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Tanta gente triste.

Nunca he visto tanta gente triste como ahora.

Tampoco tanta gente enfadada ni llena de rabia.

Crece el odio, la ansiedad, el llanto, los gritos.

Quizá es que la vida nos empuja de manera inexorable hacia un destino que no deseamos pero, sin embargo, no somos capaces de evitar (o no queremos, o no podemos); las variantes y las posibilidades son tantas como las diferencias entre los copos de nieve al microscopio.

Poco a poco vas percibiendo el desgaste en las ganas, en los huesos, en las palabras.

Poco a poco dejas que el mundo te aplaste, igual que aplastaste tú a aquel grupo de hormigas en el patio del colegio cuando tenías ocho años.

Y se esfuma todo.

Comienza la autodestrucción.

Y el engaño de que da igual esforzarse porque nada va a mejorar.

Caemos en la trampa, volvemos a cometer el mismo error que nos condujo al pozo sin luz en el que estamos metidos hasta la cintura.

Y sólo me salva ese pequeño desastre que armas a mi alrededor cuando te veo, el caos que desatas de un momento para otro.

Sólo sé que las hojas siguen temblando ahí fuera y tú no estás; pero queda esperanza, he visto a un viejo sonreír mirando al cielo.

Tocará seguir luchando contra viento y marea.

[y los idiotas, que es lo que más cuesta.]

Ya es tarde.

Ya es tarde, probablemente para todo.

Es tarde para que vuelvas a abrirme la puerta, para que se arregle el mundo, para remediar algunos de los errores que hemos cometido.

Es tarde para olvidar algunas cartas, cafés y tantos besos.

No sé qué voy a hacer a partir de ahora que todos los caminos me parecen oscuros y sin fin, desde que sé que no vas a estar al otro lado el destino ya no tiene sentido. Supongo que voy a dedicarme a vagar por el Universo, a hacer y deshacer sin que nada permanezca mucho tiempo, a tener amores fugaces de esos que no dejan la huella que has dejado tú con tal de mantener la mente y el cuerpo ocupado. Y es que si consiguiéramos encapsular los sentimientos, guardarlos para siempre y que así alguien pudiera encontrarlos dentro de miles de años mi corazón sería como un fósil en el que podrían leer tu nombre sin problema, sólo quitándole el polvo de un soplido.

Algunos días creo que ya no tengo miedo a perderte, porque siendo sinceros nunca te he tenido, y otros me quedo callado mirando al vacío esperando a que algo cambie, a que algo me salga bien de una jodida vez.

Podrían haberme avisado de que la vida era así de injusta, de que uno nunca tiene lo que se merece, de que hay otros siempre con más suerte, de que crecer sólo iba a servir para destruirme lentamente.

Podrías haberme avisado de que romperme en dos no iba a ser suficiente, ni cuidarte más de lo que me he cuidado nunca a mí mismo, ni querer sólo lo mejor para ti, y de que arriesgarse es un espejismo para la mayoría de la gente.

Es tarde para que sonría como hacía antes.

Es tarde para hacer las maletas.

Ya es tarde, probablemente para todo, también para huir de ti.

Almas perdidas.

Tú y yo somos almas perdidas, por eso nos acabamos cogiendo de la mano, nos bebimos las ganas, nos usamos a ratos. Nos encontramos en un páramo en mitad de nuestras vidas y no pudimos evitarlo, sin que existiera nadie más, sin que importara nada más, sin medir y sin pensar.

Es cierto eso de que los seres humanos somos animales, y tenemos instintos primitivos, y a veces llega alguien que te hace coger impulso y saltar más lejos de lo que nunca antes habías saltado, romper todas las normas, creerte alguien de nuevo.

Tú y yo somos balas perdidas, por eso nos acabamos tropezando, se nos cayeron los papeles de la mano y los perdimos todos, uno a uno, hasta quedarnos completamente desnudos. Nos olvidamos de quiénes éramos y dónde estábamos y el lugar que debíamos mantener cada uno.

