Etiqueta: espejo

Un sol de justicia.

El mundo se para en algunas fotografías y en algunos besos, como en el de esa pareja de chicas que se despide en el andén de la estación ajenas a la mirada de desaprobación de un par de ancianas y de un señor con bigote.

Todos luchamos contra todos de uno u otro modo, tenemos estigmas y muros con más años que el muro de Adriano. No es suficiente con intentar abrirnos camino entre los demás como para enfrentarnos a nosotros mismos de costillas para dentro. Arrastramos cargas tan grandes y en tales cantidades sin querer apoyarnos en nadie, sin querer dejar las cajas en el suelo un momento para mirar al frente y decidir el mejor camino.

Parece que hoy en día debemos seguir la estela del más rápido y tratar de no quedarnos atrás, no hay tiempo para pensar ni para decidir.

No hay tiempo para nada.

Y mucho menos para intentar cambiarlo todo y hacer las cosas mejor.

No hay tiempo y yo quiero tenerlo todo para gastarlo contigo.

Si pudiera darle un golpe al reloj y dejarlo parado por un rato, si fuera capaz de detener el transcurso de los días en ese preciso instante en el que sigues sosteniendo mi mano créeme que lo haría.

Estoy ya harto de las historias en las que hay víctimas y culpables, buenos y malos, vencedores y vencidos, bandos contrarios, como si no saliéramos todos heridos y llenos de culpa de cada historia, como si lo único válido fuera la visión y la percepción propia del mundo.

Lo único que puedo hacer ahora es abrazarte más fuerte y con más ganas, aunque nos derritamos bajo un sol de justicia.

Y quererte sin hacerte más daño.

Y perdonarme cuando me miro en el espejo.

Dos.

No imagino lo que debe ser que se apague el sol para siempre, la oscuridad eterna, la nada más absoluta.

Estamos en la semana del año con menos horas de luz, ahora avanza la noche tan pronto que apenas tengo ganas de seguir respirando a partir de las cinco de la tarde, como si fuera demasiado esfuerzo para mi cuerpo aún joven pero ya cansado. Nunca pierdo la sensación urente de haber vivido más de lo que dicen mis huesos y mis dedos. En el espejo: ojeras, algo parecido a una barba, las gafas sucias, mirada vidriosa y una mueca de mimo triste que me caracteriza. Creo que me he sentido tan gris siempre por dentro que no puedo evitar lo de tener las comisuras de los labios apuntando siempre hacia el suelo, como un mimo que exagera las emociones para que el resto las capte sin necesidad de hablar.

Ya no sé si soy un completo misterio para el resto o tan transparente que se me nota todo en la mirada y al tocarme la piel cuando estoy desnudo, indefenso sobre la cama.

Ya no sé si valgo la pena o sólo soy un hito que se queda atrás conforme avanza el camino.

La cabeza no deja de darme vueltas, del mismo modo que giran los planetas alrededor de su estrella. Y las ideas, joder con las ideas, si Platón supiera lo que tengo en mente a todas horas. Si alguien conociera, si alguien entendiera realmente mis pensamientos obsesivos, el castigo, el menosprecio constante, el miedo que habita en mí. Pero al final prefiero olvidarme un poco de mí mismo, encontrar los motivos para mantenerme firme fuera de esta jaula en la que habito.

Y un día te encontré a ti, teniendo las mismas posibilidades de hacerlo que de encontrar una aguja en un pajar, o de encontrar a la dueña de los zapatos de cristal.

Me gustaría no estar equivocado en todo esto, tener la razón por una vez, estar tranquilo al saber que aposté por nosotros y salió bien, que al final de la partida gané el doble de lo que tiré sobre el tapete verde en la última jugada.

Las cosas importantes en la vida suelen ir de dos en dos como los ojos, los oídos, las manos, los pulmones.

Como nosotros.

El ganador.

No puedo mirarme al espejo sin esperar que aparezcas por detrás para abrazarme y convertirte en una lapa. Ni soy capaz de aguantar los silencios eternos en el comedor.

Yo que siempre he sido reflexivo, que me ha bastado con escuchar a Mahler mientras leía a Orwell o Conan Doyle y afuera llovía con fuerza. Yo que me he conformado con tener un bolígrafo y una hoja en blanco, y algo de tiempo en la muñeca.

Y ahora no aguanto todo este desierto, esta lava fría que me deja clavado al suelo. No aguanto tanta tempestad sin hielo.

Ahora no comprendo por qué ya no puedo sin ti.

Debería poder sonreír y que todo me diera absolutamente igual, pero a veces una canción me lleva hasta a ti y casi puedo cogerte de la mano y siento el nudo en la garganta y las ganas de saltar por la ventana.

Porque en realidad no.

Porque todo es mentira.

Otra más.

No sé si hay amores que matan, pero estoy convencido de que hay amores de los que no se puede salir, que te persiguen de por vida como las peores pesadillas, que se adhieren a tu piel y a tus costillas y acechan a cada paso, hasta el fin del Imperio y la Estrella de la Muerte.

