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Errante.

Al abrir la ventana el viento me ha traído de nuevo aquel perfume que empapaba su pelo, y eso siempre me desmonta. Como lo hacía su mirada cuando se fijaba sobre mí. Es propio de ella, lo de aparecer de pronto y que me de un vuelco el corazón. Es lo habitual que asome la cabeza, me sonría, revuelva mi mundo y vuelva a desaparecer sin dejar rastro, sin permitir que la persiga y la coja entre mis brazos. Es como esas tormentas que destrozan las cubiertas de los barcos y se esfuman sin saber a dónde han ido. Es como esas estrellas que surcan el cielo en segundos y te permiten pedir un deseo.

Ella es así, libre desde que pudo bajar de la cuna y empezar a caminar por sí misma. Con el brillo en la mirada de las personas que se ilusionan con los pequeños detalles, con la media sonrisa de quien no dice todo lo que sabe pero sabe más de lo que calla, con la ingenuidad y la picardía justas para atraparte entre sus piernas.

¿Quién no se enamora de alguien así?

¿Quién deja escapar la oportunidad de dejarse la piel por esa clase de persona?

Habría que estar idiota para negar lo evidente.

Y es que es imposible controlar cuándo alguien aparece en tu vida y te rompe los planes, te cambia los esquemas y te obliga a empezar de cero pero siendo un poco más listo, sabiendo lo que quieres de la vida, de la muerte y del amor.

Y también es imposible controlar cuándo todo va a cambiar y vas a volver a quedarte solo, y te va a tocar ver los fuegos artificiales de nuevo sin nadie desde la terraza, pensando en cómo la abrazarías por la cintura y mirarías al cielo apoyando la barbilla en su hombro, y le susurrarías que la quieres mientras unas cuantas palmeras doradas surgen y desaparecen ante vuestros ojos.

Al abrir la ventana he visto una de esas estrellas fugaces y he tenido que pedirte como deseo, pero sé que esta noche no vendrás, ni la próxima, ni la siguiente. Nunca tengo tanta suerte.

No acabo de entender que el tiempo nos convertirá en polvo, que sólo soy otra piedra que formará parte de tu muro, que no significaré nada cuando me veas en tus fotos. No acabo de entender que no soy la persona que necesitas aunque tú sí seas la mía. No acabo de entender que lo último que quieres a tu lado es un loco que sueña con los ojos abiertos, un bobo que aún tiene fe en la humanidad, un perro verde que lee todas las noches y que cree que la música nos puede salvar. Hay tanto que no entiendo que ya da igual.

Soy errante, errático, erróneo, y sé de sobra que cualquiera es mejor que yo para pasar la vida a su lado.

Lo único que puedo decir es que voy a estar cuando lo necesites.

Así de sencillo.

Y que me iré cuando ya no te haga falta.

Ya no llueve como antes.

Ya no llueve como antes, y lo sé porque no estás tú.

Los días de tormenta dejabas todo lo que estuviera entre tus manos y mirabas por la ventana. Veía en tus ojos el reflejo de las gotas dejándose llevar por la gravedad hasta su terrible destino. Sonreías a pesar de los relámpagos y los truenos. Y la vida durante el tiempo que durara aquel fenómeno de la naturaleza se detenía para nosotros y era perfecto. Te miraba desde el otro lado del comedor con una sonrisa que era incapaz de borrar cuando veía la ilusión y la emoción mezclarse con inocencia en tu rostro.

Es con esos pequeños detalles cuando te das cuenta de que realmente harías lo que fuera por alguien. Y, supongo, que el amor debe reducirse a eso. De ser capaz de cualquier cosa por otra persona, de que no haga falta gritar a los cuatro vientos que quieres a alguien porque se te nota en la forma de hablar, de reír, y de respirar a su lado.

Es con esas pequeñas cosas con las que te a un vuelco el corazón a pesar de los años, y sientes la tranquilidad de tener a alguien con quien compartir la vida.

Un abrazo por la espalda, un beso en el cuello, el silencio en casa, la lluvia de fondo y nuestra respiración.

Y las nubes rompiéndose en pedazos, las calles inundadas y tus bragas por el suelo.

No sé cómo pero siempre acabábamos entrelazando nuestros cuerpos, dejándonos mecer por el vaivén del exterior y contra la intensidad de afuera nos tocábamos más lento. Mi saliva mojando tu pecho, tus manos frías recorriendo mi espalda, y la fricción imparable de dos caderas que se buscan con tiento. Cogiendo aire al mismo compás, los jadeos que enfadaban a los vecinos, el ruido seco de una madera golpeando la pared.

La casa olía después a sexo fácil, a tierra mojada y a felicidad.

