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Náufragos en el s. XXI

A mí me da la risa cuando veo que el mundo sigue girando y que yo giro con él, porque pensaba que no me iba a levantar jamás de algunos golpes, que no iba a olvidar nunca algunas palabras y lo he hecho. Mírame, muy a tu pesar, sigo vivo. Tengo el Universo sobre mi cabeza cada noche y el suelo bajo mis pies.

Y, a pesar de todo, estoy lleno de esperanza. O medio lleno, siempre me queda un rescoldo de gris y cenizas, de melancolía intrínseca, añoranza, nostalgia, noches de tristeza inabarcable.

Sigue rugiendo el mar, llorando el viento, riendo la brisa, danzando las hojas, fluyendo los ríos. Todavía recuerdo hacer nudos marineros y cogerte la mano para correr los días de verano entre los escasos coches que circulan por la ciudad. Todavía recuerdo beber contigo y que al día siguiente me doliera todo el cuerpo. Todavía recuerdo sudar en la misma cama y ahuyentar las malas sensaciones con un beso húmedo. Todavía recuerdo el miedo al primer desnudo contigo, la inseguridad del primer te quiero en la bendita oscuridad.

He oído historias de algunos lugares lejanos, de esos que tú y yo no hemos visitado jamás. Historias de grandes ciudades venidas a menos, de amores eternos que se acabaron por culpa de dioses estrictos, de hombres y mujeres valientes que murieron en las guerras más absurdas, de tesoros escondidos en las cuevas más recónditas, de tumbas sin nombre y monumentos en ruinas.

He leído tu futuro en las estrellas y es mejor de lo que piensas, y yo estaré tan lejos que cuando pronuncien mi nombre no recordarás quién era, ni que te gustaba acurrucarte junto a mí, ni que cerrabas los ojos y disfrutabas de la calma conmigo.

He leído tu futuro y no recordarás nada.

Y yo seguiré bebiendo, escribiendo en folios en sucio imaginando lo que pudo haber sido y se quedó en el camino, lamentándome siempre en medio de un banco del parque, machacándome los nudillos contra cualquier pared maltratada del barrio, viendo a los niños jugar sintiéndome cada vez más viejo y solo.

He leído tu futuro y yo no estoy en él.

Pero aquí sigo, y estoy perdido y me muero de frío.

Contigo acabo siempre siendo un náufrago de mi propio corazón.

Rescátame esta vez. Te lo pido.

Y nunca pasa.

Parece que algunas personas no se dan cuenta de que el resto no somos objetos, que no somos de usar y tirar, que aunque parezcamos muros infranqueables por fuera acabamos siendo frágiles como una lágrima al resbalar por la mejilla. Y hay quien hace caso omiso y te utiliza como un trapo cuando le apetece, y te sonríe una vez y te gira el rostro otras diez. No sabes por qué pero tú sigues ahí siendo el sparring perfecto, la almohada en la que apoyarse cuando duele la cabeza, la luz cuando da miedo la oscuridad, el hombro en el que llorar.

¿Y para qué?

Para nada, hay personas que lo confunden todo, el amor, la amistad, los lazos de sangre, con el egoísmo, y nadie se merece eso. Nadie merece que lo utilicen y luego se olviden de él en la primera curva y lo dejen olvidado porque no se lo pueden llevar al hotel de vacaciones, como a aquel cachorro que comprasteis en Navidad y que ahora supone una carga. Y es que si no estás dispuesto a cuidar a alguien no le preguntes cómo está, si no estás dispuesto a besar a alguien no le llames por las noches, si no le echas de menos no se lo escribas jamás.

Se nos da muy bien crear falsas expectativas en los demás y hacer que la esperanza crezca para después derribarla con sólo un golpe del dedo índice. Y no sabemos el daño que hacemos, no sabemos el dolor que provoca romper una ilusión moldeada con mimo y delicadeza.

Es como cuando yo abro los ojos y espero que estés conmigo.

Y nunca pasa.

Como cuando pienso que vas a estar esperándome con una sonrisa cuando abra la puerta.

Y nunca pasa.

Como cuando suena el teléfono y veo tu nombre en la pantalla.

Y nunca pasa.

Como cuando necesito tu abrazo y un beso en el cuello.

Y nunca pasa.

