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Que no se te olvide.

Tantas noches bajo el mismo techo que no han servido para nada.

Sólo hay asco y cierta rabia.

Y mientras tanto seguimos alejando de nuestro lado a quien sólo ha querido lo mejor para nosotros. Es tan típico de la gente, lo de no saber mantener a las personas correctas junto a ti, lo de hacer daño de manera inconsciente y a pequeños mordiscos, sin darnos cuenta, favoreciendo diminutos indicios de dejadez e indiferencia, creando grietas que un día no podremos saltar para dar un beso y pedir perdón por todos nuestros errores, buscando la eterna absolución de aquellos que nunca debimos dejar atrás.

Tomamos las peores decisiones cuando no somos capaces de confiar en otros y dejarnos ayudar.

Metemos la pata hasta el fondo cuando nos permitimos el lujo de obrar por nuestra cuenta sin preguntar otras opiniones. Sabemos que es mucho más fácil ver los problemas de otros que los propios, y también las soluciones, pero no queremos permitirnos utilizar el comodín del público para mostrar nuestras debilidades.

Autosuficiente no es sinónimo de todopoderoso.

Que no se te olvide.

Tarde o temprano necesitarás ayuda, asegúrate de haber guardado a buen recaudo a quienes estarían dispuestos a anteponerse a las flechas y a las balas, y a evitarte las caídas.

Que no se te olvide, arrogante autosuficiente.

Nunca pasa nada.

La vida es a veces como los domingos con resaca, dan ganas de vomitarlo todo de golpe y quedarse tranquilo. Sacar fuera de la boca y del pecho todas esas palabras que nos pesan y se nos atragantan cuando llega el momento de decirlas.

Sacarlo con rabia o de cualquier forma que te apetezca.

A veces sí tenemos derecho a la pataleta y a quejarnos por todo y por todos, a ser incorrectos, a no seguir las normas, a equivocarnos y meter la pata hasta el fondo sin que se caiga el mundo sobre nuestros hombros.

Porque al final nunca pasa nada, pase lo que pase, no pasa nada.

Mañana el bar de abajo subirá la persiana, el semáforo de enfrente tardará 20 segundos en ponerse en verde y con algo de suerte seguiremos respirando.

Oniria, Insomnia y lo imposible.

El péndulo de Foucault continúa girando, demostrando la rotación del planeta desde 1851, y yo llevo prácticamente el mismo tiempo demostrando que soy un idiota. Algunos se dedican a cosas importantes durante su existencia, otros simplemente a lamentarnos por todos los errores que vamos sumando a nuestras espaldas.

Lo malo de darse cuenta de ciertas cosas es que sabes cuándo vas a equivocarte mucho antes de que suceda. Suelo ver con anterioridad que voy a meter la mata, que voy a quedarme colgando de un hilo, que va a darme un vuelco el corazón pero acabo dejando que las cosas sucedan sin modificarlas. Me pasó igual contigo, sabía que me metía en la boca del loco sin linterna, tenía claro que el suelo comenzaría a desmoronarse bajo mis pies en algún momento y en lugar de huir me quedé quieto, esperándote siempre.

Decidí, contra todo pronóstico y sentido común, elegirte por encima de las circunstancias y de mí mismo. Te convertí en el eje en torno al cual todo giraba y se movía alrededor, tratando de mantener un extraño equilibrio universal que me ha dejado sin fuerzas, sin aire, y con miedo.

Con mucho miedo.

Vivo siempre en este mundo entre la vigilia y el sueño, entre la realidad que me golpea hasta arrancarme los dientes y la ficción en la que te abrazo cada noche. Quizá somos como Oniria e Insomnia, un mismo ser en otra vida.

Pero no en esta.

Quizá es hora de que borre estos absurdos deseos, este anhelo que crece cada vez que me cruzo con tus labios.

Quizá tú y yo juntos somos sólo una quimera y ya es hora de que me pellizque, de que encienda la luz y deje de creer que somos posibles.

Se me están llenando los ojos de escarcha ahora que ha comenzado la primavera, y tengo los huesos hechos de cristales de hielo que hacen que todo duela.

Voy perdiendo el equilibrio sobre esta cuerda floja en la que vivo, y no sé si se romperá pronto o yo caeré antes. Sólo sé que abajo no me espera ningún colchón para amortiguar el golpe, ni ningún equipo de emergencias para reanimarme cuando mi corazón decida pararse y comenzar a borrar tu nombre.

Todavía estás a tiempo de salvarte.

