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Anarquía.

Me ha costado aprender pero lo tengo claro. Hay personas que no se merecen tu perdón, hay gente que te hace tanto daño, que te rompe en tantos pedazos que es imposible ser indulgente con ellos. Porque a veces la absolución no es una opción a tener en cuenta.

Y yo no soy ningún santo, aunque a veces lo intente.

Y estoy ya harto y cansado de ser el más tonto de este corral de comedias, de ser el desgraciado al que siempre le toca poner la otra mejilla y sonreír de la mejor forma posible porque nunca pasa nada y todo está bien.

No nos permitimos el dolor, ni la debilidad, ni el mostrarnos a los demás tal cual somos, sin vestiduras. Desnudos de mentiras, máscaras y conductas socialmente aceptadas que realmente detestamos. La cortesía de hoy en día, la falacia de la vida actual.

No quiero tener que ocultarme más, ni vagar por la vida de rodillas suplicando a los demás un poco de cariño. No quiero esconder nunca más quién soy, ni quiénes somos cuando nos damos la mano.

Todavía no he sido capaz de apreciar a tu lado las calles de plata de esta ciudad, ni he sido capaz de apartar la mirada de tus ojos teniendo el atardecer cerca.

Lo cierto es que aguantamos cualquier cosa, estamos hechos para seguir adelante aunque nos quiten las manos y los pies, y nos dejen sólo un corazón débil en medio de esta jaula de piel y huesos.

Aguantamos todavía la monarquía y el capitalismo, y que haya leyes que no nos dejen alzar la voz y protestar por nuestros derechos. Aguantamos hasta que nos quieran a medias y de mentira.

Este mundo es para el que consigue la adaptación al medio, se supone que sobrevive siempre el más fuerte. Y yo nunca lo he sido. He sido el débil, el que prefiere esconderse y agachar la cabeza a defenderse, el que prefiere rodear el peligro a enfrentarse a él.

Y me han llovido las críticas por ello, y me llueven, y me lloverán.

Yo que siempre he ido recorriendo la vida con paciencia tengo prisa ahora, tengo la necesidad de que las cosas pasen rápido.

Yo que siempre he sido defensa, ahora soy parte de la caballería, de la delantera mítica, y me he quitado el lastre y ahora corro más rápido y seguro.

Me gusta pensar que hacemos que vuelvan idiomas extinguidos cuando ruge el colchón bajo tu cuerpo, y que tu voz viene de algún lugar del Paraíso que no sale en los libros. Me gusta imaginar cómo se deshacen los hielos en contacto con tu piel y saciar mi sed contigo en un día caluroso de verano. Me gusta cuando niegas lo evidente y tratas de disimular. Me gusta cuando el sol te roba un destello en la mirada y casi eres tú de verdad.

Que aunque no te guste, eres como un libro abierto para mí.

No sé si te has dado cuenta pero ya vamos caminando por líneas de alta tensión y no somos conscientes del peligro. A veces el riesgo sólo hace más interesante el viaje, la aventura, y llegar al destino sabe aún mejor.

Yo, por si acaso, y pase lo que pase, estaré atento a las señales del cielo, a la divina providencia, a los tambores de guerra, a la electricidad entre los dos.

Yo, por si acaso tendré las armas preparadas para pelear cada batalla.

Pero si tengo que elegir, prefiero refugiarme sin censura en tu anarquía.

Tiro con arco.

Recuerdo los domingos por la mañana, recuerdo pisar el terreno del campo de tiro con arco y la emoción de colocar las flechas, de tensar la cuerda y de cerrar un ojo para intentar dar en el centro de la diana. La sensación de calma y nervios mientras observaba el objetivo y me concentraba en controlar el pulso y soltar la flecha en el momento preciso.

Hubo un tiempo en el que tenía buena puntería y supongo que la fui perdiendo con el paso de los años.

Por eso entiendo que ahora siempre apunto mal, siempre elijo mal, siempre lo hago todo mal. Quizá la puntería, el saber elegir, es cuestión de práctica, como todo lo demás en la vida y lo he ido dejando tanto de lado que ya no sé cómo hacerlo.

Y la verdad es que hace mucho que no creo en los milagros, ni confío en ningún ente invisible de los que se supone que viven en las alturas, pero me vendría bien un poco de ayuda. Ayuda, o mejor un simple empujón que me saque del camino y me haga ver que mis intentos no son más que una locura, y que nunca debí salir de donde estaba metido.

Soy como un pequeño hombre hecho de arena que se deshace con la lluvia, el viento y cada giro del reloj, y acabaré convertido en polvo y flores en alguna tumba sin nombre.

Ahora han vuelto el insomnio, la taquicardia repentina, el dolor a media tarde y el golpear los nudillos contra la pared mientras maldigo toda mi estupidez.

Que nunca quise quemarme por dentro y ya lo hago.

Me voy preguntando cada día cómo voy a desintoxicarme de tus manos cuando todo pase y sólo veo sombras. Siento el metal clavarse en los huesos, llenarme de frío, y tus uñas dejando cicatrices en cada centímetro de mi piel.