Como cuando sólo quiero tumbarme en el sofá contigo y que pasen las horas sin que importe el tiempo.

Y nunca pasa.

Yo no sé qué hice en las otras vidas, pero te aseguro que en esta ya he recibido de sobra mi castigo, que he cumplido mi pena, que arrastro mi condena. Y no sé por qué sigo estando aquí, en la línea de salida, esperando a que vengas a por mí.

 

La muerte lenta del corazón.

Hace calor.

El amparo de la noche ya no es suficiente para mantenerse a salvo.

Y es que no lo estamos.

Somos víctimas de nosotros mismos, de nuestros sueños, de proyectos, de mentiras, de autoengaños, de obligaciones que no queremos tener pero que sacamos adelante de la mejor forma que sabemos.

Existen ciertas cosas en esta vasta existencia destinadas a no suceder, destinadas al tibio fracaso por mucho que intentemos lo contrario.

Como tú y yo, que ya somos sólo un poco de chatarra abandonada en algún camino que sólo se transita un par de veces al año.

Se ha esfumado todo, como lo hace el vaho en el mes de octubre.

Has hecho que desaparezca como un trilero hace con la bola, como un político hace con el dinero, como un asesino hace con sus víctimas.

No queda ya esperanza, y mucho menos quedan fuerzas.

Me has dejado en los huesos a nivel emocional y ahora no creo que me recupere y pueda ser el mismo. Tengo un velo en la mirada, unas ojeras cada vez más marcadas, un pensamiento más endeble.

Esperaba que las cosas después de tanto tiempo transcurrido fueran diferentes, muy diferentes, pero nunca hice caso a tus advertencias de principio de viaje. Esperaba que lucharas un poco, que valiera la pena, que todo este desierto indómito y salvaje se llenara de cálidos oasis en los que dejarse llevar por tu piel.

Y el fallo es mío.

Una vez más.

Por intentar cambiar ciertas cosas, que ya sabemos que lo que está escrito en piedra no se modifica jamás. Y admito que no he podido, que vuelvo a ser un caballero al que ha matado el dragón.

Con lo sencillo que debería ser vivir y ni siquiera sé hacerlo bien. Otro de esos múltiples fallos de mi sistema nervioso central.

Con lo sencillo que habría sido un buenos días, un beso en la nuca, el olor a café recién hecho, la ropa interior sobre la cama, salir desnudo de la ducha y toparme con tu sonrisa.

Con lo sencillo que habría sido y lo que duele ver que no.

Es jodido encontrar al amor de tu vida, disfrutarlo, creerlo, y que luego se quede siendo otro imposible más, que se te escape entre los dedos como lo hace el agua fresca de un arroyo. Que se quede ahí, siendo otra grieta más que soportar hasta acabar por romperte con un simple roce.

Yo no sé si aguantaré más golpes y caídas, con esto ya he tenido suficiente. Y creo que ya necesito de todas las velas, linternas y antorchas para caminar entre esta oscuridad interior que no deja de crecer y que empieza a asfixiarme con su abrazo mortal.

La muerte lenta del corazón.

La historia de perdición de cualquier ser humano.

Una historia de amor.

Ojos de mar.

La vida ya no tiene ni rastro de esperanza.

El futuro es un desierto que no tengo fuerzas para cruzar. Y tampoco tengo ganas de arrastrar mis pasos entre la arena, sorteando los peligros que me pueda encontrar. Sólo quiero cavar un agujero lo suficientemente hondo como para meterme en él, cubrirme de arena y dejar que la falta de aire en mis pulmones y el tiempo hagan el resto.

La mirada triste, el latido débil.

Y ni siquiera camino como si quisiera llegar a alguna parte de verdad. Me muevo con la misma inercia con la que se mueven las hojas de un árbol cuando sopla el viento. Me muevo porque si estoy mucho tiempo parado alguien toca el claxon y me hace avanzar un par de metros para dejar de obstaculizar el camino. Al final caes en la cuenta de que sólo eres un estorbo, otro muro, una puta pared, otra piedra a la que golpear y alejar para poder andar.

Acabo siendo siempre un tronco caído en medio del sendero.

Acabo siendo siempre un lastre que hay que abandonar y soltar.

Y sigo sin tener a nadie a quien aferrarme, porque cuando necesitas una mano casi todo el mundo acaba escondiéndola detrás de la espalda y mira hacia otro lado.

