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No somos futuro.

Lo que me gusta de la vida es que siempre se encarga de devolverte al lugar que te corresponde. Te da una hostia, y bajas de donde sea que estés. Como cuando te crees en la cresta de la ola y de repente te das cuenta de que no, que estás en el mismo puto punto diminuto del mapa en el que eres insginificante y no le importas a nadie.

Al final resulta que aunque no queramos nos creemos las palabras de los demás, aunque los ojos nos digan otra cosa, aunque los días nos digan lo contrario, aunque no haya nada que hacer y sigamos remando por si acaso.

Aunque la intuición nos avisara hace tiempo de que debíamos protegernos.

Aunque la profecía nos advirtiera de que nos harían daño si éramos de verdad.

Quizá es que es tiempo de ruina y de rendirse, y de dejar caer los brazos a ambos lados del torso sin intentarlo más. Quizá es que tan sólo soy un poco de eco entre tus manos, un recuerdo de algo bueno que te hace sonreír.

Pero no somos futuro.

No somos nada.

Y la verdad es que ya no creo en el destino, ni en las casualidades, y la magia ha dejado de existir para mí. Y ahora que todo se ha vuelto tan racional y me doy cuenta de la realidad prefiero dejarlo todo de lado y volver a ensuciarme las manos dibujando borrones en papel reciclado.

Sin ser Sócrates, lo único que yo sé es que nunca estás y no me sirve.

Ya no.

Y aunque haya sinfonías de Sibelius y de Mahler que me hagan creer lo contrario voy a romper partituras y a incendiarlo todo, porque ya nada tiene sentido.

Me enseñaron que decir adiós siempre cuesta menos con una canción.

Ahora sólo tengo que encontrarla y estaré listo.

Se avecina el desastre.

Extraños.

El vendaval de la vida nos arrolla cada día.

Se nos lleva por delante todo este huracán.

Somos seres vivos incapaces de asimilar los cambios y las verdades hasta que pasa un tiempo, casi siempre cuando ya es demasiado tarde. Expertos de libro en dejar pasar las buenas oportunidades. Nos perdemos los mejores atardeceres, los días de lluvia bajo la manta, los clásicos de la literatura universal.

Acabamos por perder hasta los besos más tiernos, las caricias más largas,  las flores de marzo y al final hasta a nosotros mismos.

Será que el destino me tiene cogido por el cuello desde hace tiempo y va apretando mi garganta poco a poco, y es cierto que ya se me está acabando el aire. Creo que aprendí a perder desde el primer aliento, creo que voy a medio gas desde hace un par de lustros.

Y que el único crimen que cometí fue fijarme en ti.

No sé si de esta me va a sacar alguien o voy a tener que aprender a nadar antes de volver a tragar agua y acabar en el fondo del pozo. No sé si va a haber cuerdas lo bastante fuertes como para sujetarme en ellas cuando me toque aguantar los golpes.

Pero creo que, a pesar de todo, -aunque parezca que no- los días terribles llegan y también se acaban. Y sólo necesitamos cambiar el cristal de las gafas o limpiarlas un poco mejor para ver con claridad.

Somos dueños de todas las respuestas antes de decirlas en voz alta, pero nos para el miedo y acabamos por mirar a otra parte, acabamos por quedarnos bajo el portal para protegernos de la tormenta.

Eso de sentirme vivo se me hace demasiado raro todavía, será la falta de costumbre. Llevo tanto tiempo en la penumbra, viviendo tras la ventana, saludando desde muy lejos a los demás. Llevo tanto tiempo encerrado en esta coraza que me he oxidado y parezco una vieja armadura chirriando al empezar a caminar.

Pero hazme caso, nada malo puede pasarnos porque ya hemos roto la barrera del sonido con la risa y nos hemos besado a plena luz del día. He visto eclipses cada una de las veces que has entrado en mi cama, y ya me he dado cuenta de que no hay rutina en tu mirada.

Y la cuestión es que adoro que seamos cada vez más imperfectos.

No pienso dejar que acabemos convertidos en dos extraños, aunque vengan con antorchas, piedras y palos.

Eso, lo del olvido, sólo pasa en las peores historias.

No volveré a verte.