Siguen diciéndome que no me preocupe, que cierre los ojos, que la noche es joven pero yo me voy sintiendo cada vez más viejo, más cansado, sin saber qué hacer.

Me veo caminando a oscuras por cualquier carretera, mientras brilla la luna, intentando olvidar, intentando que me trague el mar. Y será la tercera o cuarta, o quinta vez. Y aún así, seguiré buscando las señales, buscando el rumbo para llegar a ese destino al que nos dijeron de pequeños que todos debemos aspirar.

Tengo que volver a entrenar mi puntería.

Debería dejar de pensar, debería ponerme freno, debería haberme pegado el tiro en la sien antes de que fuera demasiado tarde.

La realidad y todos mis sueños tienen el mismo final, porque al abrir los ojos ya no estás.

Somos legión.

Todo es rabia y dolor.

Todo es sangre y sudor.

Nadie escucha y nos obligan a luchar.

En la tele, de fondo, El Hombre que mató a Liberty Valance, pero las horas se rompen cada vez más y aquí dentro no deja de llover. Recuerdo en mano, me aflora la tristeza.

Más noches sin ti, noches sin sentido, sin besos, sin palabras, noches en las que sólo escucho mi triste y lenta respiración anunciando más tragedias. Y me vienen las imágenes a la cabeza, el alcohol subiendo, la ropa cayendo por el suelo mientras nosotros nos íbamos por las ramas. Hemos sido un par de lenguas que se chocan como espadas, y quiero pensar que te has agarrado a mí esperando que fuéramos eternos, pensando que si todo fuera diferente ya nos habríamos desgastado tanta entraña de hierro y cobre.

No pierdo las ganas, ni las fuerzas, a pesar de las caídas, a pesar de ser el soldado herido de todas las batallas, a pesar de haber caído del caballo y haber perdido, como siempre, la armadura.

El que resiste siempre gana, y aquí sigo. Por ti, por mí (quizá también por todos mis compañeros).

A pecho descubierto he salido a recibir tus balas, a beberte a media noche, a acariciar cada una de las pecas de tu espalda. Sin temer las consecuencias dije sí, busqué tus brazos, acurrucarme en tu pecho, sentirme pequeño.

Lo que empezó como una tormenta siguió con tanta calma que creí que estábamos estáticos, que no avanzábamos. Pensé que mientras el mundo giraba tú y yo sólo habíamos podido quedarnos parados mientras nos mirábamos a los ojos.

Besos a medias, nervios en el estómago y más abajo, mucho más abajo.

Sonrisas fugaces, miradas cómplices, la mano bajo la mesa.

Predispuesto siempre a que todo vaya mal, a que el abismo se abra bajo mis pies y a caer de nuevo.

Soy el chico que duele, y al que le hacen daño. Porque prefiero el dolor a la anestesia general, a no sentir nada, a verte sin poder tocarte nunca más.

Y me pregunto tantas veces qué somos. Créeme.

Me pregunto tantos días qué somos. Créeme.

Me pregunto sin tener la respuesta. Créeme.

Joder, ¿qué somos?

Somos legión.

Los insomnes, los amantes, los injustos, los valientes y cobardes.

Somos legión.

Los malditos ignorantes.

Somos legión.

Nosotros, los idiotas que todavía creemos en el amor.

Texto publicado originalmente el 12 de Mayo de 2016 en de Krakens y Sirenas

Todo son mentiras.

Se repiten las noches de insomnio, la taquicardia al despertar y el sudor frío empapando las sábanas limpias.

Se repiten las pesadillas, el quemarme tocando el hielo, el ahogarme en el primer vaso de agua.

Se repiten las palabras entrecortadas, las manos temblorosas, las despedidas en voz baja.

Primavera, buen tiempo, buena cara.

Y todo son mentiras.

Siguen los puñales clavados en la espalda, y las heridas, y me pregunto si esto va a ser así toda la vida.

Siguen la incomprensión, el dolor, tanta mierda arrinconada dispuesta a salir en cualquier momento.

Siguen el cansancio, la falta de fuerzas, y escribir con rabia cada palabra.

De nada sirve nadar contra las olas.

Y todo son mentiras.

Aprendí a ser actor para no tener que dar explicaciones, preparar el papel cada mañana al salir por la puerta de casa y sonreír por pura inercia, mimetizarme con el resto, acostumbrarme a una normalidad que nunca siento.

Ando a todas horas en una obra de teatro de la que desconozco el guión y el resto de la compañía va y viene. Y el escenario está vacío y la luz me enfoca a mí otra vez. Y la mayoría de veces sólo escucho las risas enlatadas de todo este circo contra mí.

Sólo soy otro maldito bufón para entretener al rey.

Un lienzo salpicado de grises y negros. Soy como un jodido cuadro de Pollock que nadie entiende, manchas de pintura, expresionismo abstracto.

Esto no es arte, es una broma de mal gusto“.

