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Canciones que son historia.

Hay historias que nacen para ser convertidas en canciones.

Hay historias que son canción.

Hay amores que son historia, y canción, y muchas otras cosas.

Y el nuestro, da igual si era poema, historia, melodía, o sólo un pentagrama por escribir de principio a fin, un relato con el que deleitarse y dejarse llevar.

El nuestro, el amor digo, es una canción que ya es historia.

Espero que tú puedas seguir sin que te duela el alma del mismo modo que me duele a mí.

Bailar en la nada.

Todavía no había conseguido darme cuenta de que eres la canción que nunca había cantado. Tantas noches observándote, dejando que mis ojos vagaran por tu cuerpo en busca de tu alma. Tantas noches perdiendo la cabeza y el sueño para poder ganarme tus besos.

No sé qué pensarás cuando yo ya no esté, cuando esto se acabe, cuando la marea me arrastre todo lo lejos que pueda de ti y de tus labios. No sé cómo podrás seguir con tus días ni yo con los míos pero habrá valido la pena, porque durante un tiempo fuimos valientes y estuvimos a punto de sacar todos los sueños y desperfectos del cajón. Estuvimos cerca de querernos de la forma más fácil que existe, sin complicarnos la vida, sin reproches, sin ceños fruncidos y desconfianza. Con lo bonito que es abrir la puerta y que alguien te reciba con una sonrisa y algo de cariño en los bolsillos. Con lo bonito que sería dejarse caer de espaldas sin temer el golpe.

Y es que me has tenido en tus manos siendo más frágil de lo que imaginas.

Después de ti, creo que la vida será como cuando pasa la tormenta y se van las nubes, que sale el sol pero se queda el suelo mojado. Será como el poso que queda en la taza del café. Será como el mar sin poder arrastrar toda la arena de la playa. Será como una noche de luna llena con un rastro de niebla y eco en las montañas.

Seguro que será mucho más difícil olvidarte de lo que fue conocerte, de lo que fue conseguir que nuestras miradas se cruzaran en el tiempo. Y está claro que tu recuerdo me perseguirá cuando consiga ser feliz en otra parte, en otros brazos y en otro nombre, que llevaré conmigo el doble lazo que me has dejado en el pecho.

Lo que no tengo tan claro es cuando va a llegar el adiós. Si te atreverás a que haya despedida, o si serás cobarde y me dirás tan solo un hasta luego para que no pierda la esperanza, para que pueda abrigarme las noches más duras del invierno.

Y aún tengo que decirte todas las cosas que nunca te he dicho, quitarte la falda, gritar contigo, bailar en la nada, morderte las bragas.

Y aún tengo que dejar que el mundo deje de importarnos una noche más.

Y perdernos a oscuras, saltar los charcos, robarte las ganas.

Y conseguir que no me pese el futuro de la misma forma que lo hace el pasado.

Y que te quedes conmigo sin tener que pedírtelo.

Golpe maestro.

Daphne bebe otro trago de café, puede que sólo quiera ganar tiempo, o pensar bien cómo decir las cosas. Seguramente sea lo último, intenta encajar las palabras como un buen rompecabezas para que todo parezca perfecto, para que Williams tenga que creer lo que ella diga a pies juntillas. Él deja el café con whisky, ahora mismo no le interesa beber, sólo sigue la curva de los labios de la mujer que tiene ante él. A Harvey lo que realmente le importa es conocer el por qué ella ha desaparecido durante tantos años, el por qué ella fingió su propia muerte a sabiendas de que lo destrozaría por completo.

 

Sin Daphne la vida dejó de tener sentido para él durante meses. Harvey Williams se transformó por completo, pasó de ser un joven de sonrisa ladeada a ser alguien oscuro, gris, que vivía trabajando en casos cada vez más arriesgados con tal de sentirse vivo. Todo son cosas que ella no tiene que saber y que él está seguro que no le contará nunca, ni siquiera en un futuro improbable en el que se vean cada día. Sus heridas saben a whisky, a jazz de los barrios bajos y a pólvora malgastada.

 

― Si querías librarte de mí no tenías que haberte esforzado tanto. ―Él hubiera entendido un simple adiós, una despedida normal y corriente, y no una muerte que le cambió la vida.

 

― Harvey, te equivocas, es algo mucho más complejo. ―Ella alza sus ojos y lo taladra durante unos segundos, él siente el hielo apoderarse de su pecho. Nunca está preparado para enfrentarse a Daphne, nunca lo estuvo y duda de poder estarlo en el futuro. ― Era mejor desaparecer. Era mejor que nadie volviera a preocuparse por mí. Y Londres, después de todo no está tan mal para una chica como yo.

