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Cero.

Empiezo de cero.

Ya sé que no me quieres.

Lo sé porque apenas me tocas, porque no eres capaz de aguantarme la mirada, porque te avergüenzas de caminar a mi lado.

Vuelven los días a pasarnos por encima, a dejarnos con las manos llenas de heridas y astillas en los huesos.

Vuelve la primavera a hacernos el mismo daño de siempre, que nos trae el amor con la brisa y  luego nos demuestra lo contrario.

Lo empapa todo la nostalgia a pesar del sol, de la temperatura y de la cerveza fría bajando por la garganta.

Ojalá pudiera deshacerme hoy como un muñeco relleno de arena al que le cortan la tela.

Ojalá dejarlo todo atrás sin que nada me pesara a las espaldas, llegar a otra ciudad, contar otra vida, inventarme un pasado repleto de aventuras increíbles, huidas suicidas e historias llenas de peleas de bar, cicatrices en la cara, whisky sin hielo y pólvora en los dedos.

Duele todo mucho.

Demasiado.

Y no me acostumbro a dejar de sentir para dejar paso a la funesta indiferencia.

Será que no puedo.

O que no sé.

Supongo que la única manera de afrontar ciertos momentos de la vida es olvidando, como mecanismo de protección, hacer como si no hubiera pasado nada, pintar de blanco y comenzar de nuevo.

Rasgar los viejos cuadros y los periódicos de antaño.

Soplar para quitar el polvo de las estanterías.

Abrir las ventanas, el corazón y los ojos.

Y esperar, llegará quien sepa darnos primaveras y abrazos sin que tengan que doler.

Un sol de justicia.

El mundo se para en algunas fotografías y en algunos besos, como en el de esa pareja de chicas que se despide en el andén de la estación ajenas a la mirada de desaprobación de un par de ancianas y de un señor con bigote.

Todos luchamos contra todos de uno u otro modo, tenemos estigmas y muros con más años que el muro de Adriano. No es suficiente con intentar abrirnos camino entre los demás como para enfrentarnos a nosotros mismos de costillas para dentro. Arrastramos cargas tan grandes y en tales cantidades sin querer apoyarnos en nadie, sin querer dejar las cajas en el suelo un momento para mirar al frente y decidir el mejor camino.

Parece que hoy en día debemos seguir la estela del más rápido y tratar de no quedarnos atrás, no hay tiempo para pensar ni para decidir.

No hay tiempo para nada.

Y mucho menos para intentar cambiarlo todo y hacer las cosas mejor.

No hay tiempo y yo quiero tenerlo todo para gastarlo contigo.

Si pudiera darle un golpe al reloj y dejarlo parado por un rato, si fuera capaz de detener el transcurso de los días en ese preciso instante en el que sigues sosteniendo mi mano créeme que lo haría.

Estoy ya harto de las historias en las que hay víctimas y culpables, buenos y malos, vencedores y vencidos, bandos contrarios, como si no saliéramos todos heridos y llenos de culpa de cada historia, como si lo único válido fuera la visión y la percepción propia del mundo.

Lo único que puedo hacer ahora es abrazarte más fuerte y con más ganas, aunque nos derritamos bajo un sol de justicia.

Y quererte sin hacerte más daño.

Y perdonarme cuando me miro en el espejo.

Algún día.

¿Qué estamos haciendo?

Ha pasado otro año sin que pase nada y mientras pasa todo.

La decepción dentro de mí sólo hace que crecer y crecer, y el desgaste emocional es tan intenso, tan grande, que he llegado al momento crítico, a ese en el que se abren las compuertas del embalse porque va a desbordarse de un instante a otro por culpa de las lluvias torrenciales de otro frente del norte.

Y me quedo en silencio como mecanismo de protección.

Y me quedo parado para no hacer(nos) más daño.

Ni me gusta la Navidad ni las sonrisas postizas, ni los abrazos que la gente guarda durante el resto del tiempo para desempolvarlos justo ahora que hay que desenvolver regalos y abrir sobres.

