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La piel cansada.

¿Que si me acuerdo de la primera vez que te vi? ¿Cómo no iba a hacerlo? Si aún te miro como entonces, como si todo fuera nuevo, como si fueras un regalo al que estoy quitando el envoltorio con prisa porque me muero de ganas de ver qué hay dentro, como si no supiera lo que hay detrás de tu sonrisa y tu mirada, como si no supiera que tras la ropa sólo hay piel cansada y lágrimas saladas.

Estamos hechos de cosas que no se olvidan y vacío, de pequeños fragmentos de pasado y deseos, de esperanza y viejas historias.

Yo no sé si mañana vamos a ser sólo aire o si vamos a estar bajo la misma piel de lobo manteniéndonos lejos del frío. Ni siquiera sé si voy a verte despertar algún día más, ni siquiera sé si voy a despertar algún día más. Tampoco sé si habrá dinero o si me queda café en la despensa y puedo seguir viviendo, o hacer lo que hago.

Pero no importa, lo que importa es que estoy aunque no me veas, aunque no puedas tocarme cada vez que quieras.

Estoy.

Justo a tu lado.

Estoy como está una sombra, o una huella sobre la arena, sin que te des cuenta, sin que le des importancia. Pero no somos nadie sin sombra. Mira lo que le pasó a Peter Pan, que huía de ella, y cuando la perdió y volvió a encontrarla tuvo que acabar cosiéndola. Porque tenemos miedo a todo eso que es parte de nosotros mismos, porque intentamos no ver ni mirar hacia dentro, porque no sabemos qué hacer con nuestros sentimientos llenos de nudos ni sabemos mirarnos al espejo sin cerrar los ojos. Tememos hacernos adultos, crecer, ser responsables, y asumimos que algunas cosas no deben cambiar para no tener que volver a empezar.

No creas que me pasan estas cosas con cualquiera, que nadie me ha hecho perder el sueño como tú, que nadie me ha hecho temblar en la oscuridad como tú, que nadie me ha besado con prisa como tú lo has hecho, que nadie me ha borrado las dudas de golpe como tú lo has hecho.

Escribiría por ti miles de páginas sin esfuerzo, y sonreiría cuando las nubes grises se posaran sobre nosotros, cantaría desafinando después de dos cervezas si es cuestión de reír contigo. Si tuviera que elegir te salvaría a ti de cualquier desastre.

Quizá por eso yo lo tengo todo tan claro y tú no.

Camino.

[Obligatorio leer con esta banda sonora.]

A veces camino como si la banda sonora de mis días fuera una melodía de piano solitario, como si fuera incapaz de despegarme de ese aura gris que creo que me envuelve siempre, como si las calles no estuvieran inundadas de rayos de sol aún en pleno invierno, como si no tuviera a nadie dispuesto a darme un abrazo para salvarme de todo pero por encima de todas las cosas para salvarme de mí mismo.

A veces camino como si supiera lo que es realmente la tristeza, como si la vida fuera un campo de concentración ya vacío, como si yo también estuviera hecho solo de huesos y recuerdos destrozados, como si me hubiera sentido abandonado por todos en algún momento, como si hubiera mirado al monstruo directamente a los ojos justo antes de escaparme de sus garras.

A veces camino como si un violín viejo sonara en la última esquina del barrio y me llegara su re sostenido demasiado alto, como si la esperanza estuviera oculta entre los edificios de cuatro alturas que aún dejan pasar el viento en las peores noches, como si las lágrimas pudieran acabarse algún día, como si la niebla no fuera a taparlo todo durante el mes de diciembre, como si los besos entre nosotros no fueran a extinguirse antes de tiempo.

A veces camino como si la música nos pudiera salvar de los peores sentimientos, porque lo hace, porque hay acordes que te arrancan la melancolía de un golpe y te sacan una sonrisa, que te recuerdan a alguien y rememoran imágenes en tus retinas, que te ponen los pelos de punta y te hacen sentir tranquilo, que te traspasan y te desmontan para que puedas empezar de cero.