Joder, qué triste, que a pesar de los años no haya nadie que quiera quedarse junto a ti, y darte un abrazo, y susurrarte bajito que al final todo irá bien, aunque sea mentira. Porque, al final, las cosas nunca van bien pero necesitamos creer en ese engaño para poder levantarnos cada día y fingir que hacemos algo valioso con nuestras vidas. Somos una puta mota de polvo en la infinidad del Universo y ni uno solo de nuestros actos servirá para nada, ni una sola de nuestras acciones cambiará el curso de la Historia. Ni una sola.

¿Cómo no voy a tener los ojos llenos de mares?

Si sólo quiero llorar, llover, acurrucado contra ti.

Y que, por favor, se acabe el verano y todas esas pesadillas en las que no estás.

Con los bolsillos vacíos.

Harto de tanta cobardía, de tanta mentira, de tanto vaivén sin sentido ni objetivo final.

A mí me enseñaron a correr de bien pequeño, me enseñaron a no buscar problemas y a huir de todo lo malo. Y ahora que debería esquivarlos por instinto no hago más que meterme en ellos, y ya no me da tiempo a quitarme tanto fango de los ojos.

Ya no soy capaz de distinguir la corriente para llegar hasta el mar, ni de saber qué nubes nos traerán tormenta.

Camino anestesiado, firme heredero del colapso emocional. Ya he dejado de discernir lo que está bien de lo que está mal, y es porque creo que ya me da igual. Absolutamente igual, porque ya he caído de nuevo en la espiral y no hay quien me salve de esta, ni de todas las demás.

En estos momentos ya no tengo nada que perder porque ya lo he perdido todo mientras recorría el camino. He llegado a la puerta de casa con los bolsillos vacíos de esperanza e intenciones, y ya sólo me guío por la inercia del reloj, por la cadencia del sol en el cielo, por el hambre y el sueño.

Las canciones alegres llaman de nuevo para que les abra la ventana y esta vez no quiero su visita, no las busco esta primavera. Para mí todas esas flores que soy capaz de ver a lo lejos están marchitas.

Lo que necesitamos son más amores de verdad, de esos que te hacen tomar aire por las mañanas sin que te pese la conciencia, de los que te hacen sentir mejor sin perder de vista la realidad que te rodea, de los que te envuelven con ternura y aún así hacen que te suba la temperatura corporal.

Amores de verdad, de los que te elevan no de los que te hunden.

Hoy sólo busco dejar de pensar, que descanse mi hipotálamo, que se borre mi memoria, meter en el congelador por un rato el corazón.

Lo dejo ya, a ver si me salva de esta otro café.

Maldita.

Me veo recogiendo toda la esperanza que has dejado por los suelos, los huesos que aún quedan en nuestras cunetas.

Yo pensaba que era suficiente con querer y no es verdad, me habían vendido esa mentira de que sentir algo un poco más arriba del estómago era todo lo que necesitaba.

Y no es verdad.

Vivimos en un mundo en el que disimular es más constante que la gravedad, y sonreímos y asentimos mientras por dentro estamos tan llenos de grietas que nadie nos puede arreglar.

Nos hacen falta tantos abrazos y verdades.

Nos sobran tantas tragedias y destrucción sentimental.

Nos estamos complicando la vida con tanta aspiración y al final sólo llegan a nuestra puerta las cartas con todas las decepciones.

Con querer no es suficiente porque hace falta mucho más.

Por eso quererla es sencillo, porque no cuesta tener siempre una cuerda preparada para tirarla al mar si se está ahogando. Es sencillo abrirle la puerta cuando arrecia el frío en el mes de Febrero. Es sencillo arroparle por las noches después de que el sexo sólo huela a ella. Es sencillo compartir el desayuno y el mal humor matutino. Es sencillo sanar las heridas con besos sin lengua. Es sencillo abrirle las puertas, dejar que pruebe mi postre, bajar la tapa del wc, apagar las luces, hacer la cama, llevarla tan lejos como me pida, darle la mano y salir adelante.

Juntos no debería haber barreras, ni acantilados, ni tiempo, aunque estemos clavados por las rodillas, aunque todo sean idas y venidas, y desesperación.

