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La muerte sabe bailar bien.

El antihéroe es un protagonista que vive por la guía de su propia brújula moral, esforzándose para definir y construir sus propios valores, opuestos a aquellos reconocidos por la sociedad en la que vive.

Soy el antihéroe, el raro, ese que no encaja en ninguna parte, un completo incomprendido, apartado, y ese tipo de artista que queda en el olvido porque nadie entiende su mierda de obra.

Soy el mal protagonista de una novela de aventuras, un Romeo venido a menos, el que está en plena decadencia moral y apenas se da cuenta de ello. Inseguro de mí mismo, falto de confianza. Nunca mantengo la mirada demasiado tiempo por si alguien es capaz de leer mis pensamientos. Guardo a toda costa mis sentimientos para no parecer frágil, más de lo que ya soy. Siempre con la máscara de falsa felicidad, de aparente bienestar porque no puedo permitirme el parecer débil.

Todo debería haber sido más fácil.

Yo sólo quería ser el bueno de la película, el que al final gana, el que vence al mal y hace del mundo un lugar mejor, y no ha sido posible. Me quedo siempre a las puertas de conseguirlo todo. Como lo de salvarte, sólo quería hacerlo sin darme cuenta de que, en el fondo, no querías ser salvada. Y contra eso sí que no tengo armas, has logrado desmontarme, volver a convertirme en pequeñas piezas de un puzzle que ya no soy capaz de reconstruir.

Si soy sincero yo no quería esto, sólo quería cerrar los ojos y dejarme arrastrar por la felicidad de una jodida vez, sin darle vueltas a todo, sin cegarme de dolor. Sólo quería que una ola me arrastrara hasta la siguiente y descubrir el final del cuento cuando estuviera en él.

Pero no me has dejado.

Has querido poner las barreras antes de tiempo, llenarlo todo de culpa y silencio.

Da igual, no me hagas caso, lo único que importa es que a estas alturas de la vida ya todos sabemos que la muerte sabe bailar bien.

Y que yo seré su mejor pareja de baile.

Malvivir.

Despertarse con la sensación de que estás solo, escuchar el silencio del hogar y saber que eso no va a cambiar en las próximas veinticuatro horas. Saberlo con certeza. Abres poco a poco los ojos y miras el techo durante unos segundos, antes de hacer un barrido por la habitación en penumbra y exhalar un suspiro mientras decides levantarte a abrir la ventana. Con el primer bostezo todavía en los labios y los ojos entrecerrados vas al baño te lavas la cara y preparas un café solo antes de sentarte en la mesa a leer las noticias del día. Para esquivar esa sensación de soledad enciendes el ordenador, revisas tus redes sociales por inercia y te pones una sitcom que te haga pensar que no eres tan desgraciado, que tu vida de mierda puede ser como la de cualquier otro. Miras el teléfono, compruebas que no tienes ningún mensaje y lo vuelves a dejar sobre la mesa. Ya estás cansado de respirar y todavía no son ni las diez de la mañana. Casi prefieres la rutina del trabajo, el tener la cabeza ocupada, el pensar en los problemas de los demás en lugar de en los tuyos. Casi preferirías que tu cuerpo te permitiera seguir dormido un par horas más. Haces algo de ejercicio con música de fondo, te das una ducha y te vistes, aún sabiendo que no vas a abandonar las cuatro paredes que te rodean en ningún momento, pero nunca te ha gustado la sensación de llevar el pijama puesto todo el día.

Un libro, música, preparar la comida.

Café.

Y la desesperación que va creciendo en tu interior. Maldices el momento en el que preferiste encerrarte en ti mismo. Maldices el momento en el que preferiste decir adiós a intentarlo.

No hay quien frene esta espiral de decadencia sin compás.

Estoy perdido y no sé cuándo voy a estar preparado para encontrarme de nuevo, para mirarme al espejo y reconocerme, y reconocerte en las cicatrices sin tener que llorar tu ausencia.

No puedo distinguir a estas alturas lo que está bien y lo que está mal.

Sólo sé que sigo muriendo por dentro y soy incapaz de curarme en soledad.

Sólo sé que no te tengo.

Y que tengo que malvivir con ello.

Mayo del 68.

Mayo del 68, y tú y yo todavía bebiéndonos las ganas.

París en plena ebullición y nosotros arañándonos la piel. Dejándonos llevar.

Las calles llenas, las camas vacías y los corazones temblando con tanta ambigüedad.

Empieza a llover, se mojan las banderas y el miedo nos quiere vencer.

El aire huele a rabia, a esperanza, a pérdida y victoria, a jóvenes luchando por la libertad, a pintura en pancartas y paredes.

Y nosotros, seguimos siendo dos almas que se piden a gritos.

La revolución estaba entre tus piernas y otros la buscaron en las armas.

Y a mí, pequeño incauto, ni los himnos consiguieron arrancarme de tus brazos.

Preferí arder contigo, luchar contigo, y no contra ti.

Ni Vietnam, ni las colonias de ultramar importaban lo más mínimo desde nuestra ventana, esa en la que te apoyabas a medio vestir, esa en la que te encendías el primer cigarro del día mientras observabas las calles llenas de humo y gasolina, los restos de noches incendiarias.

Absenta, un Renault 16 y la policía a las espaldas.

Nuestras manos entrelazadas cogiendo aire a bocanadas, escondidos en cualquier esquina.

La risa y el llanto, y el alma viva.

Y qué más da todo, si nuestra huelga duró más, si nuestra rabia la apagábamos entre las sábanas, si el ruido de las jaurías nos arropaba por las noches mientras otros peleaban y nosotros follábamos en la cama.

Hace 48 años desde que Francia volvió a estornudar y Europa se murió de frío.

Mayo del 68, y tú y yo seguimos apagando las ganas con besos.

Y la revolución, la revolución sólo puede empezar mirándote a los ojos.

[En realidad no estábamos vivos en aquel año, no llegamos a respirar el espíritu del París inconformista ni a plantarnos contra el gobierno de Charles de Gaulle. Somos de la generación rota, de finales de siglo, del nuevo milenio. Los niños de la cocaína y el TDAH. Se acabó Lost y han muerto los mejores. La religión sigue matando y Kanye West es el nuevo Jesucristo. Ahora EE.UU y Coca-cola son el enemigo, y sólo suena basura en la radio. La censura vuelve a la prensa y al pensamiento crítico. Ya no se escribe como antes, ya no se bebe como antes, ya no se quiere como antes. Vives en Instagram y pierdes el tiempo con el teléfono en la mano. Hemos olvidado a nuestro abuelos y todo lo que importa de verdad. Y nuestra ambición muere cada sábado por la noche. La inteligencia es otra especie en extinción. La decadencia es el siglo XXI.]