No sé si todavía sigo esperando a que me salven de este infierno del que debería salir yo solo, pero no puedo.

No estar contigo me parece seguir perdiendo el tiempo que no tengo.

Creo que ya no confío realmente en nadie, y estoy temblando dentro de la armadura, como si fuera pleno invierno y nos azotara el viento de más allá del Muro.

Y lo peor de todo es que sé que me fallarás si no me canso antes y acabo fallándote yo. Y es descorazonador, porque el frío podrá con nosotros y entonces no podremos hacer nada. Y entonces no seré capaz de sonreír mientras te saludo un día cualquiera, cuando me cruce contigo por casualidad.

Esperaré al próximo cambio de estación, para ver si por una vez soy el rey de este tablero de ajedrez, para ver si seguimos todos en pie en esta maldita partida, para ver si las cosas siguen igual y entonces puedo tirar todas las piezas a la basura y quemarme la garganta a gritos. Que me consumirá la rabia por dentro por no ser capaz de romper el recipiente y sacar la verdad a pasear. Que miraré hacia otro lado por no romper el tratado de paz.

Y no habrá castillos de fuegos artificiales para celebrar nuestro principio, porque no lo habrá. Creo que eso lo tengo escrito en alguna profecía.

Me lo decía todo la canción y yo no quise escuchar:

Quien quiso ser el ganador, murió.

El fantasma de la Ópera.

Miras al espejo y no te reconoces.

Nunca.

Nunca lo has hecho, ni en el espejo, ni en el reflejo de las ventanas del metro, ni en sus ojos.

Como mucho, a veces, te reconoces en el último trago de cualquier vaso.

Y sientes que eres alguien en un cuerpo que no es el tuyo, en un envoltorio falso al que detestas.

Desde el centro de control siempre intentan pararte los pies, poner las cosas en su sitio, tratar de que actúes como se supone que debe hacerlo alguien normal.

La normalidad, esta utopía clásica. Esa mentira ideológica.

Todos mis síntomas y signos me llevan al diagnóstico final, al odio hacia mí mismo, a esta manera de darme patadas cuando aún estoy en el suelo para impedir que me levante.

Sé de sobra que soy mi propia piedra, el villano de mi historia, el verdugo al que no le tiembla la mano para tirarse abajo. Es tan asfixiante, tan extenuante, pero forma ya parte de mi existencia, y probablemente si no me ahogara así lo haría de cualquier otra manera. Tengo una facilidad pasmosa para tirarme al vacío y no salir de la espiral, soy capaz de saltar sin mirar lo que hay abajo y no tener fuerzas para volver a subir a ver el sol.

El único consuelo que me queda es saber que los días pasan, que la vida se va acabando aunque no queramos, porque desde que nacemos el mundo y el reloj están en nuestra contra.

Es muy triste pasar por la vida de puntillas, siempre con una máscara, mirando hacia otro lado, con una sonrisa perenne que oculta toda la verdad. Estoy anestesiado desde hace tanto tiempo, para no sentir, para no doler, para protegerme de todos los ataques. Estoy intoxicado de mis ideas, de mis sentimientos, de tanto aire sin oxígeno.

Y sigo igual de vulnerable que el primer día, y voy rompiéndome al respirar.

Aquí dentro siempre hay peligro de derrumbe, porque nunca sé qué puerta debo abrir, ni a dónde debo sujetarme.

Después de tanto tiempo me he dado cuenta de que no tengo solución, de que sigo con miedo, y de que lo de ser feliz debe ser para los demás.

Voy a volver a las catacumbas de la Ópera Garnier, a ser el fantasma, a hacer música donde nadie pueda verme.

 

 

Resaca y domingos.

La peor resaca es la que va dejando la vida, poco a poco, sin que nos demos cuenta. Y, de repente, abres los ojos un día y te duele la cabeza, y sientes náuseas. Empiezas a preguntarte qué coño ha pasado y cómo has llegado a ese punto en el que mirar al techo durante horas es la mejor de tus opciones. Apenas tienes fuerzas para levantarte, caminar tambaleándote hasta el baño y mirarte las ojeras en el espejo.

El único sonido que hay en tu casa es el que se cuela por la ventana y las paredes, las voces de los vecinos, el tic-tac de tus relojes guardados en el cajón de la habitación. La soledad te saluda desde el espejo y te obliga a cerrar la boca, y meterte en la ducha. Y te has dado cuenta de que el único objetivo vital es tumbarte en el sofá y no tener que respirar.

El café ya no es capaz de salvarme de mi victimismo inerte, de mi desgana generalizada, y es que creo que he ido perdiendo sueños e ilusiones por el camino y estoy vacío. No me queda nada a estas alturas, más que penas y algún que otro lamento. Y, de verdad, que hay días que sólo necesitaría uno de esos abrazos que te obligan a cerrar los ojos, tomar aire, conciencia y saber que no pasa nada, que puedes seguir caminando sin querer morir antes de hora.