Para eso nunca es tarde, te lo digo siempre pero no quieres escucharme.

Sigo descalzo, sujetando la puerta para que entres y me abraces.

Defectos, deseos y las cartas del destino.

Defectos.

He vuelto a descubrirme miles de defectos, los he cogido y los he sumado a los otros miles que ya tenía anotados en una lista. Y me los recito uno tras otro en el espejo con firmes palabras de predicador.

Al final del día tenemos que acostarnos siendo conscientes de nuestros errores, nuestras imperfecciones y nuestras malas decisiones.

Y seguir adelante.

Todo supone lastre, sacos llenos de piedras que son sentimientos que no sabemos gestionar. Todo supone tierra en los ojos, agua de mar en la garganta y sal en las heridas.

Pero la vida continúa aunque nosotros no queramos, aunque nos guste detenernos y mirar el cielo para contemplar las lágrimas que prenden en medio de la oscuridad cada mes de agosto. Seguimos pidiendo deseos efímeros que nunca llegan a cumplirse.

Pero ya no podemos confiar ni tan sólo en el firmamento, ni en los viejos del lugar, ni en lo que nos dice el corazón. No podemos confiar en la magia ni en los rituales ancestrales. No podemos confiar en la memoria ni en quienes escriben la historia. Y tampoco en los que dicen que estarán con nosotros para siempre y se han caído del caballo después de saltar la primera piedra.

Nos rodea la misma corrupción moral que gobernó a los romanos y a los emperadores chinos.

Nos rodean los pactos de silencio, los indios y vaqueros, los paraísos artificiales.

Nos rodea la mentira, la falta de escrúpulos y remordimientos.

Y da igual, porque ya no se ensalza el bien ni a sus defensores, porque vivimos en los tiempos del cuanto peor mejor, porque se premia a los culpables, porque se difama a los que luchan, porque hay que reivindicar en voz baja y sin molestar, porque el amor real ya está manchado de todos los clichés de las películas.

La sociedad actual, otro defecto.

Y, a estas alturas, ya no podemos confiar en los deseos.

Digan lo que digan yo no pierdo la esperanza.

Será por eso que siempre pido que te quedes a mi lado, y las cartas del destino me juegan de nuevo una mala pasada, porque mi deseo, por mucho que mire cada noche las estrellas, aún no se ha cumplido.

Sonrisa de autosuficiencia.

Las calles desiertas nos vuelven a invitar, nos obligan a encontrarnos después de mucho tiempo sin hablar.

Y ya no sé cómo mirarte si no vas de mi mano.

Por un momento me he creído muerto al ver tus ojos y descubrir desprecio, y creo que mi corazón ha acabado por tu culpa en el fondo de una puta alcantarilla con el resto de mierda que llena la ciudad.

No esperaba verte con los labios pegados a los de otra persona, con la sonrisa de autosuficiencia del que ha logrado salir del bache y se alegra de la desgracia del otro. No esperaba esa estaca de madera en el pecho tan pronto.

Tú que gritabas a los cuatro vientos cuánto me querías, que era el amor de tu vida, que nunca me olvidarías.

Tú que ya has jurado amor eterno a un desconocido, que te has puesto un anillo más vacío de contenido que tus promesas. El anillo de brillantes como símbolo eterno de la prisión emocional.

Y es que ya sabemos que el amor ruidoso no es precisamente el mejor, el amor que se exalta, el que necesita de todo tipo de demostraciones para parecer real, para aparentar estar por encima del resto. Esa clase de amor, el que necesita de los baños de masas, de la aprobación de los demás es el más frágil, el menos verdadero, el más prescindible.

Par mí el amor es algo menos agotador, algo que no te complica la vida, algo que no tiene que doler, algo que fluye como lo hace la sangre por las venas, o las aguas por el cauce de un río con el deshielo. Para mí el amor es regalarle un libro un miércoles de octubre a las cinco y media de la tarde, un beso en la nuca mientras se está maquillando, un “no te preocupes, vamos a solucionarlo juntos“,”estaré siempre que lo necesites“.

Quizá por eso me va tan mal.

Se nos llena la boca para decir te quiero pero muy poco para pedir perdón y enmendar nuestros errores.

Y claro, qué podemos esperar.

Ahora voy a verte pasar de largo, voy a seguir curándome, arreglando todos los desperfectos que dejaste en mi camino y seguiré esperando a alguien que sólo necesite verme sonreír para ser un poco más feliz.

Nos importa todo una mierda.