Y las risas quedaban atrapadas durante días en nuestras cuatro paredes.

Ni siquiera sé ya cómo huele todo eso.

Se me ha olvidado todo lo bueno desde que no estás en mi día a día, desde que tengo que afrontar las nubes grises y la niebla densa en solitario. Desde mi cueva.

Se me está olvidando vivir.

Ya no llueve como antes, y lo sé porque no estás tú.

Texto escrito para Krakens y Sirenas.

Apocalipsis emocional.

Paisajes desiertos, nubes con tinte rojo y el recuerdo de tu mirada en las espaldas.

El odio en las manos, el veneno en los dientes, la rabia en cada uno de los pasos.

Desea tu muerte, maldice tu vida.

Tanto hijo de puta suelto sólo puede significar que el fin del mundo se acerca, y los jinetes del Apocalipsis vienen en Ferraris y visten polos de Lacoste, huelen a dinero y sonríen como esos idiotas de Hollywood, blanqueados hasta hacer que te duelan los ojos.

Más terremotos, más tormentas tropicales y más desastres naturales que no tienen nada que ver con tus caderas. Desde que no estás en mi cama nada es lo mismo.

He intentado parar el mundo, vivir en gravedad cero y reírme en toda la relatividad de Einstein sin que tenga el más mínimo efecto. No me interesa ya el acelerador de partículas ni el peligro de comer pez Fugu.

Lo único que quiero es abrazarte viendo una película mala de sábado por la tarde, que nos besemos hasta aburrirnos mientras cae la noche y tener agujetas en los costados de reír contigo.

A veces la alegría está en los detalles más nimios, en la estupidez del día a día, aunque afuera el cielo arda en llamas y la gente haya olvidado que el corazón sirve para algo más que para bombear sangre al resto del cuerpo.

Mea culpa.

Yo no sé si es culpa mía, pero cada vez que cojo el timón la vida me manda una tormenta. Como una señal de aviso inequívoca para que vuelva a mi sitio, para que me olvide de esas ansias de navegar un mar bravío y me quede en la orilla, mirando, como he hecho siempre. Mirando a los demás, observando con las manos a la espalda las vidas de los otros, que van, que vienen, que dan vueltas y acaban por naufragar. Porque arriesgarse también puede ser un error.

Yo no sé si es culpa mía, pero cada vez que cojo el mapa empieza a llover, y se encharcan los caminos y tengo que quedarme a refugio. Protegido entre paredes, esperando a que vuelva la calma, a que el sol brille con dudas para poder sacar los pies de nuevo entre las piedras y tratar de avanzar un poco hacia el futuro tambaleante que parece que nunca llega.

Yo no sé si es culpa mía, pero cada vez que lanzo una flecha nunca llego a acertar en el centro de la diana. El fallo, algo tan propio, que casi no imagino lo que es respirar sin hacerlo mal, sin pisar las hojas cuando quiero avanzar sin que nadie se de cuenta, sin dar un portazo cuando quiero escapar sin que me escuchen, sin toser cuando estoy escondido entre las sábanas guardadas.

Pero lo cierto es que cada vez me importa menos, lo único que empieza a importarme a día de hoy es desprenderme de las piedras que llevo a la espalda, expandir la caja torácica y coger aire, tirarlo, y volver a empezar. Que la mayoría de días sólo quiero dejar de pensar, apagar el cerebro y sonreír sin saber por qué, despertar por las mañanas y volver a apretar tu mano sabiendo que no te vas, sabiendo que yo también me quedo, sabiendo que va a haber café de sobra para los dos y que tenemos que comprar ese helado que tanto te gusta porque nos lo hemos vuelto a acabar. Los libros compartidos, la discusión tonta porque los dos queremos poner nuestra música mientras limpiamos la casa, el calentón en el ascensor, el meternos mano en la orilla de la playa, el partirnos de risa borrachos sobre la cama antes de caer rendidos.

Pequeños detalles, como tu cepillo de dientes junto al mío, tu champú y ese otro bote marrón que no sé para qué sirve, un abrazo inesperado en la madrugada, una película que dejamos a medias después del primer beso y que nunca podemos acabar. Las risas en el metro, perder los autobuses, las lágrimas de despedida, los nervios de subir al avión, la Torre Eiffel sobre nuestras cabezas, Hielo T, Pequeña de las dudas infinitas, palmeras, el sudor en tu habitación, el cruzar todos los semáforos en rojo, el que te emborraches a la primera copa, la pizza familiar, tu Nesquik en el armario de mi cocina.

Yo no sé si toda esta vida de mierda, de ahora sí y ahora no, es culpa mía. Pero me da igual.

Lo único que pido es no quedarme nunca sin café, tus ojos y los besos.