La primavera se nota en la calle, la noche pierde terreno y ya he visto a valientes que han colgado los abrigos y no piensan cogerlos hasta que llegue Noviembre. El frío se ha quedado atrás y tengo claro que no volveré a verte. Lo cierto es que la mayoría de las veces un adiós a tiempo ha salvado más vidas que algunos tratados de paz.

A pesar de que el sol ya nos calienta los brazos seguimos con el miedo acurrucado en nuestro pecho, nos puede el pánico a la soledad aunque sea de manera efímera. Seres sociales por naturaleza sólo unos pocos son capaces de aislarse del resto sin sufrir las consecuencias.

Soy capaz de mirar bajo mis pies y ver lo inestable del suelo en el que piso. La mayoría de días vivo en una realidad paralela que me impide darme cuenta de lo que realmente pasa, y arrincono la verdad por temor a que vuelva a hacerme daño.

Últimamente, lo único que me produce paz es el ruido, el movimiento y las tormentas. De pronto es como si me sobraran la calma, la tranquilidad, la serenidad; necesito el estruendo, la detonación de mis propios pensamientos hasta vomitarlos a gritos con la primera canción que me recuerda a ti.

Convertido en un juguete roto que espera en la orilla del mar a que vuelvas, a que envíes un mensaje dentro de una botella. Hazme saber de alguna forma que por un momento fui importante, que de verdad te pasó como a mí, que te habrías atrevido a construir un barco en el que navegar los dos hasta acabar convertidos en hielo y sal.

Miénteme, porque de tus labios la verdad nunca fue capaz de curarme las heridas. Miénteme y dime que volverás algún día, y que podré sonreír de nuevo sin partirme en dos pensando en ti.

Qué cruel el destino que me mantiene tan lejos, que lo único que me permite saber con claridad es que nunca fui tuyo y que, en el fondo, nunca quisiste quererme.

Días sin suerte.

Los días se me quedan grandes, me sobran las mismas horas que me faltan para hacer nada y hacerlo todo. No hay manera de parar, de quedarme quieto, de bajarme de un tren que va demasiado rápido hacia un destino que todavía no conozco, y ¿por qué no admitirlo? Tengo miedo. Un miedo atroz a seguir avanzando, a mirar el reloj y ver que ya ha pasado un año y que ahora sí, estoy totalmente perdido, abandonado, y que sigo igual de herido. No hay manera de remediar el error, de poner parches, arreglar las velas y seguir navegando en estas aguas turbulentas.

Se nos ha ido todo a la mierda, las expectativas, los planes de futuro, el matrimonio, los hijos, el amor perfecto y eterno. La vida, de pronto, te ha dado un derechazo y te ha desencajado la mandíbula y se burla, la muy cabrona se burla desde la otra mitad de la calle, desde la esquina en la que se encuentra el bar que visitas cada viernes para intentar olvidar todas esas penas que te están arrastrando al pozo.

Tu nombre solo en el buzón, el café para uno, el lado izquierdo de la cama con las sábanas intactas, el cepillo de dientes único recibiéndote cada mañana. Qué puto es el azar que juega con nosotros, nos zarandea y nos coloca de pronto en un escenario que no controlamos en absoluto, en un traje que nos queda grande y que no tiene arreglo.

Nunca he sabido jugar al ajedrez (aunque he intentado aprender), por eso espero el siguiente movimiento de la partida sin saber muy bien qué hacer, sin tener demasiado claro si voy a ganar o a perder, sin acabar de entender si hay rey en este tablero del que formo parte. Tampoco sé jugar a las damas, ni se me dan bien los juegos de cartas, porque la suerte nunca está de mi parte.

Voy a dejar de esperar porque nunca me funciona, porque al final siempre acabo más roto, más destrozado, más animal y menos persona. Porque al final me encierro en una coraza de la que ya soy incapaz de salir y muerdo a los que andan cerca, y lo veo todo negro.

A pesar de todo, de los cambios, del vaivén de estos meses turbulentos, no he sido capaz de soltar una lágrima desde hace un tiempo y todas ellas me pesan en el centro del pecho, y duelen como si fueran disparos a quemarropa.

Necesito un susurro de los tuyos, que me tapes los ojos y me digas que puedo dormir tranquilo, aunque sea ahogado en un mar salado.

Nada más.