustas, cuadros colgados en iglesias, música de trovadores, revoluciones en la sombra y a la luz. Mentiras en boca de charlatanes, drogas para quitar el dolor, televisión en blanco y negro, el tren bala y el wifi.

Vida nueva sobre vieja.

Eso somos.

Sólo eso.

Cromosomas extras, alteraciones genéticas, cambios en las proteínas, disfunciones, enfermedades.

Noches y días, Copérnico, el cometa Halley, eclipses de sol, Júpiter en el cielo, constelaciones, agujeros negros y astrología barata.

Y llegamos nosotros, tal cual somos, mientras en nuestro interior la maquinaria no deja de funcionar a diario, quemando leña en nuestro motor interno, mandando señales, recogiendo información, abriendo los ojos, cerrando las manos, rezando en silencio a la nada.

Sube la serotonina, se dispara la dopamina, cae la noradrenalina, se contraen las suprarrenales, se exprimen y el sudor cae sobre la piel sin necesidad de que sea quince de Agosto.

Feedbacks negativos que regulan nuestras glándulas y órganos, que hacen subir y bajar los niveles en sangre, que nos mantienen vivos a expensas de lo que pase en el mundo exterior. Más allá de la seguridad de nuestra carne y las paredes de nuestro hogar.

Semen, bilis, sangre y lágrimas, tan básicos y tan complicados como eso. Estamos tan llenos de fluidos como de esperanzas.

Somos idas y venidas hasta que nos agotamos, hasta que se nos desgasta el cuerpo y deja de funcionar sin que tenga posibilidad de reparación. Entonces formamos parte del ciclo de un modo u otro, nos volvemos a convertir en aquello invisible, intangible y fundamental que conforma el Universo.

Pasamos de ser cenizas a hacer crecer una rosa roja en medio de la nada.

Con esa misma naturalidad con la que llega la primavera, el miedo, la lluvia o la muerte a nuestras vidas llegó ella, cambiándolo todo. Cambiándome a mí, creando cimientos fuertes sobre los cuales echar raíces, crecer sin miedo. Llegó quitándome el peso de la espalda, el dolor del pecho, la falta de aire, la migraña y la inseguridad. Llegó haciendo que hasta un día de ciclogénesis explosiva pareciera el paraíso perdido.

Me abrió la boca y me cerró las ventanas para que dejara de tener frío cuando no estaba.

Vimos juntos del blanco al negro, pasando por el resto de colores del espectro visible. Había arco iris en el cielo y en sus ojos después de la lluvia escasa de estos tiempos modernos.

La ciudad y el mundo eran secundarios al ir de la mano, cuando nos besábamos debajo del muérdago con las luces de Navidad de fondo, con la gente mirando de reojo. Todo cobraba sentido de pronto, todo tenía un motivo. Una razón para seguir latiendo y respirando.

No somos conscientes de la importancia que tiene el hecho de que exista alguien por quien vale la pena ver amanecer un día más, que nos saque una sonrisa a kilómetros de distancia, que nos haga vibrar sin necesidad de tocarnos la piel ni de mirarnos a los ojos.

La mañana significaba besos, café y risas contra el cuello; pero sobre todo futuro. Esa pequeña luz entre las ruinas que te rescata de ti mismo, esa extraña paz de saber que existe alguien que lloraría tu ausencia, que se acordaría de tu cumpleaños, que te daría un abrazo sin preguntar si lo necesitas porque sabe leer tus ojos, que te pondría el termómetro de madrugada y te cuidaría como si fueras de nuevo un niño que no sabe ni tan sólo atarse los zapatos.

Nos transformamos el uno al otro, con las manos, con los labios, con las miradas, con el silencio. Evolucionamos en el mejor o en el peor sentido de la palabra. Nos susurramos verdades al oído, nos escuchamos latir, nos vimos arder sujetándonos las muñecas contra la almohada.

La mayor fuerza de creación y destrucción de la naturaleza debe ser el amor o, al menos, eso creo. Del amor surge nueva vida, de amor se puede morir; y dicen que también comenzar de cero.

