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Día de suerte.

Cuando crees que has ganado a tus demonios, te saluda la sombra en el espejo.

Y tienes que volver a empezar.

Como si las pequeñas victorias del día a día no sirvieran de nada, como si esos logros que nos llevamos a la cama se desvanecieran mientras hemos tenido la oportunidad de soñar el uno con el otro y encontrarnos en el limbo que permiten las nubes esponjosas de la nada. He vuelto a verte y he sentido ganas de abrazarte sin rencor, de poder mirarte a los ojos sabiendo que somos los mismos que se escribieron en un papel arrugado que estarían siempre el uno junto al otro. Todo porque tengo el recuerdo de tus manos en mi nuca atragantado sin que me deje apenas respirar, el deslizar de tus uñas sobre mi pelo, el movimiento de caderas sin compás por culpa de las ganas.

El día a día es una especie de guerra en la que morimos y salimos ilesos dependiendo de la hora.

Matamos y morimos a partes iguales.

Nos hieren y herimos, algunas veces a propósito, otras sin darnos cuenta, sin tener intención.

No caemos en la cuenta del poder de los gestos, las palabras, las miradas, y cuando lo analizamos todo siempre es tarde.

No llegamos a tiempo para las disculpas, ni para los besos desde el perdón, ni para los abrazos reconfortantes.

Es tan complicado poner a los demás por delante, tratar de cuidar por encima de nuestros sentimientos.

Es tan difícil proteger a quien más queremos sin hacer daño.

Vamos todos sangrando por el camino, dejando rastro, limpiándonos con páginas de libros antiguos, con sábanas deshechas, con trapos sucios de cocina.

Y ahora estoy sentando en el banco del parque mirando al cielo caprichoso de septiembre que juguetea con la luz, los pájaros y las hojas de los árboles. Estoy esperando que sea mi día de suerte y te sientes conmigo, y me cojas de la mano y lleguemos juntos a cruzar la meta.

Y caiga el telón y empiece nuestra obra favorita.

Cerezos en flor en una tarde de diciembre.

Se me hace bola la vida, supongo que por eso nunca se va la opresión en el pecho y el dolor de cabeza.

Ni la culpa.

Por todo aquello que hago y que no hago.

Por cada respiración fuera de lugar.

Por cada paso a destiempo.

Por cada botón desabrochado.

Por cada una de las veces que tu ropa ha cubierto el suelo de mi habitación.

Me he dado cuenta últimamente de que mi cerebro es como esos ordenadores que dejamos en modo suspensión por la noche, sin llegar a apagarlos, y que al día siguiente al abrir la tapa continua todo exactamente donde se quedó. Es como si alguien dejara el marcapáginas en mis ideas al cerrar los ojos y al despertar puedo retomarlo todo desde el mismo punto, aunque realmente el procesador interno ha seguido trabajando sin descanso. Entiendo que por eso me levanto igual o más agotado que cuando me acosté, con el encéfalo metido en agua tibia que no me deja pensar con claridad.

Es tan grande la oscuridad y la angustia que no hay remedio ni consuelo. Y lo llevo siempre a cuestas, sobre los hombros, impidiéndome que camine al ritmo que caminan los demás.

Tengo el pecho lleno de tantos demonios que ya no puedo luchar contra ellos, tengo las manos tan frías que todo duele. A veces cierro los ojos, estoy en medio de la nada, sin nadie que me pueda ayudar, sin nadie que vaya a escucharme gritar. Y sólo veo al viento moviendo las ramas mientras siento la intensa amenaza de un monstruo invisible que viene desde lejos a por mí. El miedo es todavía peor cuando te percatas y caes en la cuenta de que ese monstruo al que esperas con temblor en las piernas y mirada vidriosa eres tú mismo.

Sólo puedes ser tú.

Las calles tan vacías de verdades y triunfos, las casas tan llenas de amores más frágiles que el papel de fumar, y tú cada vez más lejos, ausente, olvidada, llena de balas que no me dejas quitarte.

Tú y yo juntos somos tan raros, tan únicos, tan excepcionales como los cerezos en flor en una tarde de diciembre.

Y joder, qué razón tenía Bukoswki porque parece que nunca es mi día, ni mi semana, ni mi mes.

Quizá tampoco sea esta la vida en la que me toca ganar alguna vez.

Déjame ser tu dragón.

