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Desde el principio.

Hablamos tanto sin hacer nada, se nos llena la boca con te quieros que se quedan flotando en el aire igual que flota el polvo, igual que flotan las ganas cuando yo te miro.

Nos enseñan desde pequeños a hablar bien pero se entretienen poco a decirnos que las palabras se acompañan con actos, que no podemos pensar de una manera y actuar de otra porque eso tiene un nombre que recoge el diccionario.

Nos enseñan ortografía, gramática, sintaxis, adecuación, cohesión y coherencia, y no tenemos ni idea de manejar las emociones, de explicar cómo nos sentimos, de bautizar con sustantivos todo eso que nos pasa por dentro y nos remueve desde la primera costilla hasta el bazo y la vesícula.

Incapaces, ineptos emocionales, androides a los que destruir después de que hayan sido útiles durante un tiempo. Nos late el corazón sin saber muy bien por quién ni durante cuánto tiempo. Cogemos aire sin saber cómo hablarnos con sinceridad. Nos abrazamos sin tener muy claro cómo usar la compasión, ni qué significa eso de la resiliencia, la perseverancia, la tolerancia, la abnegación.

(No sé si es casualidad que de las virtudes se hable en femenino.)

No es suficiente con escribir en un papel o en una pantalla, no es suficiente con gritar palabras que el viento se lleva cada vez más lejos, no basta con besar si por dentro no se te despiertan los demonios y tienes que guardarlos para no morderle el cuello.

No es adecuado, ni conveniente, ni aceptable arrepentirse de sentir, creerse un loco por querer cuando los elementos están en contra y el teléfono suena sin respuesta.

Deberíamos tocarnos más la piel.

Acariciarnos los párpados cuando cerramos los ojos, besarnos detrás de la oreja, rozarnos el dorso de la mano, palparnos a oscuras.

Y hablar menos.

Porque las palabras se malinterpretan, pierden su significado, pero quitarse la ropa lo deja todo claro.

Desde el principio.

En busca del fuego.

Mis ganas en su lengua, entre sus piernas.

Si es por mí no dudes en morder y quedarte con los restos, puedes desangrarme sin piedad. Voy con las vísceras por fuera, sin ganas de dar explicaciones, dispuesto a que cualquiera toque en blando y haga más profundo el dolor. Al final no valgo nada, al final sólo estoy aquí para ser, estar y fracasar todas y cada una de las veces que me proponga intentarlo contigo.

Yo ya no puedo ser el mismo, me he hecho demasiado daño -he dejado que tú me lo hagas- como para recomponerme y poner las piezas en el mismo lugar que ocupaban al principio.

Ahora soy una especie de Guernica emocional.

Somos las malas versiones de las mejores canciones; o algo parecido, ya no entiendo las cosas demasiado bien.

Veo turbio, todo es niebla y gris en el camino y el futuro ya no tiene sentido, ya no existe. Mi vida se basa en un presente desestructurado, sin sentido, desfigurado. Y es que no tengo claro si compartimos sueños, si queremos lo mismo, ni tan sólo si queremos algo parecido. Y los sueños en abstracto no sirven de nada, sólo para acabar frustrándonos. Lo único que sí sé es que los sueños sólo se hacen realidad si se persiguen, si se atrapan entre los dedos igual que yo atrapo tus mechones de pelo algunas noches. Los sueños sólo se hacen realidad si los agarras, soplas para quitarles el polvo y haces algo con ellos.

Los sueños igual que la energía ni se crean ni se destruyen sólo se transforman, y la única forma de transformación que conozco a parte de la fuerza del agua y del viento es la fuerza que todos guardamos dentro.

Las quimeras sólo sirven si las conviertes en algo tangible, de verdad.

Y te digo que esto no es por falta de ganas, es que hay obstáculos que ya no sé cómo derribar, distancias que no me dejas salvar.

Ante la catástrofe propongo el amor como forma máxima de rebeldía e insumisión.

Ante el desastre propongo los besos como forma perfecta de revolución.

Ante la vuelta a las cavernas a la que nos quiere arrastrar el mundo propongo volver a descubrir el fuego con la fricción de nuestros cuerpos.

Empezar de cero, mucho antes de Cristo, y volver a crear el mundo con nuestras manos, a través de nuestros ojos.

Contigo quiero buscar las Indias Orientales, pintar los lienzos de Velázquez, escribir las leyendas de Bécquer y admirar la música de Albéniz.

Así para empezar, se me ocurre que podemos cambiar la historia desde el principio.

 

Miedo a la oscuridad.

Se me rompen las calles al andar, casi igual que mis nudillos al golpear la pared. No tengo las respuestas que espero y quiero, y el gato me mira con burla cuando llego a casa cada día después de trabajar.

Estar a la defensiva es agotador, casi tanto como lo es acercarse a ella e intentar tocar su alma. Supongo que no vamos al mismo compás, que yo prefiero perderme en un vaso lleno y ella en unas manos vacías. Supongo que soy demasiado abstracto, misterioso y complicado como para que se atreva a dar un paso en mi dirección y dedicarme una sonrisa con esos labios que me persiguen en sueños.