A veces camino como si estuvieras conmigo, como si todo no fuera tan malo, como si me conformara con tenerte a medias, como si no importara nada. Porque en el fondo supongo que nada importa más allá de querer y demostrarlo, de estar siempre que me necesites, de verte sonreír y que te brille la mirada, de acariciarte la mejilla y que el mundo se haga pequeño a tu lado, de quedarme sin palabras para decirte todo lo que siento y pienso.

De vez en cuando suena una triste melodía de piano para recordarme lo mucho que te echo de menos.

Déjame ser tu dragón.

El día que te quedes sabré que aún hay esperanza para nosotros. Pensaré que el mundo todavía se puede salvar.

En mis sueños hoy has vuelto a dejarme tirado en la cama, dormido, mientras te escabullías de las sábanas en silencio y paseabas desnuda por la casa a oscuras. Has vuelto a huir como sólo saben hacer los más cobardes. Has vuelto a dejar que me crezca la tristeza en el pecho al despertar sin ti.

Algunas cosas no deberíamos permitirlas jamás como que aquellos que más queremos sean los que más daño nos hagan. Paradójica la debilidad y la fortaleza que nos da el amor simultáneamente.

Volvemos siempre al punto de inicio, la rueda siempre gira otra vez, y estoy ya metido en un caleidoscopio que me distorsiona la realidad que me toca vivir.

El tiempo se ríe de nuevo, juega conmigo. No sé por qué siempre acabo yendo a contratiempo, contando días, meses, horas. Tratando de hacer cálculos, por si las cosas pueden cambiar y aún puedo salvarme contigo de la mano. Estamos a tiempo de coger otro tren, de ir los dos en el mismo vagón, de llegar a cualquier parte.

Hace meses que estoy perdido en este vacío que hemos dejado crecer entre nosotros cuando yo sólo quiero tenerte cerca, cuando todavía quiero que pase algo que de la vuelta a la partida, que haga caer las fichas del tablero, que nos obligue a empezar de nuevo. Quizá debí apartarme aquella primera vez, cuando sólo me había quemado la punta de los dedos, cuando aún podía curarme rápido, cuando aún sabía correr en dirección opuesta a ti.

Ahora el hielo crece lento entre los dos, nos separa poco a poco, nos distancia sin que queramos o quizá porque es lo que realmente que queremos y no somos capaces de decirlo con sinceridad, igual que no hemos sido capaces de tantas cosas durante todo este tiempo. Supongo que el invierno nunca se ha ido completamente de los dos, que estamos dejando que nos mate el silencio y el rencor sin que nos demos cuenta.

Tenemos nuestros propios infiernos, nuestros propios demonios que no nos dejan alzar el vuelo, que sólo nos hacen naufragar. Y yo sé, después de todo, que mi sitio es contigo, que no quiero perderme en ningún otro mar, que no quiero buscar alas nuevas porque no van a hacerme volar como tú.

Contigo soy, desde el inicio, Ícaro volando demasiado cerca del sol, pero es que estar contigo ha sido la única forma de sentirme vivo de verdad.

Y sabes tan bien como yo que todos los príncipes de las historias son imbéciles por eso yo sólo quiero ser tu dragón.

Náufragos en el s. XXI

A mí me da la risa cuando veo que el mundo sigue girando y que yo giro con él, porque pensaba que no me iba a levantar jamás de algunos golpes, que no iba a olvidar nunca algunas palabras y lo he hecho. Mírame, muy a tu pesar, sigo vivo. Tengo el Universo sobre mi cabeza cada noche y el suelo bajo mis pies.

Y, a pesar de todo, estoy lleno de esperanza. O medio lleno, siempre me queda un rescoldo de gris y cenizas, de melancolía intrínseca, añoranza, nostalgia, noches de tristeza inabarcable.

Sigue rugiendo el mar, llorando el viento, riendo la brisa, danzando las hojas, fluyendo los ríos. Todavía recuerdo hacer nudos marineros y cogerte la mano para correr los días de verano entre los escasos coches que circulan por la ciudad. Todavía recuerdo beber contigo y que al día siguiente me doliera todo el cuerpo. Todavía recuerdo sudar en la misma cama y ahuyentar las malas sensaciones con un beso húmedo. Todavía recuerdo el miedo al primer desnudo contigo, la inseguridad del primer te quiero en la bendita oscuridad.

