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En construcción.

La ciudad está en construcción, como algunos corazones en los que, si te asomas, pueden verse los cimientos a medias y las anti-estéticas grúas amarillas ocupando el horizonte. Es todo tan nuevo por estas inestables tierras llenas de agua salada y mañanas de niebla densa que ni siquiera el clima sabe cómo debe comportarse.

El mundo ya está tan loco como lo estoy yo.

Y, a pesar de todo, la vida sigue pareciendo bonita entre tanta maraña de mentiras sin control y gente sin escrúpulos.

Lo trágico es que hemos dejado de pensar en el futuro porque dudamos ya de su existencia, y que la inspiración está en estos tiempos tan arrinconada como las personas de buenos sentimientos.

Y que yo estoy tan lejos de ti como el fuego de la gasolina, o el ratón del gato.

Vuelvo a las andadas, a reiniciarme y llenar la nevera de cerveza, a pasar las noches pegado al sofá, entre libros que no consigo acabar y series que escucho de fondo.

He vuelto a volver.

Mi única misión a cumplir es dejar de tener planes, dejar de adelantarme, quitar las piezas del tablero y guardarlas de nuevo en su cajón.

Y escuchar el saxo tenor de Stan Getz cuando la luna se enciende, se me cansan los dedos y el alma, y la noche se antoja demasiado larga y tediosa sin compañía.

Te dejo las llaves debajo del felpudo de la puerta.

Entra cuando quieras.

 

Todas las mañanas.

Vacío, supongo que es así cómo me siento en estos momentos.

Completamente vacío.

Un continente sin contenido que deambula por el mundo porque no queda más remedio, porque el resto de opciones y alternativas son mucho más trágicas, y suelen implicar sangre o alturas, y ponerlo todo perdido de vísceras y miedos.

No sé si tú recuerdas aquel tiempo en el que caernos no hacía daño porque teníamos la mano del otro para levantarnos, y entonces el viento siempre se ponía de nuestro lado para empujar las velas y devolvernos al rumbo correcto. Y podíamos llenar los pulmones e intentar volar sin miedo, aunque el corazón estuviera siempre temblando por culpa de la incertidumbre.

Lo único que puedo pensar ahora es que no me merezco tanto dolor, ni este daño, ni todas estas marcas que me has ido dejando por el cuerpo para que no pueda olvidarte. Es tan cruel la distancia cuando yo sólo quiero entender, cuando sólo quiero hablar y saber, y acabar de conocer(te) y conocer(nos).

Y ver contigo todas esas horas que nunca acaban.

¿Qué nos queda ahora? Si lo hemos ido tirando todo por el suelo, si hemos llenado el pasillo de muebles con los que tropezarnos, si hemos gastado el buen vino y los deseos en lugar de guardarlos para cuando nos hicieran más falta.

Yo creía más en ti que en mí mismo, confiaba que eras mi apuesta ganadora, el todo al rojo que me daría el premio definitivo, con el que no tendría que conformarme porque sería todo lo que siempre he querido.

Es tan injusto que sigas quemando y yo no pueda hacer nada, que no pueda olvidar, ni caminar, ni retroceder.

Es tan injusto que siga hasta los huesos por ti, y que me esté destruyendo por no saber huir, por no querer irme de donde me quedaría para siempre.

Porque siendo sincero, no se me ocurre ningún lugar mejor para afrontar la eternidad que ese hueco, que yo ocupaba, justo a tu lado.

Donde podía besarte el cuello y los labios sin que nada doliera.

Donde podía coger tu mano sin temor.

Donde podía ver tu sonrisa, lo único que me importa, todas las mañanas.

La mala suerte.

Quizá es mala suerte, quizá es esta capa de lodo que me recubre siempre, la que no me deja sonreír a diario, sentirme tranquilo, mirarme al espejo y dejar de tener miedo.

Quizá es la mala suerte, o sólo soy yo mismo golpeándome el pecho a diario para permitir que mi corazón siga latiendo.

Voy lleno de vendas que me cubren los ojos, lleno de mentiras que me han dejado cráteres en la piel donde ahora intentan crecer flores pálidas.

Voy lleno de historias que no interesan a nadie, de formas de hablar que no se entienden, de sufrimiento que todo el mundo toma por superficial, sin importancia y exagerado.

No sé si tú también vas enamorándote de ojos que hablan sin despegar los labios, de gente sin modales pero de alma gigante, de la justicia justa, de detalles inconcretos, de canciones habladas, de un rayo de sol inesperado colándose en la habitación.

No sé si tú también tiras los dados y sumas un uno, si siempre que miras al cielo buscando la luna encuentras un eclipse, si quieres disfrutar del camino sin haber empezado el viaje.