La peor resaca siempre es la del domingo, día triste por naturaleza. Y es que Dios quiso volver a reírse de nosotros tomándose un día para descansar. Regalándonos un día para que pensáramos de más, para que nos diéramos cuenta de que el ciclo se repetiría cuando empezara el lunes.

Ojalá se acabe esta sensación de vivir sin hacerlo bien, ojalá acabe el vértigo y las ganas de echar a correr sin mirar atrás. Ojalá tener razones para que se vaya el miedo, y temblar contigo.

Sigo naufragando cada vez que me acuerdo de tu cuerpo y por eso sólo puedo beber, sólo puedo ser otro viejo escritor que se empapa en whisky y se lamenta de todo.

Sigo ahogándome cada vez que siento que te pierdo, y no puedo salir de esta vida de resaca y domingos a solas.

De verdad que no puedo.

Enemigo público.

La noche era demasiado oscura y brumosa como para que estuviera seguro de que seguía solo, por eso corría, por eso su respiración le quemaba en el esófago y le resonaba en los oídos, como lo hacían las últimas palabras de ella antes de irse para siempre. Sentía el corazón bombeando la sangre a todas sus extremidades y el frío en las orejas. Sus músculos fatigados viniendo poco a poco a menos, el cansancio saludando en su cerebro, molestando, evitando que pueda concentrarse en esa huida que probablemente no salga bien.

Otra carrera a contrarreloj de la que no va a salir vivo. Otra huida que se va a quedar en vano intento.

Apenas tuvo tiempo tras una esquina para ver el muro que se elevaba ante él y le cortaba el paso. Golpeó con su puño derecho los ladrillos, con rabia, blasfemando en voz alta porque estaba perdido. De pronto sabía que no había nada que hacer y que no podría salir ileso de aquel combate.

La taquicardia de reconocer su propio rostro en el enemigo.

La bocanada de aire de después de abrir los ojos empapado en sudor, observando el techo blanco de la habitación. El miedo a verte convertido en el malo de esta historia, el temor a no poder vencerse nunca a uno mismo. Nos arrastramos, arrastramos nuestras vidas pasadas, nuestras relaciones, los vicios y tics de nuestros padres. Arrastramos mochilas llenas de piedras que nos parten la espalda y nos dejan tumbados en medio del camino.

Y entre tanta carga, tanta responsabilidad, tanta conciencia muerta, giras el rostro y ves un tímido rayo de sol queriendo colarse por la persiana, y te ves obligado a preguntarte si algún día todo va a cambiar. Y preguntas en voz baja porque nunca se sabe.

Encadenados a nuestros propios y desesperados pensamientos, inmóviles entre la corriente, viendo cómo poco a poco el siglo XX queda cada vez más lejos y nada ha cambiado tanto como decían.

Abres los ojos otro día y te ves incapaz de transformar tu vida e ideas, prefieres dejar las ventanas cerradas y seguir oliendo a humedad y miedo añejo. Prefieres mirarte al espejo y seguir lamentándote porque las cadenas pesan demasiado.

No sé tú pero yo voy a dejarme caer esta vez, con algo de suerte, por fin, se abrirán las alas.

Salto mortal.

Damos saltos mortales con cada palabra que se nos ocurre pronunciar sin estar seguros, con cada abrazo que damos con miedo, con cada beso que se nos escapa sin querer.

Saltamos a un vacío lleno de inseguridades que hemos tirado a lo largo de los años: no soy suficientemente listo, no soy guapo, ¿pero tú me has visto? Y resulta que es verdad que necesitamos a alguien, a alguien a nuestro lado que nos de la mano por un momento, nos mire a los ojos y nos haga olvidar durante un instante los problemas. Porque no, nadie nos cura las heridas, como mucho es capaz de parar la hemorragia. Las heridas las curamos nosotros, con puntos de seda y paciencia, con canciones de Kings of Leon y The Kooks, con sonrisas a primera hora de la mañana y cafés bien hechos después de comer.

Nadie como uno mismo para mirarse las cicatrices al espejo y quedarse satisfecho, nadie como uno mismo para quitarse el barro de las botas y caminar seguro hacia un futuro oscuro e incierto, nadie como uno mismo para sostenerse la mirada apenas un segundo y susurrarse un vamos que le de un poco de aire para seguir volando hasta el siguiente árbol. Nadie como uno mismo para matarse y resucitarse a base de golpes, nadie como uno mismo para aferrarse a la manta las noches de frío sin compañía, nadie como uno mismo para fumarse las penas y acabarse el whisky sin mezclarlo con nada. Nadie como uno mismo para sacarse la arena de los ojos, chuparse la sangre y cocinar tortilla de patatas para uno.

La vida es un salto, un salto tras otro, porque ya no hay camino que esté intacto y debemos evitar obstáculos, tropezar y seguir nadando.

La vida es un salto y aunque nos quedemos cortos de altura, lo que importa es que sigamos llegando lejos.