Alepo sigue muriendo si es que aún queda algún aliento entre sus edificios. Siguen pegándose tiros en la cabeza. Y la frase “el mundo se va a la mierda” sigue repitiéndose a diario cientos de veces.

¿Y qué?

Al final nada importa en nuestro día a día salvo nosotros mismos, nos da igual la crisis de refugiados, el gobierno del PP, la ley mordaza, los muertos en un accidente de avión o que los derechos humanos sigan en una alcantarilla.

Nos importa todo una mierda.

Y joder qué triste eso.

Que no seamos capaces de hacer nada para salvar al prójimo, que lo único importante seamos nosotros mismos, que fijamos interés por el exterior cuando tenemos el interior hecho basura. Hemos tardado un par de miles de año en llegar a este punto, a dar tanta pena, pero aquí estamos ganándonos a pulso eso del cambio climático, y dejar un mundo hecho de estiércol y residuos a nuestros hijos.

Nos perdemos en debates sin tratar de encontrar alguna solución y al final hemos dado tantas vueltas a los lemas y a las palabras que todo ha acabado por perder el sentido que tenía en un principio. Ni Yes, we can, ni straight edge, ni socialismo, ni I have a dream,  ni la A de anarquía, ni Imagine.

Hemos dejado atrás los caminos fáciles y nos los hemos llenado de piedras con las que tropezar hasta hacernos sangrar las rodillas y rompernos algún hueso. La mayoría de nuestros errores se arreglarían si habláramos más con las manos y menos con la boca. Si fuéramos más sinceros y soltáramos el lastre. Si miráramos a los ojos cada vez que queremos decir algo. Si no obligáramos a los demás a vivir como no quieren. Si dejáramos de ser marionetas de gesto triste.

Pero da igual, el mundo va a seguir sin nuestros abrazos si hace falta, va a seguir sin nuestros puños luchando por todo aquello que creen, va a seguir con nuestros bolsillos llenos o vacíos, va a seguir con nuestra luz apagada, sin agua caliente, sin nada que llevarnos a la boca mientras vaciamos nuestras botellas de alcohol y nos refugiamos de la lluvia.

El mundo seguirá girando cuando ya no queden músicos callejeros para alegrarnos el alma y cuando nada pueda calentar nuestros corazones.

Nos importa todo una mierda.

Y el primer hipócrita soy yo, porque lo único que me importa eres tú.

Vals triste.

Son buenos tiempos para cambiar.

Es la época de conseguir aquello que quieres, sin más. De plantar cara, de mirar de frente, de gritar con el viento en contra y decir toda la verdad.

Tiempo de lucha, de intentos y nuevos logros.

Tiempo de paisajes intactos, de bocas abiertas, de corazones desesperados al borde de un precipicio.

Tiempo del ahora.

Deberíamos dejar atrás lo malo, lo tóxico, todo aquello que nos asfixia y no nos deja respirar a diario. Deberíamos ser capaces de reflexionar y ver lo que nos va produciendo pequeñas heridas que luego escuecen pero no se ven.

Sigo pensando que soy un buen hombre, a pesar de los errores, a pesar de todo lo que he destrozado a mi paso como el más hijo de puta de los huracanes. Las palabras mal dichas, las verdades a medias, lo que dije sin pensar, lo que pensé y no pude decir.

Y todavía estoy a tiempo.

No estará todo tan perdido si aún soy capaz de emocionarme con el Kreutzer de Beethoven o Un sospiro de Listz como si fuera el primer día.

No será todo tan malo si aún puedo recordar tus besos con nitidez.

No lo habré hecho tan mal si a pesar del insomnio duermo con la conciencia tranquila.

Aún puedo leer tu rostro, y reconocer tus letras, y ver el amor en otros ojos. Aún puedo sentir cómo laten todas mis cicatrices cuando piensas en mí. Aún tiemblo de miedo porque no te tengo. Aún pienso en lo injusto que fue el tiempo con nosotros.

Lo que no veo claro a estas alturas es eso de merecerme algo.

Lo que no entiendo demasiado bien es si deberían pasarme cosas buenas, si debería sentirme más afortunado, si debería dar las gracias por lo que tengo y lo que hago.

Lo que me genera muchas dudas es no saber si tengo que conformarme o pedir más.

Mucho más.

Me veo viejo y solo de aquí a algún tiempo.

Me veo bailando a oscuras el vals triste de Sibelius mientras afuera llueve y la madera cruje bajo mis pies.