 

Ese una chica como yo le chirría al detective en los oídos y le quema en el centro del pecho. No le gusta. Así que, finalmente Londres había sido su destino. La capital británica, la gran ciudad al otro lado del océano Atlántico con la que compartían un idioma que los ingleses les habían dejado prestado. Daphne pervirtió su vida por dinero, aquello que se prometió no hacer acabó siendo su rutina y ahora se había visto obligada a huir de ella, de una realidad que estaba a punto de arruinarla. Su ropa no cuenta su realidad, ni su peinado, ni ese carmín oscuro que realza el color natural de sus labios.

 

―Me fui para salvarte. ―dice ella finalmente, y él suelta el vaso sobre la mesa.

―Ahora sí. Cuéntame la verdad.

El trago más amargo. – versión ella.

– ¿Quieres otro café? Serviré dos. La verdad es que tenía todo pensado, pero se me agolpan las palabras en lo alto de la garganta y necesito un segundo para respirar. Le miro, mientras le alcanzo la taza de café, y me doy cuenta de que sigue siendo ese chico tímido que fingía seguridad a través del uso de la ironía. Me mira y es la primera vez en mucho tiempo que noto que nuestros ojos se encuentran tras la guerra continua de miradas esquivas, de caricias llenas de rutina y besos de labios fríos. Se aferra a la taza, como si intentase encontrar en ella un poco del control del que ahora mismo carece, y sus labios intentan en varias ocasiones susurrar alguna palabra, pero no consiguen emitir sonido alguno. – Tranquilo, intentaré ser breve. Es probable que el café siga caliente cuando termine. Su postura sobre la silla cambia con mis palabras, sustituyendo la comodidad de su cuerpo casi acostado sobre la silla por la rigidez que otorga el ponerse en posición de defensa frente a quien, sin pretenderlo y por unos minutos, deja de ser aliado para convertirse en enemigo. – Tengo preparada la maleta. Me iré en cuanto acabemos de hablar. Y todo su control se desmorona cuando su taza cae al suelo haciéndose añicos… No me inmuto, prosigo.

– Estoy cansada mi amor, agotada de una vida que se ha convertido en una condena más cruel, si cabe, con el día a día. Harta de fingir que no veo que el camino que acortaría la distancia entre nosotros lo hemos llenado de obstáculos en forma de ausencias, disputas y malos entendidos. Ya no puedo permanecer ciega ante cada risa forzada y frío abrazo ni puedo mirar hacia otro lado para no ver que ya no nos abrazamos antes de dormir o que tus besos ya no rozan mis labios ni se posan en mi mejilla, ni puedo olvidar cuando, para evitar el roce de nuestros labios, soy yo la que te ofrece la frente como descanso para ellos. Me detengo, sorprendida. No sé en qué momento se ha movido, pero ahora sus dedos se aferran a los míos, firmes, mientras su mano izquierda aparta los mechones de pelo que tapan mi cuello. Le sonrío, por gratitud ante su gesto, y le devuelvo la complicidad con mi habitual gesto de pasar mi dedo índice por su barbilla.

– He de pedirte perdón mi amor, quizá hace mucho tiempo ya que debí hacer esto. Por ti, por mí… Por lo nuestro. No debí mentirme a mí misma y justificar tus interminables ausencias a mi lado, siendo cada vez más presente para tus amigos o para la chica que te hace sonreír tanto cuando habláis por Whatsapp. Tampoco debí maquillar con excusas el sexo cada vez más escaso o las tardes de película en el sofá en las que no te alcanzaba a rozar pese a que permanecías a mi lado. Pero, sobre todo, no tenía que ocultar mi comodidad ante tu falta de deseo hacia mí o porque era yo la que animaba a tus amigos a organizar planes sin que tú lo supieras o porque prefería correrme al masturbarme que tenerte metido entre mis piernas mientras mis uñas arañaban tu espalda.

Mi piel se eriza, de nuevo se ha movido, y su dedo índice acaricia con dulzura mi mejilla. – Te amo vida mía, pero ha llegado el momento de separar nuestros caminos antes de que el amor se torne decepción y la música de nuestros latidos al unísono se transforme en ruido. Sé que estarás bien, lo estaremos, solo que ahora ya no seré la red que espera paciente por si caes al suelo en algunos de tus vuelos ni tuyos los brazos entre los que construiré mi guarida. Acepto mi culpa tanto como la tuya y me reconcilio con nuestros errores porque así jamás se convertirán en reproches. Guardaré cada instante compartido en los cajones de mi alma y mi retina jamás olvidará que brillo con más fuerza cuando veo mi reflejo en la tuya. Respiro y doy un sorbo a mi café antes de cederle mi taza. La coge, temblando, y sonríe antes de beberse de un trago hasta la última gota. – Debemos ser valientes mi vida, finjamos que esto no duele… hasta que cierre tras de mí la puerta de nuestro hogar. He dejado aquí parte de mis cosas, quizá porque aún soy una ilusa que cree que esta no es una despedida definitiva. Me levanto y él acompaña mi gesto alzando su cuerpo de la silla para fundirnos en un abrazo que parece detener el tiempo. Al separarnos, vuelvo a reconocernos en aquella primera cita en la que nuestras risas eran sintonía y nuestros dedos se morían de curiosidad por conocer la piel del otro.