El día que te quedes sabré que aún hay esperanza para nosotros. Pensaré que el mundo todavía se puede salvar.

En mis sueños hoy has vuelto a dejarme tirado en la cama, dormido, mientras te escabullías de las sábanas en silencio y paseabas desnuda por la casa a oscuras. Has vuelto a huir como sólo saben hacer los más cobardes. Has vuelto a dejar que me crezca la tristeza en el pecho al despertar sin ti.

Algunas cosas no deberíamos permitirlas jamás como que aquellos que más queremos sean los que más daño nos hagan. Paradójica la debilidad y la fortaleza que nos da el amor simultáneamente.

Volvemos siempre al punto de inicio, la rueda siempre gira otra vez, y estoy ya metido en un caleidoscopio que me distorsiona la realidad que me toca vivir.

El tiempo se ríe de nuevo, juega conmigo. No sé por qué siempre acabo yendo a contratiempo, contando días, meses, horas. Tratando de hacer cálculos, por si las cosas pueden cambiar y aún puedo salvarme contigo de la mano. Estamos a tiempo de coger otro tren, de ir los dos en el mismo vagón, de llegar a cualquier parte.

Hace meses que estoy perdido en este vacío que hemos dejado crecer entre nosotros cuando yo sólo quiero tenerte cerca, cuando todavía quiero que pase algo que de la vuelta a la partida, que haga caer las fichas del tablero, que nos obligue a empezar de nuevo. Quizá debí apartarme aquella primera vez, cuando sólo me había quemado la punta de los dedos, cuando aún podía curarme rápido, cuando aún sabía correr en dirección opuesta a ti.

Ahora el hielo crece lento entre los dos, nos separa poco a poco, nos distancia sin que queramos o quizá porque es lo que realmente que queremos y no somos capaces de decirlo con sinceridad, igual que no hemos sido capaces de tantas cosas durante todo este tiempo. Supongo que el invierno nunca se ha ido completamente de los dos, que estamos dejando que nos mate el silencio y el rencor sin que nos demos cuenta.

Tenemos nuestros propios infiernos, nuestros propios demonios que no nos dejan alzar el vuelo, que sólo nos hacen naufragar. Y yo sé, después de todo, que mi sitio es contigo, que no quiero perderme en ningún otro mar, que no quiero buscar alas nuevas porque no van a hacerme volar como tú.

Contigo soy, desde el inicio, Ícaro volando demasiado cerca del sol, pero es que estar contigo ha sido la única forma de sentirme vivo de verdad.

Y sabes tan bien como yo que todos los príncipes de las historias son imbéciles por eso yo sólo quiero ser tu dragón.

Torre de control.

Despídete de lo que nunca será me han dicho y he vuelto a convertirme en miles de esferas de mercurio rodando por el suelo, llenándolo todo. Me he hecho tan pequeño de pronto, me he sentido tan débil, tan cansado, tan viejo, tan cobarde por no entender que no vamos a tener segunda parte, por no entender que quizá no hemos tenido ni primera.

Me tiemblan las piernas y las manos cada vez que pienso que he estado equivocado todo este tiempo luchando sólo contra la nada, que he intentado remar contra la corriente sin que tú quisieras que llegara a tu puerto. Soy el único que ha intentado alcanzar el santo grial mientras me mirabas desde un trono de plata entre las nubes. Soy el único que ha puesto empeño en que fuéramos a alguna parte, el que ha intentado que no nos quedáramos sólo siendo aquello que no pudo ser. Me he dejado las uñas y la cordura en buscar un nosotros que rechazas con la boca pequeña y esquivando mi mirada.

Estoy lleno de miedos, tantos que no me dejan ver con claridad el futuro. Y ya soy sólo un trapo con el que recoger las gotas de whisky que caen sobre la barra, soy un mantel blanco lleno de manchas de vino que caen de la botella rota.

No sé si estás esperando el momento exacto, el momento perfecto, pero si quieres te adelanto ya que nunca va a llegar. Ya hemos tenido nuestra oportunidad y la hemos desaprovechado y ahora sólo nos queda seguir andando hasta que nos soltemos las manos por completo de una vez. O no. No entiendo por qué tenemos que resignarnos y reducirnos a acabar siendo nada, no puedo entenderlo. A mí, que siempre voy cogido de la mano de la lógica, que siempre intento abrazar a la ciencia, has conseguido romperme los esquemas, tirarlo todo por el suelo, dejarme desnudo sin tocarme con las manos.

