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El romance del diablo.

Era la hora en que la gente vuelve a casa y él sin embargo caminaba con las manos en el bolsillo y la mirada perdida con un claro destino.

Buscaba cobijo, calor, un poco de amor en cualquier parte. Desde hacía años acudía a aquel burdel a gastarse el poco dinero que conseguía con pequeños trabajos. Todavía le ardían el cañón del revólver y la conciencia. Sobre todo la conciencia. Aún no se había acostumbrado a robar una vida como quien roba un caramelo y dudaba que pudiera hacerlo algún día. Aquel pobre hombre se había arrodillado y había llorado como un bebé mientras le suplicaba que no le metiera aquel plomo entre las cejas pero no había surgido efecto.

Los dólares eran mucho más importantes que las personas, eso lo tenía claro.

Frankie era el tipo que se ensuciaba las manos para que los peces gordos pudieran seguir ganando peso en el estanque. Una cicatriz en su ceja derecha y la cara marcada por la viruela hacían que la gente siempre lo mirara con cierto temor.

Había cientos de leyendas en la ciudad con su nombre y apellidos, Frankie Ray el eterno matón de Floyd Cross.

Al entrar por la puerta, la dueña del local le saludó sin hacer el intento de pararlo. Frankie siempre llegaba a la misma hora y subía a la misma habitación.

02:00 am, habitación 13.

Golpeó con los nudillos un par de veces y la puerta se abrió después de unos segundos. El rostro moreno, enmarcado con un par de mechones oscuros de Emma lo recibió. Emma era una mulata que no llegaba a los cuarenta y el capricho de Frankie Ray. A pesar de las apariencias y de lo que todo el mundo podía pensar, Frankie no le había puesto una mano encima después de más de un año.

Emma caminaba a medio vestir por la habitación mientras le servía un poco de vodka sin hielo al de Memphis. Él ya se había tumbado en la cama, sin quitarse las botas, sin cerrar los ojos, y sin abrir la boca. A excepción de los pasos de la chica el silencio reinaba en la habitación.

― ¿Un mal día?

― Todos los días son malos en esta ciudad. ―Frankie cogió el vaso y se bebió el contenido de un trago, sintiendo que se acababa de meter en el cuerpo medio litro de colonia barata.

Emma se sentó junto al hombre y le dejó un beso en los labios antes de levantarse, coger un cigarro y caminar hasta la ventana para fumar mientras observaba las calles en calma.

El matón sacó la cartera, dejó los billetes sobre la mesita de noche y miró al techo. El dinero que sacaba de los trabajos se lo daba en su mayor parte a ella al final de la semana.

―Eres el único hombre que entra en esta habitación y ni siquiera me pide una mamada. ―Emma dejó escapar el humo entre sus labios. Frankie no había intentado bajarle las bragas ni la primera vez que puso un pie en aquella habitación. El hombre sabía que el sexo con ella sería el mayor de los pecados, y que acabaría perdiendo la cabeza por las curvas inexactas de aquella mujer color café.

―Ya sabes que no es eso lo que busco. ―El grandullón se estiró sobre el colchón y respiró hondo antes de seguir hablando. ― ¿Cómo están tus críos?

―Están bien, pasan el fin de semana con mi madre. No volveré a por ellos hasta el domingo, si quieres puedes venir a dormir a casa.

Frankie negó sin decir nada, y es que por mucho que supiera que Emma era la mujer de sus sueños tenía claro que un pobre diablo como él poco tenía que aportar a la vida de alguien. Así que permanecería allí, siendo su sombra, su ángel, su protector, mientras siguiera respirando, sin esperar nada a cambio. Y suponía en su fuero más interno que no debía haber un amor más puro que aquel. Emma nunca sería suya y él nunca le pertenecería a ella.

El de Memphis se levantó después de una larga charla, caminó hasta Emma, dejó un beso en sus labios y le acarició el pómulo izquierdo mientras la miraba a los ojos, unos ojos verdes en los que no dejaría de talar árboles si las cosas fueran de otra forma. Unos ojos que le gustaban más que los billetes nuevos de cien dólares.

―Buenas noches, Frankie Ray.

El diablo se había enamorado de una prostituta.