Quizá es mala suerte querer ser Ártico junto al mar Mediterráneo, donde los días pasan tan lentos cuando sopla el poniente.

Quizá es mala suerte quererte sin que sirva de nada, quedarme sin respiración cuando el dolor da otra punzada.

Quizá es mala suerte, o la vida haciendo de las suyas demostrando una vez más que nada importa, que todo sigue, aunque duela, aunque pese, aunque nunca podamos olvidar.

Ha caído al suelo mi torre de naipes.

No queda ni rastro de tus caricias en mi espalda.

Atmósfera cero.

Me resisto a dejar de quererte, supongo que uno siempre quiere quedarse en los lugares en los que se siente bien y yo siento que respiro sin ningún peso en el espíritu cuando te apoyas en mi pecho, cuando tu frente y la mía reposan la una frente a la otra. Queremos quedarnos en quien tenemos recuerdos felices, en quien nos hace sentir grandes con un gesto pequeño.

Olvidarte es como intentar nadar a contracorriente en un río de aguas bravas, o intentar subir una cascada. Es como si intentaran abrirme el pecho y arrancarme el corazón, como coger aire en atmósfera cero. Hay imposibles que lo son, como que yo me deshaga de todos estos sentimientos adheridos a la piel como si fueran alquitrán y me deje mecer de nuevo por el viento en lugar de navegar a tu deriva.

Hay imposibles que lo son, como que desaparezca de tu lado de un día para otro y aparentar que me da igual, que nada duele, que soy indiferente a lo que sufres en silencio.

Quiero un día levantarme y verte tras de mí en el espejo empañado al salir de la ducha.

Quiero un día levantarme y no sentir que las costillas se me parten en pedazos, que las rodillas no me aguantan, que no puedo pensar en nada que no seas tú.

Sólo se me ocurre decirte algunas cosas, algunas que quizá no he dicho en voz alta porque no encuentro las formas ni el momento indicado. Y es que el instante adecuado nunca llega, tenemos que crearlo nosotros, como aquel día que quisimos rozar nuestros labios sin saber muy bien cómo y entramos en este laberinto en el que no hay salida.

Sólo se me ocurre decirte que voy a ser como un abrazo en pleno mes de febrero, una cama en la que dejarte caer cuando no puedas más, un cigarro encendido en una crisis de nervios, una bicicleta en la que pedalear una tarde de verano, un vaso de agua en un día de resaca, un portal abierto cuando empieza la tormenta.

Sólo que voy a estar cuando mires al cielo y no sepas en quién puedes confiar.

Sólo que mi mano está junto a la tuya, aunque no la veas.

Sólo quiero ser todo lo bueno que te pase, y cuando no pueda serlo iré borrando lo malo a punta de sonrisas y te quieros.

Sé que no lo entiendes.

Bailar con los problemas como si todo se pudiera resolver como se resuelve la última nota de un vals, convivir con ellos sin que se nos nublen los días de manera irremediable.

Te voy a proponer un juego en el que ganamos los dos.

Yo te enseño a esquivar las balas, a saltar acantilados, a buscar nuevos planetas. Tú me enseñas a mirarme al espejo sin desviar la vista, a plantar mi bandera en los lugares en los que quiera quedarme, a besar sin desgastar. Quiero abrazarte sin romperme, no tener la sensación de estar perdiendo el tiempo cuando miro la pantalla del teléfono hasta que sale tu nombre, poder sonreírte sin sentir que voy a romperme hasta ser arena volcánica como la de las playas islandesas.

Me dejas marchar con los brazos caídos, mirando al horizonte, como si no hubiera más opciones. Te has dado por vencida mientras yo he intentado luchar. Vamos a naufragar por no corregir las velas buscando buenos vientos. Vamos a estrellarnos por no querer afrontarlo todo cogidos de la mano, con miedo pero juntos.

Me dejas sin esperanza.

Sin esperanza nos convertimos en seres vacíos, de ojos opacos, que se reflejan en las canciones más tristes de todos los idiomas.

Llevo demasiado tiempo sentado al otro lado de la puerta esperando a que aparezcas y ya tengo algunas canas, y arrugas bajo los ojos. También dice mi madre que tengo la mirada triste, y no me atrevo a decirle que es porque me enamoré sin saber protegerme.

Nunca se me ha dado bien hacer las cosas a medias, nunca he sabido ir a medio gas en la vida, y cuando algo me importa, cuando creo que algo vale la pena me dejo las manos, la piel, y normalmente el corazón.

Habías entrado como entra un rayo de luz entre las nubes negras un día de tormenta. Eres siempre ese haz que se cuela para meter el verano entre la lluvia, que calienta donde normalmente hace frío.