Siempre tengo hambre de ti, siempre tengo esa escasa fuerza de voluntad cuando te tengo de frente, siempre tengo esas ganas de hacerlo todo contigo: de coger un billete, de acabarme otra cerveza, de quedarnos abrazados sin tener que hablar de nada, de mirar la luna desde algún rincón perdido.

Ya tengo claro que soy cada vez más imperfecto, y que lo hago todo más difícil. También tengo claro que soy algo más que una máscara que finge sonrisas cuando pone un pie en la calle, y que cuando quieres algo debes darlo todo y, sobre todo, demostrarlo. O no sirve de nada.

Y sé que la caída es cada vez más alta y que nunca vas a ayudarme a bajar sin que me golpee con fuerza, sin que me deje los huesos contra el suelo, sin que me muerdan los demonios cada noche, sin que la ansiedad me ahogue cuando estoy solo.

—Piloto a torre de control, voy a estrellarme esta vez.

Nuevos miedos.

Ácido en los ojos.

Sal en las heridas.

El horizonte parece cada vez más inalcanzable para nosotros, y estamos al borde de la histeria colectiva.

Nubes negras sobre la cabeza, demonios soplando tus velas de cumpleaños.

Creo que ya no hay nadie de nuestra parte.

Sólo sé que nos gustan demasiado las luces de neón y meternos en el agujero.

Y que vamos a perder otra vez.

Lo digo mientras trato de acabar uno de los cinco libros que llevo empezados, mientras intento concentrarme en las palabras que tengo delante y que cada vez me gustan menos, mientras escucho nuevos grupos para no cantar sus canciones.

Las altas temperaturas de esta última semana nos han fundido el cerebro y nos han dejado con el ánimo por los suelos.

Antidepresivos en sobre.

Jabón en pastillas.

Parece que la única inteligencia que queda sobre la superficie terrestre es artificial, que no sabemos acariciarnos, que ni siquiera podemos entendernos como antes.

Narcisismo de verano.

Karma de domingo por la tarde.

Yo sólo quería volver a ver las flores crecer en tu pelo, el agua salpicando mis dedos, tus besos desordenándome la vida.

Y la respiración.

Entre tanta cosa inexplicable, entre la sin razón más absoluta, sólo quería que supieras que contigo no tengo miedo a equivocarme, no tengo miedo a seguir, no tengo miedo a la libertad de elegir quedarme entre los pliegues de tu falda, no tengo miedo a coger tu mano antes de enfrentarme a la oscuridad más terrible de todas.

El único miedo que tengo es ver que suena el teléfono y no eres tú, descubrir que no eres mi destino, entender que no amaneceré contigo en cualquier hostal de París, ver que no crujirán bajo nuestros pies las piedras de la misma playa.

El verdadero miedo, el que se aferra a las costillas y no me deja abrazarme al sueño por las noches, el de no ser para ti.

El juguete roto.

La vida sigue sonriéndome, a su manera pero lo hace, aunque nada vaya tan bien como me gustaría. A pesar de que no tengo muchas de las cosas que creo que merezco, a pesar de que sigo arrastrando errores y respiro el aire viciado de mi interior. Entiendo ya que el gris no tiene por qué pintarlo todo de tristeza y que sólo soy otro color más en el lienzo que recorre nuestros días.

¿Sigues respirando?

A veces tengo que repetirme esa pregunta y ser consciente de que sigo vivo, de que esta ruina diaria en la que ando metido no ha acabado conmigo.

Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos.

Soy consciente de mi peso sobre el colchón, del silencio, de que el sol se va elevando y ya entra por mi ventana.

Soy consciente de que he vuelto a sobrevivir a un día y a una noche, y supongo que es mucho más de lo que esperaba.

La de veces que he querido quedarme inconsciente para siempre, mirar hacia otro lado, perderme en la nada. Y ahora el único lugar en el que quiero perderme es en el iris de tus ojos, verme reflejado porque sigues a mi lado.

Me envuelve el humo de mil cigarros sin apagar, los restos secos de cerveza en las botellas, las palabras perdidas de Brautigan en Babilonia y la soledad. La soledad, como un lastre que se abraza a mi columna y me obliga a arrastrarla allá por donde vaya.

Ojalá fuera capaz de quitarme esa sensación perenne de encima, dejar de sentirme siempre tan vacío, insatisfecho y perdido.

