Etiqueta: ella

Balada sobre ti.

Viernes y a estas horas él sonríe, sólo puede sonreír.

Pensar en ella es sentirse tranquilo.

No sabe cómo pero desde hace tiempo los únicos momentos de paz que tiene son los que comparten juntos. Ella consigue que se difumine el miedo, que la inseguridad no pase por la puerta, que los nudos que tiene en la cabeza se desenreden y la cuerda caiga al suelo. Logra que el exterior deje de importar y que no haya sufrimiento, y que lo único importante sea el color de sus ojos. Atrapa todas esas malas vibraciones para tirarlas por la alcantarilla y que se vayan lejos con toda la mierda.

La imagina tumbada sobre la cama, con la respiración lenta del que puede dormir con la conciencia tranquila, tapada hasta el cuello cuando comienzan a bajar las temperaturas. La imagina dando un par de vueltas en la cama antes de decidirse a abrir los ojos, desperezarse y bostezar. La imagina preparándose un café después de lavarse la cara y mirarse al espejo sin saber qué pensar sobre sí misma. Como nos pasa a todos.

Hace tiempo que ha dejado de importarle lo guapa que sea y que todos la miren cuando pasa por su lado, que al final lo que le importa de verdad es que su sonrisa no se mueva nunca del sitio y el corazón se le desboque a cada rato.

Hace tiempo que han dejado de importarle todo lo que ella llama defectos y que a él sólo le parecen rasgos que la hacen única.

Hace tiempo que ha dejado de importarle estar caminando constantemente sobre el alambre y poder caer en cualquier momento, sin paracaídas que le libre del golpe.

Sabe que lo que hace que todo siga creciendo entre ambos es el misterio y los silencios repentinos que hay entre los dos, y también que algunas veces puedan decírselo todo con besos y otras tengan que esquivarse las miradas.

Ella consigue que tenga ganas constantes de volver a conocerla, de tropezarse de nuevo y encontrarse con su mirada al abrir una puerta.

Ella consigue coserle por dentro, dejarle el corazón marcado con hierro candente, bajarle la fiebre, curarle el mal genio, que broten flores de sus heridas; que quiera querer, ganar y sentir.

Y aunque todo parezca una basura, con ella es simplemente perfecto.

[Si me tengo que perder buscando la felicidad, que sea sólo contigo.]

 

¿Recuerdas?

El cielo vuelve a ser gris y lo observa desde la ventana de aquel café. Sentado en la mesa de siempre, en la silla de siempre, toma lo mismo de siempre. Es un hombre de costumbres al que le gustan poco los cambios. No le gusta el fracaso, ni lo efímero. Mira a través de los cristales de sus gafas, cada vez más gruesos y se pasa una mano por las canas.

Tiene sobre la mesa un libro, uno que le regalaron hace más de veinte años. Da un trago a la taza de café y cierra las páginas un momento. Tiene la costumbre de bajar a leer un par de tardes a la semana, olvidarse del trabajo, de la soledad que se le cae encima cuando está mucho tiempo en casa. La única compañía que tiene es la de un tocadiscos que casi siempre está dando vueltas y molestando a los vecinos.

Ni mucho menos es tan viejo como se siente, ni como parece creer. Todavía tiene el brillo jovial en sus ojos claros y en la sonrisa que esconde tras una barba perfectamente recortada en la que sólo despuntan algunas canas.

Seis y media de la tarde.

Alza la mirada y la ve pasar por la acera, un niño sonríe de su mano y lo mira desde la distancia de afuera, a través de la ventana. Ella se percata, lo distingue, se le tuerce el día, se le tuerce la vida. No sabe el tiempo que hace que ni hablan, ni se ven, ni se cruzan el uno con el otro. Se esquivan desde que se dijeron adiós con el corazón encogido, incapaces de tratarse si a los diez minutos tienen que separarse.

Nadie se da cuenta de la repercusión de sus decisiones hasta que pasa el tiempo, por muy seguros que estemos de lo que queremos. Nadie sabe el daño que puede hacer una palabra hasta que las hojas del calendario van pasando y la distancia se agranda. Nadie entiende las dimensiones de un sí o de un no hasta mucho tiempo después, cuando te duelen los huesos y el corazón ya no cicatriza bien.

Él sonríe triste, como cada vez que piensa en ella, y acaricia la portada de ese libro que ella le regaló. Traga saliva, bebe de nuevo, y ella y el niño desaparecen por la calle difuminándose con la tarde tibia de octubre.

Acuden a su cabeza las risas de ambos, las caricias de ella en la nuca, los besos suaves en mitad de la nada, el sexo sin pudor, los libros amontonados sin sentido, los abrazos reconfortantes, las hojas de los árboles cayendo junto a los dos, las carreteras infinitas y las ciudades nuevas.

Y se le parte un poco más el alma.

Hay personas de las que no te recuperas, de las que no puedes escapar. Hay amores que crean grietas más grandes en nuestro interior que cualquier terremoto.

“Dijiste que me querías, ¿recuerdas?”

Enamorarse o morir.

¿Enamorarse es un acto consciente? ¿Lo elegimos?