Que siempre nos tengamos el uno al otro, que siempre podamos dejarnos caer hacia atrás con los ojos cerrados, que siempre podamos hablar mirándonos a los ojos deshaciendo los nudos de la garganta, que siempre podamos emborracharnos los sábados, que siempre tengamos cuadernos para escribir la historia.

A mí me pasa que la miro y es como escuchar mi canción favorita, y ella cree que está maldita pero todavía no se ha dado cuenta de que es sólo que aún no entiende su magia.

Mujeres.

Otra bomba, otra mentira, otro ataque, otra injusticia.

Vivimos en un mundo en el que todavía hay desgraciados que matan mujeres por ser mujeres. Un mundo en el que la religión sigue imponiendo sus reglas y todavía manda el miedo. Un mundo en el que cavernícolas sacan autobuses naranjas intentando adoctrinar. Un mundo en el que seguimos de brazos cruzados, esperando a que alguien haga algo, señalando con el dedo, escuchando en silencio.

Joder, qué pena.

Somos la generación que espera que cambie todo sin hacer nada, que se sienta a mirar mientras critica, como si nuestros padres nos hubieran enseñado eso, como si nuestros abuelos no nos hubieran demostrado que las cosas se consiguen saliendo a la calle.

Demasiado preocupados por poner filtros en las fotografías, por saber quién ganará la Champions, por ligar por Tinder con cualquiera con tal de algo de sexo rápido, por pasar horas frente a la televisión viendo una serie tras otra. Y no nos damos asco por darnos por vencidos, por no perder nunca los nervios con nada, por no tener sangre ni rabia suficiente para plantar cara.

Vamos a hundirnos con el barco en lugar de intentar nadar pero lo haremos mientras nos drogamos, nos emborrachamos, perdemos el sentido.

El infantilismo nos gobierna, y ya nadie quiere ser adulto con todas sus consecuencias.

Buscamos tener dinero en el bolsillo sin trabajar.

Mentimos casi cada vez que respiramos con tal de conseguir lo que queremos.

Vivimos de la inmediatez sin reflexión, sin ver más allá.

Han logrado que seamos necios que no saben vivir sin hacer lo que les dicen los demás. Necios que se han quedado sin voz, que han desistido, que se conforman.

Y entre todo este magma de cosas sin sentido aparece ella.

Ella, que no necesita armas en las manos para plantar cara.

Ella, que no cree en dioses si no en todo aquel que pisa el suelo.

Ella, que alza el puño por todas sus compañeras.

Ella, que no entiende de dejar de caminar ni de tirar la toalla.

Ella, que no busca titulares, ni títulos.

Ella, que va a acabar por salvarnos a todos.

Ella, mujer, esperanza.

Y la tenemos que cuidar.

En un pestañeo.

[Abre los ojos.]

Yo que soy el fruto de tanta derrota, de tanta equivocación, de tanta tinta esparcida por el mundo sin razón, he logrado ver en una media sonrisa suya el camino a la salvación.

He encontrado el mínimo rayo de esperanza en los retazos de otras manos, un volátil halo de felicidad instantánea, efímera, súbita; que tal como viene se va sin que sea capaz de seguir su rastro.

Llegará otro viernes noche, volverán a sonar las doce campanadas y tienes claro que no estarás mirándome a los ojos. Tranquila, yo también. La locura y el desamor hay que aprender a asumirlos con rapidez, hay que hacerse fuerte a base de golpes que abollen la armadura y que nos tiren del caballo.

Somos como esos perros abandonados: agradecidos, y de corazón noble. Y aún creemos en todas esas cosas antiguas ya casi olvidadas como la lealtad y el honor. Somos pájaros con las alas mojadas, personas que caminan en círculo. Es la única explicación que encuentro para saber por qué siempre acabo volviendo a ti, a tu mirada, a tus labios malditos, a esa voz que escucho algunas noches antes de dormir.

No sé dónde vamos a ir a parar con tanta caída, con tantos obstáculos, con tanto meternos en el fango. No sé cuándo será definitivo, cuándo llegaremos al callejón sin salida, cuándo tendremos que huir dejándonos atrás el uno al otro.

Estoy hecho para aguantar la destrucción, el caos y la tortura psicológica. Estoy entrenado para llorar por dentro y en silencio, para escuchar un nunca más que venga de tu boca. Estoy preparado para que me dejes olvidado, marchitándome en cualquier jarrón.