Ojalá tuviera armas para enfrentarme a mí mismo y a todos esos demonios que creé en el pasado y soy incapaz de destruir.

Inseguridad, miedo y abismo.

Me siento el juguete roto del fondo del baúl, ese que nadie elige si no queda más remedio. Ese que un día nos hizo felices y que ya no nos sirve para nada.

Quizá la vida no está sonriéndome, quizá es que la estoy mirando del revés.

Capitán cobarde.

Miras a lo lejos y parece que da igual la cantidad de sol que bañe los campos y las calles porque todo es gris en tu cabeza.

No tienes remedio.

A pesar de no querer, de prometértelo a ti mismo una y otra vez, has vuelto a caer en el error, has vuelto a pensar de más, has vuelto a poner los pies en el suelo y darte cuenta de lo que te rodea.

Silencio.

Soledad.

Y mil demonios estirando del hilo que parecía que empezaba a encargarse de curar tus heridas.

Has vuelto a darte cuenta de que no hay solución fácil, y que irte de donde no quieres va a hacer más daño del que imaginabas al principio.

El principio, el momento en el que creemos que todo es posible y que seremos capaces de cualquier cosa.

El principio, eso que ya parece tan lejano y que te has encargado de borrar por completo.

Y desde el puerto siguen zarpando barcos que van a intentarlo contra el mal tiempo, que van a lanzarse a pesar de que el temporal les pueda destrozar los cascos. Y es que la valentía tiene parte de eso, de lanzarse al agua sin saber si saldrás vivo, de apostarlo todo sabiendo que puedes perder, de dar un beso sin saber si el amor durará para siempre.

Supongo que eso me pasó contigo, que cerré los ojos y fui a por todas, y he vuelto a casa con las manos vacías. Ahora tendré que esperar a ese otro clavo que te saque de mí, que me borre la mente, que me barra las cenizas que has dejado a tu paso.

Es curioso porque esta vez no voy a ser yo el cobarde, no voy a ser yo el que se quede con las preguntas destrozándole los sueños.

Y al menos, aunque te eche de menos podré dormir tranquilo sabiendo que puse mis manos para todas las caricias y las intenciones para trazar los mapas que iban a ser para los dos.

Laberintos.

El gris de otro domingo sobrevuela nuestras cabezas como si fuera un buitre carroñero que se alimenta de nuestras penas, de cada una de esas tristezas que tenemos en la médula y no nos abandonan por mucho que alargue el día. Los demonios mordiéndonos el cuello, dejándonos sin sangre que derramar por los demás.

Lo siento.

Voy a pedirte perdón de antemano por lo que pueda pasar, porque no controlo eso de querer a alguien y, a veces, se me va de las manos lo de intentar allanarte el camino, limpiar tus heridas, besarte en la sien.

Se me va de las manos lo de cuidar sin dejar que me cuiden.

Y no sé cómo hacer para no estar siempre alerta, para creer que las cosas buenas también pasan, para pensar que no siempre hay algo malo esperándonos en cada esquina.

No sé qué he de hacer para intentar confiar un poco en ti, pero sobretodo hacerlo más en mí.

He vuelto a ser el protagonista de una historia sin aparecer en los créditos finales, he vuelto a rendirme demasiado pronto y no debería.

Tú ya me has demostrado que luchando puede lograrse cualquier cosa.

Tú ya me has demostrado que sólo hay que coger las maletas y dejar atrás los miedos.

Y yo, que a estas alturas parezco sólo un impostor, aún no he dicho en voz alta que puedes estar tranquila, que voy a estar contigo, que van a dar igual los laberintos en los que quieran perdernos porque nos vamos a encontrar una y otra vez.

Quiero estar siempre, no sólo para cuando todo vaya bien.

Quiero evitar todos los daños, lo trágico.

Quiero que sepas que cuando lo necesites te sobrará con estirar la mano para acariciarme el pelo.

Esto debe ser un pacto, yo te rescato y tú me rescatas, que sea algo de los dos, que el amor deje de ser cosa de uno que rema y otro que va a remolque.

Sólo tienes que sonreír de ahora en adelante, porque nos va a dar igual tropezar con piedras si después podemos mirarnos a los ojos desde el suelo.

Aunque sea lunes.