Es cierto que nos pasa con frecuencia, que nos perdemos entre las páginas de un libro y no podemos dejar de escuchar una canción, y a mí me pasa contigo. Eres todas y cada una de esas historias que no me canso de leer y de inventar, eres todas y cada una de esas melodías que no me canso de escuchar y de cantar en voz alta, sin ningún tipo de vergüenza.

Tú y yo somos armas prohibidas, por eso herimos a diestro y siniestro y sólo podemos curarnos el uno al otro, somos pócima y ungüento, dioses nuevos y viejos a la vez. Nos chocamos en una esquina cualquiera para no tener que separarnos nunca más.

Y todavía hay quien no cree en el destino, ni en esa especie de suerte necesaria para que alguien que se cruce en tu camino llame de alguna manera tu atención, te fijes en ella y no puedas apartar la mirada de sus ojos, y quieras probar sus labios al segundo después de saber su nombre y no tener que abandonarla nunca más.

Y lo perfecto que es eso, lo bonito, lo absolutamente maravilloso que es toparse con alguien así y disfrutarlo, y aprovecharlo, y no dejar escapar ninguna oportunidad, porque no nos damos cuenta pero hoy estamos vivos, aún respiramos, y mañana no sabemos qué pasará.

Yo no quiero lamentarme, ni tener que preguntarme por qué no hice esto o aquello cuando tuve la oportunidad, yo no quiero tener que reprocharme a mí mismo por qué no fui valiente, por qué no me atreví, por qué no lo intenté hasta quedarme sin fuerzas.

Y es que sí, somos personas de esas que sólo se encuentran una vez a lo largo de los años, esa mitad que algunos dicen que nos hace fata y que necesitamos para estar completos.

Yo es que no he tenido nunca dudas, tengo claro que vagaríamos por el mundo entre librerías viejas y polvo en los zapatos, entre calles estrechas llenas de adoquines y sol bajo, entre café y humo, entre la risa y el silencio, entre besos largos, abrazos y ojos cerrados.

Somos almas perdidas, quizá también en otras vidas.

Sólo espero que en las siguientes me elijas a mí.

No me importa el destino.

No me importa el destino, ni el final de trayecto, ni el viaje, si voy contigo.

A veces creo que me faltan todas las dudas que a ti te sobran para igualar la balanza, para no estar tan expuesto, para evitar el daño y que no me toquen las costillas contra el suelo en el próximo golpe.

No sirve de nada escudarme en cualquier excusa para olvidar, ni en tratar de dormir más horas de las que necesito, ni fingir un bienestar que no siento en ningún momento. Y es que sigo siendo el sapo que no se convierte en príncipe al final del cuento, el mismo de siempre, el que sabe aconsejar al resto pero aún no ha aprendido a cuidarse y quererse de verdad.

Supongo que mañana te seguiré mirando, buscando en los mapas, y serás cada una de esas ciudades que me traen buenos recuerdos, serás ese cielo que no deja que las nubes le tapen el sol. Supongo que mañana me seguiré topando contigo en cualquier esquina, obligado a mirar el suelo, tragar saliva y a arrancarme las espinas.

No supe hacerlo bien.

No fui capaz de convertirme en tu imprescindible.

No conseguí hacer que necesitaras mirarme a cada rato, como quien mira a la lluvia después de largos meses de sequía, como quien mira unos labios después de encontrarse con muchos amores de mentira, como yo te miro a los ojos.

Que quizá el exceso de ternura mata la pasión, o que te he querido cuidar más de lo que estabas dispuesta a permitir.

O quizá es sólo que pienso demasiado y siempre estoy equivocado. Que todo sucede en mi cabeza y nunca pasa el umbral de la realidad.

Pero da igual lo que piense, siempre vuelvo al inicio, al lugar donde aún puedo coger tu mano, mirarme los zapatos, pisar las ramas secas y caminar junto a ti. Todavía podemos cortar las cuerdas y tirarlas bien lejos, echar el resto, apostarlo todo. Estamos a tiempo de despegar, llorar de alegría y escuchar nuevas canciones.

Nunca es tarde para regalarnos caricias, reconocernos de nuevo, reflejar nuestras sonrisas en los charcos.

Y es verdad, no me importa el destino, ni el final de trayecto, ni el viaje, si voy contigo.

Imagina si lo tengo claro.