He oído historias de algunos lugares lejanos, de esos que tú y yo no hemos visitado jamás. Historias de grandes ciudades venidas a menos, de amores eternos que se acabaron por culpa de dioses estrictos, de hombres y mujeres valientes que murieron en las guerras más absurdas, de tesoros escondidos en las cuevas más recónditas, de tumbas sin nombre y monumentos en ruinas.

He leído tu futuro en las estrellas y es mejor de lo que piensas, y yo estaré tan lejos que cuando pronuncien mi nombre no recordarás quién era, ni que te gustaba acurrucarte junto a mí, ni que cerrabas los ojos y disfrutabas de la calma conmigo.

He leído tu futuro y no recordarás nada.

Y yo seguiré bebiendo, escribiendo en folios en sucio imaginando lo que pudo haber sido y se quedó en el camino, lamentándome siempre en medio de un banco del parque, machacándome los nudillos contra cualquier pared maltratada del barrio, viendo a los niños jugar sintiéndome cada vez más viejo y solo.

He leído tu futuro y yo no estoy en él.

Pero aquí sigo, y estoy perdido y me muero de frío.

Contigo acabo siempre siendo un náufrago de mi propio corazón.

Rescátame esta vez. Te lo pido.

Y nunca pasa.

Parece que algunas personas no se dan cuenta de que el resto no somos objetos, que no somos de usar y tirar, que aunque parezcamos muros infranqueables por fuera acabamos siendo frágiles como una lágrima al resbalar por la mejilla. Y hay quien hace caso omiso y te utiliza como un trapo cuando le apetece, y te sonríe una vez y te gira el rostro otras diez. No sabes por qué pero tú sigues ahí siendo el sparring perfecto, la almohada en la que apoyarse cuando duele la cabeza, la luz cuando da miedo la oscuridad, el hombro en el que llorar.

¿Y para qué?

Para nada, hay personas que lo confunden todo, el amor, la amistad, los lazos de sangre, con el egoísmo, y nadie se merece eso. Nadie merece que lo utilicen y luego se olviden de él en la primera curva y lo dejen olvidado porque no se lo pueden llevar al hotel de vacaciones, como a aquel cachorro que comprasteis en Navidad y que ahora supone una carga. Y es que si no estás dispuesto a cuidar a alguien no le preguntes cómo está, si no estás dispuesto a besar a alguien no le llames por las noches, si no le echas de menos no se lo escribas jamás.

Se nos da muy bien crear falsas expectativas en los demás y hacer que la esperanza crezca para después derribarla con sólo un golpe del dedo índice. Y no sabemos el daño que hacemos, no sabemos el dolor que provoca romper una ilusión moldeada con mimo y delicadeza.

Es como cuando yo abro los ojos y espero que estés conmigo.

Y nunca pasa.

Como cuando pienso que vas a estar esperándome con una sonrisa cuando abra la puerta.

Y nunca pasa.

Como cuando suena el teléfono y veo tu nombre en la pantalla.

Y nunca pasa.

Como cuando necesito tu abrazo y un beso en el cuello.

Y nunca pasa.

Como cuando sólo quiero tumbarme en el sofá contigo y que pasen las horas sin que importe el tiempo.

Y nunca pasa.

Yo no sé qué hice en las otras vidas, pero te aseguro que en esta ya he recibido de sobra mi castigo, que he cumplido mi pena, que arrastro mi condena. Y no sé por qué sigo estando aquí, en la línea de salida, esperando a que vengas a por mí.

 

La muerte lenta del corazón.

Hace calor.

El amparo de la noche ya no es suficiente para mantenerse a salvo.

Y es que no lo estamos.

Somos víctimas de nosotros mismos, de nuestros sueños, de proyectos, de mentiras, de autoengaños, de obligaciones que no queremos tener pero que sacamos adelante de la mejor forma que sabemos.

Existen ciertas cosas en esta vasta existencia destinadas a no suceder, destinadas al tibio fracaso por mucho que intentemos lo contrario.

Como tú y yo, que ya somos sólo un poco de chatarra abandonada en algún camino que sólo se transita un par de veces al año.