Se te cae el mundo encima y apenas te quedan fuerzas, y crees que no hay salida a todos esos problemas que te colapsan en el día a día. Arrastras los pies y las ojeras, y más horas de las que te gustaría de mal dormir. Te sientes como en una olla a presión en todas partes, a punto de estallar, sin ganas, sin fuerzas, dejándote llevar por la inercia de una rutina más que insoportable.

Cualquier canción en la radio te roba los pensamientos y no eres capaz ni de concentrarte en la más sencilla de las lecturas.

Y no hay válvulas ni vías de escape que te salven aunque sea durante cinco minutos.

Pides cambio, tiempo muerto y nadie te escucha.

La maldita soledad del eco.

Chasqueas los dedos en la penumbra esperando a que se haga la luz, que todo cambie, que el camino parezca menos atemorizante, que dejes de estar solo.

Pero nunca pasa.

Sigues caminando sin saber muy bien tu destino final, sin tener claro lo que debes hacer, sigues como si el futuro no existiera porque sólo ves el presente.

Y ahora que sólo puedo ofrecerte abrazos que alejen tus demonios y besos suaves para quitarte el frío, ahora es cuando más fuerza tengo para sacarte del lodo y soplarte en las alas que otros se han encargado de romper.

Y ahora que sólo tengo unas manos llenas de arañazos para agarrarte y los ojos rojos de llorarte, ahora es cuando más ganas tengo para temblar contigo y coser las heridas que ha ido dejando el tiempo en tu carne.

Seguimos mirando el horizonte desde ventanas distintas, rumbo al norte, rumbo al sur. Y hay barreras y cables, y cierta desesperación en todo lo que nos decimos. Disimulamos peor de lo que creemos, y todas las distancias de más de un centímetro entre nuestras bocas me parecen largas.

Lo de querer a alguien no debería ser ningún esfuerzo titánico, ni una pelea continua, ni el nudo en la garganta cada vez que abres la puerta de casa. Lo de querer a alguien no debería ser una mancha en tu expediente.

Son tiempos complicados para la lírica y para el amor. Son tiempos complicados para todos los que creen en la verdad, para los que no saben fingir.

Aunque sea lunes, mientras el cielo se apaga podríamos mirarnos a los ojos y decirnos un te quiero sin cervezas de por medio.

Perder el tiempo siempre se nos ha dado bien.

Besos suicidas.

Hemos roto el silencio y hemos terminado con el duelo de las vidas perdidas y pasadas. Lideramos, sin ningún lugar a dudas, la clasificación de besos suicidas. Así que, supongo, que ahora sólo nos queda despegar y dejar atrás el suelo, dejar de tocar tierra, empezar realmente a disfrutar.

La ciudad continúa con su quema de banderas, sus obreros cabizbajos, sus políticos tratando de limpiarse las manos, y nosotros, inconscientes, atracando corazones a diestro y siniestro. Somos adictos al crimen que escriben nuestras manos al tocarse.

Ahora que nos han robado los mapas y tenemos que caminar a ciegas. Ahora que nadie sabe leer su propio futuro en las cartas. Ahora vamos a romper las fronteras que hacen que seamos ilegales. Vamos a ser tú y yo los que abran nuevas sendas en las que no existan las señales porque no haga falta avisar a nadie. Vamos a crear ficción de cualquier realidad. Vamos a predicar nuevas religiones por donde pasemos cogidos de la mano, y a profanar cualquier lugar.

Yo, que consumo el día a día escondiéndome de los monstruos de la ansiedad y el menosprecio, que dejo que cualquier idiota me haga sentir insignificante con un chasquido de dedos, que se me tuerce la sonrisa a la primera de cambio, que alimento a mis demonios cada noche con nuevas inseguridades. Yo, sólo quiero mirar a otro lado sin que nada me importe tanto como debe importarnos respirar.

Respirar, que significa que estamos vivos, que tenemos el privilegio, que podemos decidir, arroparnos por las noches, beber agua fresca cuando la sed nos atenaza.

Respirar, que significa que aún estamos a salvo de una eternidad en la que permaneceremos muertos. Joder, y nos vamos a lamentar. Por no gritar, por no salir del pozo, por vivir enjaulados. Por no decidir y seguir atrapados en estas paredes asfixiantes. Por atormentar nuestras mentes y exprimir nuestros cuerpos sin necesidad.

Como dice Vetusta Morla, el juego nos ha dejado así.

Pero mírame, dame la mano, ven conmigo, qué más da.