Autopista a ninguna parte.

También hay que ser valiente para irse de quien te quedarías de por vida.

Es cuestión de tener un poco de amor propio, apretar la mandíbula y comenzar a caminar solo.

Lo importante es que me has enseñado que no es suficiente con querer a alguien, que para que una relación crezca hace falta mucho más. Entrega, ganas y, sobre todo, reciprocidad. Si te ves dándolo todo por alguien sin que te devuelva lo mismo puedes irte de ahí. O no te quiere o, al menos, no lo hace de manera suficiente. Y no, no te preocupes, probablemente no sea culpa tuya.

Y no sé qué es lo que nos pasó a nosotros, pero yo siento que he ido remando todo este tiempo por los dos sin que tú quisieras llegar a ningún destino conmigo. Siento que he puesto la otra mejilla una y otra vez. Siento que eras mi centro y yo para ti sólo un pueblo más de la periferia. Y que vuelvo a ser la autopista en medio de la nada que no lleva a ninguna parte.

Te prometo que tus ojos se habían convertido en mi color favorito, y que eras la letra de casi todas las canciones. La magia concentrada entre tanto universo de cartón.

Yo que quería pasar la vida a tu lado, y tú sólo me has entregado algún rato por el que dar las gracias y sentirme afortunado.

Ojalá las circunstancias hubieran sido diferentes. Ojalá yo hubiera sido diferente, un poco más cabrón, más cínico, más hijo de puta. Aunque no te lo merezcas. Me hubiera gustado serlo sólo para protegerme, no porque tenga nada que reprocharte.

Supongo que tengo que volver a meterme en la coraza, a hacerme el distante, a morirme de ganas. Supongo que tengo que vaciarme una vez más por dentro, esperar a que vuelvan a llenarse de flores secas mis costillas.

Dejarse llevar estuvo bien, volver a la realidad no tanto.

Sigue con tu vida, a mí me toca empezar de nuevo la mía.

Y ya he perdido la cuenta.

Destino, azar y karma.

Vuelve a llover y nosotros empapados.

La vida en los bolsillos y el corazón entre las manos.

Eres el rompecabezas que más me ha costado de recomponer y ahora no quiero que nadie te haga daño, no quiero que te vuelvan a quitar alguna pieza y que no la puedas encontrar. Ahora que te tengo entera no voy a dejar que te destrocen otra vez, créeme. Te ayudaré a colocar ladrillos en el muro para que sólo entre quien tú quieras, caminaré contigo cuando me lo pidas, te acariciaré el alma y las verdades.

No sé si a ti te pasa eso de sentirte más fuerte cuando me miras a los ojos.

No sé si tú también te ves la capa cuando caminas entre el resto de la gente.

No sé si eres consciente de cada uno de tus superpoderes, incluida la sonrisa.

Eres como la adrenalina cuando caes desde una montaña rusa, la risa incontrolable en medio de una reunión, el agua fría en un día caluroso de verano, la primera luz que ilumina la oscuridad de la noche.

La de veces que me pregunto al día si ya estamos a punto de caer, si es nuestro final, si nos hemos quedado sin madera que echar a nuestra hoguera, si nos conocemos realmente. Y pienso tanto que sólo nos dejamos ver la superficie, que todavía estamos guardando más de lo que conseguimos decir en voz alta cuando estamos juntos, que nos hemos atado los pies y al siguiente paso no hay más opción que la de tropezar.

Si nos acaba separando la marea, si nos llevan las corrientes, recordaré que fuimos más fuertes de lo que pensábamos al principio, que resistimos aunque creímos lo contrario, y que al final todo fue por culpa de la fuerza magnética que se volvió en nuestra contra dando la vuelta a los polos opuestos.

Sabemos de sobra que ninguno de los dos es afortunado, que la mala suerte siempre ha estado en nuestro lado de la balanza, que ni el destino, ni el azar, ni el karma han sido para nosotros buenos amigos.

Pero es que no quiero complicarme mucho más, sabes todo lo que pienso con mirarme, sabes que no miento, sabes que te beso sin poder evitarlo, sabes que te cuido por instinto.

Lo bueno surge, pasa, sucede, y siempre lo hace por alguna razón.