Estoy hecho para perder todas las partidas. No tendrás que preocuparte.

Sabes que siempre te pido muy poco, pero esta vez deja que te cure las heridas.

Que esa sea mi única victoria.

[Cierra los ojos.]

Ruinas.

Las luces de las farolas parpadean tras los cristales, el silencio nos asfixia, el diablo sonríe, la lluvia débil cayendo me recuerda a mi pulso y el frío te agarrota el corazón. Podría ser esto el Berlín más gris de una novela negra y nosotros tan sólo un par de espías soviéticos que se miran en la distancia, que tras compartirlo todo se dicen adiós.

En algún momento te das cuenta de que ya te han destrozado, o te has destrozado tú mismo. Sabes que has aceptado las propinas, que has buscado el amor seguro con sexo inseguro, que te has conformado con cualquier resquicio de cariño sin tener por qué hacerlo.

Tienes claro que tu piel va a congelarse de nuevo, que duelen los huesos, que sangran los labios por culpa del viento. Y que ella se va a ir una y otra vez, y tú vas a estar buscándola siempre.

Todo son saltos, piedras en los zapatos y equivocaciones.

Todo son agujeros en el pecho, lágrimas recorriendo las mejillas y sonrisas que duelen.

Todo son jodidos problemas, resacas y canciones de Iván Ferreiro. 

Parece que no podemos acertar, que estamos destinados a equivocarnos una y otra vez. Parece que se nos va a acabar para siempre la cerveza fría.

Querer a alguien es más difícil que enhebrar una aguja a la primera.

Me has susurrado al oído y he querido ponerme la capa, ser tu héroe de las cosas pequeñas. He querido salvarte de los malos finales, colarme en tu cama en una noche de invierno para aislarte del frío, darte todas mis vidas en abrazos, y vencer al cruel villano de los cómics con uno de nuestros besos.

Al parecer, me encontré con el único verso que no podía rimar. Qué zorra es la vida.

Voy a permitirme perder ya la esperanza.

Si ya soy todo ruinas, qué más da.

Esperanza dicen. Qué locos.

Nos hemos acostumbrado tanto a la violencia que se nos ha ido de las manos el amor, ya no sabemos querer a los demás sin cometer errores, sin cagarla en el momento menos pensado.

Y los gritos, los reproches, las peleas y las balas parecen normalidad.

Refugiados sin refugio, mares cementerio y mosaicos de civilizaciones antiguas que hoy están resquebrajados, como la mayoría de corazones.

Lo justificamos todo, y me da vergüenza.

No entiendo a las personas que sólo saben ver desde su posición, que conocen la empatía sólo de oídas, que piensan que son poseedores de la verdad más absoluta; cuando ya se encargaron los científicos de decir que todo es relativo, hasta en los sentimientos y las letras.

No entiendo que utilices armas que hacen daño en lugar de palabras para reconfortar a los demás, no entiendo que utilices tus manos para quitar aire a otros en lugar de abrazarlos, no entiendo que desperdicies tus noches sin estar besando a alguien, no entiendo que dejes a Neruda cogiendo polvo en una estantería, no entiendo que no sepas apreciar una puesta de sol en compañía.

Nos han puesto vendas en los ojos, nos han dicho que el mundo es un negocio y que no se puede ir a contracorriente. Nos han dicho que nuestra alma tiene precio y nuestras manos sólo sirven para hacer algo productivo.

No tengo preguntas ni respuestas, ni comienzos ni finales. No soy nadie en todo este laberinto de caminos sin nombre en el que tú no estás presente.

Y me gustaría olvidar que tengo que olvidar para poder sonreír mejor. Me gustaría volver a abrir las ventanas y que el frío del invierno se burlara de mi cara de dormido. Me gustaría dejar de romper páginas en las que hablo de ti.

Es ya septiembre y sólo espero nuevas tempestades tras tus ojos empañados.

Es ya septiembre y aquí sigo con las manos vacías, sin rosas que regalar, sin tiempo por delante.

Esta existencia, de cuentas atrás y contrarrelojes, me parece cada día un poco peor y no consigo quitarme las ganas de ti.

Y todavía hay quienes me dicen que no pierda la esperanza, que al final todo valdrá la pena.

Esperanza dicen. Qué locos.