Supongo que todo acabará algún día. Que el timón del barco cambiará, que la rosa de los vientos me volverá a guiar fielmente, que la constelación de Andrómeda no dejará que me pierda de nuevo, y el efecto Coriolis hará que vuelva otra vez al centro de la esfera.

Y todo son mentiras.

Pero podrían ser verdad.

Tragedia y carnaval.

Se masca la tragedia. Desde hace mucho tiempo estoy en la cuerda floja, caminando a oscuras en una incertidumbre que no soy capaz de arrancarme de la piel. La mirada turbia, las risas a medias, el fingir que todo está bien sin una mano amiga a la que poder aferrarme cuando el precipicio se acerca de forma incomprensible.

El carnaval diario de salir de casa con la mejor de nuestras máscaras puesta para que nadie note que no, que no todo está donde tiene que estar, y que por dentro todo es mucho más negro y aterrador de lo que parece. La oscuridad se cierne con el paso de los días sobre nuestras cabezas y no nos deja ser. Una enorme nube que se ha mezclado con nuestras neuronas y nos impide pensar con claridad, ver más allá de nuestros pies manchados de carbón.

Lo que me estoy haciendo se llama alta traición, es todo pura autodestrucción perfectamente planeada. Llevarme al límite del dolor, del sufrimiento consciente, y creo que ya he llegado al punto de no retorno, de sentirme incapaz de cambiar la ecuación y el resultado final. Tocar fondo de una vez, aunque parezca imposible.

Amanece y atardece sin que nada cambie, y sigo estando en el sofá sin levantarme ni a mirar por la ventana. La taza de café siempre está humeante y la mayoría de las veces ni tan sólo escribir toda esta mierda sin sentido alguno mitiga el dolor que se clava ya por debajo de las uñas y hace que me arda la garganta.

Mantenerme con vida está suponiendo más esfuerzo del que creía y todo se ha convertido en una estúpida espiral que me lleva directo al mismo infierno. Ojalá un día pueda descubrirte en el portal, de pura casualidad y sea una de tus sonrisas la que me tenga que salvar.

 “—Tranquilo, ahora sí. Es para siempre.”

Estoy bien.

La primera mentira de la historia fue probablemente un estoy bien cuando no era así. A veces se ve en los ojos, a miles de kilómetros, que no es así. Y es que la mirada es ese espejo en el que los buenos observadores son capaces de leernos y saber que hay algo más allá. En los ojos y en esa pequeña arruga que se forma al lado de tu sonrisa cuando algo falla, cuando las cosas no están en orden, cuando te derrumbas por dentro y tratas de mantener la estructura intacta.

Rotos en pequeños pedazos que nunca acaban de encajar con nada ni con nadie, somos fragmentos de canciones que al final dejan indiferentes y se acaban.

Acantilados que desafían a un mar embravecido que se burla de nuestros huesos débiles y nuestras sonrisas falsas.

Somos piedras desgastadas por la lluvia del invierno y ladrillos sueltos abandonados al acabar una obra.

Dolor en cada articulación cuando no estás y ese vacío en el cerebro y en la entrepierna cuando te vas de mi cama.

El corazón herido, abandonado, a medio camino entre el querer y la huida fácil.

Miro nuestras fotos y nos echo tanto de menos que para qué mentir, quiero volver unos meses atrás sólo por volver a verte sonreír como lo hacías cuando Madrid se quedaba pequeño en nuestras manos.

Palabras que son peores que las balas, silencios incómodos que nos matan, tristeza, melancolía y una nostalgia que me araña las entrañas sin que apenas me de cuenta.

La coraza ya oxidada no es capaz de evitarnos las heridas, ni las secuelas de esta caída hasta el vacío donde tropezarse con uno mismo.

El lobo solitario que aúlla a la luna a mediodía, que sólo busca tu húmeda compañía, que sólo busca refugio entre la lengua y tus dientes.

Huele a café otra vez y tengo que pensar en ti, en nosotros, en mañana, en ojalá, y en un yo no sé qué va a pasar.


¿Cómo estás?

Bien, yo siempre estoy bien.


Rabia.

Rabia, sí, y mucha espuma por la boca. Rabia por todo eso que quieres y nunca pasa. Rabia por todo eso que quieres controlar y no puedes. Rabia por ser y no estar, y parecer a medias.  Rabia porque ya no hay miradas en la madrugada, ni gemidos, ni sábanas por el suelo.

Supongo que esto tan sólo es otro duelo con el tiempo, los relojes y el puto calendario. Otro duelo más, de esos a los que ya me he acostumbrado. De los que siempre acabo perdiendo porque son contra mí mismo. “Resiste, aguanta”, la de veces que he de decírmelo y recordármelo en voz alta. Toda la vida esperando a que pase algo y a que no pase nada al mismo tiempo. Contradicciones, un sí dentro de un no, un gris dentro de un blanco limpio, un norte a medio camino del sur.

Rabia al final todo se reduce a la rabia y al odio a uno mismo, a morderse los miedos y degollar las propias penas.