Yo sé que no lo entiendes, que no me entiendes, pero es fácil para mí si eres capaz de sanarme las heridas sólo con un roce en mi cuello.

Yo sé que no lo entiendes, que no me entiendes, pero es fácil para mí porque no he querido antes así.

Yo sé que no lo entiendes, pero si te quedas quieta es como si estuvieras muerta.

Sé que no lo entiendes, pero prefiero la soledad infinita a tener a alguien que no seas tú.

Páginas.

Páginas, que surgieron de los árboles más viejos, llenas de tinta, impregnadas en lignina, que contienen las historias que nos habría gustado vivir, protagonizar, olvidar.

Páginas, manuscritas, mecanografiadas, arrancadas, arrugadas, llenas de manchas o impolutas, odiadas, adoradas, olvidadas.

Siempre nos salvan los libros, de la realidad, del desamor, de nosotros mismos. Las palabras de otros que supieron explicar, expresar, describir nuestras sensaciones y sentimientos exactos con precisión, como si hubieran estado dentro de nuestra cabeza y nuestro pecho.

Yo no sé tú pero me he visto igual de reflejado en las rimas de Bécquer que en frases de James Ellroy. Me han desnudado por igual sonetos de Lorca y novelas de Dostoyevski. Se me ha encogido el corazón con El libro de los Abrazos y con Los detectives Salvajes. He querido ser Sherlock Holmes, Bernie Gunther, Lucas Corso, Sirius Black, Rick Deckard,  Takeshi Kovacs, Julián Carax, y el Capitán Alatriste.

Cuando me falta el aire por las noches siempre enciendo la lámpara de la mesita de noche y cojo el libro que repose en ese momento sobre la madera, y continúo leyendo hasta que me vence el sueño. Si es que consigue vencerme, porque últimamente duermo tan poco que no sé cómo consigo mantenerme en pie sin tropezar.

Supongo que estoy atormentado, como todas esas personas que anhelan algo y nunca lo consiguen. O frustrado, por ver que pudiendo conseguirlo todo me quedo una vez más con las manos vacías.

La historia de mi vida.

No puedo dejar de pensar, y parece que me muevo en esta vida ya como la niebla. Todavía sale humo de las chimeneas y se necesitan los abrazos, pero he olvidado cómo hacer fuego y sólo soplo el polvo de los muebles.

Y yo no quiero pasar página y borrarlo todo de golpe, ni quemar los libros que hablan de ti y de mí. Yo sólo quiero que seas tú quien me lea cuando no pueda cerrar los ojos porque me aprietan las costillas contra el corazón.

Hundir la flota.

Tenemos la eterna sensación de no ser dueños de nuestros pasos, ni de nuestras vidas. Somos los últimos de la cadena de mando, simples soldados que obedecen órdenes, que nunca pueden decidir por sí mismos. Tenemos a otros al lado o por encima que nos dicen siempre qué hacer y cómo hacerlo, para impedirnos pensar.

Somos presa y víctima de padres, hijos, hermanos, amigos, jefes, cuñados.

Somos los heridos del combate diario y salimos siempre renqueantes del choque, y tenemos que volver a casa con la garganta llena de frases que no se han pronunciado y que se convierten en astillas que se clavan.

Nosotros que íbamos a tenerlo todo sin tener que luchar por ello, somos víctimas del trabajo, las expectativas de otros y el bombardeo constante de mentiras mediáticas.

Rugimos como las leonas y los tigres enjaulados en el zoo esperando la libertad que nunca llega.

Nosotros que estamos así porque no hemos sabido decir que no a tiempo para liberarnos de cargas que nos lastran y que no queremos soportar. Tampoco hemos sabido parar los pies y ahora estamos obligados a hacer algo que va en contra de nuestros deseos. Y ahora nos pilla por completo el derrumbe porque se nos olvidó saltar cuando todavía estábamos a tiempo.

Ahora nos pesan los pies y los párpados, y nos cruje el corazón en lugar de las articulaciones

Aunque no nos demos cuenta siempre hay quien se atreve a tendernos la mano para salvarnos de nuestro propio desastre cuando no somos capaces de abrir los ojos lo suficiente para percatarnos de la situación en la que nos encontramos.

Aunque todo parezca una auténtica mierda siempre hay alguien dispuesto a ayudar, por mucho que en nuestra oscuridad seamos incapaces de ver lo bueno.

A día de hoy, aún no te has dado cuenta de que eres tú lo único bueno que me pasa, que eres tú quien me impide esta caída sin fin al vacío, no has notado que puedes salvarme o jugar conmigo a hundir la flota.

Puedo aceptar las dificultades, los problemas, los largos silencios, la incertidumbre.

Tocado.

Pero no la indiferencia, la ambigüedad, una vida sin ti.

Y hundido.