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Compañía en los peores días.

La soledad es algo universal, como tantos otros sentimientos o pensamientos, o remordimientos.

Todos tenemos en algún momento esa sensación de no tener a nadie a quien recurrir, nadie a quien tender la mano, nadie a quien hablarle antes de dormir, nadie con quien poder llorar sin tener miedo a sus preguntas, nadie a quien mirar sin estar obligado a abrir la boca, nadie a quien susurrarle tus miedos en la penumbra, nadie a quien decirle que te gustan los días de lluvia si hay café esperando sobre la mesa, nadie a quien contarle un cuento que no acabe del todo mal, nadie con quien tener secretos porque no son necesarios.

Todos hemos sentido en alguna ocasión esa sensación de vacío existencial en el pecho, un hueco que no se llena jamás, como si tuviéramos un orificio de bala por el que la sangre siempre corre, hasta que acabamos de ser.

Y quizá sea ese mismo sentimiento el que nos haga, paradójicamente, estar menos solos.

Lo importante es que a pesar de todo seguimos aquí tratando de vivir. Intentando ser felices a nuestra manera, que al final es siempre la mejor porque para algo es la que elegimos.

Si lo pensamos bien, en el fondo no nos va tan mal.

Quizá es que pedimos demasiado, quizá es que hemos vuelto a querer lo imposible. Y ya sabemos lo que acaba pasando con estas cosas. Que se nos rompe el corazón y las lágrimas, que nos quedamos atrapados en cualquier tela de araña tejida por una mujer de sonrisa bonita, que nos acabamos identificando con cualquier poema de mierda.

Si recuerdas por un momento, hemos sido los mejores cabalgando después de las doce, hemos hecho largas las noches más frías, hemos gritado cuando querían que nos quedáramos callados, nos hemos hecho compañía en los peores días.

Después de tanto tiempo, he visto cómo te desnudaban con la mirada y sonreído por dentro al saber que acabarías en mi cama.

He visto cómo me miras y que te da igual que no tenga abdominales.

He visto cómo me abrazas y que sin mí ya no te reconoces.

He visto que lloras, que sufres, que ríes, que gritas, que muerdes, que lates, que te corres, que lees, que nadas a contracorriente, y que te gustan las cosas que no le gustan a nadie.

Supongo que por eso te acabé gustando yo.

Y no te miento si digo que al final lo único que quiero es que me beses durante un rato y me quites esta existencia gris de encima, que me espantes la melancolía aunque vuelva a abrazarme cuando desapareces por la puerta.

No sé para el resto, pero para mí la soledad es sólo cuando no estás.

Esperanza dicen. Qué locos.

Nos hemos acostumbrado tanto a la violencia que se nos ha ido de las manos el amor, ya no sabemos querer a los demás sin cometer errores, sin cagarla en el momento menos pensado.

Y los gritos, los reproches, las peleas y las balas parecen normalidad.

Refugiados sin refugio, mares cementerio y mosaicos de civilizaciones antiguas que hoy están resquebrajados, como la mayoría de corazones.

Lo justificamos todo, y me da vergüenza.

No entiendo a las personas que sólo saben ver desde su posición, que conocen la empatía sólo de oídas, que piensan que son poseedores de la verdad más absoluta; cuando ya se encargaron los científicos de decir que todo es relativo, hasta en los sentimientos y las letras.

No entiendo que utilices armas que hacen daño en lugar de palabras para reconfortar a los demás, no entiendo que utilices tus manos para quitar aire a otros en lugar de abrazarlos, no entiendo que desperdicies tus noches sin estar besando a alguien, no entiendo que dejes a Neruda cogiendo polvo en una estantería, no entiendo que no sepas apreciar una puesta de sol en compañía.

Nos han puesto vendas en los ojos, nos han dicho que el mundo es un negocio y que no se puede ir a contracorriente. Nos han dicho que nuestra alma tiene precio y nuestras manos sólo sirven para hacer algo productivo.

No tengo preguntas ni respuestas, ni comienzos ni finales. No soy nadie en todo este laberinto de caminos sin nombre en el que tú no estás presente.

Y me gustaría olvidar que tengo que olvidar para poder sonreír mejor. Me gustaría volver a abrir las ventanas y que el frío del invierno se burlara de mi cara de dormido. Me gustaría dejar de romper páginas en las que hablo de ti.

Es ya septiembre y sólo espero nuevas tempestades tras tus ojos empañados.

Es ya septiembre y aquí sigo con las manos vacías, sin rosas que regalar, sin tiempo por delante.

Esta existencia, de cuentas atrás y contrarrelojes, me parece cada día un poco peor y no consigo quitarme las ganas de ti.

Y todavía hay quienes me dicen que no pierda la esperanza, que al final todo valdrá la pena.

Esperanza dicen. Qué locos.