Etiqueta: esperanza

Cuentos chinos.

Mentira, incomprensión y calor en las calles.

Hay desiertos sin oasis en nuestros corazones.

Estamos en ese tiempo en el que lo del vive y deja vivir no se lleva demasiado bien. Nos molestamos a todas horas y bailamos con los codos abiertos para joder al de al lado si es posible.

Tenemos que indignarnos por todo, quejarnos hasta de nosotros mismos y no asumir las consecuencias de nuestros actos.

Hemos vuelto a la infancia con cuerpos de adulto y damos más pena que asco.

Para estar en verano sólo veo días grises por delante. La suerte siempre acaba marchitándose, como esas flores delicadas que necesitan de la sombra y el agua para crecer.

Voy a admitir que la esperanza me dura menos que la mayoría de suspiros, y que las noches de silencio no hacen más que alargar mi sufrimiento.

Hay tantos reproches, tantas situaciones, tantas palabras que no me valen la pena. Hay tantas noches en vela sin llegar a nada.

He vuelto a no poder dormir, a ver tus ojos grabados en mi memoria, a no tenerte. Ha vuelto a darme igual que llueva o que haga sol, que cierren los bares, que griten los vecinos, que me visite el pasado y me seduzcan las sirenas con sus cantos.

Acabo por pensar que voy a desaparecer antes de tiempo, que voy a enrolarme en el primer barco que zarpe del puerto más cercano para no tener que afrontar la realidad y su risa estridente.

Creo que es tiempo de ir recolectando recuerdos para que me acompañen allá donde vaya, donde no sepan tu nombre, donde no sepan tu historia, donde yo sólo sea un grano de arena más en medio de una playa donde van los viejos navíos a morir.

Cuando me busques puede que yo ya no esté, voy a ser tan sólo una huella a punto de desaparecer en medio del camino.

¿Seré tan sólo otro más de tus cuentos chinos?

Perdición.

Pasear en solitario por las calles encendidas de una ciudad que ha estado dormida durante décadas y que ahora empieza a bostezar. Dar un paso tras el otro pensando que podríamos ir cogidos de la mano, que nos daríamos un beso torpe en cada semáforo y que cruzaríamos con alguna risa estúpida los pasos de peatones. Perderme en tu mirada después de hacerte veinte fotos y que no te guste ninguna, que me robes el postre y me muera de rabia, que corras entre la gente y se me pongan rojas las orejas.

Y sin embargo, no, no hay nada de esa realidad fingida en la que tanto me gusta vivir, y sólo me tengo a mí mismo y a nadie más. La fachada sonriente del no pasa nada, el hablar con los amigos como si por dentro no estuviera en carne viva y con los sentimientos en ruinas a punto de venirse abajo, el sonreír en cada comida familiar como si no te sintieras igual que un león encerrado en una jaula.

Cuando abres los ojos y afrontas el día con tu propia respiración todo se ve diferente, sin nadie a quien agarrar del brazo cuando tropiezas o necesitas parar a coger fuerzas, sin un abrazo que te haga pensar que no todo es crudo invierno, sin una caricia a tiempo que te salve del lodo y las pesadillas que te despiertan cada noche.

Un lobo sin manada, que vive en una cueva de la que no quiere salir. Protegido, seguro, cómodo en el silencio de un aullido nocturno que no inquieta a ninguna luna. Un viejo lobo que sobrevive a base de cigarros, bourbon barato y novela negra, que tiene los armarios llenos de camisas que ya no quiere ponerse y que sueña con ella cada vez que calla más de dos segundos.

Perdición, ella es toda perdición. El dulce veneno de necesitarla y no tenerla, la muerte lenta del amante que espera una tregua o la Rendición de Breda. Que hablar contigo siempre me calienta las entrañas y enciende la luz, y me hace ver esperanza entre tanta niebla espesa.