Se ha esfumado todo, como lo hace el vaho en el mes de octubre.

Has hecho que desaparezca como un trilero hace con la bola, como un político hace con el dinero, como un asesino hace con sus víctimas.

No queda ya esperanza, y mucho menos quedan fuerzas.

Me has dejado en los huesos a nivel emocional y ahora no creo que me recupere y pueda ser el mismo. Tengo un velo en la mirada, unas ojeras cada vez más marcadas, un pensamiento más endeble.

Esperaba que las cosas después de tanto tiempo transcurrido fueran diferentes, muy diferentes, pero nunca hice caso a tus advertencias de principio de viaje. Esperaba que lucharas un poco, que valiera la pena, que todo este desierto indómito y salvaje se llenara de cálidos oasis en los que dejarse llevar por tu piel.

Y el fallo es mío.

Una vez más.

Por intentar cambiar ciertas cosas, que ya sabemos que lo que está escrito en piedra no se modifica jamás. Y admito que no he podido, que vuelvo a ser un caballero al que ha matado el dragón.

Con lo sencillo que debería ser vivir y ni siquiera sé hacerlo bien. Otro de esos múltiples fallos de mi sistema nervioso central.

Con lo sencillo que habría sido un buenos días, un beso en la nuca, el olor a café recién hecho, la ropa interior sobre la cama, salir desnudo de la ducha y toparme con tu sonrisa.

Con lo sencillo que habría sido y lo que duele ver que no.

Es jodido encontrar al amor de tu vida, disfrutarlo, creerlo, y que luego se quede siendo otro imposible más, que se te escape entre los dedos como lo hace el agua fresca de un arroyo. Que se quede ahí, siendo otra grieta más que soportar hasta acabar por romperte con un simple roce.

Yo no sé si aguantaré más golpes y caídas, con esto ya he tenido suficiente. Y creo que ya necesito de todas las velas, linternas y antorchas para caminar entre esta oscuridad interior que no deja de crecer y que empieza a asfixiarme con su abrazo mortal.

La muerte lenta del corazón.

La historia de perdición de cualquier ser humano.

Una historia de amor.

Ojos de mar.

La vida ya no tiene ni rastro de esperanza.

El futuro es un desierto que no tengo fuerzas para cruzar. Y tampoco tengo ganas de arrastrar mis pasos entre la arena, sorteando los peligros que me pueda encontrar. Sólo quiero cavar un agujero lo suficientemente hondo como para meterme en él, cubrirme de arena y dejar que la falta de aire en mis pulmones y el tiempo hagan el resto.

La mirada triste, el latido débil.

Y ni siquiera camino como si quisiera llegar a alguna parte de verdad. Me muevo con la misma inercia con la que se mueven las hojas de un árbol cuando sopla el viento. Me muevo porque si estoy mucho tiempo parado alguien toca el claxon y me hace avanzar un par de metros para dejar de obstaculizar el camino. Al final caes en la cuenta de que sólo eres un estorbo, otro muro, una puta pared, otra piedra a la que golpear y alejar para poder andar.

Acabo siendo siempre un tronco caído en medio del sendero.

Acabo siendo siempre un lastre que hay que abandonar y soltar.

Y sigo sin tener a nadie a quien aferrarme, porque cuando necesitas una mano casi todo el mundo acaba escondiéndola detrás de la espalda y mira hacia otro lado.

Joder, qué triste, que a pesar de los años no haya nadie que quiera quedarse junto a ti, y darte un abrazo, y susurrarte bajito que al final todo irá bien, aunque sea mentira. Porque, al final, las cosas nunca van bien pero necesitamos creer en ese engaño para poder levantarnos cada día y fingir que hacemos algo valioso con nuestras vidas. Somos una puta mota de polvo en la infinidad del Universo y ni uno solo de nuestros actos servirá para nada, ni una sola de nuestras acciones cambiará el curso de la Historia. Ni una sola.

¿Cómo no voy a tener los ojos llenos de mares?

Si sólo quiero llorar, llover, acurrucado contra ti.

Y que, por favor, se acabe el verano y todas esas pesadillas en las que no estás.