Sólo hago que repetir una serie de preguntas en mi cabeza pero ya sé todas las respuestas de antemano, porque tengo ese defecto, el de saber que todo lo malo que pienso sucede, el de saber que todo aquello que va en mi contra acabará pasando, porque la suerte siempre es para los demás antes que para mí.

Estoy tan desubicado, tan fuera de lugar en todas partes, ni siquiera soy capaz de encontrarme estando conmigo mismo. Y ya no sé qué me queda, si sucumbir a este ruido infernal que hay en mi cabeza o acallarlo a golpes. Y ya no sé cómo hacer para salir del Averno, para arrepentirme de todo y buscar la absolución.

Vivimos en este tren de sentimientos lleno de paradas en las que sube y baja gente, lleno de retrasos, de cambios de horario, de descarrilamientos. Vivimos parando en estaciones en las que no queremos detenernos, obligados a seguir unos raíles que no queremos seguir. La libertad suena a otra cruel mentira, como suena el amor, la magia y la bondad de las personas.

Yo que había leído en braïlle tus cicatrices ahora tengo que conformarme con recuerdos, con versos, con canciones que siguen y seguirán hablando de nosotros.

Por ponerte a salvo me he puesto ante el peor de los peligros.

Por ti me he convertido en niebla, bruma y brisa estival; en guerrero, rey y bufón; en tablero, pieza y jugador.

Ojalá algún día sonría de verdad contigo.

Ojalá algún día tú, pero sobre todo también yo.

Te invito yo.

Vamos a olvidar los recuerdos y a quemar las fotografías, y a deshacernos de los nombres por los que todo el mundo nos conoce.

Debe ser ya la hora de empezar de cero y tirarlo todo por la borda, lanzarnos a un precipicio llamado futuro, dejar los adoquines que llevamos en los bolsillos.

Mira, sólo te digo una cosa:

— Despliega las alas.

Que ya toca.

Basta de estar en la sombra, de quedarse siempre en la parte del camino que nadie quiere transitar. Ya hemos tenido suficiente siendo los sacos del boxeo de todo el mundo, los que sostienen sus penas, los que transportan sus mundos, los que siempre callan y asienten y nunca dicen nada con tal de no hacer daño.

Basta de ser marionetas maltrechas, juguetes rotos a los que todo el mundo usa a su antojo y después desecha sin pensar.

Basta de ser tú y yo, y conformarnos con esto.

Ya nadie tiene que decirnos qué hacer o qué decir, ni qué señales debemos seguir, ni qué estrellas debemos mirar.

Hay un eclipse lunar y no me coges de la mano.

Una vez más.

Llegará el tiempo de quitarnos las ropas, quedarnos desnudos de miedos, besarnos las canas, acariciar las arrugas, lamernos todas y cada una de nuestras cicatrices, querernos más cuanto más viejos y feos, y fofos.

Y esto no va a parar.

A la próxima vida te invito yo, te lo prometo.

No vamos a sufrir más.

No es necesario.

Sin balas.

Son las 04:56 de un miércoles de abril y el silencio me envuelve, y no puedo tragar saliva con la garganta tan seca. Hoy tengo otra vez el puñal atravesado en la boca del estómago, y se retuerce entre risas de esas que sólo puede escuchar uno mismo en su cabeza.

Todo por hacerme daño.

El insomnio febril ha vuelto a mecerme en sus brazos, a llevarme lejos de una cama empapada en sudor enfermizo. A ver llover en medio de una calle londinense, a leer tumbado en medio de un mar de árboles, a oler la sangre que rueda por mis muñecas, a ver los ojos opacos de la muerte mirándome fijamente, el espejo roto sobre el suelo de mi habitación.

El delirio nocturno, las pesadillas de antaño.

Con los pies sobre el suelo me doy cuenta de demasiadas cosas y vuelvo a tener veneno recorriéndome por dentro, imbricándose en mi piel, en mi cerebro, en mis arterias.