Aunque no podamos entenderla.

Esta vez no pienso luchar contra los elementos, quiero relamerme los dedos después de tocarte, cargar con tu cruz y la mía, probar otra vez tu veneno, que seamos un par de desastres. Olvidar los problemas, que haya delirio, que seamos un par de animales cuando nos quedamos sin ropa.

Al final del día no soy capaz de dormirme, dar marcha atrás, cerrar la puerta y ver que no estás.

Besar otros labios.

Somos hijos del destino.

Porque si no, yo no entiendo cómo estamos los dos aquí de pie sujetándonos todavía la vida con las manos.

Asumamos que el azar lo ha elegido así, que en medio de este caos sin control, de toda esta nube tóxica, nos hemos encontrado en el momento menos esperado, de la forma menos esperada. Con la misma suavidad con la que se deslizan unos patines por el hielo, o resbala una lágrima por cualquier mejilla. Con la misma facilidad con la que los buenos ganan en las películas o se roba un caramelo a un niño.

Las sombras están de nuestro lado y esa forma de actuar sacada de los libros de espías británicos, con el gris de campaña de fondo, con los encuentros furtivos, con el pintalabios manchando el cuello de la camisa.

Hemos conseguido aguantar después de un desastre tras otro, tras sufrir una lluvia de relámpagos rompiendo el cielo, tras mojarnos los pies y todas las vértebras pisando charcos sin querer.

Y supongo que todo eso debe significar algo, aunque no queramos darnos cuenta.

Si después de todo no tiramos la toalla.

Y resistimos en el ring.

Y aguantamos los golpes.

Y nos negamos a perder sin oponer resistencia.

A estas alturas no dejamos que nadie nos diga cómo hacer el equipaje, ni que nos paren los pies. Es hora de subir a la cima y de cavar el túnel, de romper el hielo y hacer fuego, de ser alma y carne, de perdernos y volver a encontrarnos, de mirar atrás y sonreír porque a partir de ahora todo será mejor.

Yo ya sé que soy su pasatiempo favorito, quizá por eso duele tanto.

Aún así me repito sin parar que ella no puede darme más, y prometo en voz baja que me gustaría olvidarla.

Pero es que besar otros labios no va a ser la solución.

Piénsalo bien.

No somos futuro.

Lo que me gusta de la vida es que siempre se encarga de devolverte al lugar que te corresponde. Te da una hostia, y bajas de donde sea que estés. Como cuando te crees en la cresta de la ola y de repente te das cuenta de que no, que estás en el mismo puto punto diminuto del mapa en el que eres insginificante y no le importas a nadie.

Al final resulta que aunque no queramos nos creemos las palabras de los demás, aunque los ojos nos digan otra cosa, aunque los días nos digan lo contrario, aunque no haya nada que hacer y sigamos remando por si acaso.

Aunque la intuición nos avisara hace tiempo de que debíamos protegernos.

Aunque la profecía nos advirtiera de que nos harían daño si éramos de verdad.

Quizá es que es tiempo de ruina y de rendirse, y de dejar caer los brazos a ambos lados del torso sin intentarlo más. Quizá es que tan sólo soy un poco de eco entre tus manos, un recuerdo de algo bueno que te hace sonreír.

Pero no somos futuro.

No somos nada.

Y la verdad es que ya no creo en el destino, ni en las casualidades, y la magia ha dejado de existir para mí. Y ahora que todo se ha vuelto tan racional y me doy cuenta de la realidad prefiero dejarlo todo de lado y volver a ensuciarme las manos dibujando borrones en papel reciclado.

Sin ser Sócrates, lo único que yo sé es que nunca estás y no me sirve.

Ya no.

Y aunque haya sinfonías de Sibelius y de Mahler que me hagan creer lo contrario voy a romper partituras y a incendiarlo todo, porque ya nada tiene sentido.

Me enseñaron que decir adiós siempre cuesta menos con una canción.

Ahora sólo tengo que encontrarla y estaré listo.

Se avecina el desastre.

Extraños.

El vendaval de la vida nos arrolla cada día.

Se nos lleva por delante todo este huracán.