El amor debería ser un treinta y uno de diciembre permanente, con sus buenos propósitos, con sus buenas intenciones, con sus ganas de darle la vuelta a todo y remover las corrientes más profundas. El problema de los propósitos de año nuevo es que la mayoría de las veces no se cumplen, por supuesto. Pero lo intentamos con ganas al principio, después tengo la sensación de que sólo lo intenté yo.

Nos fuimos deshaciendo como dos cubitos de hielo delante del fuego y lo pusimos todo perdido de agua y ganas, de pasión y temores. Compartimos cama, lágrimas y viajes en coche. Compartimos dedos entrelazados, gemidos y botellas de vino. Compartimos un poco de vida sin necesitar de nadie más. Nos compartimos, nos partimos por la mitad, nos probamos, nos unimos, nos montamos como se hace con cualquier puzzle de más de mil piezas. Con dificultad.

Caímos al vacío después de noches de alcohol y guerras de lenguas, y cuerpos sobre el colchón de una fría habitación. Nos dejamos caer, sin impedirlo, sin intentarlo, sin apenas darnos cuenta, sin mirarnos a los ojos.

Hicimos el amor en todas sus variantes, hicimos la fotosíntesis. Conseguimos que todo fuera una nueva metamorfosis, haciéndonos heridas y sellándolas con saliva.

Nos rompimos en la mejor noche de mi vida.

Tuvimos nuestro momento de gloria.

Fuimos esa película de cine mudo que de pronto tuvo voz, esa sonata de Mozart que dio paso a la complejidad de Beethoven, esa rima de Bécquer que inspiró a Benedetti, ese río que desemboca en el mar, ese cuadro de Dalí que se derrite hasta caer, esa cumbre que está tan cerca del cielo que hace que se te olvide lo que es vivir con los pies en la tierra.

Fuimos mejores que cualquier amor de los que escribió García Márquez, y todavía lo somos. A pesar de todo, a pesar del viento contra las ventanas, del nudo en la garganta, de las noches en vela preguntándome si estarás pensando en mí, de la angustia en la boca del estómago.

La humanidad ha dejado atrás la Inquisición, las guerras mundiales, la crisis económica, la burbuja inmobiliaria, la subida del precio de la gasolina, el gol de Iniesta, las muertes del club de los 27, la estación espacial internacional. Y nosotros dejamos que pasaran los meses sin mover ninguna ficha en el tablero de ajedrez, sin tener muy claro cómo queríamos que acabara la partida en la que nos habíamos visto involucrados después del inesperado encuentro de nuestras caderas, de nuestro fuego perpetuo. Dejamos que las cartas sin leer se acumularan en el buzón de casa con tal de no saber a dónde teníamos que llegar.

Permanecemos en pie mientras el mundo sigue girando sobre sí mismo y viajando alrededor del sol a su ritmo habitual, con una cadencia constante. Hay nubes creándose y desapareciendo, lluvias torrenciales destrozando regiones, olas gigantes barriendo costas mar adentro, huracanes tragando personas, incendios cubriendo el cielo de humo.

Y siento otro beso que parece una gota de agua en medio del desierto, otra mirada que se convierte en la luz que me guía por el sendero, otra caricia que trae el olor de flores secas y pintura, otro abrazo que deshace mi roca y me convierte en arena.

No quiero soltarte las manos, ni volver a sentirme descalzo, ni tener que jugar solo, ni seguir haciéndome pequeño, ni castigarme eternamente por haberte perdido en medio de esta jungla ordinaria.

No quiero perder más asaltos en un combate a vida o muerte.

La mezcla de almas, el fuego fatuo junto al cementerio, el viento dejándonos sin ropa, ni miedos, vaciándonos de vida y sueños. Las auroras boreales esperando a que podamos verlas juntos, Lisboa guardándonos sitio en sus viejos tranvías, Santiago adelantando el verano para que vayamos a escondernos en su catedral, el Born encendiendo las farolas para que nos besemos en cada uno de sus pequeños portales.

Sólo quiero perdonarte, perdonarme, perdonarnos, olvidar el daño. Sólo quiero mirarte de nuevo mañana.

Todo comenzó hace millones de años para acabar aquí.

En el fin del mundo.

Justo aquí, donde estoy yo sin ti.