– Te amo mi vida.

Y, tras mis palabras, nuestros labios se encuentran en un dulce y pasional beso de despedida que no evita que me aferre con fuerza a mi maleta y me dé la vuelta, llorando y rompiendo así mi promesa de ser fuerte hasta cruzar la puerta. No me atrevo a girarme, tampoco a detenerme, y el adagio triste que entonan los latidos de mi corazón no evita que escuche salir de sus labios un “Te amo mi niña, lucharé para recuperarnos”.

Este relato ha sido escrito por Vybra, dispuesta siempre a colaborar conmigo. Podéis disfrutar de sus textos en Krakens y Sirenas.

El trago más amargo.- versión él.

La miré mientras preparaba el desayuno, en silencio, con el ruido de la cafetera de fondo y el aroma tostado clavándose en mis entrañas. Aún tenía entre mis manos el olor a sexo de la noche anterior, sin entusiasmo, por obligación, sin sentir ese bombeo adrenérgico de hace siete años.

Nunca pensé que llegaría a ese punto, nunca creí que era posible que eso me pasara con ella. La comodidad, seguir la norma, la rutina poco clandestina de toda relación larga.

Observé su silueta, esa que me había hecho perder la cabeza tantos días y noches, salir de madrugada con tal de estar cinco minutos con ella, correr entre los coches y la lluvia y recogerla en la puerta de la Facultad. Observé sus ojos, los ojos por los que había jurado que daría mi vida si era necesario, y allí estaba ahora, en la cocina de ese piso que compartíamos desde hacía unos meses sin tener muy claro qué debía hacer con mi vida. Y con nuestra relación.

Las preguntas en mi interior se repetían desde hacía semanas, quizá meses, puede que incluso más. Las dudas, los besos a desgana, poner excusas para salir con los amigos y pasar menos tiempo con ella, forzar las conversaciones hasta acabar discutiendo por cualquier gilipollez. Había dejado de estar tan pendiente, de preocuparme por lo que realmente le pasaba y en parte me sentía culpable.

Date una oportunidad, dásela a ella. 

Demasiados años como para tirarlo todo por la borda, demasiado tiempo juntos como para acabar siendo nada, llenar de nuevo las cajas con mis cosas y abandonar nuestro reducto. Se me hacía cuesta arriba imaginar dormir sin ella, no tener el ruido de la ducha como despertador, olvidar el olor a tabaco en la ropa por su culpa y que las latas de coca-cola se quedaran siempre a medias en la nevera.

Me había descubierto entrando en el juego de seducción de alguna que otra compañera del trabajo, y redescubriendo mediante eternas conversaciones de Whatsapp a una antigua amiga de la Universidad.

Serví el café y le acerqué la taza, sonriendo un poco antes de darle un beso en la mejilla al tiempo que sentía una daga dejándome el corazón negro. Lo peor de toda aquella situación era que no podía adivinar qué pasaba por su cabeza y se me ponía un puto nudo en la garganta que hacía días no me dejaba tragar, ni coger aire. El hablar claro ya no estaba de moda entre nosotros y los silencios amargos se acumulaban a cada golpe de reloj.

Estábamos tratando de evitar lo inevitable, ocultos tras la barrera, siendo un par de cobardes que ya no saben decirse las verdades, ni gritarse que no se quieren a la cara. Que éramos como dos heridos que ya no se podían curar juntos. Que nuestra cura era volar lejos, dejar de darnos la mano y sonreír recordando el pasado.

Forzar las cosas nunca sale bien, y tirar de la cuerda hasta romperla por completo tampoco. No supimos leer los carteles, ni hacer caso a las advertencias. Aquel sábado que no fui a dormir a casa, aquella discusión delante de nuestros amigos, aquellas vacaciones por separado y la desconfianza, los celos, y el precipicio entre los dos.

Perdimos los buenos momentos, el volcán de tocarnos y el placer de reírnos con las mismas cosas.

Di un trago al café solo, y la escuché.

-Tenemos que hablar.

Y fue el trago más amargo que he notado nunca en el paladar.