No sé qué tiene el mes de abril para acabar siendo tan fatídico siempre para mí.

No es que haya tirado la toalla, pero estás haciendo bien eso de quitármela de las manos.

Sin pensar las consecuencias.

Sin pesar los sentimientos.

Se empieza a derretir la ilusión como un hielo lo hace en el fondo de un vaso al que nadie presta atención.

Supongo que todo es culpa de que jugamos al azar y he vuelto a perder. Una vez más, y sé de antemano que no será la última.

He vuelto a chocar contra el iceberg.

Ojalá que se vaya la fiebre, los pensamientos vehementes, el sinsentido que asciende por mi cuerpo.

Ojalá sea capaz de volver a tener la mirada perdida sin que bailes por mis pensamientos.

Y estar tranquilo.

Con tanto amor a quemarropa me he quedado sin balas.

 

Seremos.

No sé cómo decírtelo, que me des tu mano, que saltes por esa ventana que yo te cojo, que camines descalza, que sueltes tus alas.

Confía por una vez en que no voy a hacerte daño sino todo lo contrario. Confía en tu instinto, en lo que sientes cuando beso tu cuello y cierras los ojos, en lo que piensas cuando escuchas mis latidos galopando en tu oído, en esa tranquilidad que te permite coger aire sin que te duela el pecho mientras duran nuestros abrazos. Cree de una vez que algo mejor es posible, que te lo mereces, que está todo más cerca que ese horizonte que te parece tan lejano e inexplorado.

Cree, porque todo lo bueno llega.

He encontrado la tranquilidad cuando te tengo entre los dedos. Mientras tú estás extasiada yo soy capaz de respirar con calma, de redescubrir el significado de la palabra vida, de ver el lado bueno de las cosas mientras observo cómo se dilatan tus pupilas, de reconciliarme con mis demonios. Nosotros sólo somos un par de humanos que se buscan entre la necesidad, entre ese lazo que tejemos a diario, y no tenemos culpa de sentir.

La vida va de luchar, desde que naces, porque si dejas de hacerlo estás muerto mucho antes de que tus huesos toquen tierra. Estamos en nuestro derecho de quedarnos sin ropa, desnudarnos la mente, tocarnos a oscuras. Estamos en nuestro derecho de querernos sin tener que medirlo, sin tener que demostrar nada, sin tener que ocultarnos.

Las distancias más cortas a veces son las más difíciles de superar, y no sé si también has sentido que nos estamos escapando poco a poco, que te resbalas entre mis dedos, que ya no sonrío como antes, que ya no nos besamos como antes. Pero creo que podemos hacerlo mejor, que todavía somos capaces de salvarnos el uno al otro. Podemos ser compañeros de aventura, porque juntos somos capaces de meternos en cualquier libro para salir a la superficie en el punto final. Podemos hacer las mil leguas de viaje submarino y meternos en el centro de la tierra, descubrir la Atlántida, enfrentarnos a los cuarenta ladrones, salir sin perder la cabeza del espejo por el que se metió Alicia.

No todo es tan difícil como piensas porque voy a estar aquí, con la mano abierta, dispuesto a todo. A sacar dientes, garras y las caricias que hagan falta.

Es ahora cuando tengo la certeza.

Cierro los ojos.

Te pienso.

Sé que seremos.

Fuego cruzado.

Las cosas nunca vienen como las esperamos, como el odio, que aparece de la nada para apoderarse de todo, para llenarlo todo de rabia, indignación y dolor. Nos empeñamos en clasificarnos, en unirnos por grupos con alguna característica especial que nos defina, nos empeñamos en poner etiquetas a todas y cada una de las cosas que hacemos en lugar de sentir que venimos del mismo lugar de mierda y que acabaremos allí de nuevo, tarde o temprano.

Si no somos más que átomos que se dispersan y se agregan según avanza el tiempo, si no somos mucho más que carbono e hidrógeno bien distribuidos espacialmente.