¿Nos enamoramos o nos enamoran?

¿Podemos obligarnos a querer a alguien o a dejar de hacerlo?

Casualidad, azar, karma, destino, suerte.

Todavía no entiendo los mecanismos que nos llevan a morir en los brazos de otra persona.

No sé muy bien en qué consiste eso del amor, ni si hay tantas maneras de querer como personas o sólo existe una única forma de hacerlo bien. No sé tampoco si existe realmente el poliamor o es todo cuestión de egoísmo. No tengo ni idea de cómo ni por qué de pronto se nos encoge el corazón y nos revolotea el estómago al pensar en alguien, ni por qué se nos forma una sonrisa estúpida cuando recordamos ciertas cosas, ni por qué todo parece más especial si caminas por las mismas calles y haces las mismas cosas de siempre junto a ella.

Yo sólo sé que un día apareciste, estando ahí mucho antes, y te vi de otra manera.

Yo sólo sé que un día me miraste a los ojos y se me fueron todos los fantasmas.

Yo sólo sé que un día sonreíste y el mundo se deshizo bajo mis pies.

Y entonces lo supe. Lo supe todo con esa certeza profunda que sólo se tiene unas pocas veces en la vida, con la convicción firme de que te quedarías instalada en mi pecho por el resto de mis días.

‪Lo único que puedo decir es que no te conformes jamás.‬ Y que si le quieres luches por lo vuestro, y que se lo demuestres a diario aunque no haya posibilidades, y que no apagues la llama, que no sea tu culpa. Y que no dejes que crezca odio entre vosotros, ni el olvido, ni el dolor, ni la distancia, porque no sirve de nada.

Lo único que tengo claro del amor es que se destruye cuando dejas de cuidar, cuando hay alguien que recibe las atenciones y el otro es esclavo, cuando uno importa y el otro sólo sale a la superficie a coger aire de vez en cuando, cuando se rompe el equilibrio y la balanza se inclina.

Lo único que puedo prometer (y no me gusta prometer nada) es que voy a quererte siempre.

Te quiero como si no hubiera querido antes, como si no fuera a querer después.

Eclipse vital.

Ella es guapa sin necesitar de nada ni nadie. La ves así, con la silueta perfectamente recortada al contraluz de la ventana mientras tú todavía estás abriendo los ojos y te cuesta dejar a Morfeo entre las sábanas y es imposible no sentir esa electricidad recorriéndote la piel, deshaciéndote un poco. Es imposible no creer que te marchitas un poco cuando hace tiempo que está lejos.

Tiene esa magia que hace que sabiéndola de memoria no te canses de ella, tiene ese pequeño y extraordinario don para hacer de todo una novedad aunque sea el pan de cada día. Todos nos encontramos con alguien así en nuestras vidas, que llega sin avisar y nos deja en la oscuridad durante un tiempo, y después nos devuelve a la luz, al camino, a seguir con más ganas de las que nunca antes habíamos sentido.

Todos tenemos nuestro propio eclipse vital.

Ella es esa clase de personas que te da un abrazo largo y te hace recuperar la fe, y hace que el mundo de un segundo al siguiente parezca un lugar en el que merece la pena vivir, aunque sólo sea un espejismo que no cambia nada.

Ella es esa clase de personas que hace que hasta el silencio suene mejor y te gusten casi todas las canciones, y no quieras dejar de luchar.

La pena es que necesitemos siempre a alguien que nos haga ver la realidad como la deberíamos ver sin ayuda, la pena es no ser capaces de darnos cuenta de las cosas por nosotros mismos.

La pena es que nos han enseñado que estar solo es triste y que necesitamos a alguien a nuestro lado, y nos han obligado a estar en una relación simplemente por convención social, porque hay que seguir al rebaño y hacer lo que todo el mundo hace.

Y ya está bien.

Creo que podemos quitarnos de la cabeza toda esa sarta de mentiras y ser felices a nuestra manera, sin intentar contentar a nadie. Sin vernos atados por correas que nos acaban haciendo herida en las muñecas y en los tobillos, y en el cuello, y nos acaban asfixiando.

Creo que podemos dejar de buscar tantos problemas y buscar solamente soluciones.

Creo que, sinceramente, podrías quedarte a dormir todas las noches.

Vueltas.

Otra vuelta de tuerca.

Otra vuelta ciclista.

Otra vuelta de campana.

Otra vuelta al mundo en ochenta días.

Otro error a la vuelta de la esquina.

Vuelve el cántaro a la fuente hasta romperse y esparcir su agua por el suelo.

Nos hemos olvidado de lo fundamental, de lo de querer arrugarnos el uno al lado del otro hasta acabar siendo lo mismo que éramos al inicio.

Nada.

Nos hemos olvidado de lo importante, de lo de respetar, de lo de no juzgar, de lo de dejar de etiquetar y clasificar todo lo que se nos pone por delante, de abrir la mente y quitarnos el corsé en el que están encerradas todas nuestras ideas.

Y ya no sabemos abrir fronteras ni dejar de tirar bombas.

