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¿Estás lista?

Sólo hay eco.

En las calles y en tu cabeza.

Y nada más.

Los perros callejeros aún duermen, un botellín de cerveza nada por la alcantarilla y yo sigo en mi guarida, de la que creo que no debería volver a salir.

Pequeñas luces apagándose y encendiéndose en la penumbra de tu mente mientras aparece el sol con timidez entre las paredes de tu habitación. Sonidos y voces de vecinos que comienzan a elevarse tras los muros, y la sirena de alguna ambulancia que, ha quitado el sueño a más de uno y de una en el barrio, sigue el efecto doppler.

Tienes la mirada turbia y esquiva desde hace meses por no atreverte a hablar en voz alta, puede verse toda esa cantidad de palabras que se te atraviesan en la garganta, que te arañan por dentro dejando marcas que no van a irse, puede verse cómo viaja tu mente de una idea a otra sin que seas capaz de hacerles frente. Supongo que te estás preguntando si estamos preparados, y yo podría responderte pero no me quieres escuchar. Te da absolutamente igual lo que te diga, y te deja indiferente, y creo que hay pocas cosas tan mortíferas y venenosas como la indiferencia creciendo entre dos personas.

Porque, por si no lo sabes, la indiferencia se acaba convirtiendo en odio o en olvido, o en algo peor.

Explosión, desastre y luego, un silencio eterno.

Llegará ese punto en el que ya no se rozarán nuestras manos, ni compartiremos latidos ni besos, ni enfados, ni sonrisas.

Va a llegar.

¿Estás lista?

Porque yo no.

No creo que pueda estarlo nunca.

Y tuve miedo.

Escucho el eco de mis palabras en la cabeza, un eco que alterna con el silencio que me angustia.

Ayer miré de nuevo al suelo desde el balcón.

Y tuve miedo.

Volví a tener esa sensación en mi piel de curiosidad, la curiosidad insana de querer saber qué se siente cuando tus huesos tocan tierra desde unos diez metros de altura. Tuve que apartarme, cerrar la puerta y encogerme sobre la cama con las pulsaciones por las nubes. Volví a sentir la oscuridad acariciándome el sistema nervioso con esa sonrisa que hiela la sangre, con esa sonrisa del que sabe que si te atrapa esta vez no piensa soltarte.

Y tuve miedo.

Me vi desprotegido una vez más, con todas las inseguridades al descubierto, con todos los resquicios dejando ver el interior que tanto intento mantener oculto, con todas las grietas sacando mis trapos sucios. Quedando mis miserias más expuestas que nunca.

No sé quién tiene el remedio ni la solución a mis problemas, si todo depende de mí mismo o necesito la ayuda de alguien más. No sé si a estas alturas soy capaz de escuchar el consejo de otras voces, ni de dejarme abrazar cuando rompo a llorar.

Tengo ahora la sensación de soledad que ya conozco, la sensación de impotencia, de rabia, de tristeza y melancolía que se te agarra al alma y se mimetiza contigo.

Otro cambio que no soy capaz de controlar.

Otro paso que no estoy preparado para dar.

Que hay vida más allá de lo conocido es algo que tengo claro y asumido, pero a medias. Es fácil decir a todo el mundo lo que tiene que hacer pero algo menos el aplicarse el cuento a uno mismo.

Supongo que después de todo me merezco todo lo malo que me pase.

Tengo ahora la sensación de no ser nadie, de no tener ningún reflejo en el espejo, de estar hecho de las nubes negras que sólo consiguen intoxicar a quien tienen cerca.

Y tengo miedo.

Aunque sea lunes.

Se te cae el mundo encima y apenas te quedan fuerzas, y crees que no hay salida a todos esos problemas que te colapsan en el día a día. Arrastras los pies y las ojeras, y más horas de las que te gustaría de mal dormir. Te sientes como en una olla a presión en todas partes, a punto de estallar, sin ganas, sin fuerzas, dejándote llevar por la inercia de una rutina más que insoportable.

Cualquier canción en la radio te roba los pensamientos y no eres capaz ni de concentrarte en la más sencilla de las lecturas.

Y no hay válvulas ni vías de escape que te salven aunque sea durante cinco minutos.

Pides cambio, tiempo muerto y nadie te escucha.

La maldita soledad del eco.

Chasqueas los dedos en la penumbra esperando a que se haga la luz, que todo cambie, que el camino parezca menos atemorizante, que dejes de estar solo.

Pero nunca pasa.

Sigues caminando sin saber muy bien tu destino final, sin tener claro lo que debes hacer, sigues como si el futuro no existiera porque sólo ves el presente.

Y ahora que sólo puedo ofrecerte abrazos que alejen tus demonios y besos suaves para quitarte el frío, ahora es cuando más fuerza tengo para sacarte del lodo y soplarte en las alas que otros se han encargado de romper.

Y ahora que sólo tengo unas manos llenas de arañazos para agarrarte y los ojos rojos de llorarte, ahora es cuando más ganas tengo para temblar contigo y coser las heridas que ha ido dejando el tiempo en tu carne.

Seguimos mirando el horizonte desde ventanas distintas, rumbo al norte, rumbo al sur. Y hay barreras y cables, y cierta desesperación en todo lo que nos decimos. Disimulamos peor de lo que creemos, y todas las distancias de más de un centímetro entre nuestras bocas me parecen largas.

Lo de querer a alguien no debería ser ningún esfuerzo titánico, ni una pelea continua, ni el nudo en la garganta cada vez que abres la puerta de casa. Lo de querer a alguien no debería ser una mancha en tu expediente.

Son tiempos complicados para la lírica y para el amor. Son tiempos complicados para todos los que creen en la verdad, para los que no saben fingir.

Aunque sea lunes, mientras el cielo se apaga podríamos mirarnos a los ojos y decirnos un te quiero sin cervezas de por medio.

Perder el tiempo siempre se nos ha dado bien.