Todavía somos capaces de matarnos, de envidiarnos, de criticarnos. Y nos llamamos seres superiores, aún tenemos la prepotencia de creernos la única vida inteligente que existe en el Universo que habitamos. Sigo pensando que involucionamos, que dentro de poco volveremos a habitar el agua y nos volverán las branquias, y que todo serán ganas de dejarnos llevar por las corrientes marinas sin más.

No entiendo la elección de una persona por hacer daño, lo de provocar dolor a los demás de manera voluntaria. Si soy sincero ya no entiendo nada, y reconozco que he sido tan ignorante en algún momento como para pensar que lo sabía todo.

Ahora voy a aferrarme a la humildad que me han dado las lecciones de la vida, a las hostias, a los arañazos que unas cosas y otras personas me han ido dejando en la piel.

Y llegas tú en pleno Marzo a congelarme el caos con tanto hielo, a llenarme de mordiscos el alma, a romperme despacito para que me de cuenta poco a poco.

Las calles lloran de nuevo y tú has hecho que se me pare el corazón cuando pensaba que empezaba de una jodida vez la primavera. He caído en la cuenta de que no tengo armas suficientes para salir indemne de este fuego cruzado, y que salí a batallar contigo demasiado descubierto. Y me ha pasado lo que pasa cuando sales a querer sin miedo, que lo haces sin chaleco antibalas y acabas tendido en el suelo rodeado de un reguero de sangre.

Me ha pasado lo que les pasa a todos los valientes, que al final tienen que encerrarse con llave porque el amor es peligroso si para ti es algo más que un juego.

Rapsodia.

Las tardes sin ella eran como rapsodias tristes de piano. Y suponía que una vida lejos debía estar cerca de sonar como el Réquiem de Mozart y que podría llegar a destrozarme el alma. He sido capaz de enterrarme en kilos de libros con tal de no pensar, de cerrar los ojos durante horas bajo el agua fría de la ducha hasta sentir que se me congelaban las ideas y los sentimientos, de poner la música tan fuerte que me dolían los oídos, de llorar tantas horas que se convirtieron en días, de gritar con tanta rabia que ya no quedan telarañas.

Porque pocas cosas duelen más que un adiós cuando no quieres pronunciarlo.

Pocas, por no decir ninguna.

Llega un momento en el que te preguntas qué hacer cuando cada paso acaba en falso o en decepción, cuando el destino lleva riéndose de ti desde que eres consciente de que el mundo giraba sobre un eje algo torcido. Supongo que cuando te enamoras de verdad estás tan indefenso como un niño, y tienes su misma inocencia, y entonces es cuando corres el riesgo de que te hagan el mismo daño que les pueden hacer a ellos.

Y qué putada, porque a ver cómo te proteges de eso, de lo que no eres capaz de ver venir, de que te haga daño la única persona en el mundo que no quieres que lo haga.

Después de eso la rutina se reduce a respirar y dejar de creer en nadie.

Olvidar no se olvida, sólo se arrinconan los recuerdos, se dejan dormidos pero siempre están dispuestos a despertar para herirte cuando menos te lo esperas, para borrar la única sonrisa que has tenido en todo el día, para hacerte sangrar un poco más porque nunca es suficiente.

Casi nunca hay consuelo, ni verdad absoluta, ni curaciones milagrosas, pero es que lo complicado, lo admirable, lo valiente es arriesgarse sin saber si vas a ganar. Lo otro, lo de saltar cuando no hay caída libre, cuando sabes el resultado final, cuando no hay más incertidumbre que la que quieres inventar. Eso, es de perdedores.

Pero qué aburrida sería la vida si nos resignáramos, si aceptáramos la derrota a la primera, si dejáramos las balas para siempre en la coraza en lugar de quitarnos el polvo, secarnos las lágrimas y salir a patear las calles para buscarla de nuevo.

Animal herido.

Hay veces que pienso que vivimos en mundos paralelos, porque cada vez que nos separamos, nuestras vidas continúan como si nada pasara.