A veces estoy convencido de que nos hemos vuelto todos gilipollas y ya no tenemos remedio, de que el mundo ya ha perdido la cordura y de que el ser humano es el animal menos racional de todos los que pisan nuestro planeta.

Entre tanto caos siempre hay alguien que nos permite parar el tiempo, abrir las puertas, desconectar de todo. Entre tanto caos siempre aparece el rayo de luz entre las nubes grises que nos saca una sonrisa, nos permite ser.

Tenemos que llevar cuidado, dejar de contar dinero, reír más y llorar menos.

Tenemos que permitirnos el lujo de salir en plena madrugada a ver la luna desde el balcón, sonreír con las tonterías que sólo entendemos nosotros dos, beber de nuestras bocas sin prisa, bailar con nuestros cuerpos sobre la cama.

Canciones a medias, páginas de libros en las que está escrito tu nombre, deseos por cumplir, fuego en el pecho y la tristeza bien lejos de nuestros pasos.

Decidle que ella es mi única patria y bandera.

Decidle que no tema que por muchas vueltas que de la vida, el sol o las circunstancias, no me iré.

Decidle que no tema, que aunque ella no me elija para mí siempre será la primera.

Mujeres.

Otra bomba, otra mentira, otro ataque, otra injusticia.

Vivimos en un mundo en el que todavía hay desgraciados que matan mujeres por ser mujeres. Un mundo en el que la religión sigue imponiendo sus reglas y todavía manda el miedo. Un mundo en el que cavernícolas sacan autobuses naranjas intentando adoctrinar. Un mundo en el que seguimos de brazos cruzados, esperando a que alguien haga algo, señalando con el dedo, escuchando en silencio.

Joder, qué pena.

Somos la generación que espera que cambie todo sin hacer nada, que se sienta a mirar mientras critica, como si nuestros padres nos hubieran enseñado eso, como si nuestros abuelos no nos hubieran demostrado que las cosas se consiguen saliendo a la calle.

Demasiado preocupados por poner filtros en las fotografías, por saber quién ganará la Champions, por ligar por Tinder con cualquiera con tal de algo de sexo rápido, por pasar horas frente a la televisión viendo una serie tras otra. Y no nos damos asco por darnos por vencidos, por no perder nunca los nervios con nada, por no tener sangre ni rabia suficiente para plantar cara.

Vamos a hundirnos con el barco en lugar de intentar nadar pero lo haremos mientras nos drogamos, nos emborrachamos, perdemos el sentido.

El infantilismo nos gobierna, y ya nadie quiere ser adulto con todas sus consecuencias.

Buscamos tener dinero en el bolsillo sin trabajar.

Mentimos casi cada vez que respiramos con tal de conseguir lo que queremos.

Vivimos de la inmediatez sin reflexión, sin ver más allá.

Han logrado que seamos necios que no saben vivir sin hacer lo que les dicen los demás. Necios que se han quedado sin voz, que han desistido, que se conforman.

Y entre todo este magma de cosas sin sentido aparece ella.

Ella, que no necesita armas en las manos para plantar cara.

Ella, que no cree en dioses si no en todo aquel que pisa el suelo.

Ella, que alza el puño por todas sus compañeras.

Ella, que no entiende de dejar de caminar ni de tirar la toalla.

Ella, que no busca titulares, ni títulos.

Ella, que va a acabar por salvarnos a todos.

Ella, mujer, esperanza.

Y la tenemos que cuidar.

Besar otros labios.

Somos hijos del destino.

Porque si no, yo no entiendo cómo estamos los dos aquí de pie sujetándonos todavía la vida con las manos.

Asumamos que el azar lo ha elegido así, que en medio de este caos sin control, de toda esta nube tóxica, nos hemos encontrado en el momento menos esperado, de la forma menos esperada. Con la misma suavidad con la que se deslizan unos patines por el hielo, o resbala una lágrima por cualquier mejilla. Con la misma facilidad con la que los buenos ganan en las películas o se roba un caramelo a un niño.

Las sombras están de nuestro lado y esa forma de actuar sacada de los libros de espías británicos, con el gris de campaña de fondo, con los encuentros furtivos, con el pintalabios manchando el cuello de la camisa.

Hemos conseguido aguantar después de un desastre tras otro, tras sufrir una lluvia de relámpagos rompiendo el cielo, tras mojarnos los pies y todas las vértebras pisando charcos sin querer.

Y supongo que todo eso debe significar algo, aunque no queramos darnos cuenta.

Si después de todo no tiramos la toalla.

Y resistimos en el ring.

Y aguantamos los golpes.

Y nos negamos a perder sin oponer resistencia.

A estas alturas no dejamos que nadie nos diga cómo hacer el equipaje, ni que nos paren los pies. Es hora de subir a la cima y de cavar el túnel, de romper el hielo y hacer fuego, de ser alma y carne, de perdernos y volver a encontrarnos, de mirar atrás y sonreír porque a partir de ahora todo será mejor.

Yo ya sé que soy su pasatiempo favorito, quizá por eso duele tanto.

Aún así me repito sin parar que ella no puede darme más, y prometo en voz baja que me gustaría olvidarla.

Pero es que besar otros labios no va a ser la solución.

Piénsalo bien.