A veces descubro sus ojos clavados en mí, y en sus mejillas una ligera quemazón. Sería bonito si todo fuera diferente, si yo pudiera amarla y no me viera obligado a olvidarla junto a mis viejas fotografías de viajes por Europa. Sería bonito si ella dejara de idealizarme y me viera realmente como soy, un hombre frágil que se va deshaciendo con el paso del tiempo y las decepciones. Podría ser bonito si los dos nos atreviéramos a decir la verdad pero supongo que Nostradamus vaticinó algo que nos impedirá despegar los labios antes del próximo paso del Halley por el mundo.

Sigo vistiendo cota de malla y armadura. No me acabo de fiar, sé que en cualquier momento voy a volver a caer del caballo y golpearme contra el suelo, y esta vez la caída será peor que cualquier flecha que me hayan clavado antes en el corazón.

Ojalá derribara las murallas y pudiera sentarme junto a ella en el autobús que la lleva de vuelta a casa. Ojalá cogerla de la mano el día de mañana. Ojalá mirarla a los ojos y que no se desvaneciera de mi lado después de las doce.

Sólo quiero escribir de ella por el resto de mis días, como hicieron Bécquer, Nabokov, Bukowski, Iribarren, Ruben Darío, Paul Auster y tantos otros.

Sólo quiero enterrar las armas, firmar todos los tratados de paz, abrir las fronteras, y hablar con ella el lenguaje universal. El de la piel contra la piel, el de la música saliendo de una partitura, el de las lenguas que se rozan y acaban por explotar. Saltar por los aires, mirar el mundo desde cualquier pueblo perdido donde se olviden nuestros nombres, beber café que nunca se quede frío, compartir los capítulos de un libro.

Atragantarme con su amor.

Me dicen que piense en el futuro.

El futuro, roto como un cristal después de un te quiero antes de tiempo.

Y es que veo los días venideros tan negros que no puedo estar tranquilo, y ahora entiendo a todos esos niños que tienen miedo de la oscuridad y no pueden dormir.

Nunca quise.

Nunca quise escribir el final de nuestra historia, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise besarte con los ojos cerrados, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise tocarte sin sentir, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejarte escapar, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise tener que esconderme de la gente, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise quedarme solo en medio de la nada, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejar que el mundo se echara a perder, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejarte dormida en el sofá, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise convertirme en el hombre que no dice nada, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise dejar que los besos cayeran al vacío, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise que dejara de sonar nuestra canción, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise caminar solo por ciudades sin nombre, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise bailar bajo la lluvia sin ti de la mano, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise ser el villano de la historia, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise ser llanto en la noche, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise ser poeta, y sigo sin querer hacerlo.

Nunca quise morir de amor, pero si es por ti,

quizá eso sí.

Eso sí quiero hacerlo.

Génesis.

Siempre tiene que mirar el calendario para saber en qué día vive, siempre tiene que mirar quién duerme en su cama para recordar su nombre, siempre tiene que borrar una y otra vez las palabras que escribe, y también, tiene que rellenar sin parar el vaso de whisky con hielo que descansa junto a su bloc de notas. Se pasa ambas manos por la cabeza, arrastrando mechones de cabello a su paso, en un signo claro de desesperación. Resopla y acaba por tirar el bloc contra la pared.

― Joder. ― grita, y su voz quebrada suena en medio de la noche rompiendo el silencio tenso de una casa a oscuras en un barrio tranquilo de la ciudad.

La luz de una de las mesitas de noche se enciende y un ligero bostezo acompañado de pasos se acerca hasta él.

― ¿Qué pasa? ― Ella lleva una de sus camisetas de Juego de Tronos y verla así le sacaría una sonrisa de no ser porque está demasiado cabreado consigo mismo.

― Soy incapaz de escribir nada. ― dice con aire frustrado.

La chica se agacha para recoger la libreta y apenas le importa que se vea su ropa interior blanca mientras lo hace, sin picardía, sin segundas intenciones. Camina, arrastrando los pies de forma grácil sobre el suelo de madera y se deja caer a su lado, apoyando el bloc sobre sus piernas desnudas.

― Deja de machacarte así.

― Lo intento, pero no me gusta nada de lo que sale. Nada es suficiente, nada me sirve. Estoy frustrado, eso es todo. ― Se sincera, exhalando un sonoro suspiro.

― Prueba a empezar a otra vez. Cuando algo no funciona es la mejor opción. ― Es más joven que él, y aún así le supera en madurez, está convencido de que le supera en todos los aspectos.

Los ojos brillantes en medio de la penumbra le hacen sonreír, les hacen sonreír. Y es un simple abrazo el que le devuelve a la vida, y unas palabras vulgares las que le hacen recuperar el aliento, la esperanza. Y es un beso el que les acaba de desnudar una vez más esa noche.