Y somos capaces de seguir respirando como si fuera lo normal.

Incapaces de afrontar la realidad, a refugio, escondidos en palabras que nos van a acabar haciendo daño y se volverán en nuestra contra si no salen pronto.

Somos como pequeños cofres en los que meter cualquier cosa, que tragan todo hasta que no pueden más y tienen que sacarlo. Y las explosiones siempre traen problemas, siempre se escupen las frases de cualquier forma, y se acaba haciendo más daño del deseado. Deberíamos ser inteligentes, evitar eso, pero hay cosas en la vida que no se eligen. Hay demasiadas aventuras que no se planifican, simplemente suceden.

Las mejores cosas pasan sin que las esperes, sin que haga falta planificar nada.

Y ahí reside la magia de todo esto.

Al final de toda historia resulta que no soy el cazador, siempre soy el animal herido, que sangra, que deja rastro para que lo persigan hasta allá donde acabe por morir. Acabo dañado, con las muñecas abiertas, con la mirada perdida en cualquier bañera.

Yo ya no sé ni qué decir, ni qué pensar, ni si el futuro de tu mano va a llegar alguna vez. Estoy aquí, esperando por algo que nunca va a suceder.

Una vez más.

Será que mi destino es estar en medio de la nada buscando a alguien que venga a abrazarme para susurrarme al oído que esta vez se queda para siempre, que deje de tener miedo. Será que mi destino estaba escrito en piedra desde el inicio y tú no formabas parte de él. Será que me he empeñado en cambiar la historia sin tener que emplear espadas y estandartes.

Y no es posible.

Somos universos paralelos, condenados a no pasar.

Voy a limitarme a vivir, a pulir de nuevo la coraza, a encerrarme en la armadura, y a taparme el rostro por las mañanas para que no me moleste la luz porque se me ha olvidado bajar la persiana.

Ciudad maldita.

Hay bombas nucleares estallando en la otra mitad del globo terráqueo y gente ahogándose a diario en un mar que siempre ha sido nuestra casa. Hace un calor infernal en las calles, se disparan balas al aire y sigue habiendo gente que camina con corazones iceberg, fríos y que esconden más de lo que dejan ver. La historia borrándose y nosotros con la cabeza llena de monstruos, inventando letras de canciones con tal de seguir perdiendo el tiempo.

Puede que algún día deje de convertirlo todo en una espiral.

Me encantaría que se acabara de una jodida vez eso de naufragar cada medianoche, poder grabar mi nombre en tus costillas, escribir cartas con tinta invisible que sólo pudiera leerte yo.

Creo ya que nadie va a conseguir salvarme de mi propia cabeza, que nadie podrá hacerme entender que mi prisma deforme no refleja la realidad que ve el resto, que nadie logrará convencerme de que para ti no sólo soy otra mentira que ocultar.

Y es que, sigo siendo un simple pasajero de este viaje sideral, y camino por los días como un lienzo manchado que no cree en nada. Sigo teniendo los cajones llenos de recuerdos con los que no quiero encontrarme, sigo teniendo un pánico poco práctico al fracaso, sigo viendo charcos llenos de barro, sigo apostando por causas perdidas.

Será por eso que nunca gano, que parece que soy el único que habita en esta ciudad maldita, donde las hienas ríen cuando hay luna llena y los lobos no podemos salir de la cama sin sangrar a todas horas. Esta ciudad maldita llena de fantasmas de humo y alcohol, de espíritus inmortales, de noches sin fin, de amores que dejan un sabor amargo al final del paladar.

No voy a pedir que seas mi faro y que me guíes entre tanta oscuridad, porque soy incapaz de dejarte tan indefensa, con tanto peso sobre tus espaldas. Soy incapaz de hacerte tanto daño.

Y ahora que suenan los relojes, sigo sin entender por qué se entrelazan todavía nuestros cuerpos.

Quizá alguna noche consiga acostarme sin miedo a perder, a perderme, a perderte.