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No somos futuro.

Lo que me gusta de la vida es que siempre se encarga de devolverte al lugar que te corresponde. Te da una hostia, y bajas de donde sea que estés. Como cuando te crees en la cresta de la ola y de repente te das cuenta de que no, que estás en el mismo puto punto diminuto del mapa en el que eres insginificante y no le importas a nadie.

Al final resulta que aunque no queramos nos creemos las palabras de los demás, aunque los ojos nos digan otra cosa, aunque los días nos digan lo contrario, aunque no haya nada que hacer y sigamos remando por si acaso.

Aunque la intuición nos avisara hace tiempo de que debíamos protegernos.

Aunque la profecía nos advirtiera de que nos harían daño si éramos de verdad.

Quizá es que es tiempo de ruina y de rendirse, y de dejar caer los brazos a ambos lados del torso sin intentarlo más. Quizá es que tan sólo soy un poco de eco entre tus manos, un recuerdo de algo bueno que te hace sonreír.

Pero no somos futuro.

No somos nada.

Y la verdad es que ya no creo en el destino, ni en las casualidades, y la magia ha dejado de existir para mí. Y ahora que todo se ha vuelto tan racional y me doy cuenta de la realidad prefiero dejarlo todo de lado y volver a ensuciarme las manos dibujando borrones en papel reciclado.

Sin ser Sócrates, lo único que yo sé es que nunca estás y no me sirve.

Ya no.

Y aunque haya sinfonías de Sibelius y de Mahler que me hagan creer lo contrario voy a romper partituras y a incendiarlo todo, porque ya nada tiene sentido.

Me enseñaron que decir adiós siempre cuesta menos con una canción.

Ahora sólo tengo que encontrarla y estaré listo.

Se avecina el desastre.

Chernobyl.

Nos hemos convertido en un desastre nuclear, en tragedia griega, por culpa de átomos que nunca debieron entrar en contacto. Y aún seguimos pensando que somos dioses que no sirven de nada en un mundo de ateos. Treinta años después seguimos contaminados, seguimos siendo cada día más tóxicos.

Tú y yo, como el accidente en el reactor 4 de Chernobyl.

Desastres humanos que acaban siendo naturales, errores tecnológicos que acaba pagando nuestro ADN y nuestra memoria.

Hemos construidos imperios en nombre de los dioses, catedrales en nombre de dictadores y ya no podemos respirar.

Y nosotros seguimos chocando como las olas contra la orilla, haciendo energías renovables cada vez que nos encontramos. Hemos aprendido a mover la luna cada noche y a taparla con nubes cuando no queremos escuchar aullar a los lobos. Sabemos ponernos la venda en los ojos cuando algo se nos va de las manos y esquivar los reproches con clase.

No funcionan ya las bombas de refrigeración, y somos una puta central nuclear a punto de estallar. No sé si es tu culpa o la mía, pero no somos capaces ya de controlar todas estos emociones. Y en el fondo hablo sin saber y me siento a tu lado como un ciego tanteando un libro en braille por primera vez.

No hay manual de instrucciones, ni plan de evacuación y estamos jodidos, otra vez más parados en medio de un camino que no lleva a ninguna parte. Al menos, ahí tienes la salida de emergencia por si quieres escapar, yo me quedo. Una vez más.

Se nos ha ido de las manos el experimento y ha comenzado la explosión, y vamos a dejarlo todo perdido de átomos de uranio. La radiación nos va a matar.

Somos un desastre nuclear, tú y yo, como el reactor número 4 de Chernobyl.

Sin control.

PD:  Se estima que el accidente de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin (Chernobyl) ocurrido  el 26 de Abril de 1986 provocó unas 500 veces más residuos tóxicos y radioactivos que los liberados por la bomba atómica de Hiroshima. 

Reykjavík.

Blanco, la mente en blanco es una utopía que persigo con ahínco. Dejar de tener esa maraña dentro del cráneo que no se está quieta y que parece una jauría de perros en plena caza campo a través. No recuerdo la última vez que tuve un momento de verdadero silencio, de no pensar en nada, de tener el cerebro en modo avión durante un rato. No recuerdo la última vez que no dolía allí donde se juntan las costillas con el esternón, y que el estómago no me ardía al escuchar tu voz. Tampoco recuerdo la última vez que mi risa sonaba a verdad y que no necesitaba enterrar las ideas en cerveza rubia.

Observo a los demás y veo que en la mayoría de vidas luce el sol, aunque sea a escondidas, y miro mi cielo y sólo veo nubes que cada vez son más oscuras. Temo la furia del temporal, cuando se desate el huracán y todo vuelva a volar por los aires, todo se vaya de nuevo a la mierda y yo tenga que mirar un paisaje desolado, devastado por mis propios pensamientos.  El horror del desastre nuclear en mi sistema límbico.

Soy de esa clase de personas que se equivoca, que elige mal la mayoría de las veces, que nunca está satisfecha, que no tiene suficiente y hace daño sin querer. Soy de esa clase de personas que no se deja descifrar, porque ser vulnerable es peligroso, y dejar los escudos y las armas podría suponer el fin de todo lo que sé. De mi forma de vivir.

Soy esa persona que se levanta cada día porque es lo que tiene que hacer, que saluda siempre, que estará cuando necesites algo, que camina por la calle con los auriculares puestos, que busca música nueva cada dos semanas, que no guarda rencor, que habla por teléfono con cualquiera que le llame, que tiene más libros de los que puede leer, que no quiere fregar las dos tazas con restos de café que hay en la pila de su cocina, que necesita compañía y no lo admite jamás.

Blanco, necesito dejar la mente en blanco para dejar de ver un futuro tan negro que es aterrador, porque nada me convence, porque al final del camino siempre me veo sentado en el mismo banco sin nadie a mi lado. Soy el cuento sin final feliz, el lobo feroz que acaba apaleado, la bestia que necesita esconderse en la última torre del castillo, el jorobado que solloza entre las gárgolas que vigilan la catedral, el pirata con el garfio en la mano y el parche en el ojo.

Siento que soy el vencido y el vencedor de mi propia historia, y no tengo muy claro si voy a ser capaz de sobrevivir a este frío, a mi propio Reykjavík.