Somos seres vivos incapaces de asimilar los cambios y las verdades hasta que pasa un tiempo, casi siempre cuando ya es demasiado tarde. Expertos de libro en dejar pasar las buenas oportunidades. Nos perdemos los mejores atardeceres, los días de lluvia bajo la manta, los clásicos de la literatura universal.

Acabamos por perder hasta los besos más tiernos, las caricias más largas,  las flores de marzo y al final hasta a nosotros mismos.

Será que el destino me tiene cogido por el cuello desde hace tiempo y va apretando mi garganta poco a poco, y es cierto que ya se me está acabando el aire. Creo que aprendí a perder desde el primer aliento, creo que voy a medio gas desde hace un par de lustros.

Y que el único crimen que cometí fue fijarme en ti.

No sé si de esta me va a sacar alguien o voy a tener que aprender a nadar antes de volver a tragar agua y acabar en el fondo del pozo. No sé si va a haber cuerdas lo bastante fuertes como para sujetarme en ellas cuando me toque aguantar los golpes.

Pero creo que, a pesar de todo, -aunque parezca que no- los días terribles llegan y también se acaban. Y sólo necesitamos cambiar el cristal de las gafas o limpiarlas un poco mejor para ver con claridad.

Somos dueños de todas las respuestas antes de decirlas en voz alta, pero nos para el miedo y acabamos por mirar a otra parte, acabamos por quedarnos bajo el portal para protegernos de la tormenta.

Eso de sentirme vivo se me hace demasiado raro todavía, será la falta de costumbre. Llevo tanto tiempo en la penumbra, viviendo tras la ventana, saludando desde muy lejos a los demás. Llevo tanto tiempo encerrado en esta coraza que me he oxidado y parezco una vieja armadura chirriando al empezar a caminar.

Pero hazme caso, nada malo puede pasarnos porque ya hemos roto la barrera del sonido con la risa y nos hemos besado a plena luz del día. He visto eclipses cada una de las veces que has entrado en mi cama, y ya me he dado cuenta de que no hay rutina en tu mirada.

Y la cuestión es que adoro que seamos cada vez más imperfectos.

No pienso dejar que acabemos convertidos en dos extraños, aunque vengan con antorchas, piedras y palos.

Eso, lo del olvido, sólo pasa en las peores historias.

No volveré a verte.

La primavera se nota en la calle, la noche pierde terreno y ya he visto a valientes que han colgado los abrigos y no piensan cogerlos hasta que llegue Noviembre. El frío se ha quedado atrás y tengo claro que no volveré a verte. Lo cierto es que la mayoría de las veces un adiós a tiempo ha salvado más vidas que algunos tratados de paz.

A pesar de que el sol ya nos calienta los brazos seguimos con el miedo acurrucado en nuestro pecho, nos puede el pánico a la soledad aunque sea de manera efímera. Seres sociales por naturaleza sólo unos pocos son capaces de aislarse del resto sin sufrir las consecuencias.

Soy capaz de mirar bajo mis pies y ver lo inestable del suelo en el que piso. La mayoría de días vivo en una realidad paralela que me impide darme cuenta de lo que realmente pasa, y arrincono la verdad por temor a que vuelva a hacerme daño.

Últimamente, lo único que me produce paz es el ruido, el movimiento y las tormentas. De pronto es como si me sobraran la calma, la tranquilidad, la serenidad; necesito el estruendo, la detonación de mis propios pensamientos hasta vomitarlos a gritos con la primera canción que me recuerda a ti.

Convertido en un juguete roto que espera en la orilla del mar a que vuelvas, a que envíes un mensaje dentro de una botella. Hazme saber de alguna forma que por un momento fui importante, que de verdad te pasó como a mí, que te habrías atrevido a construir un barco en el que navegar los dos hasta acabar convertidos en hielo y sal.

Miénteme, porque de tus labios la verdad nunca fue capaz de curarme las heridas. Miénteme y dime que volverás algún día, y que podré sonreír de nuevo sin partirme en dos pensando en ti.

Qué cruel el destino que me mantiene tan lejos, que lo único que me permite saber con claridad es que nunca fui tuyo y que, en el fondo, nunca quisiste quererme.